Naomi

Un castigo. No me gustaba el posible resultado de eso. No cuando Zay y Luci estaban en la misma habitación que yo. A mis ojos, ambas se encontraban en una posición mucho más vulnerable por el simple hecho de que podían usarlas en mi contra. Y al mirar directo a los ojos del pelinegro frente a mí, una mala sensación se instalaba en medio de mi estómago, una tensión asfixiante. Mi cuerpo reconocía algo fuera de lugar.

Su mirada entrecerrada hacia Luci me desagradaba. Él se divertía, lo hacía. Disfrutaba de mi desesperación aun cuando intentaba disimularlo. Sin embargo, no se demoró mucho en ejecutar sus movimientos, pues con un movimiento de su mano, tumbó la silla en la que estaba mi hermana. El golpe fue brutal; la madera cayó de lado, generando un estruendo seco. La cabeza de la niña rebotó contra el suelo alfombrado y todo su pequeño cuerpo se estremeció por el dolor. Quise, a pesar del miedo que me paralizaba, acercarme y auxiliarla, pero Aneska me jaló de la blusa, amenazándome en silencio con un objeto punzante en medio de la columna.

Miré a Zay, pero ni siquiera ella intentó nada. Y no la juzgaba, divisaba miedo en sus iris al verme fijamente. No decía palabra alguna, pero sus labios se movían, pronunciando un “Lo siento” mudo que no fue más que aire. Yo asentí, incapaz de reclamarle, porque no era su culpa. Desde aquí podía ver lo decadente de su apariencia,Y… por una vez, que Duos me escuche, porque si salgo de esta, no volveré a pisar la ciudad en lo que me queda de vida.

Volviendo a la realidad, forcejeé en mi lugar a ver si a Aneska se le daba la gana de soltarme, pero no fue así; me sostenía con determinación, manteniendo con una mano fija en mi mentón la atención puesta en mi hermana y el cerdo asqueroso de su primo. No hice un buen trabajo en retener las lágrimas cuando la correa que sostenía su pantalón de vestir se aflojó. Mi mundo quedó en penumbras.

Él… iba a… No, no, no. Tiré y empujé del cuerpo de mi captora como una loca, sintiendo el filo rasparme la carne de mi espalda, la sensación caliente de mi sangre al resbalar y su olor inconfundible. Escuché a lo lejos, fuera de la laguna en la que yacía sumergida, la voz de las hermanas llamándome, pero estaban realmente mal si pensaban que vería tal atrocidad y no buscaría hacer nada. Es mi hermana, carajo. Es mi hermana y le están haciendo daño y… y yo… y yo no puedo hacer nada.

—¡Naomi! — escucharla llamarme me desesperaba más. Luci lloraba y gritaba, ganándose golpes de ese animal para silenciarla mientras él rompía su ropa—. ¡Nao! ¡Me duele! ¡Nao! —¡Luci! —respondí, impotente. Trataba de soltarme, pero no lo lograba. Pataleaba, me revolvía e intentaba de nuevo—. ¡Sueltala! —le supliqué a Atlas con la voz deforme—, por favor, suéltala y en su lugar, haz conmigo lo que quieres. Es solo una niña, por favor. Es solo una niña —el traqueteo de la tela desgarrándose y el sonido de la hebilla del pantalón de ese ser incrementaba el nivel de mis ruegos. Mi voz se quebraba por el llanto, me puse afónica; gritaba incluso cuando ya no me salían palabras, pero no se detuvo. Vi parte por parte cómo se bajaba los pantalones y entraba en mi hermanita, lastimándola. Luci, desmayada por los golpes y el dolor, se movía con cada dura embestida que él le daba.

Zay no era capaz de ver. Su boca estaba cerrada, y de la comisura de sus labios sangre brotó. Lágrimas, lágrimas sinceras resbalaban, acumulándose en el borde de su barbilla inclinada hacia abajo antes de caer, mezclándose con las gotas cobrizas de su sangre—. Suéltala —decía una y otra vez sin encontrar sonoridad. Me odiaba y me odié a mí misma por no hacer nada. Por estar… por ser obligada a ver lo que le hacen a mi hermana. No es justo para ningún niño pasar por eso. No es justo para Luci.

Ese… monstruo, porque no encuentro otra palabra para describirlo, se corrió una y otra vez en mi hermana hasta que la conciencia le volvió para sonreír y hacerlo de nuevo. Con las yemas de sus dedos acarició los senos que todavía no tenía en el pecho; besó y olió su cuerpo como un perro y al terminar, salió de ella con un jadeo exagerado de satisfacción enferma.

Se levantó desnudo, mostrando su virilidad pálida. Caminó hasta mí, palmeó mi mejilla dos veces y sin decir nada, tomó el mismo abrecartas con el que yo le había apuñalado. Se giró otra vez sin importarle su desnudez, se apoyó en sus rodillas y besando la frente de Luci, le rajó el cuello. El mundo se me hizo añicos. Solo entonces me soltaron y yo, en automático, corrí hacia ella, que agonizaba en el suelo. Luci se tapaba la herida con las manos, buscando tapar la fuga por la que el aire se le filtraba. Las manos me temblaban, no pensaba… solo quería ayudarla, ¿pero cómo? Por puro poder divino, mis cuerdas vocales volvieron a reconectarse y al comprender que la herida se llevaría su vida, desistí con un dolor terrible en mi alma.

—Shh, todo estará bien, Luci. Mírame —le murmuré, tomando su rostro entre mis dedos para que me viera solo a mí mientras observaba cómo su vida se le escapaba del cuerpo —. ¿Recuerdas…? —aspiraba los mocos que se filtraban de la nariz—, ¿recuerdas esa canción de la princesa Mérida? Te gustaba mucho porque era igual a ti. Irás allá, potro. Tendrás las montañas para ti sola. Tendrás el río y flotarás con el viento en las tardes —sollozó otra vez, apretándola contra mi pecho. Ya empezaba a ponerse fría y su piel morenita perdía su color.

—Ca-can —quiso hablar, pero las fuerzas no le alcanzaban. Luci, a pesar de estar casi en las manos de la muerte, se aferraba a la vida con una fiereza inspiradora. No quería irse, todavía no. Sin embargo, le entendí. Entendí lo que me pedía y, si bien mi voz era un desastre, respiré y le canté una última vez antes de dormir. Una última vez antes de que sus ojitos miel se cerraran. 

Distante estrella es este amor... que a nuestro hogar es buen conductor —empecé, y el pecho me dolió tanto que creí que me rompería allí mismo. Ver sus ojos fijos en mí, perdiendo el brillo por segundos, era una tortura—. Un sol ardiente es este amor... que ilumina la más breve acción —Luci soltó un suspiro débil, como si la melodía le diera la valentía de volar hasta cruzar el umbral. Mis lágrimas finalmente cayeron de nuevo en cascada, goteando sobre sus pequeñas mejillas. Me limpié el rostro rápido, intentando sonreírle, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos y, aun así, seguí—. Y cada día que intento hablar, pero al viento las palabras se van. Estos muros podrían caer... deben caer. Quiero sentir suelo bajo mis pies... y que esta cárcel dejemos atrás... y con toda libertad... — no pude terminar la canción. Mi voz se extinguió junto con el débil latido de su corazón. Luci se fue sin llegar a oírla completa. El alma de mi pequeño potro salió de su cuerpo en esta jodida sala. En condiciones monstruosas. La abracé, cubriendo su rostro con mi pecho; fundiéndola en mi calor como si el gesto pudiera revivirla y, al no haber contención que me detuviera, grité, clavando mi frente contra la alfombra. Grité maldiciendo la vida de todas estas malditas plagas. Deseando que el diablo saliera del infierno y se los llevara en persona.

—Florecita, suéltala. Atlas se encargará de ella. —Aneska, con todo e hipócrita delicadeza, se atrevió a tocarme como si no pasara nada. La pelinegra se apoyó en mi hombro y tiró, ganándose un siseo casi animal de mi parte.

—¡Sueltame, maldita loca! — apreté aún más a Luci, recomponiendo unas décimas mi tono—. No quiero que el bastardo de tu primo la toque. No quiero que ninguna de ustedes le ponga un solo dedo encima. ¡Ella está muerta por su culpa! ¡Mi hermana está muerta y es… —me perdí, mi argumento se nubló por un momento al flaquearme la voz—, es todo culpa suya! ¡Está muerta!

—Eso no depende de ti, Naomi. Aneska te dio una orden, y por tu bien, la cumplirás. —Katrina se acercó a nosotras, sin una sola pizca de piedad en los ojos, solo esa implacable soberbia que tanto me revolvía las tripas. Verla allí, tan apacible parada frente a mí, incrementó mi rabia. Una que se extendía como un incendio forestal. Reforcé mi agarre, alzando la primera bandera de guerra en silencio. Eso lo único que hizo fue divertirla. Katrina se rió en mi cara, entreabriendo apenas los labios—. Ay florecita, siempre tan dramática —se agachó a mi altura, susurrándome en la cara—. Ella ya no puede sentir nada, ¿Qué importa lo que le haga Atlas? — mi respuesta fue rotunda, y la mujer, complacida con mi negativa, se puso de pie con elegancia, dirigiéndose a su primo—. Haz lo que sea que tengas planeado con la niña, no me interesa. Naomi, tú estás castigada de nuevo. Aneska, llévala a nuestra habitación. Ya.

Aneska vaciló ante la demanda de su hermana gemela. El toque de sus dedos en mi piel perdió fuerza por una fracción de segundo que no bastó para llegar a soltarme y correr. 

—No —gruñí, intentando apartarme —. No me toques. No quiero que me toques. 

—Prima, hazle caso a Katrina —el hombre aun dentro de la habitación, canturreó, lanzándose en el hombro el cuerpo de Luci. La sangre goteaba en chorros que iban desde su ropa al suelo alfombrado; el éxtasis pintado en su rostro me enfermaba. Actuaba como si estuviera esperando el desenlace de una obra que ya conocía de memoria—. Mírala. Indefensa, a tu merced para hacer lo que te plazca. Puedes subirla a rastras y enseñarle modales.

—Ella no está lista para…

—¿Para qué? —preguntó, sin darle tiempo a terminar. No entendía a qué clase de juego jugaban estos dos desquiciados, pero si iban a hacer esto, que me saquen del medio—. ¿Castigarla? ¿Cortarla? ¿Azotarla? Ummm, te he visto divertirte. Conoces los límites que puedes cruzar con un ser humano para no llevarlo a la muerte, a diferencia de mí. No la matarás… si no quieres. Katrina, en cambio, da la impresión de querer desmembrarla.

La pelinegra de la que hablaban, bufó. Sus ojos oscuros se centraban en mí y, sinceramente, no me sentía cómoda con esa atención. Era como mirar a los ojos de la muerte minutos previos a tu fallecimiento.

—He sido paciente con ella, Atlas. Lo he sido porque pertenece a nuestro rosal, pero no por eso toleraré las faltas de respeto —me sentenció, bajando varias octavas la voz ya ronca—. Naomi hoy se ha excedido, y necesita recibir un buen escarmiento. Llévala a la habitación, por favor. Terminemos con esto de una vez.

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