Katrina

Papá, ¿Por qué sangra mamá? —la niña de siete años que era en aquel entonces, preguntó, irrumpiendo en su espacio de trabajo mientras sostenía con fuerza su peluche en los brazos. Los alaridos de mamá me hacían doler los oídos. Me punzaban—. ¿Se portó mal otra vez? 

Papá dejó su muñeca de lado a mitad de trabajo, dándose la vuelta con la bata ensangrentada. Fruncí los labios, fastidiada por los quejidos que emitía la mujer pálida detrás de él, y aunque no podía verme, la fulminé con la mirada adormilada. Me gustaba el silencio, la serenidad. Un hombre inteligente como lo era mi padre, comprendía mi disgusto a la perfección, después de todo, él también padecía el mal del ruido. Lo detestaba incluso más que yo, y con razón. 

Katrina —tarareó mi nombre con suavidad, acercándose sin levantarse de su silla. Las ruedas rodaban por el suelo enlozado del sótano de un lado a otro, dejando sus herramientas en su lugar—. Tu madre intentó dejarnos anoche. Trató de abandonar a su familia y eso debe castigarse.

Asentí despacio, asimilando las palabras de papá en mi cabeza. No comprendía del todo por qué mamá soñaba con dejarnos a Aneska y a mí. A veces me daban tanta pena sus intentos fallidos; verla tirada en el suelo con la piel porcelana amoratada, amarrada de pies y manos al mismo tiempo en que su entrepierna sangraba.

Fruncí de nuevo el ceño al recordar su llanto desquebrajado. No entendía por qué lloraba tanto. Cuando yo recibía un castigo, papá siempre me decía que debía aceptarlo con dignidad. Decía que llorar solo hacía más difícil aprender la lección. Tal vez mamá todavía no lo había asimilado.

—¿Va a aprender esta vez? —pregunté, manteniendo el contacto visual con él para tratar de hallar la verdad en sus palabras. 

Papá no sabía qué respuesta darme. Lo supe cuando su sonrisa apenas llegó a elevar una de las comisuras de sus labios. Su mano, enguantada con látex, me acarició la mejilla, manchándola con los fluidos que lo salpicaban. El olor se adentró en mi nariz. Dulce, reconfortante.

Espero que sí, Katrina —Las ruedas chirriaron suavemente sobre el piso de baldosas al tomar impulso para levantarse, apoyándose en los reposabrazos a los lados. Me rodeó la cadera con uno de sus brazos y juntos salimos de la fría habitación, a medida que subíamos las escaleras, los implementos quirúrgicos de papá iban desapareciendo sin el menor cuidado. Todo estaba bien si se dejaban aquí abajo —. El dolor es mejor profesor que las palabras. Tú lo has comprobado.

Me removí incómoda en su pecho, sintiendo como el hormigueo fantasmal de mi último castigo me acariciaba la espalda.

—¿Ya no intentará irse?

No lo sé. Tu madre es testaruda —me dijo, llegando al final de las escaleras—. Ella aprenderá, no te preocupes. Cuando cultives tu propia flor lo entenderás, mi amor. No la descuides, nunca lo hagas —sus ojos, siempre serenos, se suavizaron al bajarme, colocando con delicadeza un mechón de mi pelo negro detrás de mi oreja — Debes recordar, que las flores más hermosas del jardín también son las más delicadas. Si dejas de cuidarlas, se marchitan… y lo que uno ama jamás debe marchitarse. Disciplina, poda las espinas hasta que no tenga ninguna protección. Solo tú. 

Sí, papá —asentí, obediente. 

Poda las espinas hasta que no tenga ninguna protección. Solo tú”.

Respiro una y otra vez, bajando la adrenalina que recorre mi sangre. Parada en el balcón, me limito a observar los rosales que se adhieren a las paredes, a los jardines, a la fuente. Enveneno mis pulmones con el humo del cigarrillo que cuelga de mis dedos, sujetado por el índice y el medio. Llamo a mi cordura extraviada, porque si no, soy capaz de matarla. Mis instintos me gritan probarla, quiero degustar su sabor en mi paladar, pero está mal.

No puedo hacerlo. Naomi, mi flor. Es mía. Es parte de mi jardín ahora y… no debo. No debo. No debo. No debo. Expulso el aire de golpe, siguiendo la nube hasta que se pierde en el aire de la noche. La cabeza me martillea, los tímpanos me pitan como si tuviera un maldito silbato en la base del oído. Masajeo las arrugas que se forman en mi entrecejo y cierro los ojos, buscando silenciar la voz de papá. No quiero, no quiero escucharlo. No ahora.

—¿Katrina? —retuerzo la mano que intentó apoyarse en mi hombro, y estoy a nada de apagar mi cigarrillo en su rostro. Si no fuera por la luz que se filtra desde adentro, no me hubiera dado cuenta de que era Kasia la que me hablaba. Gruñí, soltando a mi hermana. Meditando el semejante daño que estuve a punto de hacerle.

—Que sea la última vez que te me acercas tanto, Kasia —le advertí, deslizando mis manos por mi cabello, alisándolo con la punta de los dedos de mi mano libre. Apagué el cigarro con ellos, sintiendo el escozor reconfortante atravesarme el cuerpo. El dolor me reconfortaba, me regresaba a casa y apresaba la locura de nuevo en su celda hasta su próximo escape—. No en este estado, por favor.

—Tú estás mucho más presente que yo — aseguró con total seguridad, parándose a mi lado—. Es difícil tenerla cerca, ¿verdad? Tu mente quiere hacerle tantas cosas. Cosas malas, cosas bestiales ahora que está junto a ti. Pero has esperado tanto tiempo por ella que, te niegas con todas tus fuerzas a lastimarla de una forma irreparable —la presencia de Kasia, aunque no lo admitiera con frecuencia, resultaba ser un oasis en medio del desierto para los perdidos como nosotros. Estos episodios en los que hablaba con la mirada perdida, eran su manera de confesarse a sí misma, y de confesar los tormentos de Aneska, e incluso los míos en voz alta. Así que la dejaba, la escuchaba en silencio.

— Temes perderte en cualquier momento y que las voces ganen la batalla como lo han hecho con anterioridad. Solo que esos muertos no eran ella. No eran nuestras flores.

—¿Problemas con tu rosa? — indagué en el instante en que el silencio reinó entre las dos. Kasia me miró por el rabillo del ojo, apenas una fracción de segundo. Bajó la mirada a sus manos antes de centrarse de nuevo en los jardines.

—¿Acaso tú no? 

No respondí. Cerré mi boca, soltando los últimos fragmentos de la furia que contaminaba mi sangre. Añoraba otro cigarrillo. Lo deseaba tanto como un sediento en medio del desierto, bajo un sol abrasador que quema su frente. Odio el temblor en mis manos; me hace querer cortármelas de un tajo y no tener que lidiar con ellas nunca más.

Este síntoma heredado por mamá no me permite olvidarla, me lleva a mis años de niñez, empeorando mi estado. No quiero recordar la mayor parte.

Debo subir ya —le informé a mi hermana, relajando un poco el tono amargado y mi postura erguida frente a ella. Elevé las comisuras de mi boca, apenas unos milímetros. La vista de Kasia era buena, lo notaría—. Mañana me espera un día largo.

—Sí, está bien —asentí, dedicándole una mirada antes de darme la vuelta. Ya estaba caminando hacia el pasillo cuando la escuché. Kasia murmuró. Aminoró la intensidad de su voz para que, si alguien andaba por allí, no escuchara—. No lastimes a Nao hoy, por favor. Esa niña era su mundo entero.

Me detuve en seco, solo unos segundos. No giré mi cabeza para verla. La tensión reavivada en mis huesos me lo impidió. «Esa niña era su mundo entero» Las palabras quedaron suspendidas en el aire, flotando, contaminando mi alrededor con la pesadez e incomodidad que ellas mismas traían. El picor del humo se aferraba a mi garganta, en una risa histérica que lucha por salir. Las convulsiones violentas me sacudían; tuve que aferrarme a la pared para no caer de cara contra el suelo. Cada paso hacia la habitación era una guerra perdida contra las notas agrias de lo que fuera que estaba experimentando.

¿Celos? ¿Culpa? ¿Felicidad? ¿Plenitud? ¿Rabia? ¿Añoranza? ¿Qué era? Una explosión de sensaciones entremezcladas. En ese estado de aturdimiento, mi mano encontró la perilla de la puerta. La sujeté con fuerza hasta que los nudillos se volvieron blancos. Los surcos de seguro se marcarían en la palma. Duré ahí parada un rato, clavando mi cabeza contra la madera, respirando los olores de mi habitación. Endulzándome con los aromas calmantes del nuevo perfume de Aneska y del cuerpo de Naomi. Sin nadie escuchándome, hablé. Le di respuesta a las palabras de mi hermana menor, bañada de una calma natural. Una que ni yo misma sabía si era auténtica.

Precisamente por eso lo hago, Kasia.

Abrí la puerta, entrando de lleno al espacio por la inclinación y peso de mi cuerpo. Mi flor huía del toque cariñoso de mi hermana, marcando distancia con una almohada que Aneska podría apartar con facilidad. Pero no lo hacía. Respetaba su pérdida, viéndola, rosando con el borde de sus uñas la pantorrilla de la trigueña.

Susurrando palabras que ni siquiera utilizaba conmigo. Hoy no la castigaría. Le haré caso al consejo de Kasia y la dejaré en paz. Lo que sí no toleraré será su indiferencia. Aun si no me quiere cerca, tendrá que soportarme. En silencio tomé mi lugar en la gran cama. Moví las sábanas y me quité la ropa ensangrentada de encima. Naomi quiso alejarme más y yo, con suma paciencia, aparté la insignificante barrera, apresándola en mis brazos. Ignoré sus reclamos, sus temblores y lloriqueos. 

Le permitiría llorar.

Le permitiría luchar. 

Le permitiría insultarme.

Nada más esta noche.

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