Naomi

Desconozco el motivo que mantuvo en la casa a Zay, aunque una corazonada persistía entre la confusión: la fuente era Darla. Mi seguridad no llegaba al 100%, pero lo creía firmemente. No se despegaban la una de la otra en ningún momento, y cuando las dos primas de Kasia declararon con libertad que se quedarían con nosotras en la misma habitación, la pelirosa aseguró su agarre en el brazo de la morena, enrollándolo con el suyo, pegando sus costados y sentándose juntas en el suelo. Pero había algo que no me gustaba en las hermanas que ahora reconocía como Darcie y Mirabella. Despertaban en mí una inquietud incluso mayor que cuando estaba sola con las gemelas en la misma habitación.

Mi problema... o en otras palabras, preocupación, partía desde el momento en que divisaba una bruma extraña en sus miradas. Descontento, celos o quizás frustración. No estoy segura, solo divago sin en realidad tener claro lo que en verdad pasa.

Unas dos horas después, salimos de la habitación para ir al comedor. La señora, que nos abrió la puerta horas antes, se encargó de informarle a la rubia que la cena ya estaba lista, y que tanto sus hermanas como su tía, nos esperaban a todas en el comedor principal. Sin hacerlas esperar más tiempo, bajamos, lideradas siempre por Kasia y sus primas, por supuesto.

Al llegar, nosotras tres: Darla, Zay y yo fuimos el centro de atención, y eso me incomodó. Los dos pares de ojos fijos en mí, en cada movimiento, me hacían sentir un fenómeno de circo en exhibición. Especialmente al chocar la mirada con Aneska. Lucía, magnífica con esa camisa blanca ajustada que dejaba todo a la imaginación. La manera en que marcaba su fina cintura me hizo, por unos cuantos segundos, sentir envidia. Sus brazos permanecían cruzados: uno sobre su abdomen y el otro apoyado en su barbilla, detallándome de arriba abajo. Sus ojos, delineados en negro, me recorrían el cuerpo sin disimulo, y sus labios pintados de un tono vino sumamente meticuloso, me regalaban una sonrisa peligrosa, casi depredadora.

— ¡Bienvenidas a nuestra humilde casa! —Anunció la propia Aneska, soltando sus propias manos para ponerse de pie en cuanto todas llegamos al comedor, seguidas de su hermana y Evelyn— No estamos acostumbradas a recibir muchas visitas. Nos gusta la privacidad.— La pelinegra buscó la mirada de su hermana, haciéndole un gesto ligero con la cabeza para que prosiguiera.

— Sin embargo, le hemos concedido la petición a nuestra adorada hermana, porque ella las considera... familia— Enfatizó la última palabra con una sutil lentitud que despertó una punzada en mi pecho.

— Y, por tanto, nosotras también. Siéntense. Hemos preparado una cena especial para esta noche.

Nos sentamos en los espacios que estaban disponibles en la mesa. He de decir que su tamaño era considerable, pero solo había. Mis cálculos daban al menos con veinte sillas, pero solo había diez sillas, de las cuales solo cuatro espacios quedan disponibles. Uno en medio de Karina y Aneska, otro al lado de Kasia, quien tomó la mano de Saher para que se sentara a su lado, uno en medio de las otras dos hermanas y el último, al lado de Evelyn.

Hubiéramos podido cambiar, si las miradas de cada una de ellas no fueran específicas. Zay no dudó en protestar. Fue apenas un resoplido acompañado de ojos torcidos, pero igual se sentó a regañadientes, como todas las demás... como yo.

Las mujeres sonrieron sin disimular su victoria, y eso, al menos a mí y a la morena, nos resultaba frustrante. Katrina extendió su mano hasta tomar uno de los cubiertos de la mesa, para golpear con delicadeza su copa. Un minuto después, ya tenía un plato con comida recién hecha frente a mí y una copa llena de vino.

Aneska, que parecía no poder mantener sus manos quietas, rozó con sus dedos mi muslo derecho. El tacto sobre mi piel cubierta por los jeans me generó un hormigueo. Respiré una, dos, tres y hasta cuatro veces para calmarme y tomar su mano con la mía para apartarla de mi pierna. Desde aquí podía sentir su diversión. No se resistió cuando le tomé la mano, pero la dejó allí, descansando en la mía, como si fuera ella quien me tenía atrapada. Los roles se invirtieron en un cambio rápido de posiciones debajo de la mesa.

— Oh, vamos— susurró con ese acento suave, felino, que parecía lamerme el oído — No seas tan tímida conmigo. Ya nos conocemos, ¿Recuerdas? — Su mirada bajó lentamente hacia mi boca y luego volvió a mis ojos, como si midiera el efecto de sus palabras. Yo, apenada, desvié la vista, observando cualquier otra cosa en busca de una distracción, conectando al instante con Zay, rígida al otro lado de la mesa. Ella observaba a cada una de esas mujeres como si pudiera adivinar sus intenciones, y aun así... también ella parecía atrapada en ese juego. El silencio se alzaba en el comedor. Solo los cubiertos al chocar con los platos sobre la mesa, parecían disipar un poco la sensación de encierro, que no duró mucho. La tía de las Gemelas dio inicio a una conversación.

— ¿Cómo te ha ido en el trabajo, Aneska? Mi hermano me contó tu reciente victoria con uno de tus pacientes — Dijo, dejando que el vino se deslizara por sus labios, humedeciéndolos en el acto. Sus dedos finos y delicados se aferran a la base de la copa, moviéndola con sutileza. El contenido se arremolinaba de un modo hipnotizante. 

— Admito que me resultó muy complaciente el resultado, Tía. Pero quisiera no hablar de trabajo en la mesa, si no te molesta— respondió Aneska, bajando los párpados con una sonrisa que no alcanzaba a disimular lo mucho que disfrutaba ser el centro de atención.— En cambio, me gustaría conocer más a fondo a las chicas que nos acompañan esta noche. ¿No te parece eso más entretenido?

Su tía, sin dejar de mover el vino en su copa, esbozó una sonrisa ladeada.

— Debo admitir, que tienes razón, querida.— La mujer, aceptó la propuesta de su sobrina, girando su cuerpo ligeramente hacia Darla— Empecemos por ti, Darla— La chica en cuestión se atragantó con el pedazo de carne que masticaba por ser el nuevo foco de atención, tosiendo en silencio dos veces. La potente mirada de Evelyn caía sobre ella con fuerza, y sé que mi amiga pelirosa nunca ha sido buena para eso. Es muy sociable, sí. Pero odia los acercamientos intrusivos, como este— ¿Todo bien, cariño? —preguntó Evelyn, sin mover un solo músculo del rostro, pero con una voz tan dulce que resultaba cruel.

— Sí... sí, disculpen— Darla respondió, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta, tratando de recomponerse en su silla— Yo no... eh, no tengo nada interesante que contar sobre mí, en serio. Llevo una vida muy monótona, lamentablemente.

La otra gemela: Katrina, que hasta ahora no había hablado, ladeó la cabeza con notable interés, apoyando el dorso de su mano en su barbilla e inclinando su cuerpo hacia adelante para verla mejor. Por un instante me pareció que ella también gozaba con invadir mi espacio personal, porque quedamos prácticamente pegadas por el acercamiento.

— Créeme que, cualquier información, por muy simple que parezca, despertará la curiosidad de nuestra tía. Por algo te lo pregunta, ¿No es así?

Darla absorbió una gran bocanada de aire antes de forzar una sonrisa incómoda en sus labios.

— Bueno, al igual que las chicas, estudio arquitectura... eh — Hizo una pausa, seguramente obligando a su cerebro a buscar información que le sirviera— Me gusta mucho el maquillaje artístico, las antigüedades y... los museos. Siempre me ha encantado admirar los fragmentos que han quedado de la historia. Tengo cierta inclinación por la cultura egipcia. Me resulta fascinante, y si todo sale bien, un conocido me llevará con él a una expedición que planea hacer el año que viene.

— Cultura egipcia... qué interesante. Siempre he creído que hay algo profundamente seductor en las civilizaciones que sabían más de la muerte que de la vida — Dijo Aneska, arrastrando el dedo lentamente por el borde de su copa—. ¿Te interesa por el arte, los rituales... o los misterios que aún guarda?

Darla no tuvo oportunidad de contestar a eso, porque enseguida Evelyn continuó, con algo totalmente diferente a la pregunta de Aneska.

— Las expediciones pueden ser traicioneras, querida— comentó, como si se tratara de una advertencia envuelta en terciopelo— Nunca sabes qué es lo que vas a encontrar... ni qué parte de ti vas a dejar atrás con lo que descubra. ¿Esta persona con la que planeas hacer ese viaje es de confianza? —Indagó, metiéndose por lo bajo. Eso a Zay no le gustó. Sin embargo, no dijo nada. Lo que sea que quería salir de su boca, se lo tragó con amargura. De todas formas, eso no fue impedimento para que su cara mostrara lo que su cabeza pensaba, porque lo demostró con sus gestos.

— Claro. Es un viejo conocido de la familia— Expresó con seguridad — Ya ha hecho esto con anterioridad. Estoy completamente segura en sus manos.

La mujer con la que mantenía la conversación bufó con diversión, bajando por un momento la vista hacia su plato a medio comer. Respiró profundo, tomando lo último que le quedaba de su vino para posar de nuevo su mirada en la aún nerviosa pelirosa.

— Me alegra saberlo — Finalizó su conversación con ella, dejando que otro tomara su lugar en el interrogatorio. Y las hermanas no tardaron en fijar su vista en Zay, quien ni se inmutó en dirigirles la mirada. Estaba clara en que, si preguntaban algo no contestaría, al menos no por voluntad propia. Las mujeres no le caían bien, y caerle mal a la morena es una sentencia de hielo perpetua. No te habla si no es necesario.

— ¿Qué nos cuentas tú, trencitas? ¿Algo interesante que decir? —Darcie habló a su lado. Su codo se apoyó en la mesa, y su mano antes oculta debajo, subió hasta apoyarse en su mejilla derecha, observando a la morena con una curiosidad hambrienta.

— No soy un libro para ser hojeado por cualquiera— Masculló sin rodeos, su voz grave, arrastrada, seca — Y menos por quienes tienen aparentemente un problema con mi tono de piel.

— Que encantadora eres — Suspiró con anhelo la hermana de cabello más corto— ¿Así le coqueteas a todas? Porque me sentiría muy celosa si así fuera, Zay.

La morena frunció el ceño, alejando de un manotón la mano que buscaba con entusiasmo descarado su cabello trenzado. Un jadeo breve y casi divertido salió de Darla, quien se tensó al instante al sentir los ojos de Evelyn sobre ella. El gesto me recordó a un regaño mudo, a una advertencia tal vez. Si bien la expresión no era abiertamente hostil, había algo que inquietaba bastante. ¿Acaso no le agradaba Zay? O ¿Era la conexión entre ellas lo que de verdad le fastidiaba? Porque eso era lo que veía en sus ojos, aparte del aburrimiento. Una mezcla peligrosa de celos, posesión e irritación.

— No coquetearía con ustedes dos ni aunque me pagaran— Murmuró, más para ella misma que para las dos a su lado.

— Mmm... siempre me han fascinado las que muerden.— Se relamió con lentitud, como si el vino acabara de endulzarle los labios— Es tan refrescante cuando alguien dice exactamente lo que piensa... aunque claro, no siempre es prudente— Su mirada brilló al clavarla en Zay, como si quisiera devorarla entera. A las gemelas no pareció gustarle ese acercamiento, y lo dejaron en claro.

— Chicas...— Katrina fue la que las llamó a ambas con tono pausado.— No la molesten más— Sentenció, haciendo una seña para que recogieran los platos.

— No las seguiremos reteniendo. Pueden retirarse para seguir con sus actividades de esta noche.

Kasia, quien permaneció callada toda la cena, asintió, levantándose casi de inmediato cuando ya su plato había sido recogido. Las demás la siguieron a gran velocidad, queriendo salir de ahí lo antes posible, pero antes de estar fuera de su alcance por completo, Aneska continuó, con la voz bañada en promesa:

— Las visitaremos más tarde.

La morena siguió bufando a mi lado, apresurando el paso escaleras arriba y declarando en voz alta que dormiría con Dalia y conmigo en el suelo. Quise reír por lo mucho que la intimidaban Darcie y Mirabella. Era raro verla así ¿Ok?.

Fuera de la vista escáner de las gemelas me sentía con la libertad de dejarme llevar por el momento y divertirme; me solté más, pude hablar con más calma y burlarme de Zay abiertamente sin decir ni una sola palabra. Las miradas eran más que suficientes para decir todo lo que pensaba sobre esto... y el celular también ayudaba, claro.

Nos mandábamos mensajes de texto constantemente, disimulando un poco para que no notaran que hablábamos entre nosotras de vez en cuando. Al final organizamos el colchón improvisado con sábanas y almohadas acolchadas para finalmente dejarme caer en ella con la gracia de un saco de papas y el suspiro de una actriz que se enamora a primera vista del protagonista, mientras Darla reía bajito desde la esquina donde se acomodaba con su manta para también acostarse. Kasia fue una de las que se opuso a que durmiéramos en el suelo, pero estábamos acostumbradas a eso, por lo menos nuestro grupo si.

— Oye, Darla ¿No trajiste unas mascarillas contigo? —Saher desde la cama preguntó, envuelta en los brazos de la rubia desde atrás.

— Sí, pero... voy a cambiarme primero. Esta ropa no es nada cómoda para dormir.

La miré en silencio, bajando la vista hasta mí misma. Yo también debía cambiarme... o sea, no es que tenga problema con dormir con el jean puesto, pero no quería pasar la noche incómoda, así que la seguí. Ya nos habíamos cambiado juntas antes, ninguna de ellas tenía nada que ya no hubiera visto, de eso se encargaron los años. Cuando salimos, envueltas en pijamas cortas, porque lamentablemente no hicimos una buena elección al respecto, nos encontramos con la mirada de las tres mujeres mayores nuevamente, con almohadas en mano y una propuesta diferente.

En resumen, mudamos nuestra pijamada a la sala, y se añadieron tres integrantes más que tampoco estaban planeados aquí. Katrina, Evelyn y Aneska nos acompañarían esta noche. He de decir que a ninguna de las tres les gustó la decisión de que Darla, Zay y yo durmiéramos juntas. No lo comentaron, pero se les notaba el descontento. Ellas nos recorrían el cuerpo entero, más que todo en las partes donde la piel estaba expuesta, y en el caso de la pelirosa y yo, era mucho. Lo que nos cubría a ambas solo consistía en un simple short corto de tela y un crop top azul. Lo único que nos diferenciaba era el color del short y un sencillo top de rayas grises con blanco. Afortunadamente, entre plática y plática esa sensación se disipó en el aire. Los chismes y tonterías de las que hablábamos se encargaron de eso.

— ¿Y bien, Nao? Tienes miedo de que te gané — La morena me incitó, elevando su almohada, lista para tirármela. Yo jadeaba, cansada por el esfuerzo anterior, parada desde la otra esquina de las camas improvisadas que hicimos. Saher intentaba golpearme, pero yo, con esfuerzo, la esquivaba... a todas, porque al parecer confabularon contra mí.

— ¡No es justo! —Chillé indignada, golpeando a Mirabella con mi propia almohada en la cabeza dos veces— Soy yo contra seis mujeres.

— ¿Y? —Me preguntó Saher, acercándose peligrosamente hacia mí— ¿No me digas que no puedes contra nosotras?

— Sola no.

— Pide ayuda entonces, Nao— Me aconsejó Darcie, sosteniendo su propia almohada, pero sin intención de hacer algo con ella.— Tienes tres mujeres sentadas allá. Puedes pedirles ayuda, ¿No?

Negué con la cabeza, corriendo hacia atrás cuando todas me cayeron encima. Esquivando los golpes que podía, recibiendo otros, gritando y finalmente, cayendo en derrota, con Saher sobre mis caderas, sonrojada, con la respiración hecha un desastre y despeinada a más no poder. Me dio un último golpe antes de quitarle la pañoleta que llevaba amarrada en mi cintura, y que era, según nuestro invento, el objetivo del juego.

— Estás eliminada, Nao— Declaró, bajándose de encima y extendiéndome la mano para ayudarme a levantarme antes de correr al ser perseguida por las demás.

Caminé, con mi respiración hecha un desastre, hacia Aneska, sentándome con las piernas cruzadas al lado de ella. Subí mis brazos para poder amarrar la masa de rizos alborotados de mi cabeza. Una leve capa de sudor se instaló en mi cuerpo por estar corriendo como una loca en la sala y fue inevitable no intentar conseguir un poco de aire con mi mano. Me sorprendí cuando las manos de Aneska me acercaron a ella.

Al principio protesté, haciendo el esfuerzo de apartarme, aunque descubrí, después de dos intentos, que era imposible, así que me dejé agarrar desde atrás. En menos de nada ya estaba inclinada sobre ella, con sus brazos atrapándome como dos enredaderas. Sus labios rozaron mi mejilla a propósito, ejerciendo la presión necesaria para sentirlos plenamente.

— ¿Estás cansada, Florecita? — Canturreó, masajeando mi cabeza, o al menos pensaba que era ella hasta que descubrí que todavía mantenía su agarre. La dueña de esa caricia era en realidad Katrina, quien sonreía complacida por mi reacción. Parecía un gato disfrutando de los mimos de su dueño. Pero no era mi culpa, ese punto de mi cabeza era sensible. Me atontaba.

— Lo hiciste bien. Te veías linda allí.

— No me ayudaron — Les reclamé, elevando la vista hasta chocar con sus ojos. Vi cómo la sonrisa en sus labios se expandía, burlona.

— No nos pediste que te ayudáramos — Tarareó, dejando que el borde de sus uñas rozara mi cuero cabelludo — Si lo hubieras hecho, te habríamos defendido con gusto, Florecita. Solo tenías que pedirlo. Lo sabes. Sé que sí.

— ¿Y si no quiero pedirlo? — inquirí, sintiendo un escalofrío suave recorrer mi espalda cuando sus uñas se deslizaron apenas. Me adormecía, no... no me sentía yo. El sueño me sumergía en la bruma, y aun así, no hacía un buen trabajo deteniendo los movimientos de mi boca, como si fuera un reflejo instintivo — ¿Qué pasa si quiero que lo hagan sin que yo diga nada?

— No funciona así, Naomi.— Intervino la otra hermana, subiendo sus manos hasta mi clavícula, jugando con el collar de cordón negro que descansaba en mi cuello. Sus dedos rozaron el dije en forma de corazón, haciéndolo oscilar ligeramente con un tintineo apenas audible por el choque con sus uñas. Su voz tenía esa cadencia peligrosa, como si cada palabra viniera envuelta en miel. Sentí cómo el calor de sus yemas se mezclaba con la tensión que subía por mi garganta.

El corazón metálico atrapado entre sus dedos parecía latir al mismo ritmo que el mío. La traición me golpeó otra vez. Los recuerdos de mi novio regresaron con júbilo, pero, por más que quería alejarme, por más que quería pedirles que se apartaran, mi cuerpo no respondía. Estaba envuelto en algo ajeno a mí. Ajeno a lo que en verdad quería, a lo que mi mente gritaba que era correcto. De alguna forma, las gemelas tenían el poder de... despertar en mí un deseo que desconocía. Siempre era lo mismo, ese era el problema.

— No somos adivinas, Florecita — Le siguió el juego a su hermana. En este punto solo escuchaba pequeñas partes de la conversación.— Deberías dormir. Te ves cansada — La calidez de sus palabras se sentía como una manta pesada que no sabía si me confortaba... o me atrapaba. Mis ojos parpadeaban con lentitud, los músculos ya no respondían con la misma agilidad, pero mi mente, traicionera, seguía aferrándose a cada palabra suya como si fueran promesas susurradas en otro idioma. Sus cuerpos se acomodaron a mi lado, una a cada extremo, como si vigilaran mis sueños. Como si fueran dueñas del umbral que separaba el sueño de la vigilia... Y en el fondo, creo que sí lo eran.

Todo me resultaba tan confuso.

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