Aneska

No podía detenerme. Simplemente no podía. Mi flor, mi hermosa flor por fin estaba con nosotras. Después de una década entera de espera, por fin la teníamos aquí. No me cabía en el cuerpo tanta emoción. Mis dedos tamborileaban rítmicamente contra la piel de mis muslos cubiertos. Mi pie derecho rebotaba contra el suelo. Me paraba. Me sentaba. Caminaba. Me detenía. Reía y sonreía. Así una y otra vez, sin parar. La máxima representación de la felicidad física me golpeaba sin pudor.

La energía corría por mis venas como si me hubieran inyectado alguna droga extraña. Ni siquiera las palabras amenazantes de Katrina lograban detener mis subidas. Es más: no creo que exista ser sobre la tierra que logre callar el gozo de mi alma empantanada. Cuando la vi llegar, no dudé en pedirle a mi hermana que se la arrebatara al hombre que la sostenía. No soportaba a los peones de Atlas. Cada uno de ellos me parecía repulsivo, hasta mi propio primo.

—Aneska, quédate sentada en esa silla. No lo volveré a repetir —los ojos de mi hermana cayeron con todo su peso sobre mis hombros. Sus facciones rústicas y amargas le daban un toque extra a su atractivo innegable. Katrina siempre ha sido así: una escultura esculpida con precisión y profundo detalle hasta en el más mínimo gesto. Una obra de arte. La primera de mis musas. Verla con la emoción latente en mi torrente aviva la chispa de un deseo que lucho por apaciguar dentro de mi pecho. La lujuria toca la puerta, incesantemente, cada que escucho a lo lejos sus regaños ladrados desde la pared de enfrente.

—¡Está aquí! —le exclamó, ignorando la advertencia en su mirada delineada. Me levanté, despegando lentamente la espalda del espaldar acolchonado de la silla para caminar, midiendo cada paso hacia mi gemela, quien giraba con mucha delicadeza uno de sus anillos en la punta de sus dedos.

—Nuestra flor por fin llegó a su jardín, mi amor —Susurré, enredando mis brazos detrás de su cuello; mis uñas subiendo por su nuca hasta raspar sin el menor cuidado su cuero cabelludo. Sus ojos negros cual carbón se clavaban en los míos, hambrientos, agresivos y homicidas. Mi nariz rozó la suya. Su aliento acarició el mío, y antes de que el pensamiento de retroceder y estrangularme se le pasara por la mente, sellé mis labios con los suyos en un beso exigente en el que nuestras lenguas se enredaron mutuamente, danzando y saboreándose al compás de un ritmo retorcido que guiaba los hilos que nos unían.

Estaba tan concentrada en el beso que me fue imposible notar el cambio en su agarre en el momento indicado. Para cuando quise reaccionar, los lugares habían sido cambiados, siendo ahora mi posición entre la pared y el ajuste de sus manos sobre mi torso y cuello; me apretaba tanto que sentía mi conducto reducirse. El aire luchaba por abrirse paso hasta mis pulmones. La sensación agonizante de asfixia activaba las alarmas naturales de mi instinto y a su vez un calor ardiente comenzaba a resbalar de mis muslos.

El estrangulamiento, viniendo de la mano de mi hermana mayor me aceleraba el corazón, y no solo por la escena en la que nos envolvíamos sin pudor frente a los ojos indiscretos e inexpresivos de mi familia reunida en el mismo espacio que nosotras dos, salvo, claro, las miradas llenas de temor de las amigas de Naomi. No puedo juzgarlas. Sé lo difícil que es presenciar una de mis crisis nerviosas por primera vez.

—Te dije que no te levantaras, Aneska —la mujer frente a mí bramó, afianzando su agarre en mi garganta y clavándome aún más en la fría pared. El impacto me desorientó por un breve instante. Me hizo tronar cada pequeño hueso de mi cuerpo y al mismo tiempo, me robó un gemido adolorido que se expandió a lo largo de mi pecho—. ¿Te cuesta tanto obedecer? — Separé mis labios, estreché mis ojos y preparé mi lengua para articular una afirmación que la enfurecería, pero en su lugar, su mano izquierda subió, aplastándome las mejillas y sellando mi boca abierta con su palma.

Sus dedos incrementaron la fuerza en su agarre, siendo los causantes de innumerables puntos negros que empezaban a aparecer en mi visión. La promesa de moretones dibujados en unas cuantas horas me quitaba el poco aliento que conservaba. Mis uñas arañaron la piel que lograba alcanzar. No porque quisiera. Sino porque mi cuerpo tenía que emitir alguna reacción, alguna seña para que mi hermana siguiera ahogándome o el juego pararía. Y yo no estaba dispuesta a perder esta vez. No. Deseaba tanto esta victoria más que cualquier otra.

— Mírame, hermanita. Porque si cierras esos lindos ojos no te permitiré tocarla hasta que haya terminado con ella.

—Katrina, suelta a tu hermana o acabarás matándola —la tía Evelyn le advirtió algo que ella muy bien sabía. Arrastrando las palabras en cada sílaba. Sin disimular el desinterés que le provocaba si mi Katrina o yo nos matábamos entre nosotras frente a sus ojos—. Katrina. No volveré a repetírtelo.

Mi hermana gruñó, alejándose de mí en un brinco. Su respiración era errática, sus manos se apoyaban en la pared del otro lado de la habitación, encerrada en el diminuto espacio que le dejaban. Y yo, yo no podría estar más decepcionada. Ya casi lo tenía. Ya casi tocaba a la muerte con la punta de mis dedos. Casi acaricié su velo. Solo unos segundos más y... Tenía que intervenir Evelyn.

Dañar el momento con su seriedad anticuada y la preocupación de romper abruptamente su muñeca antes de lograr su cometido. ¿Un hijo? ¿Un mocoso correteando por las antiguas paredes de la familia Larkin? Rompiendo cada una de las reliquias que las casas poseían. Pese a lo desagradable que me parece gestar a un niño en mi cuerpo o en el cuerpo de mi hermana, la descendencia en nuestro círculo es incluso más importante que el casamiento. Y Evelyn comienza a quedarse sin tiempo. 

—Nadie ha ganado aquí, hermana —resopló Katrina por la nariz cada una de las letras, como si una bestia embravecida la invadiera por dentro, queriendo poseerla para por fin acabar conmigo.

— No lo pienses. Yo la veré primero, porque tú solo le caerás encima. Te conozco, y si la asustas más de lo debido, te encerraré — declaró sin cederme el derecho a replicar su orden. Como en cada ocasión, ahí estaba Katrina Larkin tomando la decisión final únicamente por tener la mala suerte de nacer cinco minutos antes.

El descargo de peso me iba de maravilla, no mentiré. Sin embargo, nunca caía mal un poco de actuación. Por ello resoplé en mi lugar, cruzando los brazos sobre mi pecho y rodando los ojos. Mi espalda se deslizó con desánimo por la pared hasta que mis rodillas se pegaron a mi pecho en el suelo. Ahora debía esperar a que Naomi despertara desde afuera. Limitada a ser una simple espectadora en una historia en la que yo también poseía un papel protagónico.

Evelyn ya se había ido, Kasia y mis primas también. Quedaba yo sola, pegada contra una fría pared mientras Katrina estaba dentro de esa habitación, con Naomi. No se escuchaba ni un alma tras esa puerta.

Las horas pasaban y pasaban tan lento que me vi en la necesidad de levantarme y caminar escaleras abajo, entrando sin quererlo realmente al patio. En donde se plantaban los rosales. Allí descansaba mi tía, sentada en una mesa con la compañía de las hijas de Ángelo. El sol de mediodía no era fuerte, pero ante una piel tan pálida como las suyas no sería difícil sonrojarlas. La rigidez en los hombros de las menores me transmitía la inconformidad que sentían.

Sus planes, al igual que los míos, se vieron cambiados por completo cuando Naomi y su amiga no aparecieron en esa playa. Atlas complicó las cosas al encapricharse con la hermanita de mi flor. Ella no estaba en los primeros planes. Y todo hubiera sido más sencillo si mis hermanas no hubieran descuidado esos papeles frente a Atlas. Fue una estupidez viajar y acosar a la niña sin formar un plan previo. Pero su imprudencia no salió tan mal. Después de todo, adelantó nuestro encuentro. Aunque para Darcie y Mirabella no ha sido satisfactorio. No ha habido noticias de su muñeca, y ambas comienzan a desesperarse bastante. Lo peor que podría pasar es que a Atlas se le ocurra jugar con la chica y la mate.

—¿Qué haces aquí, sobrina? Pensaba que estarías encerrada junto con tu flor unas cuantas horas —sonreí de lado, conteniendo la amargura mental que me generaba su comentario viperino. Apoyé mi cadera en el borde de la mesa de cristal, sin necesidad de ponerle peso real. Esperaba a que continuara con su discurso, porque de seguro que su lengua tenía mucho más por soltar.

Mi tía, a pesar de sus facciones serenas, estaba de mal humor por culpa de su juguete. La china no ha hecho más que gritar y gritar las últimas tres horas luego de que le hicieran el procedimiento médico—. No deberías dejarla sola tanto tiempo. Sabes cómo se pone cuando quiere inspeccionar algo que considera suyo a fondo — continuó, jugueteando con los dijes de su cadena—. Si la descuidas, puede matarla, Aneska.

—Ya lo sé —respondí, haciendo caso omiso al comentario. Por un lado, mi mente no dejaba de dar vueltas alrededor de ese detalle. Y por otro, la seguridad se encargaba de nublar mi buen juicio al hacerme creer que mi hermana usaría su inteligencia para darse cuenta de que eso no sería una buena idea. En lugar de llenarme la mente con cosas que no tendrán remedio, preferí desviar el tema—. ¿Sigue dormida o aún la tienes amordazada?  

El brillo entretenido de sus ojos cayó de lleno en mí. El peso de su atención me presionaba sin decir palabra; bastaba con el silencio y el suspiro lento que fluyó afuera de sus labios ligeramente separados para notar lo divertido que le resultaba mi pregunta. Y a su vez me da la respuesta no verbal que esperaba escuchar.

—No. Está despierta —me informó al final, apoyando la palma de su mano contra su mentón—, pero su cuerpo todavía no responde como ella quiere. Puede que anoche me haya excedido un poco con el sedante que le suministré — la tranquilidad que bañaba su voz era en resumidas cuentas exasperante. En ocasiones hace que me pregunte cómo hacen; ella y mi hermana parecen ser tan distantes en estos casos. ¿La alegría no las supera? ¿No sienten ese subidón de hormonas al tenerla a solo unos pocos pasos de distancia? Parece que no.

La frialdad del apellido se les ha filtrado en la sangre; ha viajado por su torrente sanguíneo y ha acribillado su corazón con agujas cristalificadas y contaminadas con un veneno potente. Imposibilitando la creación de sentimientos profundos. Una mala dosis hubiera matado con facilidad a la frágil chica cautiva en su habitación. Sin embargo, aquí estaba Evelyn, mirándome sin el menor peso de culpa o preocupación. Tal vez era exceso de seguridad; los años de una doctora entrenada hablando con suma confianza o quizás solo me reflejaba lo poco que le importa, pero si así fuese, ¿Por qué tomarse tantas molestias en ganarse su "amistad"? ¿En acercarse tanto a su propia flor si la orillas gustosa a las lagunas de la muerte tan pronto? — esto valdrá la pena si en 15 días veo en la prueba un resultado positivo.

—¿No era mejor asegurarlo siguiendo algún tratamiento?

—Al principio lo consideré, pero llevaría más tiempo del que tengo. No puedo arriesgarme tanto, Aneska —se detuvo un instante, revisando el reloj en su muñeca antes de ponerse de pie—. Si le realizo la prueba y no sale lo que quiero, lo intentaré hasta que quede embarazada. Dejaré que Darla comparta unos días con sus amigas antes de viajar juntas a Inglaterra. Cuento con que le permitan a Naomi y a esa Zay, cuando aparezca, por supuesto, compartir con ella para que su estado mental no se deteriore tanto.

—Claro que sí, tía. —Mirabella entró de golpe a la conversación en la que Evelyn también la incluía implícitamente, respondiendo no la pregunta, sino la exigencia que estaba haciendo. Y yo, incapaz de oponerme, también acepté. Vi su idea como una oportunidad de ganarme a mí flor de cierta forma.

—También estoy de acuerdo, tía Evelyn —respondí en voz alta, despacio. Imitando la acción que minutos atrás ella había hecho—. Darcie, Mirabella, yo me retiro. Debo ver por qué tarda tanto mi hermana.

—Si fuera tú, correría, prima. No vaya a ser que Katrina ya tenga parte del cuerpo de Naomi en su estómago. —Darcie no contuvo su comentario, por supuesto que no. Me miró con toda la intención de disparar una flecha corrosiva en mi zona. La pelinegra esperaba, recostada en su silla de madera mientras tomaba el sol; sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el cristal de la mesa, clavándome la mirada, desafiante—. ¿Algo que decir, Aneska? Por qué estás mirándome como si quisieras saltarme encima.

Resoplé divertida, dibujando una sonrisa fingida en mis labios. El anillo en mi dedo giraba sin parar, manteniéndome en tierra. Mi ojo punzaba, como si un sucio hubiera ingresado, pero no era más que un estímulo de mi propio cuerpo. La imagen mental de Darcie inerte en el pasto era memorable. Su pecho abierto en un conteo casi perfecto.

Arrancaría su lengua y se la daría a Ángelo de cena sin que supiera que devoraba a su hija sin saberlo. Su cara sería digna de un retrato que sin dudas colgaría en la entrada si tuviera la oportunidad. Mi anhelo de arremeter contra ella superaba cualquier sentido común que tuviera. Los lazos de nuestro parentesco se disolvían, borrando la poca consideración que guardaba por Mirabella y su hermana.

—Darcie, déjala —su hermana la reprendió, anticipando el peligro que se avecinaba para la mujer a solo unos metros de distancia. Su hermana se mantuvo en silencio, retándola con la mirada. Sus negros se mantenían fijos en ella, ignorándome por completo—. Deja de mirarme así y vámonos antes de que Aneska considere matarte.

—Qué lo intenté —retó la orden de su hermana y retó la voz de mi cabeza. Sus piernas se enderezaron, poniéndose de pie con un movimiento fluido de su cuerpo. Darcie dio un paso al frente, invadiendo sin esfuerzo el espacio entre ellas. La violencia explícita en sus hombros tensos. No se dijeron nada, solo se miraban a los ojos, entendiéndose sin necesidad de mover los labios, hasta que Mirabella, en un acto inteligente, la tomó por el cuello. La hermana más pálida enterró sus uñas en la piel expuesta, robándole a la insolente de Darcie un siseo ahogado. La presión era enorme, porque con facilidad cambiaron puestos en la silla.

—No te hagas la mala, Darcie. Porque te recuerdo que nuestras primas han sido muy amables con nosotras al aceptarnos en su casa —le gruñó, manteniendo su cabeza en alto con su otra mano—. No olvides tu lugar ni en dónde es que estás. Vámonos. Ya. —Terminada la conversación, la soltó, tirando de su cabeza dolorosamente hacia atrás— Por favor, discúlpala, Aneska. Darcie necesita un castigo ejemplar.

Asentí, incapaz de negar la satisfacción que la escena me dio.

—No tiene importancia, Mirabella. Conozco la personalidad de tu hermana, pero habla con ella. La próxima vez no me contendré tanto.

Mi prima estuvo de acuerdo, desapareciendo del jardín con Darcie. El silencio nuevamente me inundó, y era tan agradable que por un breve momento olvidé que debía subir a ver qué era lo que estaba haciendo mi hermana en esa habitación con Naomi. 

Naomi.

Naomi.

Naomi.

Qué bien se sentía decir ese nombre en voz alta ahora. Teniéndola tan cerca, a solo unas cuantas habitaciones de distancia. Cada letra me adormecía los labios y al terminar de decirlo, se sentía tan dulce. Tan adictivo que me embriagaba. Me deshacía en mis propias fantasías hasta que un grito filtrado a lo largo del pasillo me dio la señal que estaba esperando: mi florecita había despertado al fin.

Por fin podría entrar. Por fin podría verla. Tocarla. Besarla. Mi corazón volvía a acelerarse como si hubiera corrido un maratón. La electricidad viajaba por mi cuerpo; desde la punta de los pies hasta el más pequeño de los cabellos de mi cabeza. El frío del pomo de la puerta se calentaba con mi mano en segundos. La indecisión entre entrar y quedarme fuera era persistente. Pero al final me vi a mí misma entrando y viendo a Naomi forcejear en sus ataduras. Lastimándose aún más, al mismo tiempo en que de sus ojos solo brotaban lágrimas, manchando sus tintadas mejillas.

Katrina, sentada en uno de los muebles, se limitaba a observarla; salvaje y obstinada. Sabía que estaba así por los gritos. Los odiaba. Ella, a diferencia de mí, no tolera mucho los ruidos fuertes. Así que, por el bien de nuestra flor, tuve que intervenir.

—Shh, Nao. Florecita, cálmate. —Le hice saber de mi presencia a la chica que, al escucharme, paró sus movimientos para dirigirme una mirada horrorizada. Continuó gritando, suplicando ayuda. Exigiéndome que la soltara. Que la dejara ir, pero sus lloriqueos solo estresaban más a mi hermana. Y no podía permitir que Katrina tomara medidas —. Florecita, cállate —pedí, lo más suave que dieron mis cuerdas vocales. Sin embargo, no me hizo caso. Continuó revolviéndose. Luchando. Por lo que tuve que sostener su cabeza con mi mano para que dejara de moverse y me acerqué, rompiendo la burbuja inexistente que la mantenía fuera de mi alcance—. Naomi —La llamé con dureza. Un llamado de atención previo —, a Katrina no le gusta el ruido. Lo detesta. Y tú la estás incitando a perder los estribos. No queremos que esa linda voz tuya sea retirada, ¿Verdad?

—¿A-a qué te refieres? —preguntó con los ojos tan abiertos que incluso pensé que en cualquier momento se saldrían.

Sonreí. Saboreando lo que estaba a punto de soltar.

—Me refiero a que, si no te callas por voluntad propia, mi hermana extraerá esas hermosas cuerdas vocales de aquí —dirigí mis dedos a su garganta, presionando suavemente la zona—. Me encanta tu voz, florecita. Odiaría ver cómo Katrina te las arranca, pero para que eso no pase, debes cooperar.

—No entiendo qué tienes tú que yo no tenga — protestó Katrina en su sitio, gruñendo en cada palabra como un perro rabioso. Y sin realmente querer disimular, estallé en risas al lado de Naomi, exaltándola. Mi pecho vibraba con nada más que diversión.

—Lo que tengo yo, querida hermana, es tacto. Tú nunca has sabido utilizar la diplomacia cuando se trata de tus muñecas.

—No lo hago, porque es completamente innecesario. 

—He ahí el problema, mi amor —le dije, caminando hasta ella. Estar bajo la vista de Naomi me animaba a ser mucho más atrevida. Quería que me viera besar a Katrina. Quería que supiera que ella también podía hacerlo con ambas, cuando quisiera. Por eso me senté en sus piernas, acariciando con ternura los contornos del rostro idéntico al mío. Pasé las yemas por su nariz recta, por sus mejillas y por sus labios, acercándome tanto que el aire que respirábamos era el mismo.

— Tu tolerancia es nula. Lo sé bien. Pero debes aprender a serlo con nuestra flor... mientras se acostumbra.

—Prometo intentarlo, si a cambio tú me das eso que llevo años pidiéndote — habló, en un tono tan bajo y seductor que cualquiera que no estuviera consciente de lo serio que era el tema, aceptaría sin pensar en los daños futuros—. Si das un sí por respuesta, sería capaz de jurarlo sobre la tumba de Giana. Así de fuerte es mi deseo por hacer oficial, lo nuestro. Estando tú más. 

—¿Y nuestra flor en dónde la dejas?

Katrina, sin ser realmente buena con las palabras, rebuscó en su cabeza. Guardo silencio unos segundos, meditándolo. Hasta que sus pensamientos se vieron alumbrados por la bombilla que genera pensamientos. Un beso me fue dado, y un beso respondí. En poco tiempo, ese único contacto se transformó en una competencia para ver cuál de las dos reclamaba el dominio. Mi aliento se adhirió al suyo, nuestras lenguas se enredaron y mi alma corrupta acarició la de ella. Solo entonces, cuando el aire exigió paso por nuestros pulmones, nos separamos.

—Sin necesidad de puentes que nos unan, ella será la calma que esta casa sumida en el caos ha pedido durante años. Y cuando los lazos nos exijan sangre nueva, sembraremos raíces en su vientre. Hijos nuestros e hijos suyos. Necesarios para asegurar nuestra existencia. Indeseados por ambas, pero nuestros. Con tu mente, con su carácter y con mi rostro. ¿Te he convencido ya o tengo que seguir hablando? Porque, para ser sincera, ya se me acabaron las palabras cursis, Aneska.

—Katrina Larkin, me has convencido. Acepto, y te prohíbo ir a la tumba de nuestra hermana solo para perturbar su descanso con tu juramento absurdo.

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