Salí de allí con el corazón a punto de salirme del pecho. Esa mujer es tan arrogante, engreída, sarcástica, mandona; sé que es clasista, una asesina y probablemente también narcisista.
Me encanta, joder. Me encanta cómo da órdenes con esa maldita seguridad de que todos correrán a obedecerla. Tengo todas las banderas rojas golpeándome en la cara y me gustan.
Pero me enfrentaba a un dilema: no tenía ni idea de cómo volver.
—Muy bien, Nessy. Ni modo de volver y pedirle el favor a tu jefa de que te lleve —me dije a mí misma—. Solo camina.
Seguí andando, intentando convencerme de que todo estaba bien, hasta que un claxon fuerte me hizo dar un salto. A mi lado se detuvo un auto negro; tras el vidrio polarizado, la ventanilla bajó lentamente.
Era Gray.
Apoyaba un codo en la puerta, mirándome con esa mezcla de desdén y diversión que parece ser su marca propia.
—Suba.
No fue una sugerencia: fue una orden.
Tragué saliva. Mi instinto me gritaba que no debía, pero mis pies ya se habían puesto en movimiento. Abrí la puerta y me senté, sintiéndome atrapada en algo mucho más grande que yo.
El trayecto transcurrió en silencio, cargado de esa tensión que ella dominaba a la perfección. Finalmente, detuvo el vehículo frente a una estación de Transmilenio. Justo cuando creía que todo había terminado, Gray me extendió mi cuaderno.
Lo reconocí al instante: era mi cuaderno de dibujos.
Mi mano tembló al tomarlo. Podía percibir que ella notaba cada pequeño gesto, cada temblor de mis dedos.
—¿Tiembla porque soy yo, o porque le da miedo saber lo que ya vi? —preguntó con un tono mordaz.
Me quedé sin palabras.
Bajé torpemente y cerré la puerta detrás de mí; ella arrancó y desapareció entre el tráfico como si nada hubiera ocurrido.
Abrí el cuaderno a toda prisa, con el corazón en la garganta, y entonces me di cuenta: faltaba una hoja.
El dibujo.
Entré en pánico y me tapé la boca con la mano. Esa mujer ya lo sabía.
Y eso no sería lo peor. Porque al regresar al apartamento, descubriría que me esperaba algo mucho más obsesivo y sangriento, de lo que jamás debí enfrentar.
Diooos