Habían transcurrido más de diez minutos. El médico ya me había tomado la presión, revisado el pulso y practicado esos exámenes básicos de rutina.
Sin embargo, seguía esperando que yo hablara. Había suspirado varias veces, visiblemente frustrado.
—Señora Gutiérrez, necesito que me diga qué ocurrió —insistió.
—Averígüelo usted. Es el médico —le respondí con una sonrisa desafiante.
—Necesito conocer los signos y síntomas —repitió, con mayor seriedad.
—Mire, estoy bien. No necesito atención —respondí, cansada de estar allí.
Suspiró de nuevo, esta vez con evidente fastidio.
—No puedo limitarme a adivinar qué le ocurre —dijo, apretando la mandíbula.
—Eso dice más de su capacidad profesional que de mi estado —repliqué, solo para molestarlo.
El hombre se levantó de golpe.
—¿A dónde va? —pregunté, arqueando las cejas.
—Voy a llamar a sus familiares. Que entren y me lo cuenten ellos.
—Ni se le ocurra —lo amenacé, señalándolo con el dedo índice.
Alzó ambas manos en gesto de calma, sin dejar de sonreír.
—Entonces, dígamelo usted —se sentó de nuevo lentamente, sin apartar la vista de mí.
Suspiré. Podía decírselo; al fin y al cabo, lo que me ocurre es asunto más de un psicólogo que suyo. Y deseaba salir de allí cuanto antes.
—Está bien —dije, todavía irritada—. Tengo PNES.
Arqueó una ceja, bajó la mirada unos segundos y carraspeó.
—No es fácil confiar para contar algo así —comentó con tono serio, antes de fruncir aún más el ceño—. Pero, ¿en plural?
Me indigné al instante. Crucé los brazos y lo fulminé con la mirada.
—¿Qué clase de médico es usted? —lo desafié, entrecerrando los ojos—. Le hablo de un trastorno.
Soltó una risa breve, como si se vengara de los fastidios de la última media hora.
—Lo comprendo —respondió al fin—. ¿Y qué hace al respecto?
—Tomo antidepresivos y ansiolíticos —hice una pausa—. También suelo coger con mujeres.
Él, imperturbable, comenzó a escribir en su equipo.
—¿Asiste a terapia psicológica, supongo? —preguntó.
—No la necesito —repliqué, con un dejo de indignación.
—Sí, es evidente —soltó con un sarcasmo tan sereno que me hizo hervir la sangre.
—¿Qué insinúa? —me incorporé ligeramente, apoyando las manos sobre el escritorio.
Levantó ambas manos en gesto de paz, aunque su sonrisa seguía irritándome.
—Señora Gutiérrez, su condición se manifiesta a través de síntomas físicos provocados por causas emocionales. Como médico, no puedo ofrecerle más allá de una orientación básica. Necesita acompañamiento psicológico, alguien que la ayude a regular lo que siente.
Lo mismo que me han dicho desde el diagnóstico.
El médico siguió escribiendo en su equipo, construyendo mi historia clínica: síntomas, edad, alergias, antecedentes. Seguramente para remitirme a consulta psicológica.
Ya tengo a Mafe, aunque me cueste abrirme con ella. Al menos ya le conté lo que significó pasar años sin salir de casa y la emoción absurda que sentí al pisar el pasto por primera vez.
Mientras permanecía absorto en su tarea, me levanté en silencio. Concentrado como estaba, no advirtió mi ausencia de inmediato.
Salí deprisa, casi corriendo hasta la sala de espera.
—Vámonos —dije, sin detenerme.
—¿Qué te dijeron? —preguntó Zafiro, tras mis pasos.
—Deshidratación —respondí con calma.
Seguí avanzando hacia la salida. Se quedaron allí, sin moverse, pero poco me importó: me iría de ese lugar a cualquier precio.
Pero para mi mala fortuna, no estaba solo Daniel. Desgraciadamente, descubrí también a esa maldita de Julia, plantada como una sombra dispuesta a arrugarme la noche por completo.
Ya estaba harta de cruzármela donde quiera que fuera; harta de su rostro y de su actitud. Tenía pensado ignorarla y pasar de largo, pero esa noche parecía habérselo tomado como algo personal.
Se acercó y me sujetó del brazo como si tuviera algún derecho a tocarme.
—¡Suéltame! —la empujé con todas mis fuerzas, fulminándola con la mirada.
Ella no apartó la suya. Me observaba con furia contenida, como si yo hubiera cometido una imperdonable ofensa.
—Más te vale no haberte acercado a ninguno de mis hijos —me espetó, con voz que pretendía ser amenazante.
—La que debe cuidarse de mí eres tú —le respondí con veneno, sin apartar la vista—. No tienes idea de las ganas que tengo de romperte la nariz.
Ella se inclinó hacia mí, sin mostrar el menor rastro de temor.
—Si descubro que te acercas a ellos, me importará un bledo lo que una asesina como tú pueda hacerme.
Sus palabras me hicieron hervir la sangre al instante. Sentí que me temblaba el párpado, ese tic que aparece cuando estoy a punto de perder el control por completo.
Me acerqué a su rostro, tan cerca que pude oler su perfume barato.
—¿Les has contado alguna vez que te metiste con un hombre casado? —le susurré, arqueando una ceja—. Porque el único daño que podría hacerles sería revelarles la clase de mujer que tienen por madre.
Se lo dije suavemente, apenas un murmullo, pero suficiente para hacerla estallar.
Sin previo aviso, me golpeó la mandíbula con fuerza.
Maldición, tenía fuerza.
No me quedé de brazos cruzados: le devolví el golpe con toda mi rabia, y mi puño cerrado impactó directo en su mejilla. Retrocedió tambaleándose. Juro que me habría lanzado sobre ella y la habría destrozado allí mismo si Daniel no me hubiera sujetado por los brazos con toda su fuerza.
Julia retrocedió un paso más. Me conocía; sabía quién soy y de lo que soy capaz. Sabía que no me tiembla la mano para quitarle la vida a nadie, y sabía también que tenía razón.
—No quiero ni necesito saber nada de tus hijos —le escupí, respirando con dificultad—. Pero si sigues buscándome, te juro que los dejaré huérfanos de madre.
Me sostuvo la mirada unos segundos, con esa furia que casi me enloquecía. En ese instante habría podido zafarme de Daniel, abalanzarme sobre ella y destrozarle el rostro.
—Desaparece de mi vista antes de que te mate —le advertí con voz baja y firme, como quien dicta una sentencia.
Julia dudó. Miró hacia la entrada del hospital y luego volvió a mirarme, como si esperara a alguien. Finalmente se giró y se alejó despacio. Caminaba encorvada, doblada sobre sí misma, como si un dolor en el estómago la consumiera por dentro.
Daniel me soltó al fin, confundido, sin entender absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir.
—Maldita sea… —murmuré entre dientes, temblando todavía de ira.
Me giré hacia la entrada del hospital, preguntándome por qué demonios tardaban tanto en salir. Y sobre todo, por qué Julia había aparecido de esa forma, acusándome sin motivo. No conozco a sus hijos, ni me interesan en lo absoluto.
Amooo