Me quedé apoyada contra la puerta hasta que escuché abrirse el portón.
Me levanté de un salto y abrí de par en par antes de que terminaran de bajarse del auto.
—¡Nessy! —exclamó Zafiro acercándose, con el rostro desencajado—. ¿Qué pasó?
Aún temblaba; las piernas me fallaban. Sol puso las manos en mis hombros y me apretó con ternura, intentando transmitirme calma.
—Tranquila, amiga —dijo con suavidad—. Estamos aquí, cuéntanos.
Respiré hondo, conté hasta tres y logré soltar lo que me oprimía la garganta.
—Fui al río para despejar la mente y… —me detuve, la voz se me quebró.
—¡¿Y qué, Nessy?! —Zafiro dio un paso adelante, urgente—. ¡¿Qué fue?!
—Encontré un cuerpo. Ya eran solo huesos, allí en la orilla —confesé. Un silencio pesado cayó sobre nosotras.
Casi era tarde; la luz se apagaba en los rincones de la casa. Ellas se quedaron sin palabras; el frío de la noticia se nos metió en los huesos.
—No iremos a ver nada —sentenció Zafiro con firmeza—. Llamaremos a las autoridades.
Debí haberlo hecho desde el principio.
—Nessy, llama a Gray —dijo Zafiro de repente.
Se me encogió el estómago. ¿Por qué yo? ¿Y si la interrumpía en algo importante? ¿Y si lograba enfadarla?
—¿Por qué no la llamas tú? —pregunté con la voz débil.
—Porque te mueres por escucharla más que yo —respondió ella, con esa sonrisa suya que ya conocía demasiado bien.
Tenía razón: anhelaba oírla. Su voz me habría calmado y, a la vez, encendido por dentro.
—Vamos, Ness, hazlo —insistió, clavándome la mirada como si fuera una orden.
Ambas me observaban fijo, esperando que obedeciera.
—O mejor volvamos a ver el cadáver —soltó Sol con una sonrisa torcida.
—No, no, no —negué rápido, casi gritando—. La llamo.
Entramos y me quedé allí, temblando con el celular en la mano. El botón verde parecía quemarme los dedos.
—Ánimo, Ness, es necesario —insistió Zafiro.
Sol, con su imprudencia cariñosa de siempre, tomó el aparato sin pedir permiso y activó la llamada antes de que pudiera arrepentirme.
Me quedé helada. Sabía que Gray odiaba las llamadas inesperadas. La espera se hizo eterna, una verdadera tortura.
No contestó. Sol y Zafiro soltaron el aire al unísono.
—Está ocupada —dije, intentando calmarme—. Llamemos a la policía o a quien corresponda…
En ese instante, el celular vibró: una llamada entrante de Gray.
Ellas sonrieron, satisfechas.
—Si no atiendes, te va a matar —susurró Zafiro, divertida.
Tragué saliva y respondí.
—¿Sí? —balbuceé.
—Ness —su voz sonó baja, grave y tajante—. ¿A qué se debe su llamada?
Se me secó la boca; intenté ordenar las ideas.
—Es que hallé algo en el río —empecé.
—Respire —me cortó, más como una orden que como un consejo—. No la estoy tocando ahora mismo. ¿Alguien la está tocando?
La pregunta me tomó por sorpresa, cargada de unos celos disfrazados que aceleraron mi corazón: vergüenza y alivio extraño a la vez. Se notaba en su tono la distancia entre autoridad y deseo.
—Encontré un cuerpo a la orilla del río —solté de golpe, casi a tropezones.
Esperaba preguntas sobre el hallazgo, pero no.
—¿Qué hacía allá? ¿Estaba acompañada? —interrogó con un tono inquisidor que me apretó el pecho.
—No, señora —me apresuré a aclarar—. Fui sola a despejarme; recibí un mensaje de Lincy y me asusté…
—¿Otra vez ella? —gruñó Gray, como si el nombre fuera algo repugnante.
Sin saber muy bien por qué, se me escapó una confesión:
—Era mi ex —dije, probando su reacción—. Fue mi novia y no me deja en paz.
Hubo un silencio largo, afilado al otro lado. Luego, su voz salió contenida y cortante:
—¿Es que no le queda claro que ya la perdió?
No entendía cómo habíamos pasado de hablar de un cadáver a esto en segundos, pero había algo perversamente reconfortante en su celo.
—¡Gray, hay un maldito cuerpo en el río! —interrumpió Zafiro, ya sin paciencia.
Se oyó un golpe seco, como si hubiera golpeado la mesa. Casi pude ver su ceño fruncido, oscuro y rígido.
—¿Qué esperan que haga? —preguntó al fin, con esa mezcla fría de autoridad y posesión—. Si ya está muerto, ¿qué quieren de mí?
Soltó un suspiro profundo, resignado.
—Ya voy —fue su decisión.
Esa irritación suya me pareció deliciosa; algo en mí se ablandó al escucharla.
Colgué con las manos temblorosas. Zafiro me mirada con picardía; Sol me rodeó la cintura con un abrazo. El miedo seguía allí, pero mezclado con una certeza extraña: Gray venía, venía para proteger y también para reclamarme.
Porque no es solo mi obsesión, ella siente celos.
Gray llegó en su moto; el rugido del motor estremeció el aire. No venía sola: tras ella, dos camionetas negras se detuvieron con precisión. El corazón me dio un vuelco al verla. La emoción fue tan fuerte que casi olvidé que estábamos allí por un cadáver.
Se acercó directamente a mí; sus botas resonaban secas contra el suelo y comenzó a interrogarme con seriedad. Le conté todo: cómo había hallado los restos, el lugar exacto, cada sensación que aún me helaba la piel.
—Usted no vuelve a acercarse por allá —sentenció, tajante.
Prohibió el paso también a los demás. Por dentro estaba de acuerdo, pero a la vez ardía en ganas de acompañarla, de no separarme de su lado.
Se quedó casi una hora en la zona con su equipo; luego regresó al puesto de mando improvisado que habían instalado cerca. Pasaron otros treinta minutos de informes, reuniones y órdenes que estaban fuera de mi alcance.
Suelten ya a mi mujer, pensaba, mordiéndome el labio de impaciencia.
Al fin volvió, una vez que retiraron los restos.
—¿Y bien? —preguntó Zafiro, atenta.
—Es el cuerpo de una mujer —informó Gray con calma glacial—. Aparentemente lleva años enterrada, pero aún no tenemos más datos.
Noté algo extraño en ella: temblores sutiles en las manos, la mirada perdida, como si la mente se le fuera a un lugar remoto y oscuro. Se estaba disociando; nadie más pareció darse cuenta salvo yo.
—Zafiro, debemos seguir con lo de la abuela —dijo con voz firme pero ausente—. Conmigo no hizo caso.
—Lo sé —respondió Zafiro—. Yo también se lo pedí, y Daniel igual.
—Podríamos ir, pero no lo veo prudente —insistió ella.
—Daremos con la solución —la calmó su prima.
Mientras hablaban, yo apenas sentía mi propio cuerpo. El frío del río aún se me clavaba en los huesos; me refugié en la bañera con agua caliente hasta que los temblores cedieron. Luego me puse la pijama e intenté calmarme.
Sol debía madrugar para estudiar y se despidió con esa ternura que siempre me desarma.
—Pediré un Uber —dijo tranquila.
—No —la cortó Zafiro al instante—. Yo te traje, yo te llevo.
Tenía razón: no era seguro andar sola a esas horas.
Las vi irse juntas; las luces del auto se perdieron tras el portón. El silencio cayó sobre la casa y entendí que me había quedado sola con Gray.
Pero al verla tomar su chaqueta, supe que también ella planeaba irse.
No, no puede dejarme aquí. No después de lo que vi.
—Bueno, Ness —dijo con calma, acomodándose la manga—. Nos veremos luego.
La vi caminar hacia la puerta y posar la mano sobre el picaporte. El corazón se me aceleró tanto que dolía.
—¡No! —grité sin pensarlo, entrelazando las manos en súplica—. ¡No puede irse!
Ella se giró despacio. Alzó una ceja, incrédula; parecía una reina que apenas toleraba una insolencia. Su mirada me atravesó y yo no hacía más que temblar.
—Bueno, ¿piensa hablar o se quedará solo mirándome? —soltó con esa voz grave y burlona que me desarmaba por completo.
Abrí y cerré la boca varias veces, indecisa. El latido me golpeaba con fuerza en el pecho.
—Yo… es que… —tragué saliva, incapaz de sostenerle la vista.
Gray suspiró con exageración, ladeando la cabeza.
—Si me va a confesar su amor eterno, hágalo de una vez. No tengo toda la noche.
Me sonrojé hasta encender la piel, y al fin estallé:
—¡Tengo miedo! —casi grité, con la voz quebrada—. No quiero quedarme sola, no después de lo que vi.
Por un instante su expresión se suavizó, pero volvió de inmediato a esa máscara irónica.
—Podría comprarle un perro, ¿sabe? De esos pequeños que ladran a todo. Seguro la cuida mejor que yo.
—No se burle —susurré, sintiéndome diminuta.
Gray sonrió de medio lado, aunque negó con la cabeza.
—No puedo quedarme, Ness.
El clic del picaporte sonó como un disparo. La puerta se cerró y el silencio de la casa cayó sobre mí como una sombra pesada. Las piernas me fallaron y me hundí en el sofá, abrazando las rodillas.
Intenté convencerme de que no pasaba nada pero el recuerdo de los huesos, la humedad del río y el frío aún clavado en la piel me asaltaban una y otra vez. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento contra las ventanas se convertía en una amenaza invisible.
Encendí el computador para aferrarme a la luz de la pantalla.
No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto, en medio de ese silencio agobiante, escuché pasos firmes en la entrada. El corazón dio un vuelco y estuve a punto de esconderme, hasta que esa voz me llegó como un alivio:
—Ponga a hacer café —ordenó con calma.
Me giré incrédula. Gray estaba allí, con una bolsa en la mano.
—Traje pan.
Se me formó un nudo en la garganta, pero sonreí. Me levanté de un salto para prepararlo, mientras ella se dejaba caer en el sofá, cruzando una pierna con total naturalidad.
—De verdad no me dejaría sola, ¿verdad? —me atreví a preguntar mientras servía agua en la cafetera.
—No se emocione —bufó con ironía, aunque sus ojos decían lo contrario—. Solo volví porque no confío en que no incendie la casa de los nervios.
Y detrás de su burla, supe leer su cuidado más claro que nunca.
Puse las tazas en la mesa y me senté frente a ella. El vapor del café se mezclaba con el aroma del pan recién abierto, creando un ambiente extraño: cálido, pero cargado con todo lo que había ocurrido esa noche.
Tomé un sorbo para disimular el temblor en las manos, mientras ella me observaba con esa mirada penetrante.
—Ya puede respirar —dijo Gray con ironía, rompiendo un trozo de pan—. Nadie va a salir de la pared para llevársela al más allá.
—No es gracioso —murmuré, bajando la vista.
Alzó una ceja y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Entonces quiere que la consuele? ¿Que le diga que todo saldrá bien y la abrace hasta dormir como a una niña asustada?
Me sonrojé de inmediato, a punto de replicar, pero ella soltó una risa breve, ahogada en el borde de su taza.
—Relájese, Ness. Sigo aquí porque no quiero que mañana me avisen que murió del susto en mi casa. Sería una vergüenza para mí.
Como si no fuera evidente que se preocupa.
Se recostó en el sofá y bebió un trago largo de café, dando por terminada la charla con ese gesto.
Pero a los pocos minutos volvió a hablar.
—Se supone que hoy es su día libre. Me sorprende verla aquí —soltó de repente, con su calma habitual—. ¿Por qué no está con su hermano o su familia?
—Mi familia es complicada —confesé en voz baja.
Asintió, sin insistir más, como si comprendiera sin preguntar.
Hubo un silencio agradable: ella recogió la mesa y yo lavé las tazas, todavía con las manos inestables. Al terminar, noté lo avanzado de la hora y supe que pronto llegaría su orden.
—Vaya a dormir —dijo, con un tono que no admitía rechazo.
Me quedé quieta, con los dedos aún húmedos. Esa sensación extraña de miedo seguía aferrada a mi pecho. No sé por qué si los restos estaban lejos, en el maldito río. Supongo que hay personas más sensibles a esto; a mí me destrozan, mientras que para Gray es solo un día más de trabajo.
—¿Cree de verdad que ese esqueleto vendrá a jalarle los pies? —preguntó al verme paralizada; su mirada era seria, pero ocultaba un brillo travieso.
No respondí; me quedé allí, inmóvil como una estatua.
—Suba —insistió con calma—. O me iré, y dormirá sola en esta casa.
Eso me movió al instante. Giré sobre mis talones y subí despacio, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
—Buenas noches —alcancé a decir al llegar arriba.
Caminé por el pasillo, casi arrastrando los pies, hasta mi puerta. Iba a abrirla cuando sentí un roce suave en la espalda. Me giré de golpe, el corazón a mil por hora, y me pegué contra la pared.
Era ella.
Gray estaba allí, con una risa baja y esa mezcla que quema y hiela a la vez. Sus ojos me recorrían enteros, oscuros, cargados de deseo y burla.
—Tranquila, Ness —susurró, acercándose más—. Si quisiera, ya estaría gritando mi nombre por otras razones.
El calor me subió a la cara de golpe. Ella lo notó, claro que sí.
Sonrió, divertida por mi reacción, y añadió sin rodeos:
—Duerma tranquila. Créame: yo soy mucho más peligrosa que cualquier fantasma.
Me quedé un segundo más mirándola, en esa mezcla de temor y fascinación que me domina.
—Quiero ver algo antes de dormir. ¿Me ayudaría a configurar el televisor? —pedí casi en un susurro.
Se cruzó de brazos, alzando una ceja con esa expresión que me hace temblar.
—Vaya a la cama; yo lo hago —ordenó, apartándome con suavidad y entrando en la habitación.
Me acomodé y me arropé bien; fingía buscar calor, pero era para ocultar lo rápido que me latía el pecho. Desde mi rincón la observaba: segura y elegante como si dominara el aire mismo que respiro. Era tan hermosa haciendo cualquier cosa que me ardía mirarla.
Al terminar, se giró hacia mí esperando que hubiera entendido los pasos… pero yo solo podía mirarla a ella, embobada.
—¿El televisor la calma tan rápido? —preguntó Gray, alzando una ceja.
Sonreí apenas, casi avergonzada.
—No. Mi tranquilidad se debe más a usted —confesé al fin, con la voz apenas audible.
Ella sonrió, ladeando la cabeza, y esa sonrisa me dejó sin aire.
—No me diga —susurró, como si fuera un secreto compartido.
—No se burle —le pedí con un hilo de voz—. Usted, por alguna razón, me hace sentir que nadie puede tocarme.
Se cruzó de brazos frente a mí; esa postura, que parecía de autoridad, tenía también algo de juego.
—¿Tocarla? ¿Alguien más? —se inclinó ligeramente, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Hace bien en creerlo. No permitiré que nadie que no sea yo la toque.
Sus palabras me provocaron un escalofrío; no eran solo posesivas, eran una caricia peligrosa. Dio un paso más, quedando a un suspiro de mi cama.
—Ni siquiera debería estar tan cerca —murmuró, aunque no se apartó.
Tragué saliva, incapaz de moverme; el corazón me golpeaba el pecho como si quisiera salir. Se inclinó un poco más, sus dedos rozaron mi barbilla y ese leve contacto me encendió la piel.
—No debería… —repitió, con un brillo nuevo en la mirada.
Mi respiración se volvió entrecortada. No sabía si era miedo, deseo, o ambos mezclados.
—Pero puede —susurré, sin pensarlo.
Sonrió de lado: una sonrisa peligrosa y hermosa. Sus dedos, ahora con más decisión, recorrieron mi mandíbula hasta detenerse en el mentón. Y allí, con su calma habitual, se inclinó y me besó.
Fue lento, profundo; un mordisco suave en el labio inferior me arrancó un suspiro involuntario. Mis manos, sin saber qué hacer, terminaron aferrándose a su camisa, atrayéndola hacia mí.
Gray deslizó una mano por mi mejilla, luego por el cuello, bajando hasta el hombro en una caricia que parecía un reclamo. Me besó otra vez, con más firmeza ahora, dejando entre cada roce un susurro cargado de doble sentido.
—Se lo advertí —murmuró cerca de mi boca, mezclando su aliento con el mío—. Si me deja tocarla, ya no sabrá dónde termina el miedo y empieza otra cosa.
Yo temblaba, pero ya no de temor. La sensación de su mano en mi piel y de sus labios reclamando los míos borraron por completo el frío y la oscuridad del río.
No se detuvo. Se acercó aún más y, sin darme opción a huir, se acomodó en la cama conmigo. El colchón se hundió bajo su peso y, al instante, el calor de su cuerpo me envolvió, disipando cualquier rastro de frío.
Me besó otra vez, con más lentitud; esos labios firmes sabían exactamente cómo sacudirme. No podía dejar de aferrarme a ella; mis dedos apretaban su camisa como si soltarla significara volver a la soledad y la oscuridad.
Ese calor era casi insoportable y, a la vez, lo único que quería. Cada roce de su boca, cada mordisco suave, mezclaba el miedo con un deseo que me desbordaba. Temblaba con claridad, pero ya no era solo por el susto.
Sonrió contra mi boca y se apartó lo justo para mirarme; sus ojos brillaban con esa malicia juguetona que la hacía tan peligrosa.
—¿Aún tiembla por fantasmas, Ness? —preguntó con ironía, rozando mi labio con el suyo.
Sentí arder las mejillas, incapaz de responder más que con un suspiro.
Gray soltó suavemente esa risa baja que me erizaba la piel. Luego, como si quisiera poner un límite sin romper la intimidad, me tomó con firmeza y me acomodó sobre su pecho. Quedé recostada sobre ella, notando su respiración tranquila frente a la mía, todavía agitada.
—Mírese: tan asustada y ahora encima de mí —bromeó, acariciándome la espalda con calma.
Con un gesto seguro, tomó el control del televisor; la pantalla iluminó la habitación con su luz tenue.
—Así está mejor —dijo con naturalidad—. Mire a ver si así deja de pensar en esqueletos y espíritus.
Me quedé quieta, apoyada en ella sin atreverme a moverme. El miedo había desaparecido; había sido sustituido por esa sensación única que solo Gray sabe dar: seguridad disfrazada de burla, calor disfrazado de juego.
Sentía que ella respetaba mi situación, mi primera vez, sin presionarme a nada. Solo su compañía me bastaba para estar bien.
Estuvimos un rato explorando aplicaciones; me sorprendió su acceso a todo, incluso programas que creía perdidos. Hasta que dimos con Los Teletubbies y la nostalgia me hizo reír.
—¿Qué es eso? —preguntó Gray, frunciendo el ceño.
—Un programa infantil —expliqué con calma.
Ella ladeó la cabeza, tratando de procesar las imágenes coloridas.
—¿Y los padres permiten ver a sus hijos semejante monstruosidad? —comentó con sincero rechazo.
Su expresión me hizo reír; por un momento, todo el horror de la noche se disolvió. Esa calma compartida, entre bromas y miradas, era parte de lo que quería: no solo la intensidad, sino también esto.
Como suelo dormirme fácil, me quedé rendida mientras las voces de la pantalla aún sonaban.
Al despertar por la mañana, abracé la almohada pero Gray ya no estaba. Sin embargo, su presencia seguía conmigo, como si hubiera pasado la noche a mi lado.
Bajé a la sala y allí estaba: espalda erguida, atenta a las noticias. Su mirada fija en la pantalla me hizo olvidar el calor de mi sueño. El reportaje trataba sobre el cadáver del río; ella analizaba cada detalle con frialdad.
Le di los buenos días y, previendo que pronto se iría, me apresuré a preparar el desayuno. Aceptó el plato sin quejas y se sentó a la mesa.
Hubo un silencio agradable, solo roto por el sonido de los cubiertos y mi movimiento en la cocina. De pronto, recogió su cabello con destreza, lista para marcharse.
—¿Sigue asustada? —preguntó con tono ligero.
—No, ya no tanto —respondí, sintiendo cómo me ruborizaba.
—Perfecto —asintió, dejando la taza—. Así me voy tranquila, sabiendo que no se asustará por cualquier cosa.
Seguía burlándose de mi miedo, pero me fascinaba su forma de sonreír. Y terminé sonriendo como una tonta hasta verla cruzar la puerta.
Tan bonita llevando pan 😭
Que linda volvió
Amooo