Gray

Suspiré, intentando mantener la calma mientras deseaba, con contradicción, que las palabras de ese maldito fueran ciertas y, a la vez, no.

Era demasiado complejo: por un lado me aliviaba la posibilidad; por otro, me aterraba hasta la médula.

Me agaché despacio, con las manos temblorosas, para recoger el celular tras el impacto de la llamada. Me pasé los dedos por el cabello una y otra vez, enredándolo como si quisiera arrancármelo.

Sentí que esa simple comunicación había encendido la mecha de una crisis en mi interior.

—¿Qué demonios busco ahora? ¿Sexo? —pensé, furiosa conmigo misma.

No, no puedo recurrir a eso ahora, y menos usar a Nessy como calmante. Ella no se lo merece. Debo superar esto por mi cuenta; necesito la certeza que persigo desde hace años.

Seguía con las manos hundidas en el cabello, respirando cada vez más rápido, como un animal acorralado. Y entonces, como si me estuviera vigilando, la criatura apareció en la puerta. Tenía una expresión de preocupación genuina, un brillo que no había visto en ninguna mujer a mi alrededor.

Entrelazó las manos, nerviosa, y dio un paso tímido hacia mí.

—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó con una mezcla de timidez y ansiedad.

Me giré hacia ella lentamente, aún alterada. Solté el cabello poco a poco, intentando ocultar el derrumbe que me consumía.
Estaba a punto de despacharla con un «todo está bien», pero me detuve.

No era seguro conducir sola en este estado; podía terminar estrellándome antes de llegar con Daniel.

Sin darle más vueltas, me acerqué, tomé su mano con firmeza y cerré la puerta tras ella.

—¿Sabe manejar? —pregunté, atrayéndola suavemente hacia el vehículo.

—No, señora —respondió ella, con reserva.

No sé por qué pregunté si la respuesta era evidente.

—Entonces le toca evitar que me estrelle —dije, subiéndome al auto con una calma forzada.

Se quedó inmóvil, sin comprender del todo. Presioné el claxon de golpe y dio un respingo.

—Solo hable conmigo y esté atenta si nota que me disocio —le expliqué.

Ella, nerviosa, intentó subir al asiento trasero.

—Adelante —la detuve con la mano en el marco—. No me sirve de nada allá atrás.

Soltó la manija con rapidez y, casi tropezando, se dirigió al puesto del acompañante para subir.

Puse las manos en el volante y arranqué. Necesitaba a alguien que evitara que cayera por completo en el abismo; y Nessy tenía una voz perfecta para eso.

En el trayecto no tuve ni que pedírselo: ella, por iniciativa propia, se puso a hablar para mantenerme alerta. Quizás era conversadora por naturaleza, o tal vez solo quería ayudarme a no perderme en mi propia mente.

—En la universidad, en la materia de Cátedra, nos pidieron un proyecto de vida —comentó, con ese tono suave que me anclaba al presente.

Fruncí apenas el ceño. ¿Por qué imponen siempre esas tareas al inicio de cada carrera?

—¿Qué área eligió? —pregunté sin apartar la vista del camino.

—Contaduría y finanzas —respondió con tranquilidad.

La observé de reojo un instante. No sé por qué, pero siempre imaginé que se inclinaría por algo como gastronomía.

—Me equivoqué: pensé que usted iría más por el lado de la cocina —solté de repente.

Ella sonrió levemente, imperturbable.

—Lo sé —admitió—. Y sí, me gusta más pero es menos accesible. Debo sostener a mi hermano en su club y ayudar a mi madre con otros gastos. Necesitaba algo que me lo permitiera y que no me ocupara tanto tiempo, para poder seguir trabajando para usted.

Hizo una pequeña pausa, dándose cuenta quizás de la espontaneidad.

—Quiero decir… para tener ingresos —aclaró rápido.

Valía la pena la aclaración. Se nota que no hay doble intención.

De esa forma, entre sus palabras y mi respiración controlada, llegamos al sitio sin que terminara con el auto contra nada.
Estacioné en el área asignada y maniobré con calma hasta dejarlo perfectamente alineado.

—Espéreme aquí, Ness —le pedí, más suave de lo que pretendía—. No tardaré.

Ella asintió sin palabras. Bajé, cerré la puerta con cuidado y avancé hacia aquello que sentía que me estaba deshaciendo por dentro.

Al entrar, el olor a desinfectante y papel húmedo se mezclaba con el frío metálico de la morgue. Mi primo estaba allí, inclinado sobre informes y fotografías; su expresión ya lo decía todo: seguía el caso de cerca, el cuerpo hallado cerca del río.

Solo quedaban huesos, fragmentos del pasado. Identificarlo podía tomar semanas o meses. Pero yo no podía esperar; algo me quemaba por dentro, pidiendo certezas. Sentía que si no aportaba algo, me quebraría.

Lo único confirmado: probablemente se trataba de una mujer.

—¿Cómo va todo? —pregunté con la voz casi quebrada.

—Avanzando —respondió él, bebiendo agua como si buscara tiempo—. Pero sabes que extraer ADN de huesos no es sencillo y menos cuando llevan tanto tiempo expuestos a la intemperie.

Asentí. Lo entendía perfectamente, pero el peso en el pecho no cedía. Él, que me conocía de memoria, advirtió ese temblor oculto en mi mirada.

—No me digas que… —susurró, ensombrecido.

No pude sostenerle la vista; sabía que intuía exactamente lo que temía.

—Sí —respondí con dificultad, luchando por mantenerme entera—. ¿Qué tal si por fin puedo despedirme?}

Mi primo bajó la cabeza de inmediato. Cerró los ojos con fuerza, como si ese gesto pudiera frenar las lágrimas que amenazaban con salir. Se frotó los párpados y tragó saliva.

—¿Por qué crees que…? —empezó a preguntar, con la voz también inestable.

—No pierdo nada con intentarlo —murmuré.

Me miró con la firmeza de quien sabe leer entre líneas.

—Mientes —sentenció, con la seguridad de quien me conoce demasiado bien—. Algo te han dicho.

Bajé aún más la mirada; con él era imposible ocultar nada. Diría que incluso me comprende mejor que Zafiro.

—Gerardo me llamó —confesé al fin, sintiendo cómo se me llenaban los ojos—. Me habló de ese hallazgo y dijo que podría ser alguien a quien busco. Y yo…

La voz se me quebró por completo. No pude terminar.

—Ese maldito —susurró él con rabia contenida.

Respiré hondo, desesperada.

—Solo tomen lo que necesiten de mí —le supliqué, sintiendo la garganta cerrarse—. Es lo único que puedo hacer por ella y por mí. No me importa el dolor, ni siquiera saber la verdad me cueste la vida. Todo este tiempo me mantuve viva solo por esto.

Las lágrimas se le escaparon y no intentó ocultarlas.

—Lo siento —murmuró apenas—. Pero no puedo hacerlo por ti.

Lo miré angustiada: tenía que ser él, solo confiaba en él, solo él podría sostenerme si todo salía mal.

—Por favor, Daniel —le pedí con la voz destrozada—. Tengo miedo de afrontarlo sola.

Suspiró, miró al techo como si buscara fuerzas en algún lugar lejano. Por un instante creí que volvería a negarse.

—Está bien —aceptó al fin, con un hilo de voz cansado—. Tú me diste la investigación. Esperaremos a avanzar en la extracción para que tú me des tu muestra de ADN.

Sentí que algo se aflojaba en mi interior, aunque no era alivio: era la certeza de que dar ese paso me dolería tanto como respirar.

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Vero
4 days ago

My Shayla