Nessy

El corazón se me detuvo. Me quedé un poco confundida y asustada después de que ese hombre extraño se esfumara en su camioneta negra, pero Ángel, a quien venían siguiendo, estaba extrañamente, terriblemente tranquilo.

—Maldito —oí a Gray murmurar entre dientes, la rabia contenida vibrando en el aire.

Pero, en ese momento, mi atención se clavó en mi hermano, en esa quietud que no le era natural.

—¿Cómo has estado? —le pregunté, con la preocupación tiñendo mi voz de una suavidad forzada.

—Jugando —respondió él sin más, como si recitara una línea vacía.

—Bueno, me refiero a emocionalmente —aclaré, sintiendo un nudo apretarse en mi estómago.

Hizo una pequeña pausa, pesada, antes de girarse y empezar a caminar lentamente hacia la banca más cercana, un gesto cargado de evasión.

—Casi sin familia —lo escuché decir, y la frase me golpeó como un puñetazo.

No era un reproche, era un hecho enunciado con una resignación tan profunda que me heló la sangre. Era una verdad absolutamente cierta. Poco nos hemos preocupado mi madre y yo. Ambas absorbidas en nuestra mutua destrucción, en odiarnos la una a la otra, sin la decencia de al menos preguntar cómo él estaba lidiando con el naufragio.

—Necesito hablar en privado con él —le dije a Gray, esforzándome por mantener la calma, aunque por dentro temblaba.
Ella frunció el ceño, el pensamiento marcado en su rostro, y luego asintió lentamente.

—Les daré su espacio, pero estaré en mi auto —dijo con una calma tensa—… para asegurarme de que estén bien en caso de que Gerardo vuelva.

Esa necesidad de protegernos, de no abandonarnos, me conmovió profundamente. Antes de marcharse, Gray me apretó la mejilla con un pellizco inesperado, un gesto afectuoso. Nunca lo había hecho y me gustó. Era un contacto que no parecía usar todo el tiempo ni con todos. Me hizo sentir especial y, de pronto, me encontré sonriendo estúpidamente.

—Ness —dijo Gray, abriendo la puerta del auto, su voz llamándome de vuelta a la realidad mientras señalaba a Ángel con la barbilla.

Caminé con prisa y me senté junto a Ángel, la vergüenza ardiendo en mi rostro por la hermana terrible que había sido.

—Ángel, lo siento mucho —empecé, con la voz apenas un susurro.

—No te preocupes por mí —dijo él. Su voz era plana, sin emoción, un eco de resignación mientras se ajustaba un brazalete en la muñeca.

Era el brazalete de capitán de equipo. Una punzada de felicidad genuina me cruzó, una luz tenue: estaba socializando, estaba bien en algo.

—Estoy bien, ya no soy un niño. Comprendo cosas —agregó sin siquiera dignarse a sostenerme la mirada, como si mirarme le doliera—. A mí solo me interesa que mamá y tú estén bien. Dime que, al menos, lo han intentado que han pasado tiempo juntas.

Finalmente, al pronunciar eso, decidió mirarme. En sus ojos no había ira, solo un cansancio abrumador.

—Digamos que la terapia continuó —le dije, intentando sonar tranquila, pero el sarcasmo se filtró.

—Lo dices como si todo hubiese empeorado —respondió él, su tono sin un ápice de sorpresa.

—Bueno, no es tan sencillo —traté de justificarme—. Mi mamá ha hecho cosas muy malas, Ángel. Me ha mentido mucho.
—Tú le mentiste con respecto a la jefa y me hiciste mentirle también —dijo, la mención de la mentira resonando con una profunda molestia, no por la acción, sino por la carga que representaba.

—Ángel, tengo razones —insistí, desesperada.

—¿No separarte de ella? —cuestionó, arqueando una ceja, y la acidez de su voz me hizo sospechar.

Esa repentina punzada de negatividad, de juicio… ¿estará alguien más influenciándolo?

—Ángel, al hombre de la camioneta, ¿lo conoces? —cuestioné, devolviéndole la ceja arqueada y desviando el foco.

—No…

—Mientes.

—Es cosa de familia —dijo, y su voz estaba tan gastada, tan rendida, que me dolió.

—¡No puedes juntarte con ese hombre! ¡Se nota que es un patán! —insistí, la preocupación transformándose en frustración.

—¿Qué es ella? —dijo, señalando sutilmente a Gray con la mirada, y mi corazón se hundió.

¿Ese hombre ha estado influenciándolo? Se aprovechó de la ausencia, de la herida abierta que dejamos mi madre y yo. Esto es culpa nuestra.

—Y ese ni siquiera es el punto de la conversación —continuó Ángel, sin dejarme hablar—. El punto es que mi madre y tú no han logrado absolutamente nada.

—Tú no entiendes. Mamá ha sido muy cruel —insistí, la rabia por las mentiras volviendo a mí—. Ha hecho mucho daño, no puedo convivir con ella.

—No te pido que convivas con ella —me interrumpió, la calma rota, una urgencia contenida emergiendo—. Solo te pido que dejes de ser tan dura con ella. ¿Sabes lo que es ver a tu padre golpear a tu madre por años y después escuchar cómo ella y tu hermana lo único que hacen es joderse la una a la otra como si no hubiesen sufrido suficiente?

Jamás me había hablado así. Ángel era reservado, se tragaba todo. Ahora, la voz le temblaba, no de rabia, sino de un dolor tan antiguo y profundo que parecía gritar todo lo que había guardado.

—Me duele ver algo así —concluyó, y el silencio que siguió fue atronador.

Suspiré pesadamente, la verdad de su dolor aplastándome.

—No creo que esto sea fácil de reparar —dije, sintiéndome pequeña e inútil.

—Algo tiene que ver ella… —murmuró.

Ahora estaba segura: ese hombre le estaba hablando mal de Gray.

—No, Gray no tiene nada que ver aunque mi madre le jodió la vida —dije con un dejo de rabia protectora.

—Se nota que estás más molesta por eso que por lo otro. ¿Le perdonarías a mamá la correccional, pero no lo que sea que le hizo a ella, verdad? —cuestionó, su mirada ahora cargada de un juicio helado.

—No entiendes, y ese hombre está jugando contigo.

Él suspiró, un sonido final y agotado, antes de ponerse de pie.

—Entiendo —dijo, la resignación volviendo, esta vez definitiva, pesada como una lápida—. Nada tiene que arreglarse aquí. Ni las terribles decisiones de mi mamá, ni el pasado que nos destruyó, ni tu aparente obsesión y dependencia emocional con esa mujer. Aquí todos estamos bien, ¿verdad?

No me dijo más. Simplemente se fue. La frase final, cargada de amargo sarcasmo y un dolor que se había rendido, me dejó clavada en la banca.

—¿A dónde vas? —cuestioné, poniéndome de pie con una urgencia desesperada.

—A estar solo —dijo sin más.

Pero yo lo seguí. No iba a dejar que se fuera así.

—¡Ángel, ven acá! —le exigí, mi voz vibrando con la desesperación.

No me hizo caso. Su espalda se mantenía rígida; cada paso era una puñalada de rechazo. Tuve que correr, sintiendo cómo el pánico me cerraba la garganta, hasta que logré alcanzarlo. Lo tomé firmemente del brazo y lo obligué a girarse hacia mí. En sus ojos, grandes y miel, no había enojo, sino una resignación tan agotada, tan vacía, que era un paisaje desolado.

—No te puedes ir así. Quiero hablar contigo —le dije, la súplica luchando por no convertirse en un grito.

—Pero para mí no vale la pena.

Esa frase. Solo eso. Dicha con la voz plana de quien ha calculado el costo y ha decidido que es demasiado alto. Esa indiferencia dolorosa me rompió en mil pedazos. Me quedé sin aliento.

—Te extraño mucho, a ti y a mamá —dijo, y esa era la única concesión, la única debilidad que se permitió—. Pero no la forma en que me hacen sentir. Mamá solo se preocupa por rogarte un perdón que tú no estás dispuesta a dar. Y para ti, todo, todo es esa mujer. Ninguna de las dos piensa en su hijo y hermano de diecisiete años, porque está claro que ninguna de las dos se ha dado cuenta de que ya no tengo dieciséis.

El golpe de la verdad fue físico, una descarga eléctrica de culpa que me paralizó. Diecisiete. Lo había olvidado, pero Ángel no me permitió el lujo de procesarlo.

—Quizás deba aceptar la distancia y tratar de quererlas menos —dijo de repente, y la frase le salió con una calma espeluznante, la calma de quien toma una decisión irreversible, dolorosa, pero necesaria—. Así dolerá menos.

Esta vez, se alejó de nuevo. No corrió, no se apresuró. Simplemente se dio la vuelta y se marchó con pasos lentos y decididos. Y yo me quedé inmóvil, en shock, sintiendo cómo la sangre se drenaba de mi rostro. Quien había intentado ser el pegamento, la última cuerda que nos unía, se había rendido.

El dolor era tan grande que solo quería desplomarme.

Sentí unas manos fuertes y familiares posarse sobre mis hombros, brindándome un ancla inesperada.

—Ness.

Me giré de inmediato y no dije nada. No pude. Solo abracé a Gray con una urgencia brutal, escondiendo mi rostro y ahogando mi llanto silencioso contra su pecho. Ella me sostuvo ahí, sin preguntas, sin juicios, mientras yo me desmoronaba, aferrada a ella como si fuera el único punto fijo en un mundo que acababa de colapsar.

Incluso el cielo parecía burlarse de mi dolor, oscureciéndose con una rapidez dramática hasta que las primeras gotas de lluvia, frías y punzantes, comenzaron a caer.

Gray, sin decir una palabra, pero con una determinación protectora, me soltó del abrazo y me guio con cuidado hasta su auto, protegiéndome de la lluvia con su propio cuerpo.

Una vez dentro, el auto se sintió seguro. Yo me dejé caer hacia adelante, hundiendo el rostro entre mis manos, intentando ahogar el temblor que recorría mi cuerpo. Sentí el peso reconfortante de Gray a mi lado. Sus manos, firmes pero increíblemente suaves, comenzaron a acariciar mi espalda con un ritmo lento y constante. Era una dulzura tan inesperada que me estremeció, un bálsamo que me hizo sentir que, a pesar del caos, no estaba completamente sola.

—Está bien desmoronarse, Ness —murmuró ella, su voz baja y grave, resonando en el pequeño espacio—. Permítete sentirlo. Lo que dijo Ángel fue duro, pero él también está sufriendo mucho.

Sé que escuchó lo último porque me siguió, quizás por preocupación.

—Es mi culpa, Gray —dije, la voz ahogada por las manos y las lágrimas que no quería liberar—. Él tiene razón. Le hemos hecho tanto daño mi madre y yo, por estar en nuestra guerra.

—No, no es solo tu culpa. Esto parece un desastre que lleva años gestándose. Y están aquí, intentando recoger los pedazos.
Me sequé las lágrimas con el dorso de las manos y levanté la mirada.

—Pero no puedo permitir que se acerque a ese hombre. Y lo peor es que ese hombre se parece mucho a mi padre. No sé quién es.

Es raro. Nunca tuvimos visitas de familiares, ni maternos ni paternos. Es como si no tuviéramos a nadie más.

El celular de Gray sonó de repente, rompiendo la intimidad tensa. Pude sentir su vacilación, la forma en que su cuerpo se tensó. Revisó la pantalla y noté cómo su expresión cambiaba: la duda se desvanecía, sustituida por la necesidad de atender.

—Mafe… —murmuró Gray, y mi corazón dio un vuelco.

Mafe la estaba contactando y la verdad que había estado escondiendo como un tesoro robado se sintió, de repente, al alcance de la mano.

Dios mío, ¿será para decirle todo?

No estaba en altavoz. Yo solo podía mirar a Gray, sus sutiles movimientos. Ella asintió varias veces, la mandíbula firme, escuchando atentamente.

Finalmente, habló:

—Iremos, Mafe. Créeme, creo que a Nessy también le haría bien hablar contigo.

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Ir con Mafe? ¿Enfrentar la verdad de mi madre, de mi mentira, con Gray presente?
El pánico me inundó, pero no pude negarme. Si Gray iba a saber la verdad, era mejor que la enfrentáramos juntas, tarde o temprano.

Gray colgó y me miró con una calma que me dio fuerza.

—Iremos con Mafe —anunció, sin andarse con rodeos—. Pero no hemos desayunado y no vamos a ir con el estómago vacío. Compraré algo. ¿Qué quieres? Algo caliente, Ness.

—Cualquier cosa que tú quieras —dije, sintiéndome incapaz de tomar una decisión trivial, manteniendo mi mirada fija en el limpiaparabrisas que luchaba contra la lluvia.

Ella simplemente asintió, entendiendo mi apatía.

—Bien, confía en mí —dijo, y la calidez en su voz era su forma de cuidarme.

Nos pusimos en marcha, nos detuvimos a comprar y después continuamos hasta donde Mafe estaba.

Mafe, sin embargo, parecía querer hablar a solas con Gray primero.

—Necesito unos minutos a solas con Gray, Ness —dijo Mafe, su tono serio, pero amable.

Yo asentí, sintiendo un alivio momentáneo por el aplazamiento. Me quedé en la recepción, en un sofá suave y profundo, sintiéndome envuelta en ese pequeño lujo. Mientras las dos mujeres se alejaban, yo devoraba mi desayuno caliente, la única cosa que me mantenía anclada en la realidad, esperando el momento en que mi mundo estallaría por completo.

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Mar luna
13 days ago

Entiende a tu hermano Nessy 🥺🥺