Esa cosa… Dios, duele como el demonio y arde. Justo en ese punto donde la piel se rasgó un poco por la intensidad de todo. Camino con una rigidez ridícula, como si hubiera montado a caballo durante una semana.
Pero, en medio de todo ese dolor, hay algo tan delicioso. Una prueba de lo profundo que fue. Lo volvería a hacer ahora mismo si pudiera, pero solo con Gray. Siempre solo con Gray.
Qué trabajo en altura más raro, pensé, refiriéndome a nuestra mesa convertida en altar.
Pero bueno, olvidando el hecho de que me introdujeron un pedazo de cuero grueso por la vagina y me encantó, tengo que ir a ver a mi hermano, Ángel.
A alguien le introdujeron una varilla de masaje en un libro de Wattpad. Ay, doctora Valencia. Sonreí al recordar aquella tontería. Necesitaba ese humor para ignorar la punzada.
Gray se acercó a mí justo cuando me recogía el cabello. Me miró de arriba abajo, deteniéndose justo en mi entrepierna con una comprensión silenciosa.
—No te muevas así, Nessy —me regañó con ternura, con la voz baja.
Se acercó y rozó suavemente mi cadera.
—Te llevo yo. Te llevaré con Ángel.
Arrugué la nariz.
—No, no me duele nada. Y, además, a Ángel no le caes bien, Gray.
Gray sonrió, esa media sonrisa confiada que derrite mi resistencia.
—Tonterías. Ángel me amará cuando vea lo bien que te cuido. Además —puso ambas manos en mis hombros, forzándome a mirarla—, como no te duele, camina normal.
—¡Camino bien! —respondí al instante.
De repente, se inclinó, con un brillo juguetón en los ojos.
—Ya sé. Si te duele caminar, te llevo. ¿Te cargo yo? ¿O tal vez prefieres ir a caballito? No me importaría tener tus muslos alrededor de mi cintura otra vez, aunque esta vez de forma más civilizada.
—¡Gray! —me sonrojé, pero la idea de ser cargada era tentadora.
Ella dio un paso atrás, con una sonrisa más audaz.
—Si no te duele, tal vez deberíamos practicar unos movimientos de yoga. ¿Un arco? O el loto. Eso te pondría en una posición muy interesante para que yo revise el daño.
El ardor en mis partes se intensificó ante sus bromas. Entendí su juego: me estaba molestando hasta que cediera a su cuidado. Exhausta, sonreí y dejé caer los hombros en señal de rendición.
—¡De acuerdo, de acuerdo! Tú ganas.
Gray no esperó. En un movimiento rápido, me levantó en sus brazos. Solté un pequeño grito de sorpresa y me aferré a su cuello.
—Buena chica —susurró, besándome la sien.
Cuando llegamos al centro comercial donde me encontraría con mi hermano, lo único que esperaba era que, esta vez, apareciera. Le pedí a Mafe que le diera la razón, que lo entendiera; él seguía un poco distante, pero yo solo quería arreglar las cosas.
Gray se mantuvo conmigo todo el tiempo mientras esperábamos. Me cargaba a caballito de vez en cuando para hacerme reír y, entre risas y bromas, por un momento todo pareció normal.
Hasta que Ángel apareció.
Su figura al final del pasillo me hizo sonreír, pero esa sonrisa murió cuando lo vi detenerse en seco al notar a Gray.
—Ángel, ella no es mala —dije enseguida, acercándome—. Gerardo te está mintiendo. Si me alejé fue por mí, no porque ella me manipule. Ella me ha ayudado mucho.
Mi voz se quebró un poco. Ángel abrió los ojos con sorpresa y, de repente, me tomó del brazo y me jaló hasta una de las esquinas del centro comercial. El pánico me invadió de inmediato.
Gray se acercó despacio, con cautela.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja, mirando a Ángel con desconfianza.
—Mamá… —susurró él apenas, casi sin voz.
Todo dentro de mí se detuvo. Sentí un frío recorrerme el cuerpo. Lo comprendí al instante, y el miedo me golpeó tan fuerte que apenas podía respirar.
—¿Trajiste a mamá aquí? —le pregunté en un hilo de voz, mirándolo fijamente.
—No —negó rápido, nervioso—. Está aquí con mi tío. Quizás me siguió, pero te juro que no le he dicho nada… no le he dicho nada, Nessy.
Su voz temblaba, y le creí.
—Tranquilo —le dije con dulzura, aunque por dentro estaba aterrada.
Me giré hacia Gray, la tomé de la mano y comencé a caminar con prisa, sin mirar atrás.
—Ness, ¿qué pasa? —preguntó, deteniéndose—. ¿Por qué huyes?
—Te lo explicaré, pero no puede ser aquí —le pedí casi en un susurro.
Intenté seguir avanzando, pero Gray volvió a detenerme. Su voz se volvió firme, protectora.
—¿A quién le huyes? —preguntó, mirándome con seriedad.
—A nadie. Vamos, por favor —insistí, aunque mis manos temblaban.
Gray me observó en silencio unos segundos. Luego dio un paso adelante y me tomó el rostro con ambas manos, obligándome a mirarla. Sus pulgares rozaron mis mejillas con una suavidad que me desarmó.
—Ness —dijo con voz baja, pero firme—. No sé quién te asusta, Nessy… pero, sea quien sea, mientras yo esté aquí, no te va a tocar. ¿Me entiendes?
Y, como si necesitara que lo creyera, acercó su frente a la mía.
—No estás sola —susurró—. Yo estoy aquí.
Ella no entiende.
Y entonces me besó. No fue un beso impulsivo, sino suave, contenido pero tan lleno de fuerza que sentí que me temblaban las piernas. Aun así, la tensión en mí no desapareció.
Gray lo notó, porque su mano se mantuvo en mi rostro, acariciándolo con ternura. Su mirada buscaba la mía, intentando calmar la tormenta que llevaba dentro.
Pero, de repente…
—Nessy… —susurró Ángel detrás de mí, con una voz tan baja que apenas la escuché.
No tuve tiempo de responderle. En un parpadeo, sentí cómo algo o alguien me arrancaba a Gray. El aire se cortó y, antes de poder procesarlo, un golpe seco resonó frente a mí.
El rostro de Gray giró violentamente. Su cabello oscuro voló hacia un lado, cubriéndole la cara. El sonido de la bofetada fue tan fuerte que incluso algunas personas alrededor se detuvieron a mirar.
Mi madre.
Su respiración era agitada, su rostro estaba rojo y, aunque se veía enferma, la rabia le dio una fuerza que no parecía humana.
—¡Cómo te atreves! —gritó con una furia que hizo eco.
Gray se quedó inmóvil por un segundo. Luego levantó la mirada y sus ojos, llenos de rabia y desconcierto, se clavaron en ella.
—¿Tú? —susurró con incredulidad, con la voz rota—. No puede ser…
En ese instante, la ira la consumió. Dio un paso hacia delante, con el puño cerrado, y yo vi cómo su cuerpo temblaba. Iba a devolver el golpe, lo iba a hacer.
—¡Gray, no! —grité, pero fue tarde.
Ángel se interpuso, sujetándola por los brazos, intentando detenerla.
—¡Basta! —le gritó con desesperación.
Pero Gray tenía la fuerza del dolor, del rencor, del pasado que nunca cerró. Se zafó del agarre de Ángel con tanta violencia que casi lo derriba, y su puño impactó directamente contra la nariz de mi madre.
El golpe la hizo tambalear. Retrocedió dos pasos, llevándose las manos al rostro. Un hilo de sangre le corrió por el labio.
—¡Gray! —me paré en medio—. ¡Por favor, no!
Gray respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba; los ojos le brillaban de ira y lágrimas. Cuando me interpuse entre ambas, mis labios temblaban.
—No lo hagas —le pedí—, es mi madre.
Esa frase la detuvo, como si algo dentro de ella se rompiera. Gray parpadeó varias veces, mirándome con horror. Su respiración se cortó y, de pronto, todo el enojo se transformó en un dolor crudo, desbordado.
—Tu madre —murmuró, retrocediendo un paso—. Claro, tenía que ser tú.
Se soltó de Ángel con un tirón violento y empezó a llorar.
—No te bastó con traicionarme, ¿verdad, Julia? —dijo entre sollozos, mirando directamente a mi madre—. ¡No te bastó con destrozarme hace años! Ahora también usas a tu hija para lastimarme y de una forma tan cruel.
Se llevó las manos al cabello, tirando de él con desesperación, como si necesitara arrancarse el dolor del cuerpo.
—¿Por qué? ¡¿Por qué no me dejas en paz?! —gritó con la voz quebrada.
Yo di un paso hacia ella, con el corazón en la garganta, queriendo tocarla, calmarla, pero antes de que pudiera hacerlo, ella levantó la mano y gritó con una furia que desgarró el aire:
—¡No me toques!
Di un paso atrás, paralizada. Sus lágrimas caían con tanta fuerza que parecían quemarle la piel.
—¡No me toques! —repitió, con la voz rota, antes de darse media vuelta y marcharse a toda prisa.
Ángel intentó detenerla, pero no pudo. Yo quise seguirla, pero mi madre me tomó del brazo con fuerza.
—¡Déjame ir! —supliqué—. ¡Ella no está bien, por favor!
—No te vas con esa mujer —dijo ella con un tono glacial, apretando más mi brazo.
—¡No es una mujer cualquiera, mamá! ¡Está enferma, puede hacerse daño!
Sabía lo que venía. Sabía que iba a tener una crisis y yo no estaba allí para sostenerla.
—No —repitió mi madre con la voz firme, sin mirarme.
Ángel me miraba confundido, asustado, sin entender la mitad de lo que acababa de pasar.
—¡¿Por qué simplemente no me dejas estar en paz con ella?! —cuestioné con rabia.
—Yo te lo voy a decir.
Esa voz era la de Gerardo.
Tenía una sonrisa en su rostro que te rompe el alma.
Me rompería aún más.
Hay noo🥺🥺