Seguía pensando en cómo Nessy se fue ayer y me sentía tan dolorosamente sola. La habitación parecía amplificarse en el silencio, dejándome como un punto diminuto en esta cama inmensa. Me carcomía la idea: fui una mala persona, la lastimé de alguna forma con mi yo anterior y por eso ella no regresó.
No la había visto hoy, pero Zafiro estaba aquí, sentada en la silla dura junto a la barandilla. Su presencia era un ancla, aunque su energía estaba visiblemente rota.
—Nessy está pasando por un momento difícil, Gray —me informó con la voz suave mientras me acercaba un vaso de agua—. Su mamá está en el hospital. Descubrió que tiene cáncer.
La noticia me golpeó, no con dolor físico, sino con una punzada de preocupación. La Nessy de mis recuerdos, la que me hacía sentir tantas cosas, estaba sufriendo.
—¿Y por qué estás aquí? —cuestioné de inmediato. Mi voz se elevó con una urgencia que me agotó—. ¡Alguien tiene que estar con ella!
—Está Mafe y —hizo una pausa dolorosa; su mirada se desvió hacia la ventana, evitando la mía—… y Sol también.
Cuando eres una persona tan feliz, cuando tu presencia ilumina una habitación, todo el mundo nota cuando algo te duele. Y a Zafiro le dolía algo más que la preocupación por Nessy.
—Zafiro, mírame —le pedí y esperé pacientemente a que sus ojos volvieran a los míos. Su sonrisa era una línea tensa que no le llegaba a los ojos—. Dime la verdad. ¿Qué te hicieron?
Ella tragó saliva, visiblemente luchando por mantener la compostura.
—No sé si recuerdas que me gusta Sol, la mejor amiga de Nessy —me confesó, con un tono demasiado calmado—. Decidió que quería terminar todo conmigo y —intentó forzar una sonrisa, pero se rindió y sus ojos se humedecieron—… no pensé que me afectaría tanto.
Una comprensión amarga me inundó. Las dos primas Gutiérrez estábamos abandonadas.
—Si Nessy quisiera hablar conmigo, le pediría que hablara con ella —susurré, compartiendo mi soledad.
—No te preocupes por eso —dijo Zafiro con calma forzada, apretándome la mano—. De verdad, todo está bien. Tú concéntrate en mejorar.
En ese instante, el doctor apareció de repente.
—Lo siento, señoritas. La visita ha terminado. Debemos darle espacio para otro visitante.
Daniel.
Después de que Zafiro se fuera, la puerta se abrió con tal estruendo de alegría que el silencio de la habitación estalló en pedazos. Daniel irrumpió en escena, casi bailando en el umbral, con los brazos abiertos y una sonrisa que podía iluminar un estadio.
—¡Hola, mi General! ¡Llegó el refuerzo! —canturreó, iniciando a todo pulmón.
Dejé de pensar en la tristeza de Zafiro y en mi propia soledad. Sentí un leve pinchazo de fastidio ante su volumen.
—Oye, por favor. Es un hospital —murmuré, con la voz aún débil.
Él se rio, acercándose a mi cama como un torbellino.
—¡Qué hospital ni qué nada! Necesitas ambiente, necesitas alegría. ¡Y necesitas un abrazo!
Se inclinó, abriendo los brazos para darme un abrazo de oso, invasivo y excesivamente cariñoso. El pánico fue instantáneo. Era suave, sí, pero la cercanía física de un abrazo se sentía como una agresión. Mi cuerpo se tensó.
—¡No! —exclamé, moviendo la cabeza hacia un lado y levantando mi mano temblorosa en una barrera débil.
Daniel se detuvo a medio abrazo, visiblemente confundido.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que tu primo favorito te abrace? ¡Ándale, Gray! ¡Un abracito!
Se acercó de nuevo, insistente.
—Oye, en serio. No lo hagas —dije. La voz me salió más firme de lo esperado, pero cargada de advertencia.
—¡Ay, qué delicada! ¿Ahora somos de cristal? —insistió, bajando la cabeza para intentar pasar mi defensa—. Solo un poquito.
Su insistencia con el abrazo hizo que toda la calma y la paciencia que creía tener se evaporaran de golpe. El dolor de cabeza se intensificó con la rabia.
—¡QUE NO! ¡Si no me dejas en paz, llamo al doctor! —El grito fue agudo y resonante, con un poco de autoridad.
Daniel se detuvo en seco. Su rostro pasó de la burla a una indignación teatral y dramática, como si yo le hubiera amenazado de muerte.
—¡Ay, Dios mío! ¡Qué ingratitud! ¡Yo, que vengo a darle mi cariñito! —se llevó una mano al pecho y fingió un desmayo.
Luego, la teatralidad se desvaneció. Una sonrisa genuina, amplia y victoriosa apareció en sus labios. Se enderezó y me miró con una chispa de picardía.
—¡Ajá! ¡Ahí estás!
—¿De qué hablas? —pregunté, jadeando un poco por el esfuerzo del grito.
—Hablo de esa pizca de la fiscal cabreada —dijo, dando un salto ligero—. Casi creí que te habían cambiado por un ángel. Eres mucho más paciente que antes, lo cual es terrible para mi diversión, pero veo que la Gray enojona todavía vive en algún rincón de ese lóbulo frontal.
Se encogió de hombros, con una ligereza que me resultaba exasperante.
—Solo tengo que sacarte de tus casillas para verte. Entendido.
Me dejé caer de nuevo contra la almohada. Parece que Daniel había encontrado el único «interruptor» que quedaba de mi vieja personalidad. Daniel sonrió, la tensión del grito anterior disuelta. Se sentó en la silla que Zafiro había dejado.
—Bueno, ahora que te saqué el genio y comprobé que sigues viva —dijo con un tono de broma, pero su voz se suavizó—, hablemos en serio, Gray. Oye, ¿sabes qué? Pronto te llevaremos a casa. Los doctores ya están satisfechos con tu progreso.
La palabra «casa» apenas registró. Mi única prioridad, la única ancla en mi mente confusa, formuló la pregunta antes de que pudiera pensarlo.
—¿Ness todavía está allí? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo de esperanza en el pecho.
—Sí —respondió él con calma, su expresión volviéndose seria ante mi evidente interés—. Ella sigue allí.
Sonreí, una sonrisa profunda y sincera. Aunque no sé qué le hice para que esté tan distante conmigo, haré que estemos juntas otra vez. No me importa el pasado que no recuerdo. De todo el caos que hay en mi mente, de todos los pedacitos rotos, estar con ella es un recuerdo que funciona.
—Eso me alegra mucho —le dije a Daniel, con los ojos fijos en un punto invisible, visualizando su rostro.
Daniel pareció entender que mi mente ya no estaba en la conversación, sino en mi propia certeza. No dijo nada más.
Y con el paso de los días, y la promesa de volver a casa, esa esperanza se hacía más fuerte. Mañana regresaba a ese lugar familiar, a pesar de no recordarlo del todo.
Volví a casa y, con esa vuelta, la distancia impuesta por Nessy no podría durar. La vería, la encontraría, y ella se daría cuenta de que, aunque parte de la vieja Gray se había ido, la parte de mí que la ama seguía aquí, intacta.