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Y como el amor es para todos… Zafiro sabía que también lo merecía. Y como cualquier Gutiérrez, lo conseguiría.

Mucho más después de ver la unión de Gray y yo.

Sol seguía en el aula, mucho después de que el último compañero hubiera recogido sus cosas y huido. La luz fluorescente del techo caía sobre ella, fría y dura. La profesora se mantenía de pie frente a ella, con una expresión que mezclaba decepción profesional y frustración, necesitando dar el reproche final.

—Tienes que tomártelo en serio, Sol —dijo la profesora con una calma cortante—. Esta no es una carrera que se toma a la ligera. Un error aquí es una vida perdida.

Sol simplemente bajó la mirada, dejando que el peso de su fracaso y su angustia recayera sobre sus hombros.

—Lo sé, señora…

Había estado demasiado distraída. Demasiado abrumada, no solo por la presión académica, sino por la profunda herida familiar que acababa de abrir. Y, sobre todo, por la sensación de haber arruinado la cosa más hermosa que jamás había tenido: su relación con Zafiro.

Pero esta era una carrera donde no podía permitir que lo emocional la afectara tanto. La emoción era una distracción mortal.

—Si no puedes manejar una carrera donde un solo paso en falso puede acabar con una vida, estás a tiempo de renunciar.

La profesora finalmente tomó su maletín de cuero y se fue, dejando a Sol sola en el silencio estéril del salón.

—Abandoné a mi paciente favorita —susurró Sol para sí misma, la frase siendo un lamento por Zafiro y una culpa por su rendimiento.

Salió del salón, con el campus sintiéndose claustrofóbico. Su mente no le daba tregua. Pensaba en la cara de decepción gélida de su madre al saber que había besado a una mujer. En la idea constante de que su familia la obligaba a ponerse en una balanza con Zafiro, un ultimátum mudo donde solo podía elegir una de las dos.

«Si elijo a Zafiro, me verán con desprecio. No me amarán igual», pensaba Sol, y el terror a ser excluida la paralizaba mientras se preparaba para salir.

Se detuvo en la puerta del campus, justo cuando vio el impecable auto de su padre llegando a recogerla. Pero no podía dejar de pensar en Zafiro.

«Me siento sin amor y sin familia. La he cagado con las dos».

El dolor era una dualidad insoportable. El miedo a perder el respeto de su familia competía con el pánico a vivir sin la risa ruidosa y el apoyo incondicional de Zafiro.

Pero Zafiro era una Gutiérrez. Y una Gutiérrez, una vez que decidía que algo le pertenecía, no estaba dispuesta a rendirse, no estaba dispuesta a dejar ir a su Sol.

Y por eso estaba Zafiro allí, estacionada a la vista de todos, fuera del campus, sin importarle un ápice que el padre de Sol estuviese llegando. No vino a suplicar; vino a reclamar.

El método cuestionable que iba a usar —uno que prometía ser ruidoso, dramático y quizá un poco mortal— probablemente se lo había enseñado Daniel.

Zafiro había elegido para recuperar a Sol un método digno del peor plan de Daniel: provocar deliberadamente una crisis médica para llamar su atención. Había utilizado un medicamento de forma irresponsable y, poco después, comenzó a sentirse terriblemente mareada, con las sienes palpitando y un frío helado en los huesos. Estaba pálida, sudorosa y a punto del colapso. Perfecto para llamar la atención de una estudiante de medicina, pero éticamente desastroso.

Sol ya estaba a punto de abrir la puerta del impecable auto de su padre, con el corazón latiéndole con pesadez, cuando vio a su pelirroja rizada salir de un auto cercano.

Sol se congeló allí, con la mano a medio camino de la manija, mientras veía a Zafiro acercarse con un andar ya errático y lento.

El padre de Sol acababa de bajarse del auto cuando Zafiro llegó a mitad del camino, justo donde la vista era más clara para todos los estudiantes que salían.

Zafiro intentó dar un paso más, murmurar el nombre de Sol, pero su cuerpo no resistió. Sus ojos se nublaron, su rostro perdió el poco color que le quedaba y se desplomó hacia adelante, cayendo con un ruido sordo sobre el pavimento de concreto, inerte.

Sol no pensó. No hubo duda, no hubo balanza ni dilema familiar. El instinto médico y el amor se apoderaron de ella. Soltó la manija de la puerta del auto de su padre como si quemara. Gritó el nombre de Zafiro y corrió, con el maletín de libros cayendo al suelo con un golpe seco, ignorando por completo a su padre.

—¡Sol, detente!

La voz de su padre, fuerte y autoritaria, intentó detenerla. Él sujetó su brazo con fuerza, intentando arrastrarla de vuelta al coche.

—¡Suéltame, papá! ¡Se está desmayando! —Sol intentó zafarse, con la adrenalina inundándola. Su rostro, por primera vez, no mostraba miedo, sino una furia justa.

—¡No vas a tocar a esa cualquiera! ¡No te necesita! ¡Sube al auto ahora! —le ordenó su padre, con la voz resonando con desprecio.

La combinación del peligro para Zafiro, la terquedad de su padre y el insulto fue la gota que colmó el vaso. Sol se soltó de su agarre con una sacudida violenta y se giró, con el rostro encendido de rabia.

—¡Ya basta, papá! —gritó Sol, con la voz amplificada por la frustración y el coraje, resonando en el campus.

Era la primera vez que le gritaba a su padre. Él la miró perplejo, completamente desarmado.

—Amar a una mujer te llevará al infierno, Sol. ¡No arruines tu futuro por una cualquiera! —le espetó, intentando usar su arma final: la culpa religiosa.

Sol se paró, con los ojos clavados en los suyos, la convicción de su futura profesión y su amor brillando con intensidad.

—¡No es una cualquiera, es una vida! ¡Y yo seré una doctora! —le gritó de vuelta, con la voz firme y clara—. Si crees que tu hija doctora no puede salvar a una persona solo por ser homosexual, el que está destinado al infierno eres tú.

El padre de Sol se quedó helado, completamente perplejo ante la respuesta, con el rostro tan blanco como el de su propia hija unos segundos antes.

Mientras el padre permanecía congelado, varios compañeros de Sol, atraídos por el escándalo y reconociendo una emergencia, llegaron corriendo.

—¡Presión arterial baja! —ordenó Sol con autoridad médica, arrodillándose junto al cuerpo inerte de su amada—. ¡Zafiro, mírame!

Sol le revisó el pulso inmediatamente. Sus manos expertas y su mente, por fin, estaban claramente enfocadas en salvar a la persona que amaba. La iba a cuidar hasta que despertara, aunque su padre no estuviera de acuerdo.

Zafiro despertó lentamente. La luz del hospital era un resplandor blanquecino sobre su cabeza. Un pitido rítmico llenaba la habitación y un tubo fino goteaba suero en su brazo. Su pulso se había estabilizado. Lo primero que vio fue a Sol. Ella estaba sentada a su lado, en una silla incómoda de plástico, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre las manos. Su postura era de absoluta vigilia y agotamiento.

Zafiro sonrió débilmente al verla. La visión de Sol, viva, real y allí, era mejor que cualquier dosis de adrenalina.

—Hola, doctora —murmuró Zafiro, con la voz un poco pastosa por la boca seca.

Sol levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, habitualmente serenos, ardían con una mezcla de alivio, furia y preocupación.

—¡Zafiro! ¿«Doctora»? Eres una idiota. ¡Una irresponsable total! —Sol se inclinó hacia ella, susurrando con una intensidad que no necesitaba volumen—. ¿Sabes lo peligroso que es jugar con medicamentos así? ¡Pudiste haberte causado un daño cardíaco grave e irreversible!

El regaño de Sol era puramente profesional y afilado, pero cada palabra estaba teñida de un miedo horrible que Zafiro reconoció al instante.

—Lo sé, pero funcionó —dijo Zafiro, con los ojos brillantes de una picardía inconfundible.

Intentó levantarse, pero Sol la empujó suavemente de vuelta a la almohada.

—¡No te muevas! Te estoy regañando… —insistió Sol, pero Zafiro ya no la estaba escuchando.

Zafiro, sin importar el catéter ni el pitido del monitor, cortó sus palabras con un beso. Se impulsó apenas un poco hacia adelante y presionó sus labios contra los de Sol.

Sol se resistió por un segundo. Un segundo entero en el que el miedo luchó contra el corazón destrozado. Pero la dulzura de los labios de Zafiro, la desesperación que transmitía ese pequeño toque, deshizo toda su resistencia. Sol cerró los ojos y se rindió al beso, con las manos subiendo hasta el rostro de Zafiro.

Cuando el beso terminó, ambas respiraban superficialmente. Zafiro acarició la mejilla de Sol con su pulgar.

—Lo siento por el drama y por haberme puesto en peligro —confesó Zafiro, con la voz ahora tierna y profunda—. Pero lo hice porque, de otra forma, no te tendría así de cerca.

Los ojos de Sol se llenaron de lágrimas, pero esta vez eran cálidas.

—Solo quería verte. Tenía que verte.

Sol se sintió amada de una manera tan caótica y absoluta que el sacrificio de Zafiro, aunque irresponsable, se sentía como el acto de amor más grande del mundo.

Se inclinó y le dio un dulce beso en la frente a Zafiro.

—Eres una idiota. Una preciosa, loca y terrible idiota —susurró Sol, y por la forma en que lo dijo, Zafiro supo que había ganado al menos algo.

No todo estaba perdido.

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