Me quedé junto a Gray mientras intentaba estabilizarse. No sabía qué recuerdos la habían asaltado, pero la intensidad de su shock era palpable. Su respiración seguía siendo irregular.
—Tranquila, estoy aquí —le dije con dulzura, concentrándome en ser su ancla, mi mano.
Permanecí con ella, sintiendo cómo el temblor disminuía poco a poco, mientras mi madre nos miraba con una urgencia que superaba su debilidad.
Noté que mamá quería decir algo que no podía esperar. Me acerqué a la cama sin soltar a Gray, manteniendo mi cuerpo como un puente entre ellas.
—Cuídate mu… cho de Clau… dia —la advertencia de mi madre fue clara, su mirada implorante fija en mí.
¿De Claudia? ¿De mi profesora? ¿De esa mujer amable que parecía amar a todos? La contradicción era absurda y escalofriante.
—¿Por qué? —cuestioné, con un escalofrío de curiosidad mezclado con miedo.
—Solo hazme caso… y si co… noces a Gerardo —giró la cabeza hacia Gray, con el poco esfuerzo que le quedaba, forzando la última revelación—. Cuídate mucho de él. Te va a u… sar para matarla.
Iba a presionar, a exigir una explicación, a preguntar qué relación tenían Claudia y Gerardo con todo esto, pero la puerta se abrió de golpe. El doctor irrumpió en la habitación con una serenidad que contrastaba con nuestro caos.
—Lo siento, ya debemos proceder —dijo el doctor con un tono profesional, pero calmado—. Deben abandonar la habitación.
El tiempo se había agotado. Sentí un dolor agudo al tener que dejar todo allí: las verdades a medias, los secretos vitales, la última oportunidad de una disculpa. Solo rezaba para que Ángel llegara a tiempo. Tomé a Gray con firmeza, ayudándola a levantarse y a sostener su peso.
—Adiós, mamá —susurré, sabiendo con una certeza brutal que era la última palabra que me quedaría de ella.
La puerta se cerró con un sonido final, seco y definitivo. Era el sonido de un capítulo clausurado. Gray y yo salimos juntas del hospital. Íbamos cogidas de la mano, dos siluetas bajo un destino incierto: el corazón destrozado y la mente confundida.
—¿Llamamos un Uber o un taxi? —cuestioné con una falsa calma que apenas disimulaba el nudo en mi garganta.
Gray se tardó un poco en responder, todavía procesando la avalancha de recuerdos y secretos.
—¿O vamos a la estación de TransMilenio? —agregué, intentando aligerar el ambiente.
Los ojos de Gray se abrieron desmesuradamente, como si le hubiera sugerido saltar de un puente.
—¡No! —se negó de inmediato, señalando con el mentón a un bus articulado que pasaba a toda velocidad—. ¿En esa cosa roja gigante?
—¿Por qué es tan malo? Es rápido —insistí, reprimiendo una sonrisa ante su reacción de shock.
—Eso debe tener un olor horrible. La gente va casi encima de la otra, como sardinas —respondió con un asco genuino—. No me subiré a eso. En ninguno de mis recuerdos aparece un transporte público.
—Es bueno probar cosas nuevas —repliqué, dándole un toque de codo.
Ella movió los ojos, buscando desesperadamente una excusa que yo pudiera aceptar.
—Se mueve mucho, me da mareo y podría golpearme en la cabeza. No estoy en condiciones de recibir más golpes —dijo, y su argumento, aunque exagerado, tocó una fibra sensible.
Bueno, tenía razón.
—Está bien, nos iremos en Uber —dije, sacando mi celular para pedir el viaje.
Juntas esperamos. El señor nos avisó por mensaje: un auto gris. Unos minutos después, nos subimos. Gray no perdió el tiempo y enseguida recostó la cabeza sobre mi hombro. Se notaba que la revelación de mi madre sobre Luis la mantenía atrapada en un torbellino de recuerdos.
—Tengo que regresar —dijo de repente, con la voz sorda contra mí—. Regresar a donde solía vivir para ver si encuentro algo de Luis. Necesito encontrarlo ahora.
—Lo sé, Gray, pero no deberías ir aún —le dije con voz pausada.
Ella se giró para verme directamente, con el ceño fruncido por la incomprensión.
—¿Por qué?
—Gray —la miré fijamente, asegurándome de que entendiera la gravedad—. No quiero que suene cruel, pero mi madre acaba de advertir sobre Gerardo. Podría ser una trampa para hacerte daño. Necesitamos esperar, pensar y prepararnos para lo peor.
Ella asintió lentamente, su lógica regresando. Sabía que tenía razón; las decisiones impulsivas podrían costarnos la vida.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—De verdad quiero volver a verlo —murmuró, con la voz cargada de la nostalgia de una niña perdida.
—Lo harás —aseguré, subiéndole la barbilla con un dedo—. Pero organicemos el plan primero, ¿sí? Pensemos con la cabeza.
Ella asintió una vez más y volvió a dejar la cabeza sobre mi hombro, cerrando los ojos.
Nos quedamos juntas, envueltas en el suave murmullo del motor, mientras veíamos pasar el mundo por la ventana del Uber.
Esperemos que el destino, por una vez, no sea tan duro como el pasado.
Todo estará bien.