nessy

—Chicas, ya nos vamos —anunció Zafiro, asomándose con dulzura—. La abuela quiere irse ya.

Ella extraña los animales y el campo, así que decidimos dejar de tardarnos.

El viaje hasta la granja fue muy tranquilo y relajado. Sin embargo, llegamos bastante tarde, casi al atardecer. Decidimos esperar para cabalgar hasta la mañana siguiente, aprovechando las primeras luces del día.

Nos sentamos todos afuera, sobre sábanas tendidas en el césped, a mirar cómo el sol se hundía en el horizonte.

El atardecer del campo era un espectáculo grandioso, muy diferente al de la ciudad; aquí, el cielo parecía arder en tonos melocotón y oro, sin la contaminación visual de los edificios.

Las dos fuimos las únicas que nos quedamos allí, en silencio, hasta que el cielo se tiñó de un profundo terciopelo negro y aparecieron las primeras estrellas. El frío, típico de la noche rural, empezaba a ser insoportable.

Gray se giró y su mirada se centró en mí.

—Estás temblando —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Vamos adentro, Nessy. No quiero que te enfermes.

—Estoy bien, solo un poquito fría —mentí, no queriendo romper la magia.

—Vamos a los establos. Es más cálido. Además, deberíamos conocer a los caballos que montaremos mañana.

Asentí y juntas caminamos hacia el granero. El olor a heno y a caballo era fuerte, pero reconfortante. La temperatura era mucho más agradable allí dentro.

Gray se acercó a mí por la espalda y, al instante, sus brazos me rodearon. Su cuerpo era una fuente de calor que me envolvió. El abrazo, que comenzó por el frío, terminó siendo algo más.

Me giré entre sus brazos y la luz tenue que entraba por las pequeñas ventanas, filtrada por el polvo, nos daba un aura íntima.

—Gracias —murmuré, sintiendo su aliento cálido en mi cuello.

—No tienes que agradecer por cuidarte —respondió ella, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me quitó el aire.

El miedo, las mentiras y las penas se desvanecieron.

—Te amo, Gray —confesé, usando las palabras que siempre estaban en la punta de mi lengua—. Amo esta versión tuya, la que se ríe de un dibujo. Y amo a todas las versiones que te precedieron, incluso la fría, incluso la que me intimidaba.

Gray sonrió, y fue la sonrisa más sincera y vulnerable que jamás le había visto.

—Te amo, Nessy —respondió. Sus dedos trazaron el contorno de mi mandíbula—. Y te amo por amar lo que nadie más ama de mí. Te amo por ser mi ancla, mi espejo y mi juez. Te amo tanto que no sé cómo vivía antes de ti.

La brecha entre nosotras se cerró. Nos besamos: un beso tierno que se hizo profundo y desesperado, un beso que prometía futuro y sanaba heridas. Nos separamos un instante, con la respiración entrecortada.

Gray me sujetó contra la pared de madera, su cuerpo presionando el mío, la escalada de la tensión era palpable, la respiración agitada.

—Creo que —murmuré, sintiendo el impulso, pero la conciencia me golpeó— creo que los caballos nos están viendo.

Gray miró de reojo a los enormes animales que mascaban heno en sus pesebres.

Su sonrisa se amplió en una pícara.

—Si tendemos esta sábana sobre el heno y traigo el arnés —respondió, con una voz baja y sugerente—, les daríamos un verdadero espectáculo.

Me reí, era imposible no amarla.

—¿Por qué no? —cuestioné con una sonrisa provocadora.

—Tráelo —me retó.

Y voy a cumplir ese reto, lejos de la casa central es poco probable que nos escuchen.

Así que fuí, busqué el arnés, lo saqué a escondidas y lo llevé de vuelta al establo junto con una almohada. Gray parecía no creer que de verdad lo había traído. Pero ya no aguanto todo este tiempo sin sentirla dentro de mí.

—¿Recuerdas cuando no sabía qué era un arnés y te reíste de mí? —cuestioné mientras me acercaba a ella con una sonrisa, casi nostálgica—. Pero me enseñaste a usarlo. Dime, ¿recuerdas cómo?

—¿Empujarlo hasta el fondo de ti? —cuestionó Gray, su sonrisa se convirtió en una mueca hambrienta—. Hasta hacer que grites. Justo como en mis jodidos recuerdos.

—Cuanta más profundidad, más sonido —sonreí, mientras tendía la sabana en sobre el heno—. Siempre llegaste donde debe ser.

—Quizás el sexo sea el único momento en el que disfruto verte retorcerte…

—¿Y harías eso de nuevo? —pregunté, la sonrisa ya no era solo insinuante, era un antojo.

—Tráelo aquí —ordenó.

Obedecí, claro que obedecí. Sabemos que aquí no nos van a escuchar. 

Gray no respondió con palabras, tomó el arnés entre sus manos, lo colocó sobre sus muslos y se dejó caer hacia atrás en el tendido, apoyando su peso sobre los codos.

—Pónmelo —pidió, su voz en una orden silenciosa.

Y yo no lo pensé dos veces, me arrodillé sobre el suelo desabrochándo y bajando lentamente sus pantalones. Las botas y todo… la abstinencia forzada me tenía en un límite que me desesperaba.

Tomé el arnés que había estado frío pero estaba a punto de calentarse, la piel caliente de Gray sobre la cobija.

Me acomodé entre sus piernas, sintiendo el leve temblor de mis propios dedos mientras desabrochaba los cierres. Gray permanecía inmóvil, observando cada movimiento que hacía. Sus ojos grises seguían el recorrido.

El aroma del cuero y su piel se mezclaron a medida que acercaba el arnés a sus caderas. Primero, ajusté la correa principal, esa que debía rodear su cintura. Tuve que inclinarme sobre ella para alcanzar la hebilla en su espalda. Mi cabello rozó su pecho, y por un instante, el aliento de Gray se contuvo.

Cuando volví a mirarla, su expresión era una mezcla tensa de anticipación y una posesividad casi insolente. Ella estaba ofreciendo el control, pero seguía siendo la ama de la situación.

Mis manos se deslizaron hacia las correas de las piernas. Para ajustarlas, tuve que rozar la suave piel del interior de sus muslos. El tacto era eléctrico. Gray emitió un sonido bajo, casi un gruñido, cuando mis dedos se demoraron un instante más de lo necesario sobre la sensible curva de su cadera.

Finalmente, aseguré el último cierre. El arnés se ajustó a su cuerpo como una segunda piel oscura.

Me quedé allí, arrodillada, contemplando mi obra. El cuero brillante resaltaba la tensión de sus músculos abdominales y la promesa de lo que vendría. Gray deslizó una mano hacia abajo, tocando el arnés con una lentitud deliberada.

Tomé una respiración profunda, mi cuerpo vibrando con una confianza que no sentía hace un momento.

—Gray —dije, mis manos aferrándose a sus hombros—. Sé que has estado en terapias y quiero que esto sea diferente por ahora.

Me levanté por completo y me subí sobre ella. Me senté a horcajadas, sintiendo el calor de sus muslos a través de mi ropa.

—Voy a empezar yo —le susurré, inclinándome hasta que mi aliento caliente le acarició la oreja—. Trataré de montarte un rato. Solo déjame guiar esta cabalgata.

Gray sonrió, fue una sonrisa feroz y completamente honesta. Dejó caer sus brazos sobre el tendido, cediéndome la posición de mando, pero no el control absoluto.

—Bien —aceptó, sus ojos encendidos con una promesa oscura—. Súbete y recuérdame lo que sabes hacer. Pero solo te advierto una cosa: en cuanto tenga suficiente, será mi turno. Usar un arnés no es una cosa que se olvide.

—Estaré esperando ese momento —respondí, moviéndome un poco sobre ella, haciendo una pequeña presión para recordarle quién estaba en la cima por ahora.

Era imposible seguir con la ropa. Nos miramos, y la necesidad fue un acuerdo tácito.

Gray fue la primera. Sus manos subieron a mis caderas y, con un movimiento lento y concentrado, desabrochó mi pantalón. La tela cedió, y ella me lo deslizó por las piernas con todo y mis bragas, forzándome a levantarme un poco para ayudarla. Sus dedos rozaron mi piel a propósito, un castigo anticipado. Luego, subió hasta mi camiseta, tirando de ella con una brusquedad que me hizo reír nerviosamente, la arrojó a un rincón.

Ahora me tocaba a mí. 

Me incliné sobre Gray, mis rodillas a ambos lados de su cadera. Al igual que ella, tiré de la tela sin cuidado. La única prenda que le quedaba era el arnés que yo misma había abrochado.

Me senté de nuevo sobre ella, ahora piel contra piel. El arnés de cuero negro, frío y áspero, era lo único que nos separaba. Yo estaba desnuda y expuesta. Ella estaba desnuda, con su cuerpo enmarcado y listo.

—Ahora sí —dijo Gray, su voz apenas audible.

Y entonces, comencé.

Me dije a mí misma que solo era cuestión de subir y bajar, de dejarme embestir por el arnés, pero la realidad era un pánico dulce. El contacto inicial fue brusco, el arnés presionando de forma torpe.

Gray gruñó, no de dolor, sino de impaciencia juguetona. Sus manos, que antes estaban en mis caderas, subieron y se posaron firmemente en los lados del arnés de cuero que la ceñía.

—Espera, espera —murmuró Gray, su mirada fija en mis ojos—. Así no.

Me detuve, el corazón golpeándome la caja torácica. Gray acomodó el arnés justo en mi entrada, y luego, con un movimiento lento y concentrado de sus caderas, me guió de nuevo hacia abajo. La punta del dildo se deslizó y, de repente, la torpeza se convirtió en un encaje perfecto.

Un jadeo largo y roto se me escapó. Mis manos, que estaban agarradas al tendido a ambos lados de su cabeza, se crisparon. Mi rostro se contrajo en una mueca a medio camino entre el dolor y la rendición. Era una sensación tan llena, tan ajena, que me dejó sin aliento.

—Ah —solté, el sonido bajo y sin aliento.

—Sí, esperaba sentirte tan apretada —dijo Gray, su tono ahora satisfecho—. Pero solo es cuestión de encontrar el camino.
Obedecí, tomando una respiración profunda. Intenté el movimiento de nuevo, ahora mucho más lento. Me elevé y luego bajé, controlando la caída. Esta vez, el contacto fue firme y continuo. La fricción, caliente y profunda, me hizo arquear la espalda.

—No sé cómo hacerlo lento —confesé, mis palabras entrecortadas. 

Me incliné hacia Gray, mi frente apoyada en la suya, buscando la fuerza en su cercanía.

—Entonces no lo hagas —me desafió Gray, sonriendo mientras elevaba sus caderas con un empuje suave—. Solo déjate llevar. Haz más de esos sonidos para mí, Nessy.

El desafío fue un interruptor. Solté un gruñido, una respuesta primitiva que se sintió más animal que humana. Olvidé la torpeza, ahora solo existía el sentir.

Mis manos dejaron el tendido y se enredaron en el cabello oscuro de Gray con suavidad. El movimiento se hizo más rápido, más brusco, impulsado por una urgencia que no podía contener. 

Arriba, abajo. El cuero crujió ligeramente bajo la presión del movimiento.

—¡Oh, Gray! —grité, un grito ahogado que resonó entre mis dientes.

Gray cerró los ojos y arqueó su cuello hacia atrás, sus músculos del abdomen tensándose. Era una imagen de placer puro y descontrolado, y el saber que yo era la causa me dio una oleada de poder embriagador.

La sensación era una quemazón que se propagaba por mi vientre. Me incliné sobre ella, nuestros pechos rozándose, la piel sudorosa chocando y deslizándose. Cada embestida que yo iniciaba, ella la recibía y la devolvía con un sutil golpe de cadera, recordándome quién, en esencia, era el motor.

—¡Más rápido! ¡Joder! —exigí, la vergüenza desvanecida, reemplazada por la voz de una mendiga.

Gray abrió los ojos, su mirada intensa, un fuego profundo. Una de sus manos soltó mi cabello y se movió para agarrar mi barbilla, forzándome a mirarla, a ver el deseo que yo había encendido.

—Dilo otra vez —ordenó, su voz apenas una aspereza—. Di mi nombre cuando te deslices.

La exigencia me hizo perder el aliento y el ritmo. Me detuve en el punto más profundo, congelada por la mezcla de dominio y lujuria en su rostro.

—Gray… —gemí, el nombre convertido en una súplica.

—Ahora, sigue.

La orden de Gray desató una furia silenciosa en mi interior. No era la cabalgata torpe del principio; era una embestida furiosa, desesperada. Mis caderas se movían sin control, mis músculos se tensaban con cada golpe. Los jadeos de Gray se mezclaron con mis propios gemidos de placer, creando una sinfonía caótica unida a cada contacto que imitaba aplausos. 
 
—¡Gray! ¡Estoy… estoy a punto! —grité, mis ojos cerrados, mi cabeza echada hacia atrás, mis dientes apretados en un esfuerzo por contener la explosión.

De repente, una mano de Gray subió por mi espalda y se posó firmemente en mi cintura, y luego me detuvo. La presión de su agarre fue gentil pero inquebrantable. 

El movimiento cesó, me quedé suspendida justo en la cima de mi orgasmo, mi cuerpo temblando violentamente, la frustración agónica retorciéndome las entrañas.

—No —susurró Gray, y la palabra fue un golpe, una caricia cruel en el aire—. Aún no, preciosa. Eres demasiado ruidosa para terminar tan pronto.

Un gemido de «¡No!» escapó de mis labios, un grito ahogado de desesperación. El saber que Gray me llevaría al borde una y otra vez, solo para negarme la caída, era una tortura exquisita. Mis caderas intentaron moverse, un espasmo inútil. Pero ella no me dejó con una fuerza sorprendente, Gray me empujó hacia atrás, invirtiendo nuestras posiciones en un solo movimiento fluido. 

De un instante a otro, fui yo la que estaba acostada boca arriba, y ella se encontraba arriba de mí, su cuerpo fuerte y enmarcado por el arnés cerniéndose sobre el mío. Su mirada era depredadora, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios.

—Ahora es mi turno —ronroneó, y la mano que antes me había detenido, ahora se deslizó por mi muslo interior, provocando un estremecimiento.

Con una mano en mi hombro y la otra en mi cadera, me giró sin esfuerzo, como una muñeca. El tendido ahora se sentía firme contra mi vientre. Estaba boca abajo, mi cadera ligeramente elevada, expuesta y vulnerable.

El sonido que vino después fue nítido, seco y resonó en el aire. Una nalgada firme aterrizó en mi nalga izquierda, seguida casi de inmediato por otra en la derecha. Mis músculos se tensaron, un shock recorrió mi cuerpo. No fue doloroso, sino un impacto punzante que me despertó, me recordó mi lugar y me preparó para más.

El calor se acumuló en mis nalgas, la piel palpitando por los impactos anteriores. Gray no me dio tiempo para asimilarlo, las nalgadas continuaron, un ritmo deliberado, firme. No eran golpes de furia, sino de instrucción. 

¡Tómalo! 

¡Siéntelo! 

La piel ardía, volviéndose sensible, y cada golpe me hacía hundir la cara más profundamente.

—Si aprietas demasiado, voy a golpear más fuerte, Nessy —me advirtió, su voz tensa con placer.

Inhalé bruscamente mientras mis manos, instintivamente, se aferraron a las sábanas a ambos lados de la almohada, mis dedos blancos por la presión. Necesitaba un punto de anclaje para lo que venía.

Gray detuvo los golpes tan abruptamente como los había comenzado. Sentí el movimiento del arnés sobre mis caderas desnudas. Ella estaba ajustando el ángulo, preparándose, el control total ahora era suyo.

Y entonces, Gray comenzó la embestida.

El movimiento fue completamente distinto al mío. No había torpeza, era un ritmo profundo que iba directo al punto. La penetración era total, controlada, y la forma en que el arnés se movía dentro de mí en esa posición era un éxtasis concentrado y aplastante.

—Ah… ¡Ah! —un gemido ahogado se filtró a través de la almohada.

El ritmo de Gray se aceleró, no con furia, sino con una cadencia implacable. Era como una máquina de precisión, cada embestida idéntica a la anterior, solo que más intensa. Intenté resistir el impulso de mover mis caderas, pero mi cuerpo era una marioneta.

—Muerde esa almohada, Ness. Lo vas a necesitar —ordenó Gray, su voz ahora un ronquido bajo y grave justo encima de mi espalda.

Lloriqueando, hice lo que me dijo. Mordí la almohada, silenciando mis gritos más fuertes, transformando mi placer y mi agonía en un sonido sordo y ahogado contra la tela. El placer se intensificó hasta un punto doloroso.

Gray se inclinó sobre mí, su peso presionándome contra el colchón. La embestida final fue más rápida, más profunda, y me obligó a liberar la almohada y a gritar su nombre, pero ella se encargó de ahogar mi sonido con un gemido propio.

—Justo como en mis jodidos recuerdos, tu sumisión es uno de mis mejores recuerdos—susurró, con la voz ahogada por la excitación, sin detener su ritmo.

Estaba perdida, mis caderas se levantaban para encontrarse con cada embestida de Gray. La almohada estaba a un lado, mis gritos ahora sin filtro. 

El clímax estaba tan cerca, tan tangible, que mis músculos internos se apretaban, suplicando la liberación. Sentí que estaba a segundos de romperme.

Entonces, de nuevo, Gray se detuvo.

La interrupción fue tan abrupta, tan inesperada, que mi cuerpo se convulsionó con un gemido de protesta. Mis caderas cayeron bruscamente contra el tendido, el vacío repentino dejándome temblar. No tuve tiempo siquiera de procesar la frustración, de articular un «¡No!» en voz alta.

Antes de que pudiera abrir los ojos o formular una queja, sentí las manos de Gray de nuevo en mi cuerpo. Una mano fuerte se posó en mi cadera, la otra en mi hombro, y con un empuje decidido, me giró de nuevo. Mi cabeza se levantó del tendido, desorientada. Mis ojos se abrieron y el mundo pareció dar vueltas. Mi cabello, ya empapado de sudor, se pegó a mi rostro, cubriendo mi visión. 

Con un movimiento desesperado, tuve que apartarme el cabello de la cara, mis dedos temblorosos apartando los mechones rebeldes para poder ver.

Gray estaba arrodillada frente a mí, aún aferrada al arnés, su rostro una mezcla de concentración y una sonrisa salvaje. Mis piernas estaban separadas, pero ahora, en un nuevo acto de dominio, sentí cómo su mano se deslizaba por mi muslo derecho. Con una fuerza calculada, Gray subió mi pierna derecha y la apoyó firmemente sobre su hombro.

La nueva posición me abrió aún más, exponiéndome de una manera más profunda, más vulnerable. Mi cuerpo se tensó con la anticipación de lo que venía. No había terminado, ni mucho menos. Gray solo estaba preparándome para más, explorando cada límite, cada ángulo de mi rendición.

—¿Crees que te dejaría escapar tan fácilmente? —susurró Gray, su voz baja y cargada de una promesa inquebrantable de placer prolongado.

Con mi pierna derecha sobre su hombro, la sensación se intensificó hasta la locura. 

Gray no perdió un segundo, me penetró con una profundidad brutal y un dominio descarado. El ritmo que impuso ahora no era una caricia: era un golpe demoledor, que me hacía ascender y caer en un tormento de placer absoluto. Ella controlaba la fuerza, la velocidad, y el ángulo, utilizando mi propia pierna como palanca para llegar justo a mi punto más sensible.

El aire salió de mis pulmones con un grito sofocado, la cabeza me daba vueltas. En un acto instintivo, mis manos subieron y se colocaron sobre los pechos de Gray, no para empujarla, sino para aferrarme, para anclarme a la única cosa estable en mi universo convulsionado.

—Pídemelo, Nessy —ordenó Gray, su voz tensa por su propia excitación, pero con un matiz de poder—. Pídeme que me detenga.

Negué con la cabeza, mis cabellos húmedos azotando la almohada. No, no iba a darle esa satisfacción. Aunque mi cuerpo se retorcía bajo ella, mi boca se negaba a formular la rendición.

—No —conseguí jadear.

Gray sonrió, y pude sentir la vibración de su risa. Su ego se infló hasta el techo; estaba saboreando mi lucha. Apretó la penetración, manteniéndola profunda, y luego retomó la embestida con una furia renovada.

—¿Estás segura? Porque vas a romperte. Y yo voy a seguir, a menos que tú me lo pidas —insistió, su aliento caliente en mi nuca.

—No… No…

Tuve un breve respiro cuando se llevó la mano a las sienes, el gesto familiar de un dolor de cabeza.

—¿Qué pasa, querida? —cuestioné con burla, mi voz aún ronca por el esfuerzo.

Mi risa fue su catalizador. Más se tardó mi burla en sonar que ella en continuar, su ego era demasiado alto como para detenerse justo en ese momento de victoria. La retomó con una punzada que castigó mi insolencia.

La tortura continuó, cada empuje más certero que el anterior, cada segundo estirando mi resistencia hasta el punto de quiebre. Mis manos, que antes se aferraban a su pecho, ahora tiraban de la piel de sus hombros. Las lágrimas se acumularon en los costados de mis ojos, no de dolor, sino de una necesidad tan extrema que se sentía como una agonía. No podía soportar más este borde.

Finalmente, el control verbal se rompió junto con mi compostura. Mi voz salió rota, débil, completamente rendida.

—¡Gray, por favor! —grité, un sollozo de súplica—. ¡Detente! ¡No puedo más!

Gray detuvo su movimiento de inmediato. Se quedó completamente quieta, su peso sobre mí, la penetración profunda, absoluta. El silencio fue un alivio y una condena.

—Ahí está —susurró Gray, la victoria absoluta resonando en su voz.

El movimiento cesó, pero Gray mantuvo la penetración, su peso inmutable sobre mi, mi pierna aún elevada sobre su hombro. Me quedé temblando, una hoja al viento después de la tormenta. Mi cuerpo estaba en un espasmo de frustración y placer negado. 

Los segundos se estiraron, eternos.Gray esperó pacientemente a que la violencia de mis temblores disminuyera. Sentí su respiración profunda y pareja en mi cuello. Mientras yo luchaba por recuperar el aliento y la cordura, ella comenzó a hablar, su voz baja y cargada de una intimidad que solo el dominio podía crear.

—Me gusta cuando te rompes así. Cuando dejas caer todo el control —dijo Gray, su mano libre acariciando la piel caliente y sudorosa de mi espalda.

Gray se movió ligeramente, inclinándose hacia adelante. Su mano me tomó del rostro. Su boca encontró la mía en un beso voraz y hambriento. No fue un beso dulce; fue una toma de posesión húmeda, un recordatorio de que mi boca, ahora libre para gemir y suplicar, era también suya.

El beso me devolvió el enfoque, recargándome con una nueva ola de necesidad.

Gray se separó, su mirada en llamas. Y entonces, sintiendo que ya había extraído todo el jugo de la espera, me liberó. El ritmo regresó con una furia final. Esta vez no había juego, no había desafío, no había espera. Era solo la recompensa. 

Gray empujó con todo lo que tenía, sus embestidas eran rápidas y terminales. El grito se rasgó en mi garganta, y mis manos finalmente se abrieron, incapaces de aferrarse a nada mientras mi cuerpo estallaba en un clímax prolongado y violento bajo su control.

Mi cuerpo se arqueó por el espasmo, y la liberación fue tan poderosa que sentí cómo mis músculos internos se relajaban por completo. Y entonces ocurrió. El placer se mezcló con un instante de pánico y vergüenza, ese viejo fantasma que me recordaba la vez anterior. Pero esta vez fue diferente.

Gray sintió mi clímax y su ritmo se detuvo justo en ese instante crucial. No se movió. El silencio se instaló, y solo se escuchó mi respiración entrecortada y los temblores.

Luego, Gray retiró la penetración por completo. En lugar de apartarse, la sentí inclinarse, y un escalofrío recorrió mi piel al notar el cambio de foco. Ella no se limpió; en su lugar, la sentí posicionarse justo debajo de mí.

Mis ojos se abrieron, y la vergüenza se atascó en mi garganta, pero Gray me detuvo antes de que pudiera balbucear una disculpa.

—Tranquila —susurró, su voz firme, cerca de mi centro más sensible.

Me besó con la misma ferocidad y posesividad con la que me había penetrado, sin importarle el desorden que acababa de crear. Me tragó por completo la vergüenza, la prueba tangible de mi clímax, en un acto de devoción absoluta y dominio sin cuestionamientos.

El acto fue tan íntimo que me obligó a soltar un gemido final de pura rendición. Mi cuerpo se estremeció una vez más bajo su toque.

Gray se levantó con una sonrisa lenta y triunfal. 

Pero, mientras ella disfrutaba de mi reflejo sumiso, mis ojos captaron algo más en el suyo. Justo al borde de su pupila gris, en la línea de su frente, había una sutil tensión que no era placer. Era dolor, una punzada de migraña que Gray, la dueña del mundo, intentó ocultar con un parpadeo lento y un ceño apenas fruncido.

Falló.

—Te duele la cabeza —afirmé. No fue una pregunta, sino una simple declaración de hechos.

Gray me dedicó una mirada cortante, una advertencia silenciosa para que no rompiera la escena. Pero la adrenalina que me había sometido ahora se reconvirtió en una posesividad diferente. No de dominio, sino de cuidado.

Un recuerdo me golpeó con la misma ferocidad que sus embestidas: la cosa que más disfrutaba Gray, que la derretía más allá de cualquier penetración. Que yo usara mi lengua. No para limpiar, sino para saborear, para masajear, para reclamar cada milímetro de su piel con una intimidad que ella valoraba más que el éxtasis.

Me levanté de la cama, mis músculos protestaron con un agradable dolor. Me acerqué a Gray, que aún estaba sentada y la rodeé. Mis manos se posaron en sus hombros con una autoridad suave que la sorprendió lo suficiente como para relajar su postura.

—Boca arriba —susurré en su oído, mi aliento caliente y posesivo.

No le di tiempo a negarse, con un movimiento decidido, la guie hasta que estuvo recostada en el centro de la sábana desordenada. Luego, desenganché las hebillas de cuero de su arnés.

Gray, ahora vulnerable y desarmada, me miró con una mezcla de curiosidad y la rendición que yo había sentido minutos antes.

Me arrodillé junto a ella, tomé su muslo interior con mis dedos y lo abrí. Entonces, con la misma devoción con la que ella se había inclinado sobre mí, me incliné sobre ella.

Me arrodillé junto a su cabeza. Tomé su rostro entre mis manos y deposité un beso húmedo y firme justo en la sien, donde la tensión era más fuerte.

—Te lo voy a quitar —murmuré.

Comencé mi descenso. 

Mi lengua trazó un camino lento y deliberado desde su frente, bajando por el puente de su nariz hasta su mandíbula. Besé el hueco de su cuello, el pulso acelerado de su vena yugular, saboreando el sudor y la excitación contenida.

Gray soltó un gruñido. No era de placer completo, sino de una súbita e inesperada pérdida de control ante el acto de curación.

Seguí, me deslicé sobre su pecho, mi lengua besó y lamió el nacimiento de sus senos, que se alzaron duros ante mi contacto. Luego, tracé círculos lentos alrededor de sus pezones, que se erizaron inmediatamente. 

La punzada de dolor de cabeza se había olvidado; ahora solo existía el placer que emanaba de mi boca.

Mi movimiento era implacable, sensual, enfocado. Me detuve en su ombligo, lo rocé con la punta de mi lengua, y sentí sus abdominales tensarse. 

—Nessy… —jadeó, usando mi nombre en una súplica que yo ignoré con placer.

Mis manos se posaron en sus muslos, abriéndolos. Y luego, mi descenso terminó. Solo debía deshacerme de eso que en un principio no pude quitar… las bragas.

Solo así podría continuar.

Me incliné sobre su centro. El olor, el sabor, la humedad: todo era una prueba de la intensidad que nos unía. Mi lengua se posó sobre el clítoris de Gray con una precisión concentrada y absoluta. No había dulzura, solo la misma ferocidad posesiva con la que ella me había tomado.

Aceleré el ritmo, Gray arqueó la espalda, y sus manos se aferraron a la sábana. Estaba perdida en la sensación, pero su control mental se resistía. Intentaba respirar de manera uniforme, una defensa desesperada contra el colapso.

Mi lengua subió la intensidad. Gray soltó un jadeo, y sus caderas se levantaron levemente, una señal clara de la inminente explosión. 

Esto sabe muy bien.

Pero justo cuando el clímax amenazaba con liberarse, ella gruñó, forzando la tensión, y su cuerpo se contrajo, alejando el placer.Me detuve, levantando la mirada. Gray tenía los ojos cerrados, el rostro bañado en sudor y frustración.

—No tan rápido, Nessy —murmuró, su voz temblando por el esfuerzo de mantenerse firme.

Comprendí la indirecta: me estaba desafiando a ir más allá, a romper el último muro de su control. Y la lengua no era suficiente.

Me levanté un poco y desplacé mi atención a su punto de entrada, una zona que nunca antes había explorado con ella, y que ahora era un tabú silente. La miré, mis ojos pidiendo permiso, mis intenciones claras.

Gray abrió los ojos, sus pupilas dilatadas. Notó mis dedos temblar ligeramente: era una escalada para mí también.

—¿Intentas eso? —preguntó, una sonrisa arrogante, aunque tensa, se dibujó en su boca—. Son muy pequeños tus dedos, Nessy. Tendrías que usar tres.

Era una burla, una subestimación basada en mi tamaño y mi inexperiencia. Pero en lugar de detenerme, el comentario actuó como un interruptor.

La miré a los ojos y asentí con lentitud.

Introduje tres dedos.

La expresión de Gray se congeló. 

El asombro, la incredulidad y la pérdida total de control se apoderaron de su rostro. No esperaba que yo aceptara el desafío, ni que la penetración fuera tan amplia y profunda de inmediato.

Comencé a moverlos intentando la misma precisión metódica y el ritmo implacable que ella había usado conmigo antes. Los tres dedos se movieron dentro de ella, presionando, exigiendo una respuesta que ella ya no podía negar.

Un gemido largo y quejumbroso escapó de su boca. Esta vez, ya no intentaba controlar su respiración. Su cuerpo se convirtió en un arco tenso aunque mis movimientos eran suaves en comparación a cómo ella me embestía.

—Mierda —jadeó, el sonido de su sorpresa mezclándose con el placer abrumador.

Mis dedos la penetraban y la estiraban en un ritmo que me pertenecía, mientras mi boca volvía a su clítoris. Era un asalto doble, simultáneo, que la despojó de toda capacidad de resistencia. 

Y aunque me tardara y pensara que no, bajo la presión de mis tres dedos y el fuego de mi lengua, Gray estalló y soltó un gemido largo de dominio revertido y placer innegable. Sus manos me tomaron el rostro y me obligaron a mirarla mientras su cuerpo se deshacía.

Había conquistado a la conquistadora, y lo había hecho con la escala que ella misma me había dictado.

Estaba satisfecha. No, estaba eufórica. Aunque la rendición que Gray me imponía era infinitamente más gratificante, no iba a negar que este pequeño espacio de control había sido un bálsamo glorioso.

Nos sentamos, arropadas por el silencio de la noche. Aún me mataba el frío que se colaba por debajo de la ropa.

—Dime algo —le pedí, abrazándome a mí misma.

Gray, que aún parecía en trance, no respondió con palabras. Se acercó, me robó un beso breve y luego me miró con una intensidad nueva.

—Eres la única, Nessy —respondió con una sonrisa lenta y enigmática.

¿La única en qué? ¿La única a la que deja entrar así? ¿La única que ha roto su control? ¿La única que ha usado tres dedos? Una avalancha de preguntas se agolpó en mi garganta, pero las detuve. Suficiente tenía con ser, simplemente, su única.

El frío se hizo insoportable y decidimos volver a la casa de la granja.

Fui directamente hacia nuestra habitación, que tenía la ventana abierta, y lancé el arnés sobre la cama.

Al entrar por la puerta principal, el calor del hogar chocó con el aire gélido que traíamos.

Nos encontramos con el grupo aún despierto en la sala. El silencio que siguió fue absoluto y todos los ojos se posaron en nosotras.

—¿Dónde estaban? —cuestionó Mafe, con la preocupación mezclada con una sonrisa maliciosa—. Pensamos que estaban dormidas.

—Estábamos afuera —respondió Gray con una calma que no se correspondía con el desorden en el que estábamos envueltas.

—¿Afuera? ¿Y por qué tienen heno en el pelo y la ropa tan arrugada? —indagó Zafiro, alzando una ceja con suspicacia.

—El heno se pega de nada —dijo la abuela de Gray, deslizando unos platos llenos sobre la mesa.

Ella me guiñó un ojo, una señal de complicidad que me hizo sentir bienvenida.

—Vengan a comer, hice algo especial para ustedes.

La abuela de Gray era un encanto y, después de cenar, me ofrecí a ayudarla con los platos. Estando solas, se acercó a mí mientras secaba un tazón.

—Gracias —murmuró, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Me regresaste a mi Génesis. La que llegó a mi vida una vez, llena de luz. Me dolía tanto verla tan fría últimamente.

Sonreí, sintiendo el calor de esa confianza.

—Yo solo la amo —respondí, asintiendo.

Pero su mención al nombre despertó una antigua curiosidad en mí.

—¿Sabe por qué a Gray no le gustaba que le llamaran Génesis?

La abuela se acercó un poco más, como si la verdad fuera demasiado frágil para el aire.

—Cuando su supuesto padre… cuando ese infeliz la golpeaba o la lastimaba, iniciaba con un «Oh, Génesis» lleno de una burla cruel y de falsa pena. Él siempre usó ese nombre justo antes de causarle dolor emocional o físico. Para ella, era imposible no relacionarlo con el trauma.

El aire se me atascó en la garganta. Pobre Gray, el nombre de su nacimiento había sido contaminado.

—El nombre Gray se lo puso Zafiro por sus ojos —continuó ella—. Cuando la Génesis de catorce años llegó aquí, Zafiro tenía diez, recién llegada de Barranquilla. La quiso mucho y siempre se esforzó por protegerla. Se encargó de que todo el mundo, desde la escuela hasta la universidad, adaptara ese nombre para no lastimarla nunca más.

Sonreí de nuevo, esta vez con una ternura profunda. Zafiro siempre ha sido un encanto. Me alegra sentir que, al final, todo se acomoda a nuestro favor, trayendo la verdad a la luz.

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