No, no, no... Darcie y Mirabella lo estaban arruinando todo. Esta pijamada debía ser perfecta. Me había esforzado tanto en planear cada mínimo detalle para que Saher y Naomi se sintieran cómodas. Mis hermanas también ayudaron.
Esta sería la oportunidad perfecta para acercarse más a ella. Todo debía sentirse como un refugio, como un lugar donde respirar con tranquilidad, fuera de cualquier peligro aparente que pudiera herirlas, pero no estaba resultando así, y eso me disgustaba mucho.
Ahora todo se tambaleaba. Zay se había ido escaleras arriba con Naomi persiguiéndola, llamándola. Eso no les gustó a mis hermanas. Si Naomi se iba, esto no terminaría bien para mis primas, porque todo este fin de semana habría sido en vano.
En un acto desesperado, me apoyé contra el cuerpo de Saher, quien no se atrevía a soltar palabra; me aferré a ella, con cada músculo temblando por la ansiedad que ahora sentía. No quería que Sahy se fuera. No quería que me dejara sola, porque no lo planeé así. Mi vista enrojecida por la rabia se fijó en Darcie, acomodada en el sofá y estirando las piernas con esa sonrisa satisfecha que comenzaba a irritarme. Como si le divirtiera la miseria ajena. Saboreando cada gota de veneno y desprecio que descargó en Zay minutos atrás.
— ¿Estás orgullosa de tu actuación? — le solté, separándome de Saher para pararme en frente de mi prima.
Ella me miró con una ceja alzada.
—¿De qué hablas, prima? Yo no estaba actuando, solo era un juego inofensivo. No considero que sea mi culpa. No cuando esa chica se comporta como una bestia.
— ¡Bestia es una palabra muy despectiva, hermana! — Le reclamó Mirabella entre risas. Regodeándose de hacerle volar los tapones a Zay.— La chica es linda... tosca, pero linda. Solo necesita que se le eduque. Quitarle todos esos vestigios de salvajismo que conserva de su herencia sería demasiado fácil si se dejara ayudar un poco.
— ¡Ustedes dos, silencio! —La tía Evelyn gritó, apartándose de Darla en segundos. La mujer caminó con desgana, dejando que sus caderas se balancearan a los lados con una sensualidad natural. Acarició la mejilla de mi prima, apenas rozando dos de sus dedos por el borde de su cara, y de un instante a otro, la tomó del cabello, tirando hacia atrás con fuerza. El movimiento fue tan repentino que la hizo gemir de dolor, obligándola a levantar la barbilla.
El gesto no fue violento, pero sí claro. Autoritario. Dominante. El tipo de gesto que no admitía réplica, ni burla, ni esa arrogancia que siempre destilaba su sobrina mimada. Mis hermanas, con una mirada rápida, dejaron en claro que las demás debían irse, y yo estuve de acuerdo. Ninguna de ellas debía escuchar lo que aquí hablaríamos, así que con una seña entendible, les indiqué que salieran, cerrando las puertas de la cocina detrás de las chicas.
— Aquí nadie va a "educar" a nadie — Vociferó entre dientes, los ojos encendidos por una furia fría — Esta casa, la casa de sus primas, no será el escenario de sus malditos experimentos coloniales. ¿Me entiendes, Mirabella?
La chica no respondió al instante. Las risas murieron en su garganta al sentir el hielo en la mirada de Evelyn. Por un momento, incluso pareció más pequeña, más humana. Y eso ya era decir mucho.
— Sí, tía.
— Y tú, Darcie — Continuó Evelyn, soltando el cabello de su sobrina con un leve empujón hacia atrás — No me provoques. Porque créeme que tengo muy claro quién es la verdadera bestia cuando nos quitan las máscaras, ¿O quieres que te lo recuerde? —El silencio se hizo espeso. Un silencio que dolía en los oídos por el pitido que se desarrollaba en ellos. Nadie se movió. Nadie respiró fuerte. Y por primera vez en mucho tiempo, la tía Evelyn no parecía solo una presencia elegante y autoritaria. Parecía una loba defendiendo a los futuros miembros de la manada. Una manada que, por más disfuncional que fuera, tenía líneas que no se cruzaban, ni siquiera por ella. Katrina y Aneska permanecían sentadas en las sillas, observando con diversión poco disimulada el regaño ejemplar que le daban a las mujeres. Se ahorraron la charla que planeaban darles, y eso les encantaba, más aún al saber que era la tía quien las ponía en su lugar.
— Kasia, ve con ellas. Confírmanos si la chica está bien después de este desagradable altercado. ¿Quieren dar el veredicto final, queridas? ¿O lo doy yo?
Katrina dejó que su mano sostuviera su mandíbula, sin hacer el más mínimo esfuerzo en levantarse.
— Son todas tuyas esta vez, tía Evelyn — Canturreó, dejándose llevar por las manos de Aneska.
— Siendo así. Ustedes dos...— Volvió a concentrar su atención en Mirabella y Darcie, ahora con los brazos cruzados sobre su pecho, las uñas repiqueteando lentamente contra su antebrazo y su pierna extendida a un lado, afianzando más el dominio en su cuerpo.
— Van a pedir perdón en cuanto su prima baje con Zay. Pedirán perdón de rodillas, si es necesario. Este fin de semana es importante para sus primas y para mí. Será mejor que no lo arruinen, porque si lo hacen, habrá consecuencias — Sentenció, dándose la vuelta para dejar la cocina. El eco de sus pasos fue el único sonido que quedó flotando, junto con la sensación de que, por fin, alguien había puesto en su lugar a mis primas antes que mis hermanas. Puede que todavía quedaran esperanzas de finalizar este fin de semana como se debía.
Mirabella apretó los dientes. Darcie giró la cara con disgusto. Y yo... yo me fui. Subí las escaleras corriendo. Tenía que hablar con Zay y con Naomi lo antes posible. Antes de que tomaran una decisión apresurada, y si eso no era suficiente, tendría que acudir a mis hermanas y a mis primas. De todas formas, esas dos cargaban con la amenaza de la tía Evelyn en sus espaldas, y no era buena idea desafiarla. Oh no. Una amenaza de ella es muy real.
— Hola, oigan, ¿puedo pasar? — Toqué la puerta, tal como había hecho hace un rato — Zay, lo siento mucho, en serio. Ya la tía Evelyn regañó a Darcie y a Mirabella. No sé si eso te hace sentir mejor, pero quería que supieras que no fue mi intención hacerte sentir incómoda. En ningún momento quise eso. Tampoco estaba enterada de que ellas venían hasta que entraron a mi habitación ayer.
Continué hablando lo más arrepentida y culpable que pude sonar, porque debía ser creíble si quería que Sahy se quedara. La puerta se abrió seguido de eso. Naomi me recibió, abriendo la puerta en su totalidad y dejándome entrar en mi propia habitación.
Enseguida me encontré con la imagen de una Zay con el rostro desencajado por la rabia que estoy segura de que seguía burbujeando en sus venas. Me senté a su lado en silencio, sin saber qué decir realmente. La castaña clara que nos observaba con atención, desvió la vista hacia su celular, concentrándose en él para darnos la privacidad de hablar. Respiré a fondo, permitiendo que el aire mezclado con los olores de sus perfumes me hicieron cosquillas en la nariz. Crucé las manos sobre mi regazo, bajando la mirada hacia mis pies, ahora descalzos en la alfombra.
— Lamento mucho lo que mis primas dijeron, en serio — Comencé en voz baja, dejando que el sentimiento de pena me inundará— Mi familia suele ser algo... difícil. En el caso de Darcie y Mirabella... Solo quiero decir que esa fue la manera en la que nuestro tío las crió. No es su culpa... Bueno, sí. En parte sí, pero... Ammm.
— Ya entendí, Kasia. En pocas palabras, son unas estúpidas racistas — Bramó la morena junto a mí sin verme. En su lugar, encontraba más entretenido juguetear con su pulsera — Lo mejor sería irme para no causar inconvenientes. No tengo intención de seguir dañando mi fin de semana. ¿Te imaginas que se les ocurra ponerme a limpiar el suelo? Ahí sí les parto a ambas, la escoba en la cabeza. Lo juro por Dios, y eso que no soy católica.
Imaginé esa escena en mi cabeza, consciente de que lo que decía era verdad. Ella les partiría la escoba en la cabeza si le dieran motivos para hacerlo. He visto en persona cómo se mataba a golpes con Elliot en el departamento de Saher. De hecho, lo vi muchas veces. A pesar de que iniciaban con un juego, las cosas subían rápidamente de tono, hasta terminar en una pelea real, en la que Scarlett, Naomi o incluso Darla debían intervenir.
— Está bien, lo creo — Asentí, subiendo la mirada para verla.— ¿Estaría mal preguntar cuál fue tu primera impresión de ellas?
Quise reírme de la cara de Zay al escuchar mi pregunta, pero mantuve mi postura, esperando una respuesta.
— Son demasiado intensas para mi gusto.
— ¿Más que yo? — Pregunté sin poder evitarlo. Conocía la respuesta, pero no caía mal escucharlo de su propia boca para molestar a mis primas cuando estuviéramos a solas en casa. Si pensaban que con sus bromas pesadas despertarían su atención, estaban muy equivocadas. La estaban espantando. Además, tenía cierta duda de su orientación. He conocido a sus exnovios. Todos hombres y ninguno lo suficientemente maduro para entablar una relación seria con ella.
— Más que tú — Dijo ampliando sus hombros y elevando sus manos para hacer un gesto que aclaraba el punto de lo que salía de su boca — A ti te soporto, pero a ellas no. No puedo hacerlo.
— Ok, ok. Ya te entendí. ¿Te sientes cómoda para bajar ahora o quieres esperar un poco más?
Zay bufó, levantándose, sin tener realmente ganas de hacerlo, con la duda aún bañando sus rasgos.
— No lo sé— Zay murmuró, frotándose las manos mientras miraba hacia la puerta entreabierta —. Siento que si bajo, volverán a decir algo. Como si no fuera suficiente con que me tengan bajo la lupa todo el tiempo. Guardaré mis cosas cuando vuelva. Puedes revisar por si se les da la genialidad de meterme algo en el bolso.
Me acerqué para tocar su brazo con suavidad, en señal de apoyo, pero lo retiró con un leve movimiento de hombros. No molesta conmigo, sino que no le gustaba el contacto físico. Únicamente se dejaba tocar por Naomi y Darla, porque el resto de personas les incomodaba. Así que me hice a un lado, permitiendo que ella saliera primero de la habitación.
— No te irás, Zay. Y tampoco dejaré que eso vuelva a pasar en mi presencia. Por otro lado, quiero que bajes para que les veas la cara. ¿Sabes lo mucho que les va a doler saber que prefieres estar conmigo antes que con ellas? — Empujé mi hombro con el suyo, reduciendo lo más que pude el contacto — Tú les gustas.
— ¡¿Qué yo qué?!— Gritó en voz alta con espanto, girándose abruptamente hacia mí.
— ¿Por qué la sorpresa? ¿No notaste sus coqueteos?
— Si por "coqueteo" te refieres a atacarme, sí. Lo están haciendo excelente.— Me respondió con sarcasmo, rodando los ojos y chasqueando la lengua, como si lo que hubiera dicho fuera la cosa más absurda del mundo. Su rostro se mantenía tenso, como si no supiera si tomarlo como broma o una confesión seria. Al llegar al jardín, las conversaciones se callaron de inmediato. Evelyn, Aneska, Katrina, Mirabella y las demás giraron sus rostros al mismo tiempo, como si Zay fuera el espectáculo principal de la noche. Vi cómo su cuerpo se pasmó en el acto, deteniendo cualquier movimiento que estuviera a punto de hacer.
— Miren quién volvió — anuncié con calma, dejando a Naomi y a ella atrás para reunirme con las demás que esperaban en una mesa a la sombra, admirando las rosas que decoraban el jardín. Mi blanco principal fue Darcie, la más apartada del grupo. Parada cerca del columpio que hizo mi padre para mí. Me acerqué y susurré en su oído una oración sencilla que dejó todo bastante claro: no lo arruines, o la tía te quemará viva, como hacían antes con las brujas.
Darcie giró apenas el rostro, lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran. Su expresión no mostró miedo, pero su mandíbula se contrajo, y sus dedos se apretaron con más fuerza alrededor del tallo de la copa que sostenía. Sabía que lo entendía. Sabía que podía sonreír con esa boca perfecta que escondía colmillos hambrientos de sangre, pero que por dentro luchaba con las ganas de estrangularme.
— ¿Eso fue una amenaza? —Darcie musitó sin mirarme directamente.
— Fue un consejo — Respondí con dulzura — Uno de los que salvan vidas. Deberías de agradecerme por ser una prima tan considerada.
Me alejé despacio, dándole una última mirada que dejaba claro que no estaba jugando, y me dirigí hacia el centro de la mesa, en donde estaban las demás. Evelyn ya había regresado a su sitio, cruzando las piernas con elegancia medida. Mirabella mordía una fresa como si estuviera decapitando a alguien en su mente.
Katrina y Aneska, observaban como dos estatuas a Naomi, con ese brillo depredador característico de ellas y dirigido exclusivamente a la castaña clara. Y aun así, ahí estaba ella: de pie, respirando, desafiante.
— Bienvenida de nuevo, Zay. Nos alegra tanto que no hayas huido. No todas las invitadas tienen tu... aguante— Culminó Evelyn, elevando sin que ella lo notara un vitoreo que las demás sí captaron. De aquí en adelante, la chica entró, sin saberlo a una prueba. Y si seguía manteniendo su personalidad tal cual estaba, la pasaría con sobresalientes— Debo disculparme por el comportamiento de mis sobrinas. Me temo que su padre no ha sabido educarlas correctamente, teniendo en cuenta el siglo en el que estamos. Darcie, Mirabella, ¿no tienen algo que decirle a nuestra invitada?
Mirabella ni siquiera lo pensó. Se permitió levantarse, apartando los mechones de su cabello que le estorbaban en la parte delantera de su cuerpo y caminando solo unos pasos para alcanzar a Zay. Le obsequió una mirada que venía acompañada con ojos azules iluminados, como quien no rompe un plato. Aclaró su voz para afinarla, y dijo lo que debía decir para complacer a nuestra tía.
— Te ofrezco una disculpa, trencitas. Fuimos muy lejos con el juego— Mi prima habló, tan pausado que me hizo sentir que cada palabra que salía de su boca era una derrota lenta para ella, porque dejaba de lado su orgullo forjado por nuestro tío Ángelo durante años, el mismo que ahora Evelyn se encargaba de derrumbar al obligarlas a disculparse con Zay. Una mujer de color. Por otro lado, las disculpas de ella fueron realmente bien ejecutadas, en comparación con las de su hermana, que no se esforzó por sonar convincente.
Siempre ha sido del tipo de mujeres que no se disculpan por nada, aun cuando saben que han cometido un error. Se dedica a ignorarlo y hacer como si nada pasara. Orgullosa, mimada, cínica y clasista. No comprendía el motivo por el que ambas se fijaron en Zay en primer lugar. Nunca han compartido nada entre ellas, porque son bastante egoístas... eso y su crianza son dos cartas en contra. Sin embargo, cuando veo la manera en que la ven, noto una curiosidad peligrosa, y es ahí cuando comprendo lo que pasa.
— Entonces, ¿dirás algo o se te fue la voz en el momento en que me golpeaste? — La chica resopló divertida, conservando su vista en mi amiga por unos segundos muy prolongados.
— ¿Qué quieres que diga? No tengo nada para decirles — Dijo en voz baja y seca. Zay levantó el mentón, como una muestra explícita de desafío, y al ser más alta que ellas, se veía intimidante frente al cuerpo más bajo y curvilíneo de mi prima. No quiero decir que Zay no tuviera curvas, porque sí que las tenía, pero la diferencia era evidente.
— Tal vez un "Las disculpo" — Continuó insistiendo Mirabella, enredando su brazo con el de su hermana.— No sonaría mal, trencitas. Por favor. Me sentiré miserable si no obtengo tu perdón.
Mi amiga resopló, vaciando el aire de sus pulmones.
— No acepto disculpas de racistas— Musitó, permitiendo que la agresividad se filtrara en su tono, a pesar de su pose relajada.— Desde ahora, manténganse a una distancia considerable de mí. No quiero que me hablen.
— Pero nosotras...
— Está molesta, Bella. Deja que se calme.
Intervino Darcie al interceptar a su hermana antes de que tratara de tomar el brazo de Zay en un intento de sacarle las palabras a la fuerza. La negativa de mi amiga no le gustó... a ninguna de las dos en realidad.
Asumo que lo que más les molestaba era que ella no fuera lo suficientemente agradecida para aceptar, así como así sus disculpas vacías. Ambas hermanas se retiraron del jardín, mandándole cuchillos filosos a la morena con la mirada. Estoy segura de que, si hubieran podido, la habrían arrastrado por la casa hasta conseguir lo que querían de ella en estos momentos.
Así es mi familia.
Y yo... no quiero ser como ellos, pero la sangre llama demasiado.
Los muertos me llaman demasiado cuando trato de negarlos. Los escucho en cada rincón, en cada lado al que voy. Me gritan verdades que no quiero escuchar.
Verdades que me niego a oír, porque duelen. Y lo que odiaba más, era el hecho de que no podía ignorarlos. Por más que intenté correr, me alcanzaron. Cada paso que intenté dar lejos de mi familia, de mis hermanas, agravó la situación. Nunca di con la respuesta para romper los lazos.
No quise seguir sumergiéndome en la laguna de mis pensamientos por el temor al ahogamiento, en su lugar, preferí centrarme en la conversación que se desarrollaba a mi alrededor. En Saher, quien disfrutaba de las anécdotas de mis hermanas y mi tía sobre sus viajes y trabajos. Hasta Naomi, que por alguna razón que desconocía, se alejaba lo más que le era posible de mis hermanas.
Mantenía una distancia deliberada. Una especie de campo invisible, construido específicamente para mantenerlas lejos. Me hacía preguntarme qué había pasado entre ellas. ¿Qué cosa habían dicho o hecho que la hubiese desestabilizado así? Porque Naomi no era alguien fácil de incomodar. Lo sabía. La había visto encarar a hombres tres veces su tamaño con más serenidad que la que ahora mostraba. ¿Qué cambió? Estaba segura de que la han tratado excelente. Lo más normal que han podido, luego de tenerla justo donde la querían desde hace años.
Y Darla, pues... ella luchaba constantemente para no ser el objetivo principal de mi tía. Se removía en su silla con disimulo, sí. Pero al ser criadas para notar los pequeños detalles, por muy mínimos que sean, no lograba disimularlo mucho. Nunca lo haría. Evelyn estaba clara de su incomodidad, y, aun así, no se apartaba; al contrario, invadía mucho más su espacio. Le hablaba bajo, tan bajo que ni yo alcanzaba a oír con claridad lo que le decía. Solo notaba cómo Darla forzaba una risa suave o apretaba los labios como si contuviera una respuesta que no debía dar. Los dedos de mi tía se paseaban por el respaldo de su silla, lentos, casi cariñosos, y de vez en cuando, rozaban la piel descubierta del brazo de la pelirosa con una familiaridad que me erizaba la piel a mí también.
— Relájate, querida— alcancé a escucharle murmurar, como una serpiente que se enrosca con dulzura antes de apretar. Y Darla obedeció, indefensa ante los encantos que poseía la dueña de la voz que le hablaba. Cuatro corderos en una cueva de lobos. Ajenos al peligro que les acechaba.