Salí de la habitación de Nessy preguntándome por qué.
Siempre había sido sencillo.
El sexo es práctico, inmediato. No pide explicaciones, no exige sentimientos. Es mi pastilla, mi calmante disfrazado de placer. Un cuerpo prestado me servía como anestesia y al día siguiente no quedaba nada: ni nombres, ni memorias, solo silencio.
Y yo amo el silencio.
Con todas las demás funcionaba, siempre funcionó. El deseo apagaba la tristeza, el roce distraía del dolor, el orgasmo me arrancaba de la oscuridad aunque fuera por un rato. Medicina barata, medicina útil. ¿Qué más podía pedir?
Pero con la criatura fue distinto. Mis manos avanzaron como siempre, mi mente repitió la rutina que conozco de memoria. Y aun así, me quedé inmóvil. Algo en mí se quebró antes de siquiera tocarla.
Su mirada es demasiado limpia, su voz demasiado suave.
No pude, no quise… no lo sé.
Porque convertirme en fuego siempre me resultó fácil, pero con ella sentí frío y miedo. Como si al acercarme a ella me fuera a consumir de una forma distinta, una que no controlo.
Y esa última vez no terminó bien.
No puedo tratarla como a las demás: no es medicina, ni anestesia, ni un remedio. Es un recuerdo vivo, una condena con ojos. Y lo peor es que no quiero usarla para curarme.
Zafiro se despidió y me quedé un momento a solas.
Me senté en el sofá, sabiendo que nada evitaría que esa enfermedad silenciosa me consumiera. Ya la había sentido anunciarse, como una sombra arrastrándose por mis huesos, desde que las emociones me rebasaron.
Al principio fue apenas un latido extraño en la pierna derecha, un temblor diminuto, casi imperceptible. Pero lo reconocí al instante: era la señal. Intenté controlarlo, respirar profundo, engañar a mi cuerpo con una calma que no sentía.
Sin embargo, el temblor creció, subió por mis muslos y se instaló en mis manos. Los dedos se crispaban solos, cerrándose como alrededor de un vacío.
Mi pecho empezó a pesar; cada inhalación se volvió áspera, como si respirara humo. Los pensamientos se convirtieron en cuchillas, incapaces de detenerse, y yo ya no tenía control sobre mí misma.
La crisis avanzaba de manera cruel, robándome el equilibrio. El sofá dejó de ser refugio: me deslicé hacia el suelo, torpe, sintiendo que la alfombra me quemaba la piel a través de la tela. Mi cuerpo se doblaba en su propio lenguaje, convulsivo e incomprensible, y cada espasmo me alejaba un poco más de cualquier dominio.
Los sonidos se apagaban y, al mismo tiempo, se volvían insoportables: el latido golpeando en mis oídos, el zumbido eléctrico de las luces, el simple roce de mi ropa contra la piel. Todo era demasiado.
Y entonces, como un disparo en medio del caos, lo escuché: el cristal rompiéndose en la cocina. Un vaso cayendo y partiéndose en pedazos.
Entre el desorden, la voz tenue de mi mente reconoció unos pasos apresurados.
—¿Gray…?
Era Nessy.
Su voz temblaba tanto como mi cuerpo. El miedo la hizo retroceder medio segundo, y sin embargo, avanzó igual. La percibí cerca, aunque apenas podía enfocar, aunque mis ojos luchaban por no apagarse.
La escuché caer de rodillas a mi lado y su respiración se aceleró al ritmo de la mía.
Yo no podía hablar, apenas emitía un quejido áspero, pero aun así la reconocí: Nessy estaba allí, demasiado cerca, siendo testigo de lo que jamás quise mostrarle.
Vamos Gray no mueras
Gray noo
Revelaciones y descubrimientos