GRAY

Caminaba demasiado rápido y ni siquiera sabía hacia dónde iba; solo necesitaba huir. Las lágrimas ya habían surcado mi rostro hasta llegar a mi cuello, empapando mi piel caliente y mezclándose con el sudor y el temblor que me sacudía por dentro. El corazón me golpeaba el pecho como si también quisiera escapar.

Esto no me podía estar pasando. No ahora. Debí haber escuchado mis dudas, mis sospechas, esa voz interna que siempre intenté callar.

Maldita sea. ¿Cómo puede pasarme esto justo cuando decido abrirle mi corazón a alguien?

Me doy asco. Me siento rota, me siento sucia. Cada pensamiento se clavaba en mi mente como agujas. Sentía el cuerpo temblar sin control. Las piernas me respondían solo por inercia, torpes, débiles. Cada paso era un desafío.

Me tambaleaba, respirando entrecortadamente, con esa sensación de que el aire no bastaba. Pero necesitaba alejarme. Necesitaba desaparecer.

Mis uñas ya se habían enterrado en mis brazos, tanto que dolía, pero ni siquiera podía detenerme. El dolor era lo único que me mantenía consciente.

Seguí moviéndome, ciega entre lágrimas, hasta que mis pies alcanzaron las escaleras.

No las vi. Solo di un paso y el vacío me atrapó.

El cuerpo se me fue hacia adelante y el mundo se convirtió en una sucesión de golpes sordos, escalón tras escalón. La espalda, el hombro, la cadera. El aire se me escapó en un gemido seco al caer al final y, por un segundo, todo giró.

El ruido de mi propia respiración era lo único que oía. Todo lo demás era un eco distante, una nada opresiva.

Intenté incorporarme, pero el cuerpo me pesaba; cada músculo ardía. Me apoyé con una mano temblorosa en la baranda, tratando de mantenerme en pie.

El dolor punzante en la pierna y el costado me obligó a soltar un gemido y, de inmediato, volví a caer de rodillas. La baranda se convirtió en mi único ancla. La sujeté con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

El suelo estaba frío contra mis manos. El pecho me dolía, no solo por los golpes, sino por todo lo que cargaba dentro.

Allí, arrodillada, apenas respirando, comprendí que ya no era solo el cuerpo el que dolía. Era todo. Absolutamente todo.

El guardia del centro comercial se acercó casi corriendo, con el ceño fruncido y la respiración entrecortada.

—Señorita… —empezó a decir.—Estoy bien —lo interrumpí antes de que siguiera—. No es grave.

Intenté levantarme por mi cuenta, pero el cuerpo no me respondía del todo. Las rodillas me temblaban y la pierna me dolía como si se me hubiera partido en dos.

—La vi caerse —insistió él—. No fue una pequeña caída. Podría haberse golpeado la cabeza.

—Le digo que estoy bien —repetí con terquedad, clavando la mirada en el suelo.

No quería que viera mis lágrimas ni el temblor que ya no podía controlar.

—No parece estar bien, señora —replicó con una mezcla de preocupación y firmeza.

Odiaba eso. Odiaba que me miraran con compasión. No quería que nadie me tocara ni que intentaran arreglarme.

Respiraba agitadamente, pero aun así traté de levantarme sola. El guardia, sin hacerme caso, me sujetó suavemente del brazo y me ayudó a incorporarme. Su mano era firme y cálida.

—Déjeme en paz… —susurré con voz quebrada.

—No puedo dejarla así —respondió él con calma.

Cerré los ojos unos segundos, luchando por mantenerme en pie. No tenía fuerzas para discutir.

—Está bien —cedí al fin—, solo consígame algo para el dolor y agua. Por favor.

Él dudó.

—Debería ir al médico, señorita. Podría tener una fractura o algo más serio.

Hay cosas que me han dolido más, y este dolor solo me recuerda a la golpiza que me hizo terminar en una UCI con varios problemas, incluida la hidrocefalia.

—No necesito un médico —repliqué—. Solo el agua y la pastilla.

Mi voz sonó seca, como si cada palabra me costara.

El guardia asintió finalmente y se alejó a paso rápido. Yo me quedé allí, apoyada contra la baranda, respirando entrecortadamente, tratando de no derrumbarme otra vez.

El tiempo pareció detenerse hasta que regresó con una botella de agua y una pastilla pequeña, redonda y blanca.
—Es fuerte —me advirtió mientras me la entregaba.

Tomé la pastilla sin mirarlo y bebí el agua de un solo trago, sintiendo el ardor en la garganta.

—Gracias —murmuré, apenas audible.

Él me observó un segundo más, como si no quisiera dejarme sola, pero finalmente retrocedió.

Y allí quedé, en medio del pasillo vacío, con el cuerpo entumecido y el alma hecha pedazos.

Unos minutos después, busqué mi teléfono en mis bolsillos. Al sacarlo, noté que la pantalla estaba rota, con un patrón de grietas que se extendía como una telaraña, pero aun así anhelaba que funcionara.

Encendió y el táctil respondía, a pesar de la pantalla destrozada. Sé que no puedo conducir así. Necesito a alguien que me lleve.

Inmediatamente llamé a Zafiro. Había pensado fugazmente en Mafe, pero en ese instante se me cruzó un pensamiento hiriente: Mafe sabía que Nessy era hija de Julia y me lo había ocultado.

Y yo, estúpidamente, pensé que ella jamás me mentiría con algo así. Incluso se lo pregunté directamente y me lo negó en la cara, con esa sonrisa inocente que ahora me parecía una máscara, sabiendo perfectamente mi profundo odio y mi historia con Julia.

Toda mi tristeza, el miedo punzante y el dolor físico se mezclaron y se transformaron en un fuego lento y ardiente de enojo al pensar en esa traición. Mi mandíbula se apretó y, por un segundo, el impulso de romper el teléfono contra el suelo fue casi irresistible.

El celular sonó unos segundos antes de que Zafiro finalmente contestara.

—¿Gray? ¿Qué pasa? —Su voz sonó atenta, pero tranquila.

—Zafiro —dije, todavía respirando con dificultad, y solo al escuchar el sonido de mi voz me di cuenta de lo quebrada que sonaba—. Me siento mal. No creo que pueda conducir, ¿podrías ayudarme?

Hubo un silencio breve, pero electrizante, que reveló que ella había captado la grieta de dolor en mi tono.

—¡Gray! ¿Qué te pasó? Tu voz suena horrible. ¿Estás bien? —La calma desapareció por completo, reemplazada por una ola de pánico audible—. ¿Dónde estás exactamente? ¿Te golpeaste? ¿Estás en un hospital? ¿Necesitas que te recoja algo antes de ir por ti? ¡Dime, ¿qué tienes?!

El torrente de preguntas, aunque bien intencionado, me aturdió. Necesitaba aire, no un interrogatorio.

—Zafiro, por favor —dije, y esta vez mi voz no era solo dolorosa, sino que se rompió al final de la frase—. Solo, por favor, recógeme. Estoy…

Le di la dirección, cerrando los ojos con fuerza, intentando concentrarme solo en su promesa de ayuda y no en la bilis que me subía a la garganta al pensar en Mafe.

Muchos minutos después, el motor rugió a lo lejos antes de que los faros plateados de la camioneta de Zafiro se detuvieran junto a la acera. En cuanto me vio, Zafiro salió disparada del coche, con el rostro convertido en un mapa de preocupación urgente.

—¡Gray! Por Dios, sube, sube.

Abrió la puerta del copiloto y me ayudó a incorporarme. Me sentía pesada, como si mis extremidades estuvieran rellenas de arena. Me deslicé en el asiento con un gemido sordo.

Zafiro me miró y su mirada se detuvo un instante en mi brazo, donde la manga de mi chaqueta estaba rasgada.

—Estás exhausta —dijo, notando mi palidez y la forma en que me recosté de inmediato contra el reposacabezas—. ¿Qué pasó? ¿Te caíste? Gray, dime qué pasó.

Negué con la cabeza, sin fuerzas para articular una excusa. El simple acto de respirar ya me parecía una tarea inmensa.

Zafiro subió al asiento del conductor, poniendo el vehículo en marcha con una suavidad profesional. El silencio nos envolvió durante el primer tramo del camino, un silencio que ella rompió con cautela.

—Vale, no me quieres contar. Pero tienes que decirme algo. ¿Y Nessy? ¿Dónde está?

Me encogí de hombros ligeramente.

—¿Gray? Ella estaba contigo. ¿Está bien? ¿La dejaste con Mafe?

—No.

—¿No está con Mafe? ¿Dónde está, entonces? ¿Con su hermano? —insistió Zafiro, y su tono de voz se elevó, incapaz de ocultar su creciente ansiedad.

Yo cerré los ojos, tratando de alejar las imágenes de Julia y de Ángel. El enojo por Mafe seguía hirviendo bajo la superficie.
—Gray, por favor, me estás asustando. Necesito saber si Nessy está a salvo.

Zafiro siguió presionando. Preguntó por segunda vez por la razón de mi estado, luego por tercera vez por Nessy. El sonido de su voz taladraba mi cansancio. Sentía que, si hablaba, todo el dolor y la rabia se desbordarían en un grito histérico.

Finalmente, la irritación superó el agotamiento. Enderecé la cabeza y la miré con los ojos entrecerrados.

—No quiero hablar de eso —dije, y el tono fue frío y cortante.

Era una advertencia, una pared de hielo.

Zafiro me miró por el rabillo del ojo, notando la firmeza, casi la hostilidad, de mi voz. El silencio se instaló de nuevo, pero esta vez fue un silencio denso y tenso, en el que Zafiro entendió perfectamente que el tema estaba cerrado.

—Entiendo —cedió Zafiro, y el resto del viaje transcurrió en un silencio pesado y cargado.

Llegamos a la casa y yo me bajé con prisa del auto, sintiendo un agudo punzazo en el brazo herido al moverlo. Quería ir cuanto antes y encerrarme en la única privacidad que me quedaba: mi habitación.

Pero Zafiro no estaba dispuesta a dejarme ir como si nada.

—Gray, por favor. Soy tu prima, me preocupas —insistió, con la voz suave, pero firme—. Tienes el brazo magullado y apenas puedes sostenerte. ¿Por qué te ves tan mal?

Yo solo trataba de esconder mi rostro, sintiendo el ardor de las lágrimas no derramadas que amenazaban con desbordarse. El dolor emocional que me estaba rompiendo por dentro era infinitamente peor que el latido sordo en mi piel.

—¿No quieres algo? ¿Una pastilla para el dolor? ¿Agua? —continuó ella.

—Quiero dormir, Zafiro —dije todavía sin sostenerle la mirada, con la voz convertida en un susurro ronco—… y estar sola.
Ella me miró con tristeza, sin entender la dimensión del naufragio que se agitaba dentro de mí.

—Estaré aquí —dijo con dulzura, aunque sus ojos brillaban de preocupación—. Sé que quieres estar sola, pero no me moveré de esta sala. Y, si quieres hablar, estaré aquí.

Yo simplemente asentí antes de empezar a subir las escaleras, cada escalón un acto de voluntad para no perder fuerzas y volver a caer. Zafiro obviamente no me iba a dejar esforzarme sola, y sentí su mano suave en mi espalda, ayudándome a subir.

Cuando me dejó en la habitación, se quedó varios segundos en el marco de la puerta, la imagen de su preocupación grabándose en mi mente antes de retirarse.

Y sé que no bajó a la sala. Estaba en el pasillo, sentada, vigilando. Me molesta que haga eso por mí, que se preocupe por alguien tan roto.

Y sé que va a llamar a un médico en cualquier momento.

Apenas la puerta se cerró y escuché el suave clic de su retirada, el control que había mantenido se desintegró.

Me desplomé en la cama. El dolor físico del brazo me recordó el asalto, pero era una molestia superficial comparada con la cuchillada helada en mi pecho: la traición de Mafe, lo que Nessy acababa de convertirse para mí, la crueldad de Julia.

Lloré como nunca. Sumergí mi rostro en la almohada, respirando su olor, y luché desesperadamente por sofocar cada sollozo, transformando los gritos en jadeos ahogados para que Zafiro no los escuchara a través de la puerta. Mis hombros temblaban sin control. Era un llanto desgarrador, silencioso y violento, una liberación de toda la rabia acumulada y el dolor.

Intentaba pensar en algo que no fuera la punzada en mi alma, pero no podía. Y ni siquiera podía abrazar al Igor de peluche que me había ayudado a calmarme antes, porque solo me recordaba lo que acababa de pasar.

De repente, justo cuando el sollozo más fuerte quería escapar de mis pulmones, un dolor de cabeza me golpeó de forma brutal. No era una migraña sutil; era un mazazo explosivo que me hizo arquear la espalda y agarrarme las sienes con las manos libres.

El dolor era tan intenso que, por un segundo, el dolor emocional quedó en segundo plano, silenciado por el tormento palpitante dentro de mi cráneo.

Era tan agudo como aquella vez…

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Mar luna
13 days ago

🥺🥺🥺