Permanecí mucho tiempo en el suelo; ni siquiera recuerdo cuánto. Solo sé que mi madre no se acercó. Ni una palabra, ni un gesto. Nada.
Fue Ángel quien se quedó conmigo, sin saber bien qué hacer, pero sin irse. Me ayudó a levantarme y a sentarme en una de las bancas del centro comercial, donde seguí llorando como si no existiera nada más.
Me dolía el pecho, la garganta, la cabeza… todo. Sentía que mi cuerpo no me pertenecía, que no podía respirar bien.
Ángel, desesperado, buscó mi celular. Sabía que yo no podía hacerlo sola y que él tampoco sabía cómo calmarme.
Marcó dos números: Mafe y Sol.
La primera en llegar fue Sol y, apenas me vio, corrió hacia mí.
Se arrodilló frente a mí sin importarle la gente alrededor, sin preguntar nada al principio. Simplemente tomó mi rostro entre sus manos y limpió con sus pulgares las lágrimas que no dejaban de caer.
—Ey, Ness —susurró con voz suave, casi temblorosa—. Mírame, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?
Respiré hondo, o intenté hacerlo, pero apenas logré articular palabras.
—Mi mamá… —dije al fin, con la voz rota—. Ella dice que Gray… que Gray es mi hermana.
Los ojos de Sol se abrieron, pero no dijo nada. Solo esperó.
—Pero no es verdad —continué, negando con la cabeza una y otra vez—. ¡No puede ser verdad! Ella miente, siempre miente. Gray no se parece en nada a mi padre, no se parece en nada a mí. Ella no puede serlo, no puede…
Me encogí, temblando, sintiendo cómo las lágrimas volvían a brotar sin control.
Sol me abrazó sin pensarlo, envolviéndome con fuerza. No dijo «tranquila» ni «va a estar bien», porque sabía que nada de eso me serviría. Solo me sostuvo, acariciándome el cabello, dejándome llorar contra su hombro.
—Shh —murmuró con ternura—. Estoy aquí, Ness. Estoy aquí. No estás sola, ¿me oyes?
En ese abrazo, por un momento, sentí que podía volver a respirar.
El abrazo de Sol seguía sosteniéndome cuando, a lo lejos, vi a Mafe llegar con paso apresurado. Apenas nos vio, aceleró hasta llegar frente a mí. No necesitó que nadie le explicara que algo grave había pasado; su expresión cambió por completo.
—¿Qué pasó, mi niña? —preguntó con esa voz suave y calmada que usaba con sus pacientes más frágiles.
Se arrodilló también y me tomó las manos con delicadeza.
—Respira conmigo, ¿sí? Despacio. Tranquila, aquí estás segura.
Respiré temblando y mis palabras salieron entrecortadas.
—Mi mamá —empecé, sintiendo que la garganta me ardía—. Ella apareció en el centro comercial con Gerardo. Gray estaba conmigo.
Mafe intercambió una mirada con Sol, que permanecía a mi lado sin soltarme.
—¿Qué hizo tu mamá? —preguntó Mafe, más seria ahora, pero sin perder la calma.
—La golpeó —dije, bajando la mirada—. La golpeó en la cara.
El silencio cayó como una losa. Sol se cubrió la boca con una mano, horrorizada.
—Y Gray —continué, tragando saliva—. Gray se defendió. Le pegó también y después se fue, llorando.
Mafe frunció el ceño. Su mente analizaba todo con rapidez, pero no era solo lógica lo que reflejaban sus ojos: era miedo.
—¿Y tú? —preguntó suavemente—. ¿Qué fue lo que tu mamá te dijo?
La miré directamente, con los ojos rojos e hinchados.
—Dijo que Gray es hija de mi padre —murmuré.
El rostro de Mafe cambió por completo. No dijo nada de inmediato. La sorpresa se mezcló con una tensión evidente.
Pasaron unos segundos eternos antes de que soltara un suspiro largo y contenido.
—¿Qué…? —susurró—. ¿Julia dijo eso?
Asentí, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí, y Gray… —mi voz se quebró—. Ella se fue, Mafe. Se fue.
Mafe se puso de pie de golpe, caminó un par de pasos hacia atrás y se llevó una mano al rostro.
—No puede ser —murmuró, casi para sí misma—. No puede ser, Julia no…
Sol la observaba en silencio, sabiendo que Mafe estaba procesando mucho más que las palabras.
—A ver, puede que Julia esté mintiendo —dijo al fin—. Aparentemente, tu madre es experta en mentir. Si Gray y tú están juntas, la creo capaz de usar cualquier cosa para separarlas.
¿Está mal que yo también piense eso de mi propia madre?
—No creo. Gray también piensa eso —dije con un hilo de voz—. Se fue, Mafe, ni siquiera me dejó tocarla.
Me encogí, sintiendo otra vez el llanto presionándome el pecho.
Mafe se acercó y me abrazó fuerte, casi con desesperación.
—Escúchame, Ness —me dijo—. No la juzgues todavía. Gray debe estar confundida, dolida. Todo lo que tiene dentro está explotando. Pero voy a hablar con ella, ¿me oyes? No voy a dejar que esto termine así. Hay algo aquí que no me cuadra.
—No —murmuré, tomándole la muñeca antes de que se apartara—. No quiero que solo hables con ella.
La verdadera desesperación.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Convéncela —susurré—. Convéncela, no sé… de hacernos una prueba de ADN.
Mafe abrió los ojos, sorprendida.
—Nessy, eso podría ser doloroso para las dos.
—Lo sé —respondí entre lágrimas—. Pero necesito saber la verdad. No puedo seguir viviendo con esta duda. Porque, si lo que dijo mi madre es cierto, mi vida se derrumba. Pero, si no lo es —mi voz se quebró de nuevo—, entonces Gray es…
No pude terminar.
—Tu amor —completó Sol, con un tono suave, pero cargado de sentimiento.
Asentí, llorando en silencio. Mafe me sostuvo los hombros con firmeza.
—Voy a verla —prometió con determinación—. Debe estar muy mal.
Yo asentí, aunque mis manos seguían temblando. Mafe tomó su bolso, respiró hondo y se giró hacia la salida.
Pero había algo más: Gray probablemente ya sabía que Mafe le ocultó todo. Y Mafe va a sufrir mucho por mi culpa.
El llanto volvió, incontrolable, una vez más. Sol me abrazó otra vez, sin decir nada.
Y, cuando vi a Mafe alejarse con paso decidido, supe que lo que viniera después iba a cambiarlo todo.