Salí del hospital y cada paso se sintió como una traición al valor. Dejar a Gray allí, al borde de la habitación de mi madre, era una incertidumbre que ahora pesaba más que el aire. No sé si es seguro cumplir con esa petición de mi madre.
El asfalto frío bajo mis zapatos no hizo nada por mitigar la fiebre en mi pecho. Me detuve a las afueras, bajo el resplandor crudo de una farola, y allí la represa emocional que había sostenido en los pasillos cedió.
Fue un rugido silencioso. Las lágrimas se desbordaron. No surcaban, sino que se abrían paso como ríos ardientes por mis mejillas. Sentía cómo cada gota me quemaba la piel, un castigo líquido que evidenciaba el colapso de mi fortaleza. El dolor no era solo en el pecho; era físico, una punzada detrás de los ojos que me obligaba a encorvarme, a abrazarme a mí misma para no desmoronarme por completo. Me ahogaba en sollozos, el aire rasgándome la garganta con cada inhalación fallida.
Ni siquiera el odio incrustado, el rencor de años hacia mi madre, podía reducir la agonía punzante de saber que iba a perderla… ni siquiera la idea. Nunca estás preparado para escuchar al doctor decirte, con esa voz fría y profesional, lo que suena a sentencia: «Lo mejor es prepararse».
Y, aun con Ángel sin saber de lo inevitable, el peso de esa verdad era mío.
—Esta noche se lo diré —me prometí a mí misma, con la voz rota y temblorosa, la mandíbula apretada.
Alcé una mano temblorosa y usé el dorso de mi puño para arrancar las lágrimas de mi rostro. No fue una caricia; fue un acto brusco, casi violento, como si quisiera borrar la evidencia de mi debilidad.
Con los dedos húmedos y el rostro aún contraído por el dolor, me permití pensar en Gray. Pensé en todo lo que había pasado entre nosotras últimamente: en el silencio, en la distancia, en esa terrible sensación que ella tenía de que la había abandonado. Y justo ahí, en medio de la desolación, una pequeña y tibia luz se encendió. Una imagen de Gray riendo.
Una media sonrisa rota se dibujó en mis labios.
Voy a ir.
Así que decidí, por primera vez, no a pesar de mi dolor, sino gracias a él, acompañarla a una terapia. No tengo que besarla, además, hoy probablemente Daniel ya tenga los resultados. La acompañaré a esa terapia y le haré saber que de verdad me importa, que me importa mucho.
Porque me importa. La amo con una intensidad que asusta. Y se lo haré saber solo con mi presencia, con mi cuerpo allí, a su lado.
Pero cuando regresé a casa y vi el coche de la terapeuta estacionado afuera, me di cuenta de algo que activó una alarma roja en mi interior.
Ingresé a la casa, donde encontré a Zafiro junto a Gray en la sala.
Gray obviamente se sorprendió al verme, pero, de inmediato, su sorpresa se disolvió en una preocupación intensa que contrajo sus hermosos rasgos.
—Nessy, ¿has estado llorando? —cuestionó de inmediato, levantando la voz con una urgencia que me hizo sentir aún peor—. ¿Qué te hicieron? Háblame.
Me dio coraje no poder disimular la hinchazón en mis ojos.
—La situación con mi mamá es complicada —dije, sintiendo cómo la calma era una máscara que se agrietaba.
Ella pareció entristecerse. Su mirada se volvió densa de dolor compartido.
—Por favor, Nessy, ¿por qué no me dejas acompañarte? —preguntó ella, la preocupación palpable.
—Ya tienes muchos problemas con esto —dije, señalando el entorno, tratando de desviar su foco.
—¡Escúchame! Para mí nunca serás un problema —dijo ella con una dulzura rotunda, casi una orden—. Déjame estar.
No respondí de inmediato. Me senté cerca de ella, casi rozándola, dejando que su presencia me calmara a pesar del torbellino interno.
—Yo no importo —dije con calma, en un susurro bajo y sincero—. Vine a acompañarte a ti.
Ella volvió a sorprenderse, y una sonrisa genuina me curvó los labios. Pero mi buen humor se esfumó de golpe al mirar a la persona parada junto a Zafiro.
¿Una mujer? ¿Por qué rayos tenía que ser una mujer? El lugar, de repente, empezó a oler a desinfectante y a amenaza.
—¿Las terapias las hace una mujer? —pregunté, mi tono tan neutro que resultó una ofensa clara y directa.
Zafiro parpadeó, incómoda.
—Eh… sí, claro. Es fisioterapeuta.
Alcé una ceja, cruzando los brazos sobre mi pecho de forma territorial.
—Ajá, ¿y en esas terapias la tocan mucho?
Zafiro se giró lentamente, como si quisiera comprobar si hablaba en serio… lo hacía. Totalmente en serio.
—Es terapia física, Nessy. Es literalmente tocar. Es su trabajo.
—Ya veo —murmuré y observé a Gray caminar hacia la camilla con esa lentitud firme y orgullosa que tanto me fascinaba.
Una sonrisa tierna se me escapó al verla y luego murmuré, con un aire de falsa inocencia y un volumen que solo pretendía que Zafiro escuchara:
—Gray caminó y bajó las escaleras solo para verme. Tampoco es que la terapeuta sea muy necesaria, ¿verdad?
La profesional, una mujer de unos treinta y tantos, amable y concentrada, saludó con una sonrisa profesional.
—Buenos días, Gray. Vamos a empezar con los ejercicios de extensión, ¿sí?
Me senté cerca, demasiado cerca. Me pegué a la silla como si fuera un perro guardián y apoyé la barbilla en la mano, observando cada movimiento con una precisión que rozaba la peligrosidad.
—¿Eso no le duele mucho? —pregunté de repente, con la voz áspera, mientras ella tocaba ligeramente la rodilla de Gray.
—Un poco, pero está dentro de lo normal. Es importante para la recuperación —respondió la terapeuta con una paciencia admirable.
Me levanté y avancé dos pasos. No podía soportar ver otra mano tocando a mi Gray.
—Puedo ayudar yo —dije enseguida.
—Gracias, pero no hace falta —replicó la mujer con voz profesional, sin inmutarse.
—No, si quiere, en serio puedo moverle algo, el brazo, lo que necesite que yo agarre y sostenga con cariño.
—No, gracias —respondió la terapeuta sin perder la sonrisa—. Para eso estoy yo.
Forcé otra sonrisa que solo hizo que mis labios se estiraran.
—Claro, claro… para eso está usted.
Mientras la sesión continuaba, yo observaba cada toque, cada corrección de postura, como si la terapeuta estuviera a punto de proponerle matrimonio a Gray. El desinfectante en el aire ya olía a perfume barato. Murmuraba cosas en voz baja que Zafiro alcanzó a oír a medias:
—Le romperé una pierna para que se haga terapia a sí misma y se largue.
Zafiro me miró horrorizada.
—¿Qué dijiste?
—Nada, cosas mías —respondí con una sonrisa tan angelical que daba escalofríos.
En un momento, la terapeuta se acercó demasiado para ajustar el equilibrio de Gray. Eso fue suficiente para que yo me acercara otra vez, mis celos subiendo de cero a cien.
—De verdad, puedo hacerlo yo. Es una falta de respeto que haga tanto esfuerzo cuando yo estoy aquí —insistí, con una dulzura tan falsa que dolía.
—Agradezco la intención, pero no es necesario.
—Yo diría que sí lo es —intervino Gray de repente, y esa voz firme, llena de amor y defendiendo mi locura, hizo que dejara de respirar por un segundo—. Nessy va a hacer lo que quiera. Es por ella que hago esto y, si se siente mejor ayudando, que me toque.
La terapeuta se quedó en silencio, Zafiro disimuló una carcajada y yo, mientras tanto, sonreí como quien acaba de recibir una medalla de oro y una declaración pública de propiedad. Me acomodé otra vez en la silla, crucé las piernas y adopté un aire triunfal.
—Eso, mi amor, recuérdales quién manda en tu vida, ¿sí?
La terapeuta suspiró, su paciencia finalmente al límite. Le esperaba una sesión muy larga.
La sesión terminó o, al menos, eso intentaba la terapeuta.
Yo, de pie junto a la puerta, ya había tomado la delantera en el proceso de «despedida».
—Bueno, fue interesante —dije con una sonrisa tan forzada que me dolían las mejillas—. Seguro tiene mucho trabajo, ¿no?
—Sí, tengo otro paciente en media hora —respondió la terapeuta, recogiendo sus cosas.
—Ah, qué pena, el tráfico últimamente está horrible —le alcancé el bolso antes de que lo pidiera—. Pero mire, yo soy experta en atajos. Si toma la avenida principal, luego gira por la segunda salida, puede desaparecer rápido.
Zafiro me miraba desde el sofá, reprimiendo la risa. Gray solo me observaba con una mezcla de cansancio y diversión.
—¿Podría dejarme un número por si necesitamos reagendar? —preguntó la terapeuta, amable.
—Yo lo anoto —me apresuré, arrebatándole la libreta antes de que Gray hablara—. O mejor no, porque Gray necesita descansar. Usted sabe, después de tanto esfuerzo físico.
—Eh… claro.
—Perfecto, entonces no se preocupe. Ya la llamaremos —concluí, abriendo la puerta.
La terapeuta apenas alcanzó a girarse para despedirse cuando sonreí, incliné la cabeza y cerré la puerta.
Clac.
Silencio.
Zafiro soltó la carcajada que había estado conteniendo.
—Y pensaba yo que eras tranquila —me dijo entre risas antes de salir de la habitación.
Gray seguía mirándome, con una sonrisa suave y un brillo de ternura en los ojos.
—¿Satisfecha? —preguntó, apenas divertida.
Me giré despacio, cruzando los brazos con fingida inocencia.
—No sé de qué hablas, solo la ayudé a irse más rápido. Eficiencia.
—Ajá —Gray sonrió, esa sonrisa pequeña que siempre lograba desarmarme—. Te ves tan tierna cuando haces berrinches.
Rodé los ojos, pero me acerqué igual. Me dejé caer junto a ella en el sofá, apoyando la cabeza sobre su hombro. El silencio que siguió no fue incómodo; fue un silencio lleno de complicidad.
Gray empezó a acariciarme el cabello con lentitud. Su voz se volvió un susurro cálido.
—Descansa un poco de los problemas, del dolor, del mundo.
Cerré los ojos, dejándome envolver por ese tono. Y justo cuando sentí que el pecho se me aflojaba, Gray añadió:
—Excepto de mí.
Sonreí, apenas, como si ese fuera el trato más justo que podía aceptar.
—De ti nunca podría.
Estaba a punto de hundirme por completo en el borde del sueño, acunada en el regazo de mi amada. Sentía el ritmo lento y parejo de la respiración de Gray, el calor de sus caricias, y sabía que ella también estaba al borde de dormirse.
Pero, de repente, mis ojos se abrieron y captaron un movimiento en la esquina oscura de la sala.
Era Zafiro.
Estaba en cuclillas, escondida tras el sillón individual, y hacía gestos exagerados y silenciosos con las manos que claramente intentaban captar mi atención.
Fruncí el ceño. No sé qué intentaba decirme; no sé leer los labios y la mímica solo lograba confundirme.
El contacto visual fue suficiente para que ella sacara su celular. Así que saqué el mío con el cuidado de un ladrón, la pantalla con un brillo tan bajo que era casi invisible. Me moví lo menos posible, temiendo que el más mínimo temblor alertara a Gray, cuyo cuerpo era ahora mi ancla.
Pensé que Zafiro estaba escribiendo un mensaje larguísimo por lo mucho que se tardaba; su rostro estaba tenso bajo el brillo azul de la pantalla. Pero no, el mensaje fue corto, un simple mensaje cargado de impacto:
«Daniel ya tiene los resultados».
Me congelé. Mi corazón, que ya latía lentamente al ritmo de Gray, dio un salto brusco y doloroso. Mis dedos temblaron mientras tecleaba una respuesta aún más corta:
«¿Y cuáles son?»
Podría simplemente decírmelo y así saldríamos de una buena vez por todas de este infierno de incertidumbre.
«Él se niega a decirme. Dice que solo a ti y a Gray».
Rodé los ojos con una exasperación que no pude contener. Fue un movimiento pequeño, rápido, pero fue suficiente para que Gray lo sintiera en su vientre.
—Ness —murmuró, su voz somnolienta y profunda—. ¿Te pasa algo? Estás tensa de repente. ¿Te dijeron algo más de tu mamá?
—No, tranquila, todo está bien —dije, apagando el teléfono de inmediato con un movimiento final y sutil.
La mentira se sintió áspera en mi garganta, y odié tener que usarla de nuevo.
Ella guardó silencio por un momento. Aproveché la pausa y me puse de pie sutilmente. Zafiro, viendo mi movimiento, se acercó con cautela. Estaba a punto de hablarle en voz baja cuando Gray, sin abrir los ojos, lanzó la distracción más inocente y firme del mundo.
—¿Por qué no vamos por helado? —dijo de repente.
—No puedes —se negó Zafiro de inmediato, la preocupación volviendo a su tono—. La terapeuta dijo que descansaras. Y, además, está haciendo muchísimo frío.
—Zafiro, quiero helado —insistió Gray, con ese tono de voz que no permitía réplica.
—Bien —respondió Zafiro con exasperación—. Te traeré uno de la tienda.
—No, quiero salir —insistió Gray, abriendo los ojos y mirándonos a ambas con una determinación férrea—. De hecho, no me importa si es helado o no lo que coma, solo quiero salir de estas cuatro paredes. Acompáñame, Ness.
Zafiro suspiró, con la imagen del cansancio absoluto.
—Bien —dijo Zafiro, derrotada. Luego bajó la voz y gruñó—, la terquedad sí se mantuvo intacta, la desgraciada.
Me acerqué a Zafiro para susurrarle, la decisión ya tomada: era hora de encarar el resultado y la mentira.
—Vamos por ese helado. Cita a Daniel allí y que pase lo que tenga que pasar —susurré, sintiendo la necesidad de ser honesta con Gray—. En esta nueva oportunidad, no quiero pasar ni un día más mintiéndole. Va a suceder lo que tenga que suceder, lo diga ahora o lo diga después.
Zafiro parecía un poco indecisa, probablemente pensando en la logística y el riesgo de que Gray supiera eso. Pero, finalmente, mi decisión y la terquedad de Gray la convencieron.
—De acuerdo, vamos.
Cuando nos giramos, listas para anunciarle a Gray que iríamos, descubrimos que el maldito sofá estaba vacío. Gray no estaba por ninguna parte.
—Dios mío, no —dijo Zafiro, llevándose ambas manos a la frente.
Las dos nos apresuramos a salir. Mi pánico se disparó. Gray, para nosotras, seguía estando en un estado delicado y confuso; cada paso no supervisado era un riesgo latente.
—¡Gray! —gritó Zafiro, su voz aguda y teñida de histeria.
—¡Gray, por el amor de Dios! ¿Dónde se habrá metido? —cuestioné, sintiendo un nudo frío formarse en mi estómago.
Pero la angustia no tuvo tiempo de arraigarse. Cuando giré el cuerpo para dirigirme hacia el jardín, una mano apareció de la nada y se plantó con delicadeza frente a mi rostro, sosteniendo una rosa blanca.
—La corté porque me hizo pensar en ti —dijo Gray, con su voz baja y serena.
Ella estaba allí, a un metro de distancia, radiante, con el pelo ligeramente despeinado por el viento.
—Eres lo único claro en una mente llena de recuerdos difusos.
La preocupación, el medio enojo y el miedo que me dio que se fuera sin avisarnos se esfumaron, reemplazados por una oleada de afecto abrumador. Intenté tomar la rosa con ambas manos para sujetarla, pero ella no soltó el tallo. Así que lo único que logré fue atraerla hacia mí.
La cercanía era demasiada, peligrosa, y el aire se hizo eléctrico. Todo era una carga: el hospital, los resultados que estaban a minutos de ser revelados, el futuro incierto. Yo solo debía esperar unos minutos más, pero no quería que se sintiera rechazada después de un gesto tan dulce y poético.
Nuestros rostros estaban a una pulgada de distancia, nuestros alientos mezclándose.
Y entonces, Zafiro intervino con un carraspeo que sonó como un disparo en el silencio.
—¡Muy bien, vámonos! —exclamó, rompiendo el momento como solo ella podía.
Pero juro que, si esa prueba demuestra lo que quiero, el beso que le voy a dar va a ser imposible de contener. Va a ser un beso que lo quemará todo.
Viajamos en el auto. Zafiro condujo hasta una heladería que olía a vainilla y azúcar, donde ya estaba Daniel con Mafe, sentados en un pequeño sofá de terciopelo rojo.
—Qué lindos —dijo Zafiro al llegar a la mesa, con un sarcasmo grueso en la voz.
—Me da sesiones —dijo Daniel con una sonrisa de oreja a oreja.
—Tu hermano hace muchas cosas cuestionables, ¿lo sabías? —cuestionó Mafe, con un tono de curiosidad burlona.
—Puedo hacerte algo que no vas a cuestionar… —dijo Daniel, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que, aun así, era audible.
Mafe procesó la insinuación solo por un segundo antes de comprender. Apenas arqueó una ceja, retándolo.
—Digo, no tengo cómo pagarte las terapias, pero mi cuerpo sí y amor también —continuó Daniel, con su coqueteo descarado y dulzón, mientras se llevaba una cucharada de helado a la boca con excesiva lentitud.
Zafiro, exasperada por el coqueteo en medio de su crisis, finalmente decidió intervenir.
—¡Ya basta, Daniel! Rápido —insistió, golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano—. Terminemos con esto. Ya hiciste mucho daño. Y ya sabemos que no debemos dejar en tus manos estas cosas tan delicadas.
—¿De qué hablas? —cuestionó Daniel, fingiendo ofensa—. Hice todo bien. Fui tan sutil como un cirujano para obtener los resultados.
—¡¿Sutil?! Pudiste quitarle un pelo a Gray para la prueba de ADN. ¡Pero, en vez de eso, te ofreciste a depilarle las cejas! Le quitaste toda una ceja y casi le sacas un ojo. ¿Esa fue tu sutileza?
—La sangre es más confiable —se defendió Daniel con calma, como si fuera una verdad científica irrefutable.
Zafiro entrecerró los ojos, resignada por ser, al parecer, la única Gutiérrez que no era medianamente demente, además de la abuela, que llenó la casa de Daniel de plantas y animalitos para sentirse «en casa».
Gray, escuchando toda la discusión, con la mirada yendo de Daniel a Zafiro sin entender el contexto, finalmente decidió preguntar:
—¿De qué hablan? ¿Qué resultados?
Todos nos giramos hacia ella.
El momento de la verdad, incómodo y abrupto, había llegado.
Jaja esos celos nessy