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Estaba viendo a Gray en un momento de lucidez extrañamente pacífico. Solo estaba allí, parada como una estatua, como si el tiempo se hubiese detenido. El aire a su alrededor se había enrarecido.

—¿Luis? —susurró, con un hilo de voz tan débil que apenas capté el movimiento de sus labios.

¿El chófer? ¿El mismo que mamá juró que era su padre?

Mis ojos recorrieron al hombre. ¿Por qué estaba en condiciones tan deplorables? ¿Quién le había infligido tal daño? Su figura era una ruina.

Al escuchar su nombre, el hombre abrió los ojos de par en par. La perplejidad y una extraña familiaridad se mezclaron en su mirada. Sabía que la mujer frente a él no era Marina, pero había en ella un eco, la esencia de la mujer que adoraba.

La miró de arriba abajo, escaneando cada rasgo.

—¿Génesis? —susurró él, y juro que pude sentir el escalofrío helado que recorrió a Gray de la cabeza a los pies.

Aquel hombre, a pesar de su abandono físico, tenía un estuche insólitamente pulcro y bien cuidado junto a él. Demasiado limpio, contrastando con la suciedad y el desorden que lo rodeaban.

Observó a Gray unos segundos más, hasta que la duda se desvaneció antes de volver a pronunciar el nombre, esta vez con una certeza abrumadora:

—Génesis, mi niña.

Ese fue el instante exacto en el que todo se hizo añicos. Vimos el cuerpo de Gray inclinarse hacia adelante. No era para abrazarlo, simplemente colapsó. Daniel reaccionó con rapidez, sujetándola para que no cayera de golpe al suelo y se golpeara la cabeza. Incluso el hombre se acercó, instintivamente, para sostenerla. Acariciaba su rostro con una delicadeza que no se correspondía con su apariencia.

La miraba detenidamente, con la intensidad de quien acaba de recuperar el tesoro más valioso que creyó perdido para siempre.

Daniel cargó a Gray y llevamos tanto a ella como a Luis adentro de la casa. A Gray la recostaron sobre la cama y los demás invitamos al señor a darse un breve baño.

Estaba sucio, a excepción del estuche. Era lo único impoluto en toda su persona.

Para nuestra sorpresa, el hombre se quitó aquella costra de suciedad de encima como si se desprendiera de una pesada armadura. Pareció un inmenso alivio.

Al final, Daniel le prestó su ropa, la abuela cocinó para él y Sol le hizo una revisión médica breve, pero necesaria. A todos nos carcomía la intriga, pero nadie quería romper la frágil calma.

—¿Qué lleva en el estuche? —cuestionó la abuela con una voz suave y acogedora.

Una luz brilló en los ojos cansados del hombre. Sonrió por primera vez desde que lo vimos, tomó el estuche y sacó de él un violín.

Se veía impecable, jodidamente bien cuidado, casi nuevo. Era un violín pequeño, de un color cálido y hermoso.

—Parece tener un gran valor para usted —susurré con dulzura, notando la reverencia con la que lo sostenía.

Él se quedó viéndolo, pasando un dedo tembloroso por la madera pulida.

—Se lo iba a regalar a Génesis antes de que todo empeorara —dijo con una sonrisa cargada de nostalgia—. Yo tenía uno, pero era demasiado grande para ella. A ella le encantaba escucharme tocar, pensé que también le gustaría aprender.

Antes de que todo empeorara…

—¿Por qué se separaron? —la voz de Daniel era baja y directa.

Luis suspiró y el brillo en sus ojos se apagó.

—A su madre la mataron. La ejecución fue por orden directa, en cuanto supieron que yo, el chófer, era el verdadero padre —confesó con una frialdad espeluznante—. A mí me mandaron a matar a Génesis, pero yo ya la quería mucho, aunque en ese momento no sabía que fuera mi hija. No pude hacerlo.

Todos nos quedamos en silencio, la tensión apretándonos el pecho.

—Cuando supe la verdad, supe que su vida también corría peligro —continuó Luis, con la mirada perdida—. Porque, en ese momento, él y Gerardo tenían una pequeña relación de negocios con el M-19. Intercambiaban información y favores.

El M-19 fue un movimiento guerrillero colombiano al margen de la ley que se formó en 1970, en respuesta a un supuesto fraude electoral en las elecciones presidenciales de ese año.

Daniel golpeó la mesa con el puño. El sonido seco resonó en la sala.

—¡Lo sabía! —exclamó, con rabia contenida—. ¡Ahí está pintada la justicia! Negando que tuviese relación con la guerrilla y, encima, el Gobierno dándole protección.

El golpe fue tan fuerte que el florero se volcó, derramando agua. Daniel había tocado un tema peligroso. Gerardo, hoy un hombre que envejeció en la cárcel, no parecía tener aliados tan malos y poderosos.

Lo más probable era que su posición se hubiera desmoronado al caer, dejando de ser útil para semejante organización.
—¿Por qué no buscó a Gray de nuevo? —cuestionó la abuela.

—¿Gray? —dudó él.

—Tiene que saber que a Gray no le gusta ser llamada por su nombre real. La lastima —explicó Zafiro.

Luis asintió con una comprensión instantánea.

—Mi misión era matarla y lanzar su cadáver al río —confesó. La brutalidad de la frase nos dejó sin aliento—. Solo lancé, bajo la mirada de los infelices, una bolsa negra rellena, cuidadosamente amañada para que ni su forma ni el olor les permitieran dudar de que lo que estaba allí era el cuerpo de la niña.

No podía creer que viví doce años con un hombre capaz de mandar a asesinar a una chica de catorce años, después de haberle destrozado la vida.

Pero Luis aún no terminaba.

—Después, me obligaron a enterrar el cuerpo de la madre de Gray —prosiguió, con la voz quebrada—, la mujer que amaba. Quise darle una despedida digna, pero cuando traté de volver para desenterrarla y darle un descanso real, solo logré que mi familia terminara muerta… me quitaron a todos.

Tembló visiblemente. El violín estuvo a punto de caer de sus manos.

—Perdí la cabeza. No fue un castigo, fue una condena. Me lo quitaron todo, la culpa me consumía y sentía que buscar a Génesis, a Gray, sería arriesgarme a que la encontraran y la mataran.

Se dejó caer pesadamente en el sofá. Su voz se volvió un murmullo cavernoso, la confesión de un hombre vencido.

—No me atreví a pedir ayuda. Me consumió la soledad. La miseria me encontró más rápido que el remordimiento. Empecé a vagar, a drogarme, me descuidé tanto que me convertí en una sombra. Un día, los mismos hombres que me buscaban para terminar el trabajo me vieron en la calle, roto, arrastrándome. Me miraron con lástima, no con rabia. Ellos decidieron que la muerte era demasiado rápida. Me dejaron vivo. Me condenaron a esta vida de suciedad, frío y miseria, a ser solo un recuerdo podrido de lo que fui.

Apretó el violín contra su pecho con una fuerza desesperada.

—Este… este me recordó a ella, a mi niña. Si no hubiese tenido que cuidar de este violín, me habría dejado morir. Es lo único real y limpio que me quedó. Con él, el peso de haberla perdido, de haber fallado, era un poco menos asfixiante. Es mi penitencia y mi cordón umbilical con el pasado.

El silencio que siguió a la última frase de Luis no fue un silencio normal. Fue un vacío denso y aplastante, como si el aire se hubiera congelado con la atrocidad que acabábamos de escuchar.

Yo miré la silla rota, la mesa con el florero volcado. La casa entera se sentía contaminada por las historias de ese hombre, por la podredumbre del horror que Gray había arrastrado.

Al final del pasillo, ajena a todo, dormía la razón por la que todos estábamos allí: la mujer que había sido salvada y protegida por un hombre roto.

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