Mi cuerpo se siente pesado.
Me despierto, claramente mareada. Bajo mi mirada y para mi santa y bendita suerte, encuentro mis manos esposadas y mis pies atados con una incómoda soga.
Dios, ¿Cuál fue el mal que yo hice?
Recuerdo haber transferido mi donación a la iglesia y al orfanato la semana pasada. También me he portado bien. Y me he esforzado tanto en la panadería como en mi otro trabajo. Entonces, ¿Qué hago aquí?
Maldigo para mis adentros, sacudo mi cabeza y miro a la azabache que está sentada frente a mí; en mi misma situación, pero aún desmayada… o al menos eso espero. Por el bien de quien haya sido el graciosito de esto, más vale que ella esté bien.
Siento que estamos en movimiento.
Giro mi rostro y en definitiva, la suerte no es una de nuestras cualidades, pues nos hemos metido en grandes problemas con dos estúpidos sin oficio, quienes van en los asientos delanteros de la camioneta cerrada en la que nos llevan —no sé a dónde— en la parte trasera.
Qué asco este lugar. Es muy cutre para que yo esté aquí, le falta algo de brillo. Le falta color. Le falta vida.
Además, siento que me falta el aire.
¿Serán pobres?
—Guio —susurro.
Lógicamente todo esto está mal, por ende, necesito ser inteligente para no cagarla e insultar a los imbéciles que por lo que se ve, nos secuestraron.
Achico mis ojos y me quedo unos segundos analizando mis opciones, de las cuales descarto miles y como ultimátum estrella, converso mentalmente y considero solo tres:
A: Despertar a Guio (plan coherente).
B: Buscar problemas, insultarlos y armarnos a los putazos (plan iluso. Con mi suerte me meten un tiro antes o me lanzan por la ventana).
C: Quedarme quieta, hacerme la muerta y esperar a ver qué harán con nosotras (plan bueno. Pero no aceptable para una persona que no puede quedarse quieta).
Hmm… Sip, en definitiva será mejor la opción A: Despertar a Guio.Después de todo, ella es la única capaz de controlarme.
—Guio —vuelvo a susurrar y le doy un leve toque a su pie con el mío— Guio, no me gusta este lugar. Despierta —no reacciona. Inhalo hondo y lo suelto lentamente, apenas siento un leve dolor de cabeza— ¡Guio, despierta por favor!
Mi quebrado susurro, lleno de esperanza y fe, parece ser oído por los santos y demonios, y suelto un suspiro aliviado.
Guio abre sus ojos con lentitud y al dar conmigo, me mira de una forma suave, y claramente preocupada.
—Ale —susurra, con su voz un poco ronca. Observa su alrededor y luego vuelve a posar su mirada sobre mí— Mein Kleiner Stern, ¿te lastimaron? —Su preocupación es obvia.Sonrío un poco y niego con mi cabeza.—Estoy bien… o al menos eso creo. A no ser que hayamos entrado en una realidad alterna donde tenga más sal de la normal, y de dos tiros me hayan mandado al lobby. Pero… puedo sentir mi cuerpo —palpo como puedo mis muslos y le sonrío— Así que, basándome en mis propios argumentos astrales y supergalácticos: creo que sigo viva, no me he ido con la abuela Coco y estoy junto a ti en este momento, acompañándote, bien bonita y creativa como siempre —bromeo con tono bajo, elevando mis cejas una y otra vez.
Pese a que suspira y niega con su cabeza, la sutil sonrisa de Guio me hace notar un claro alivio.
Ella abre su boca para hablar, pero un grave gruñido la hace poner los ojos en blanco con claro fastidio, y noto al italiano viéndonos, mientras revisa las municiones de su arma.
Maldita sea mi puta suerte.Bueeeno, mejor mentalizarnos que ya nos morimos.
Será el fin.
“Alessandra Thorne, fallecida junto a su mejor amiga porque no fue capaz de cerrar su bocota cuando debía disimular frente a dos imbéciles armados”.
¡Yei!
Sé que si morimos será mi culpa, pero aun así, ojalá que mi conmemoración sea con una estatua. Siento que me la merezco por buena gente.
El italiano carraspea y me estremezco, girando mi rostro hacia él.
—Miren nada más, las señoritas Busca Problemas al fin despertaron —espeta él y Guio lo mira con odio.
Aquí vamos…
— ¿Sabes? Consideraba que eras más hombre que el ruso de mierda que te acompaña, pero me equivoqué. ¿Qué pasó? Apolo —Ella lo mira con superioridad y no sé si aplaudirle por valiente o asustarme, porque a este paso terminarán matándonos.
Mejor me adelanto y les anuncio como nuestros queridos espectadores que, el día —o la noche— de hoy, les presentamos: “Mil maneras para morir”; con Alessandra, alias “la buena” y Guiomar, “la mujer maravilla sin cordura”.
Un gruñido bajo de parte del italiano me hace volver de mi disociada mente, y noto su rostro levemente rojo.
—Veo que la alemana sabe muy bien cómo sacar de los cabales a los hombres —él se voltea del todo en su asiento para mirarla mejor, y el resoplido burlón de la pelinegra no se hace esperar.
— ¿Hombres? ¿Dónde? Solo eres un niño mimado que piensa que el mundo le pertenece —escupe con altivez. El hombre hace el amague de acercarse a Guiomar y ella se tensa. Oh no— ¡Acércate un maldito centímetro más y te demostraré porque les dije que se retiraran!
Por mínimos segundos, el castaño se cohíbe y afloja un poco el nudo de su corbata.
—Me sorprende que tengas tantas agallas, considerando que están inmovilizadas de pies y manos —habla el rubio que va en el otro asiento, girándose hacia Guio— El gran error de ambas fue meterse con dos grandes cabecillas de la mafia. No me provoques, maldita imbécil, que tu voz me harta. Mejor…
—¡Tú cállate, remardito rubio de mierda! —espeto molesta, haciéndolo callar. No pienso permitir que la insulte ¿Quién se cree?— A mi lindo cuchurrumin ¡Nadie tiene el jodido derecho de hablarle así! ¿Me entendiste? Así que le vas bajando dos rayitas, cabeza de huevo. ¡Y tú! Castañito de cartón, aléjate o te cortaré las malditas bolas apenas me suelte —le grito al italiano que no para de mirarla estupefacto, con una clara y extraña mezcla entre deseo y odio.
Se la está rifando.
—Te voy a dar solo dos malditos segundos para callarte, antes de que te abra el tercer ojo que Andrey te prometió —exclama el castaño y me mira, para luego sacar su arma y apuntarme.
Achico mis ojos.
—Atrévete a solo intentar halar el gatillo y te aseguro que morirás por mi mano —advierte Guio y él gira su rostro hacia Miss fantástica, quien lo mira con odio— Ich werde dich umbringen, wenn du auch nur daran denkst, iim etwas anzutun. ¡Verdammtes arschloch! (Te mataré si se te ocurre hacerle daño, ¡Maldito imbécil!).
¡A la mierda! Nunca he entendido el alemán, pero puedo reconocer el acento. Y pese a que se me hace diferente y único cuando lo habla Guio, me parece un idioma del diablo. Aunque justo en este momento me estoy arrepintiendo de no haberlo aprendido antes, ya que al parecer el italiano entendió lo que le dijo porque la mira atento, con su rostro claramente rojo.
Qué triste. Capaz y el chisme de lo que le dijo estaba bueno.
—Entonces, veamos de lo que eres capaz, alemana —Él sonríe y sin pensarlo dos veces, hala el gatillo en mi dirección. Cierro mis ojos con fuerza y mi cuerpo se encoge esperando el impacto… que no llega— Pero ¡¿Qué mierda?!
Alzo mi rostro. Él la mira sorprendido. Noto la comisura de Guio elevarse levemente y en definitiva, ¡Está buscando que nos maten!
Que Dios y el diablo se apiaden de nuestras almas. Amén.
—Imagino que buscabas esto —dice Guio y muestra dos cartuchos en su mano.
El italiano y el ruso revisan sus armas, notando que están vacías.
Ambos la miran con el ceño fruncido, y es que hasta yo quedaría más loca de lo que estoy si no la conociera. Aún así, debo admitir que me sorprendió un poquito.
—O son muy confiados, o muy idiotas —admite Guio y mira al italiano— Pero eso da igual. Gracias a tu grandiosa idea, ahora no tienen nada con que amenazar a mi pequeña.
Ella abre la ventana de la camioneta y sin vacilar ni un segundo, lanza los dos cartuchos.
—Come siete rusciti a lasciarvi andare?! (¡¿Cómo hiciste para soltarte?!) —grita con furia el desgraciado Apolo en su idioma natal, lo que provoca que la mirada de mi mejor amiga sea más arrogante.
—Es sencillo, la verdad pensé que eran de juguete; aunque bueno, todas las cosas se parecen a sus dueños —se burla mientras reta al hombre con la mirada— Princesa ¿Qué esperas para liberarte? Necesito que te concentres —me dice en un tono firme, pero lejos de ser duro.
Asiento.
—Lo siento, me distraje —admito y veo mis manos— Pero ya lo hago.
Es cierto, debo concentrarme. Tengo las habilidades y el conocimiento suficiente como para haberme liberado desde que me desperté, pero como siempre, se me olvidó.
O quizás el chisme y la tensión me ganaron.
Me concentro en la situación y abro las esposas con un rápido movimiento de manos —técnica aprendida en mi suculento y real trabajo— para luego desatar la cuerda que ata mis pies.
—¡Listo! Gracias, Moya Stoykost —digo y le sonrío a Guio.
—Pero ¡¿Qué...?! —intenta alegar el ruso, pero le hago una señal con mi mano y lo callo de inmediato.
—Sinceramente, me siento mejor así —admito y me estiro, permitiendo que mis músculos entumecidos se relajen— Ya que ustedes se creen la gran vaina, les doy un consejito: si van a apresar o secuestrar a alguien, deben conocer antes sus habilidades, y de eso basarse para utilizar unas esposas de un material resistente… Estas parecen de juguete —suspiro con pesar— Y lo que les digo es lo más recomendable. ¿Nunca se lo enseñaron?
Frunzo mis labios y le lanzo las esposas rotas al par de tarados que me miran como si fuera un espectro.Miro mis muñecas y empiezo a acariciarlas. No sé por cuánto tiempo estuvimos desmayadas, pero no me gusta la idea de tener mi piel roja y maltratada por culpa de dos malditos sin oficio.
Resopló por lo bajo.
—Mein Kleiner Stern, déjalos —Guio suelta un ligero bostezo y los mira con burla— Los pobres ni mafiosos parecen; es imposible que yo tenga más apariencia de mafiosa que ellos. ¿O qué opinas tú, Ale?
Suelto una risa y los miro de arriba abajo.
—¿La verdad? A mí me dan risa. Un huerfanito y un payaso de circo con instinto de villanos de novela, qué irónico. Parecen mafiosos de cartón —vuelvo a reír y veo a Guio— En fin, ¿qué hacemos? A mí no me apetece estar más tiempo aquí —miro a mi alrededor y me estremezco— Es todo cutre y… feo.
—Qué maravilla —espeta el rubio y tuerce los ojos— Ahora las niñas mimadas que son secuestradas, piden lujo. Sorprendente.
Hago una mueca y lo miro de arriba abajo.
—Primero: no soy una niña, maldito estúpido. Y segundo: no es mi culpa que tengan tan malos gustos —suelto un bostezo y lo miro con aburrimiento— Mejor hablen claro de una vez y dígannos, ¿quiénes son ustedes? ¿A dónde nos llevan? ¿Y qué coño quieren con nosotras?
El ruso abre su boca para hablar, pero el italiano, que ha permanecido en silencio hasta el momento, posa su mano en el pecho del imbécil y se adelanta:
—Solo queremos dejarles en claro que lo qué hicieron está mal. Así que tranquilas, señoritas, solo jugaremos un poco con ustedes.
Lo miro con ojos chicos.
Son unos estúpidos anormales si creen que Guio y yo nos quedaremos aquí sin más.
Ilusos.
—“Jugar con ustedes” es poco para lo que tenemos en mente —habla el rubio, viéndome— Si ya están aquí, serán de nuestra propiedad. Quieran o no. Si nos gustaron, debo decirles que ya son nuestras. Así que no se preocupen mucho en hacer preguntas innecesarias, porque irán a su nuevo y permanente hogar.
—Estás demente y tienes una gran falta de inteligencia si piensas que nos quedaremos con ustedes —vocifero, mientras lo fulmino con la mirada— No tienen propiedad sobre nosotras, así que ni sueñes con alguien que está muy fuera de tu alcance.
—Eso no será por mucho —sus labios se curvan en una sonrisa ladina y gira su rostro hacia el italiano.
Me quedo viendo al rubio, estupefacta. Y frunzo mis labios, conteniendo el aire.
El imbécil sigue hablando, pero no lo escucho. No le presto atención. Solo miro su rostro.
Lo detallo. Inclusive restriego mis ojos para percatarme realmente de lo que veo.
Y sí. Ahí está. Y lo noto más cuando el estúpido hombre peina su cabello hacia atrás.
Justo en su frente, yendo un poco más hacia el lado izquierdo, está el homúnculo.
Un chichón grande y levemente morado. Justo en el lugar donde le conecté uno de los panes que se me quemaron y que Guio desechó en la basura.
El aire escapa por completo de mis pulmones y sin poder contenerme más, suelto la primera carcajada.
—¡Dios mío santo, apiádate de su alma! ¡Y de su frente también! —grito y señalo al rubio, sin poder dejar de reír— Guio, Guio —palpo su pierna, apretando mis ojos apenas se vuelven cristalinos por la risa— Mira su frente… ¡Mira su frente! Ahora es un ñunicornio —me caigo de espaldas, apretando mi estómago— Un poquito más… ¡Le coloco maquillaje a ese chichón y me guiña!
Guio mira al rubio para luego soltar una carcajada que le sale del alma.
—Un poco más y le pones nombre —comenta entre risas— Deberías ponerle nombre, capaz y tiene pulso.
Guio continúa riéndose y noto que el ruso intenta hablar, pero en eso una carcajada masculina nos hace callar a ambas. Giramos la cabeza hacia el italiano, quien tiene sus ojos llorosos mientras señala al estúpido alienígeno rubio.
—Eso… ¡Eso se te ve horrible! —ríe sonoramente y el rubio resopla con furia.
—¡Cállate ya, maldito idiota! —le grita airoso, intentando cubrir el huevo de su frente— Tampoco se ve tan mal…
—¡¿Qué no se ve tan mal?! —Exclamo, y Guio y yo estallamos de nuevo en carcajadas— ¡Por poquito y tiene vida propia! —Presiono mi abdomen y limpio las lágrimas de mis ojos— Ay, ya, ya… mucho bullying para el pobre unicornio alienígena. Mejor dime, chichocornio, ¿quieres que vayamos a bautizarlo? O mejor…
—¡Ya cállense, malditos imbéciles! —Me fulmina con la mirada— ¡Y tú, maldita puta! Reventaré tu cabeza como sigas burlándote.
Aprieto mi mandíbula. Guio intenta levantarse para abalanzarse hacia él y la detengo al extender mi brazo frente a ella.
—Déjame a mí, Guio. Yo me encargo —me coloco de pie y subo las mangas de mi suéter, viendo al rubio con burla— A ver, cabeza de pene deformado, soy buena persona y conozco muchos remedios, ¿quieres que te recete algunos para que milagrosamente te quites el ojo que tienes en la frente?
Ladeo mi cabeza y él se levanta, para luego salir de lado de los asientos y acercarse a mí.
—A ver, mocosa de mierda, te recomiendo que controles tu lengua, si no soy capaz de…
—Bla, bla, bla. ¿No te cansas de amenazar? O sea, neta neta, que mala vibras traes, huerfanito —lo interrumpo con burla, disimulando mi incomodidad ante su cercanía— O sea, de verdad me la rifé; tan hermosa fue mi puntería que hasta trancó la mínima entrada de oxígeno hacia tu cerebro que tenías.
—¡Ya cállate, maldita enana!
—Podré ser una enana con mi metro sesenta, pero al menos no parezco haberme escapado de My Little Pony —exclamo y me carcajeo— ¡Te voy a regalar una lima para ese cuerno!
Se acerca un paso más a mí y pese a que me tenso, me obligo a quedarme estática en mi lugar mientras lo reto con mi mirada.
Su rostro se torna totalmente rojo.
—Ty vysokomernaya suka! (¡Maldita arrogante!) —exclama en su idioma natal.
—Gluppy (Estúpido) —le suelto del mismo modo, y su ira es mayor.
—Proklyatyy parazit! (¡Maldito parásito!)
—Rogonosets (Cornudo) —sonrío— Cuidado y le salen alas y te vas volando.
Vuelvo a reírme, esta vez con más esmero, acompañada del italiano.
—Mocosa… ¡Solo eres una narcisista egocéntrica!
¿Me halaga o me insulta?
—Uy… De verdad lo siento ¿Eh? —Suspiro, fingiendo lástima— Pero si te molesta, ¡puedes ir a jugar con las bolas de un gallo! —Le sonrío— Me da igual.
—¡Tú…
—Soy venezolana, cielo. ¿Qué esperabas? —digo y miro mis uñas, maravillada.
El rubio resopla y se acerca más, quedando a un paso de mí.
—Ublyudok (Hija de puta) —me dice por lo bajo. Así, en seco. Y lo miro.
—¿Qué dijiste?
—Hija. De. Puta —repite, siendo suficiente para que gire su rostro de una cachetada.
Mi sangre se calienta de golpe.
— ¡Tú de mi mamá no vas a venir hablando, trimaldito coñoetumadre¡ ¡¿Crees que tienes algún derecho con ese huevo que tienes en la cabeza?! —le grito, esta vez en mi idioma y con mi acento rasgado. Me mira y antes de que hable, vuelvo a cachetearlo— ¡Mas puta será la recogida que te parió, maldito parásito! Animal, infeliz, recogido, puto, cabrón, jalabolas, pelabolas y…
—Que vulgar. Seguro has de ser igual de puta que tu ma… —lo golpeo una tercera vez, esta vez con mi puño cerrado, mandándolo al suelo.
—¡Cállate ya, feto andante! —grito con histeria y de un golpe rompo una ventana, aferrando un pedazo de vidrio en mi mano— ¡Te cortaré la maldita lengua por tu maldito y puto atrevimiento, parásito de mierda!
De un salto quedo sobre él, aferro el vidrio en mi mano y sujeto con fuerza su mandíbula.
—Haré que te arrepientas de haber hablado de aquellos que no debes —aclaro.
Mi vista se nubla de golpe. No soy consciente de nada más. Solo veo oscuridad.
Escucho voces lejanas, pero no entiendo. No sé qué ocurre. Solo siento mis uñas impactar en algo suave. Escucho un impacto. Mi mano está húmeda, arde, quema. Y sigo sin entender.
Hasta que reconozco su voz y como si de un rayo de luz se tratase, mi visión se aclara, encontrándome con los preocupados ojos azules de Guio.
—Princesa, todo está bien —sus brazos me sujetan con firmeza mientras quita de mi mano el cristal partido— Apolo, lo mejor será que pongas a ese ruso en su puesto nuevamente.
El italiano asiente y recoge al ruso del suelo, quien aparenta estar inconsciente con sangre en su rostro.
Pero… ¿Qué sucedió?
—Yo… —miro mi mano derecha, cortada y llena de sangre— ¿Qué pasó, Guio? —Alzo mi mirada, mientras ella sube el cuello alto de su suéter— Perdón… me descontrolé, me segué y…
Mi cuerpo tiembla.
—Yo fui quien noqueó a Andrey —me sonríe con dulzura y sus ojos se encuentran con los míos— Se lo merecía por idiota.
Bajo mi mirada hacia su mano izquierda y observo la sangre escurrir de ella.
—Tu mano —susurro y la tomo, viendo la cortada que tiene en esta— Perdón. Fue mi culpa ¿verdad? Perdóname.
Mi pecho duele. Mis ojos arden y se cristalizan.
—Esto no es nada —le resta importancia y continúa viéndome con esa dulzura que solo tiene conmigo— Además, no fuiste tú; fue ese imbécil que intentó hacerte daño.
Mete su mano derecha en su bolsillo y saca un pañuelo blanco para cubrir la herida de mi mano.
—En cuanto pueda te la curaré, me…
El auto frena de golpe, provocando que casi caiga sobre los cristales rostros. Pero las manos de Guio lo evitan al sujetarme con fuerza contra su cuerpo.
—¡Maldito retrazado mental! ¡Ten cuidado! —espeta airosa.
El italiano la ignora y sale del auto con su amigo en brazos. Guio resopla por lo bajo.
—Me está doliendo un poco —murmuro y miro mi mano, aún cubierta con un pañuelo— Veamos si pueden prestarnos lo necesario para coserla, y tu manito también —levanto mi mirada— ¿Qué te parece si…
Me congelo.
Su piel… El cuello, normalmente alto de su suéter, se ha bajado un poco, dejando a la vista tres rasguños frescos y llenos de sangre desde su mandíbula hasta su cuello.
No…
Aprieto mis dientes y me aparto rápidamente, quedando de rodillas frente a ella.
Cuando estaba segada sentí algo suave abrirse. Piel. Sangre. Mis uñas…
Bajo mi mirada y noto sangre en ellas. La presión se planta en mi pecho. Mi respiración se agita, mi corazón retumba con fuerza. Dirijo mi mirada al suelo.
—Lo siento… No quería —digo con voz quebrada y llevo mis manos a mi cabeza— Perdón, Guio. Yo… perdón. De verdad. Discúlpame.
Mi pecho arde.No puedo respirar.—Mein Kleiner Stern, no pasa nada —Sus manos me envuelven y empieza a darme leves caricias, como si tuviese miedo de lastimarme— Respira conmigo, ¿sí? Inhala… exhala… Inhala… exhala…
Comienzo a imitar su respiración, hasta que con lentitud, empiezo poco a poco a regular la mía.
Sus fuertes brazos me dan refugio, mientras tararea esa hermosa melodía que solo ella sabe que me encanta; su voz llega hasta lo más profundo de mi mente, eliminando el dolor, la tristeza y culpa que sentía.Enrollo mis brazos alrededor de su cuello y escondo mi rostro en este, aspirando su embriagador aroma.
—Todo estará bien, no tengas miedo —susurra y deja un beso en mi cabeza. Mis brazos se aferran más a ella y suelto un tembloroso suspiro— Lo estás haciendo bien, sigue así.
Su voz me anima y el calor que emana su cálido abrazo es suficiente para calmarme. Me aparto un poco y elevo mi rostro hacia el suyo, esperando encontrar en su expresión fastidio, molestia, o alguna señal de que se ha cansado ya de esto. O de mí. Pero en su lugar, me encuentro con una mirada llena de amabilidad y cariño.
Una amabilidad que solo tiene conmigo. —¿Estás mejor? —pregunta con suavidad y acomoda un mechón de cabello detrás de mi oreja.—Sí —Sonrío levemente— Gracias, Moya Stoykost, tú siempre…Un portazo me interrumpe. El italiano se asoma por la puerta trasera de la camioneta, y frunce sus labios al vernos con una expresión menos seria que antes.
—Salgan, por favor —pide con amabilidad y nos abre espacio— Al estar dentro de la casa le pediré a una amiga que le cure la mano, ¿te parece? —su mirada recae en Guio, quien lo observa con frialdad.
—Yo misma lo haré, solo necesitaré las cosas.—Eres arrogante, ¿lo sabías? —el castaño enarca una ceja.—Lo sé —responde con simpleza y me acuna entre sus brazos para salir conmigo.
Percibo un suspiro del italiano y tras posarse delante de nosotras, nos guía por una amplía calle de asfalto. Rodeamos una fuente que no me molesto en detallar y más adelante abren frente a nosotras un par de puertas dobles.
Guio duda un par de segundos en hacernos pasar, pero asiento y al cruzar el umbral, el castaño se gira hacia nosotras.
—Quiero disculparme por todo lo que sucedió, pero por ciertos motivos se quedarán acá hasta que llegue mi madre. —¿No podemos irnos? —Llamo su atención y frunzo mi entrecejo— Eres mafioso y te sudará lo que diré pero… raptar a alguien sin su consentimiento es un delito ¿sabes? —Lo sé, pero la decisión está tomada. Ya hay dos habitaciones para ustedes. Y otra cosa, procuren no pelear con Andrey, él es… algo grosero.
—¿Algo? —Ironiza Guio y resopla— Ese hombre tiene un serio problema y donde vuelva a atreverse a tocar a Alessandra, seré yo misma quien lo mate.—¡Guio! —Susurro, halo un poco su suéter y me mira— Cálmate. Creo que por los momentos será lo mejor. No tenemos nuestras armas y no sabemos dónde estamos, como tampoco tenemos nuestros celulares para enviar… algún comunicado a Estados Unidos de lo que ha ocurrido.
Noto su cuerpo aún tenso y prosigo:—Sé que no te agrada la idea, pero sabes que no tenemos más opciones Guio. Yo la verdad tampoco tengo ganas de quedarme aquí, pero por primera vez quiero ser coherente y ambas sabemos que no nos conviene meternos en más problemas —frunzo mis labios y ella me baja de sus brazos.
Quedo de pie frente a ella.—Recuerda que no tenemos permitido crear contiendas. No podemos. Y quizás sean solo uno o dos días —Acaricio su brazo y le sonrío— Estaremos bien ¿si?—Está bien —responde resignada.
Su cuerpo sigue un poco tenso, pero sé que comprende que no podemos hacer nada que nos comprometa.—Seré honesta Ale, no quiero dejarte sola en una habitación que no sé qué tiene o si está bien aseada.—Y yo tampoco quisiera dejarte sola, Guio. Menos sabiendo que hay hombres en este lugar. Pero tristemente en este momento no tenemos opciones —me encojo de hombros— Será temporal. De todas formas, puedo intentar colarme en tu habitación en la noche —susurro— No creas que nos separarán tan fácil.
Estar sin mi mejor amiga para mí sería fatal, sabes que no podría dormir si llegan esas pesadillas.
—Para mí tampoco será sencillo, pero es verdad, no podemos hacer nada por los momentos —su cuerpo se relaja un poco y al bajar su mirada hacia mi mano, frunce su entrecejo— Debo curarte eso.
—Lamento interrumpirlas, pero acá está el botiquín —habla el italiano en un perfecto español, provocando que Guio ladee un poco su cabeza y enarque una ceja— ¿Por qué me miras como si tuviera dos cabezas? Achico mis ojos.—No seas estúpido y háblale en inglés —murmuro, acariciando el brazo de Guio— O si quieres en italiano, alemán, chino, polaco o alguna otra lengua… excepto en ruso, coreano, griego, uno que otro idioma más y menos que menos en español —recalco.
Le quito el botiquín al castaño que se queda viéndome como pendejo y miro a Guio.—El tarado dice que aquí está el botiquín —le traduzco y sonrío— Ya puedes curarme.—Ah, era eso —resopla y niega varias veces con su cabeza— El español es del diablo —murmura en un tono casi inaudible y toma el botiquín entre sus manos— Ven, hay que curarte eso.Asiento y nos acercamos a unos sofás de la sala para tomar asiento.
Guio abre el botiquín y no tarda mucho en curar con paciencia la cortada de mi mano, sin sofocarme con las feas agujas; mientras yo hago lo mismo con su herida y los rasguños de su cuello.Al terminar, el italiano nos guía hacia la segunda planta y al llegar a un cruce con dos pasillos a lados distintos, él se posa frente a nosotras y se cruza de brazos.—¿Por cuánto tiempo deberemos quedarnos aquí? —soy la primera en hablar.
—Hasta que mi madre venga y hable con ambas —responde con simpleza— Después de eso, ella decidirá. En fin, en la primera puerta del pasillo derecho se encuentra tu habitación, Alessandra. Señala el pasillo iluminado y luego mira a mi alemana, quien se encuentra tensa.—Tu habitación se encuentra en el pasillo izquierdo, es la primera puerta —nos sonríe con amabilidad y peina su cabello hacia atrás— Si necesitan algo no duden en hacérmelo saber. Mañana hablaremos mejor.
Gira sobre sus talones y se dirige a las escaleras, dejándonos solas.—Bien, prometo que más tarde, cuando nadie me vea, me colaré a tu habitación —le sonrío y guiño dos veces— ¿Me esperarás?Me sonríe de forma sutil y acomoda mi cabello.
—Siempre lo hago ¿no? —Deja un beso sobre mi cabeza. Se aleja un poco y vuelve a sonreír, esta vez un poco preocupada— Por favor, ten cuidado.
—Lo tendré, no te preocupes —La abrazo y empiezo a caminar de espaldas por el pasillo que se me fue indicado, mientras agito mis manos en señal de despedida. Sé que no se moverá de su lugar hasta no verme pasar, por lo que al llegar a la puerta, agito mi mano por última vez y entro.
El cálido lugar me recibe; con colores neutros, una espaciosa cama en medio y otras cosas que no me molesto en detallar. Peino mi cabello hacia atrás, suelto un largo suspiro y cierto sabor amargo se siembra en mi boca.
Miro la puerta con cierto pesar, trago con fuerza y tras la picosa sensación que invade mi cuerpo, decido dirigirme al baño para darme una ducha.
Siento que debo estar preparada. Siento que debo estar alerta. Tengo un mal presentimiento.Y mientras me despojo de mi ropa para bañarme, solo espero que nada de toda esta mierda empeore.
Por nuestro bien.