Y aquí estamos, secuestradas; en un maldito auto con dos idiotas, solo porque una no pudo controlar su mano y la otra no pudo controlar su boca. Sí, sé que es muy repentino, pero ya les explico que sucedió para que estemos en este lugar.
-24 horas antes-
—¡Buenos días, hermosa señora! En esta mañana, “Panadería Chostito” ya tiene sus puertas abiertas. ¡Pase por acá que tenemos los mejores panes! Y pídale los que desee a la hermosa amargada que está en la caja de allá —exclama mi pequeña mientras me señala.
Claro, como ella sí durmió como un bebé.Sacudo mi cabeza intentando ocultar mi mal humor y en eso, noto a una señora acercarse hasta el mostrador para hacer su pedido. Debería esforzarme por mostrar mi mejor sonrisa, pero hoy no estoy para complacer a nadie.
Dormí mal. Hoy elegiré el camino de la violencia.
—Buenos días señorita, ¿podría por favor darme una bolsa de pan pequeño?
—me pide amablemente, con una sonrisa que irradia luz.
Irradia tanta que me perturba.
—Buenos días —me pongo los guantes, tomo la bolsa con los panes y se los entrego— Es un dolar.
—Por supuesto —Con lentitud, mete una mano en su bolso y saca el dinero. Lo deja encima del mostrador y antes de retirarse me sonríe nuevamente.
—¡Nuestro primer cliente del día! —exclama Ale con sus brazos extendidos, entrando de nuevo al local.
Me sonríe al acercarse — Hace frío, ¡hoy la jornada será maravillosa! ¿También te encargarás de la caja hoy? ¿O al fin me dejarás ser responsable y ayudarte con eso? Su tono sale esperanzado mientras eleva sus cejas una y otra vez sin borrar su sonrisa.
—Ale, ambas sabemos lo que ocurrió la última vez que te dejé la caja —Enarco una ceja y ella me hace un puchero— No te preocupes por eso, yo me haré cargo de todo.
Tú solo disfruta. —¡Sííííí!Amplía su sonrisa y da leves brinquitos en su lugar.
—Eso haré, mi capitana Guio —se yergue como una formación militar— Atraeré más clientes; solo no te quejes luego de que no te ayudé con el cash ¿eh? —murmura, haciendo una seña de dinero al frotar su dedo índice con su pulgar.
Ale gira su rostro, señala uno de los mostradores y vuelve a mirarme, aún sonriente.
—Por cierto, ¿puedo tomar otra de las donas? Ya creo que llevo siete hoy… ¡Pero te quedaron riquísimas! Juro que estaré pendiente en la entrada.
Pero solo una más, ¿sí?—Ale, por los momentos es mejor que no comas más azúcar —digo y ella intenta protestar, pero el ladrido de Popi la hace poner alerta; mejor dicho, a ambas.
Él no suele ladrar así— Ale, ve a revisar atrás, pero ten cuidado. Me llamas si me necesitas.
—¡Cómo usted mande, hermosa capitana! —me lanza un beso y sale corriendo por un pasillo a mi izquierda, perdiéndose de mi vista.
Pasan los minutos y un mal presentimiento se siembra en mi pecho, por lo que suelto un suspiro y al alzar mi rostro, noto a un hombre de mediana edad entrar al local.
—Buenos días —el señor mira hacia el mostrador y luego fija su mirada en mí— ¿Tiene pan dulce? ¡Ay, por el amor de todos los santos a los que le reza Ale!
Acomodo mi cabello hacia atrás y miro hacia el mostrador donde se encuentran los panes dulces.
—Oh, lo siento mucho. No me fije en esos —habla en un tono coqueto que me genera repulsión— Deme uno.
—Claro, son… —Un grito me hace tensar al instante.Entrego el pan y vuelvo a escuchar otro grito.Es ella.— ¡Guiomaaar! ¡Se quieren llevar a mi perro! ¡Mi perrito! —Me congelo por mínimos segundos.
— ¡Ayúdame! ¡Guiomar! ¿Acabo de escuchar bien?Sin dudarlo, salgo del mostrador y me dirijo a la puerta trasera, donde veo a dos hombres: un rubio con su mano cubriendo su ojo izquierdo y el otro, uno castaño, sosteniendo a Popi.
Mi reacción es inmediata; le quito la correa al castaño y halo hacia mí a Ale, quien no tarda en decirme lo que está ocurriendo.
— ¡Guio! Estos hijos de las tres mil putas quieren llevarse a mi Popi. ¡A mi lindo perrito! Coñoemadres sin oficio. Ese maldito imbécil lo mínimo que se merece es que le lance otro pan tieso, ¡mínimo! — exclama, señalando al rubio. Alzándose de puntillas, Ale alza la tapa del contenedor de basura que está a su izquierda y saca un pan, claramente tieso, el cual arroja y conecta en la frente del hombre sin el más mínimo fallo.
El sonido es hueco.
— ¡Tómalo, coñoetumadre! —grita mi castaña, con sus brazos extendidos.No la pienso detener. Es de Popi de quien hablábamos, es normal que esté así.
Sin embargo, el otro chico intenta alzarle la mano a mi pequeña, por lo que me interpongo antes de que se le ocurra ponerle un dedo encima.
—Te recomiendo que te quedes donde estás —digo con dureza, y el castaño se detiene bruscamente para fulminarme con la mirada— No sé quiénes son y la verdad me da igual, pero les aconsejo que se marchen antes de que pierda la paciencia.
— ¡Esta maldita loca me golpeó con un pan! —El rubio señala a Alessandra, mientras noto y es muy evidente que este maldito, aparte de rubio, es ruso. ¡Un maldito Ruso! Qué asco— Y no una, sino ¡Dos veces! Obstinante demente. Les abriré un tercer ojo a cada una de ustedes por insolentes.
Del interior de su saco, saca un arma y le apunta a Ale, lo que hace que la cubra más con mi cuerpo.No dejaré que le haga daño, y si para impedirlo debo romper mi promesa, lo haré.
— ¡Ábreme un tercer ojo y yo te mando a ti al infierno soñando con panes tiesos, ridículo! —lo reta mi castaña, sacando su dedo del medio— Porque muchos que me quedan y las ganas no me faltan. Así que te recomiendo que no tientes al diablo, porque no sabes lo que puede hacer si te revelas —Le sonríe con la mirada— ¡Ahora cuadrate, maldito huerfanito! Que aquí sin miedo nos entramos.
Ale da un paso hacia él y lo amenaza al subir su guardia, ahora sosteniendo un pan con cada mano.Un gruñido bajo del hombre no se hace esperar, mientras sigue apuntándole.
—Baja esa maldita arma —interfiero dándole un manotazo al rubio— Tú —señalo a Alessandra— baja esos panes, no será necesario que te ensucies las manos.
Para eso me tiene a mí. Un fuerte resoplido sale del ruso mientras que empiezo a estudiar cualquier punto débil que pueda tener, si quiere pelear, haré que se arrepienta, sin embargo la voz del otro chico me hace voltear a verlo.
—Esa mujer agredió a mi hermano, ¡Como mínimo merece un tiro! —Exclama el castaño acercandose a mi, lo que hace que los imborrables recuerdos de mi infancia me golpeen.
No dejaré que un hombre vuelva a hacerme daño, ni mucho menos que le hagan daño a ella. Me apresuro a sacar de mi cadera una de mis cuchillas y antes de permitirle reaccionar, hago un corte limpio en su antebrazo derecho.
— ¡¿Cómo es posible que me hayas cortado con una maldita carta?! —Un grito lastimero sale de él, para luego mirar su herida.
—Es mejor que pienses antes de actuar, la próxima vez tu cabeza acabará rodando en el suelo —aseguro y me yergo nuevamente.
Doy un paso hacia él, y luego otro, dispuesta a cumplir con mi advertencia. Hasta que las manos de Ale me detienen y gira mi cuerpo hacia el de ella.
—Oye, oye, cálmate un poco ¿Si? No quiero tener que arrastrar dos cuerpos hoy; ya tengo mucho con vender panes y lidiar con mi liberal ataque de azúcar —se ríe— Porque lógicamente, entre ellos y nosotras, sé que saldrá peor el dúo de los tarados —toma aire y acuna mi rostro entre sus manos— Así que ¡Cálmate, cuchurrumín! Los vas a traumatizar.
Chasquea su lengua y niega repetidas veces con su cabeza.
—Pobrecitos, ya de por sí uno tiene cara de huerfanito y el otro de payaso de circo — vuelve a reír y besa mi nariz — Así que intenta no sacar tus supertécnicas hoy. Que debemos ser cuerdas y coherentes. Sigue mi ejemplo, yo evito los problemas y nunca le hago daño a nadie.
Hago una mueca.
Pienso decirle algo, pero en eso veo cómo el rubio intenta acercarse a ella, cosa que no logra cuando Alessandra se gira con velocidad y le arroja una de las pequeñas cuchillas que siempre guarda en su cadera, clavándola en la parte superior de su tríceps con precisión.
Un grito lastimero sale de él, y Ale lo mira con odio.
— ¡Aléjate! —Su respiración se agita, y saca otra de sus cuchillas— ¡No vuelvas a intentar acercarte a mí, maldito mamaguevo! Mucho menos intentes tocarme si no quieres que te corte tus asquerosas manos.
Ale peina su cabello hacia atrás y respira hondo, para luego unir sus manos y sonreír.
—Mejor, hombrecitos de barrio, les recomiendo amablemente que se retiren —exclama, con un tono falsamente amable— Créanme, molestar a una venezolana y a una alemana, hermosa pero estresada, no es una idea muy inteligente que digamos. Podríamos quemarlos vivos, ¡o mejor aún! Aventarlos desde un cuarto piso y hacer que queden empalados.
Avanza un pequeño paso y una risa, suave pero retorcida, sale de ella.
Sabiendo lo que eso significa, prefiero llevarla adentro antes de que la situación se complique aún más; sin embargo, cuando la sujeto del brazo, noto un movimiento de resistencia de su parte.
— ¡Suéltame, suéltame! Debo enseñarles a respetar. Les cortaré los huevos… ¡Y le lanzaré otro pan a ese ruso de mierda!
Entre protestas y halones, la aferro más a mí para evitar que se escape, pero logra lanzar otro pan, golpeando la frente del ruso de mierda al no poder detenerlo.
— Bueno, pues no quería pegarle ahí precisamente… pero al menos tendrá un tercer ojo muy bonito —dice Ale y me sonríe como si fuera una gran hazaña— Ahora… ¡Suéltame, Guio!
—No, no te voy a soltar—Levanto mi mirada para impedir ver su capricho de niña pequeña, sin embargo, lo que me saca de mi burbuja es ver al maldito ruso intentando acercarse a nosotras de nuevo, cosa que le impide el italiano al sujetarlo de los brazos.
Y su pataleta no se hace esperar.
— ¡Suéltame Apolo! ¡Eres un jodido imbécil! Siempre es la misma mierda contigo; solo déjame encargarme de esa castaña imprudente —el castaño niega con su cabeza y el ruso bufa— ¡Aburrido de mierda! —Exclama y lo mira con ojos suplicantes pero a su vez llenos de ira, lo que provoca que su maldito acento se escuche más marcado y molesto de lo que ya es.
—No te voy a soltar, ¿Acaso no notas que esto claramente se escapa de nuestro control? —inquiere el castaño y refuerza su agarre, impidiendo que el ruso se suelte.
—Llévate a tu perro ruso de aquí y no vuelvan —exclamo mientras tengo casi cargada a Ale, quien mira el suelo entre bajos refunfuños.
—Esto no se quedará así —advierte el rubio con enojo e ignorando sus palabras, entro con Alessandra y el cachorro que no ha parado de ladrar.
Cierro la puerta detrás de mí y siento a Ale encima del mostrador, notando su puchero.
—No me mires así —enarco una ceja y empiezo a revisar su cuerpo buscando alguna herida, pero por suerte, no encuentro nada y el alivio se apodera de mi cuerpo— ¡No vuelvas a hacer eso! ¡Fue peligroso!
—No me grites… por favor, no me grites —murmura, casi en un susurro, y empieza a jugar con sus dedos— Disculpa… debí haberte llamado apenas los vi. Lo siento mucho, Guio.
Sus ojos se cristalizan y su cuerpo empieza a temblar levemente. Aprieto mi mandíbula al notar la estupidez que acabo de cometer.
¡Soy una imbecil!
—Ale, perdoname no quería gritarte —intento enmendar mi error, pero sus lágrimas descienden sin control por su rostro— Perdóname, por favor…
Lo arruiné. Volví a fallar.
—No te preocupes, estoy bien —dice, con voz quebrada. Seca sus lágrimas y alza su rostro— El error fue mío. Yo te desobedecí y debería guardar silencio. Así que no te disculpes.
—No, no digas eso… tú no debes guardar silencio. Lo arruiné, perdóname por favor.
El ver sus ojos llenos de tristeza me producen la estocada más dolorosa en mi corazón. No quiero verla triste. No quiero que llore. La quiero ver alegre, como siempre lo es.
—Perdóname, te lo ruego.
Trago grueso al ver que se baja del mostrador y me observa unos largos segundos, sin moverse de su lugar.
—Ale… —Su cuerpo salta sobre el mío, enrollándose en un cálido abrazo.
—Te perdono —frota su cara en mi pecho— Te perdono porque te quiero mucho, y no quiero que pienses feo.
— Gracias…
No merezco a un ángel como ella.
Rompo el abrazo con delicadeza y le dedico una leve sonrisa, pero aun sintiendo el peso de lo que hice.
—Saldré un momento. Quedas a cargo —aclaro. Dejo un beso en su frente y me alejo un poco—. Ten presente no volver a meterte en problemas. Recuerda que tenemos un trabajo en el cual no debemos fallar y justo por eso estamos aquí de “panaderas”.
Sus ojos se explayan de golpe y ante un inmediato sonrojo, cubre su boca con ambas manos inclinando su rostro.
—Mi alma. El trabajo… —murmura como si se lo estuviera recordando a sí misma, para luego rascar su nuca y verme de reojo— Disculpa de verdad Guio, se me había pasado por alto eso; pero prometo que no volverá a ocurrir y menos porque soy yo la responsable de mantener el orden. Y ante todo, de mantenerte a salvo y bajo custodia ¿Eh? Hermosa alemana de chocolate blanco.
Una sonrisa ladina invade su rostro y su mirada se invade de un brillo peculiar, brillo que pese a los dos años que llevo viéndolo no he logrado descifrar del todo qué significa…
O no aún.
Pero es la hermosa y carismática voz de mi mejor amiga la que me hace reaccionar de su hipnotizante mirada verdosa.
—Si vas a salir ve con cuidado, más con las preocupantes noticias que hemos tenido de los Reinery y más con… ese hombre que tienes de padre —murmura— ¡Pero dime! ¿Si me dejará a cargo, querida abogada Gonzáles? ¿Si, si?
Lleva ambas manos a su cadera, hace un mini bailecito y eleva sus cejas múltiples veces con una expresión bastante cómica que me hace gracia, siendo imposible que no me carcajee ante los pasos prohibidos que hace su cuerpo.
—Claro, después de todo eres una adulta responsable ¿Cierto?
Ella asiente alegremente, lo que provoca que una sonrisa se forme en mi rostro. Pongo mi mano sobre su cabello y lo peino un poco.
—Vendré rápido —le informo al sospechar que lo único que desea es devorar todas las donas. Tomo mi chaqueta y deposito un beso más en su frente.
Salgo del local y camino hasta un pequeño parque que no está muy lejos; un lugar perfecto para estar pendiente de ella. Pero aún el dolor está presente en mi pecho.
Necesito calmar mi mente.
Saco del bolsillo derecho de mi chaqueta un encendedor y un cigarrillo, para luego encenderlo y dejar que el humo invada mi boca. Lentamente, empiezo a soltar el aire mientras recuerdo el olor del ruso, uno que no me agradó para nada. Aunque es leve, es igual al de esos hombres, por eso no los quiero cerca de aquí.
Poco a poco, mi mente se pierde en recuerdos tortuosos por culpa del castaño y su atrevimiento; la sensación imborrable y repulsiva se cala en mi piel, generando un temor inimaginable. Por suerte, el sonido de mi reloj me despierta de esa constante pesadilla, y lo agradezco.
Me levanto, boto la colilla de cigarro y me dirijo a un establecimiento donde compro su fruta favorita. Al pagar, regreso al local y la veo comiendo una dona, mientras juega con su celular.
— ¡Ay! ¡Trimaldito campero coñoetumadre! —estampa su celular contra el mostrador, con su rostro claramente rojo— Espérame ahí mamaguevo, que yo caigo. Te voy fusilar a…
Me mira, palidece un poco e introduce con velocidad la dona en una caja, la cual lanza bajo la registradora.
— ¡Hola, Guio! —suelta una risa nerviosa y se baja del banco, para luego correr y posarse delante de mí con una amplía sonrisa— ¿Cómo estás? ¿Te distraíste?
—Sabes que vi la dona ¿Cierto? —Enarco una ceja fingiendo molestia pero su puchero me desarma rápidamente— Ya has comido mucho dulce por hoy, así que ni pienses en ir y agarrar otra.
— ¡Pero quedaron muy ricas! ¡Yo quiero otra! —exclama, en claro berrinche, y se cruza de brazos— ¿No le puedes convidar una donita a esta pobre minion? —Niego con mi cabeza— ¡Malvada! ¡Abusiva! y… y… ¡Mala!
Eleva su pierna y golpea mi tibia con poca fuerza. Busca pelear nuevamente, pero para evitarlo, muestro la pequeña bolsa con la fruta que le compré.
—Esto es para ti.
—Dios mío… esas son… ¡Fresas! ¡Fresas, fresas! —Abraza la bolsa con ilusión, da un par de saltitos en su lugar y fija sus brillantes ojos en mí— ¡Gracias! ¡Gracias! —Salta sobre mí y llena mi rostro de besos, robándome una leve risa— Te adoro ¿lo sabías? Te quiero y te adoro mucho.
Me abraza con gran alegría y al separarse un poco, abre la bolsa y prueba la primera fresa. Sus mejillas se ruborizan. Sus hermosos ojos se iluminan más y luego de deleitarse unos segundos, saca otra.
— ¡Están muy ricas! Te regalo una. Pruébala —su sonrisa se amplía y acerca la fruta a mi boca— A ver, hermosa alemana de mi corazón, di “ahh”.
—Está bien —abro mi boca y muerdo la fresa, deleitándome con el sabor— Sin duda está deliciosa.
Vuelvo a sonreír y en eso noto algo diferente, bajo mi vista hacia mi mano izquierda y… ¿Y mi guante? Miro a todos lados esperando encontrarlo, hasta que observo al pequeño peluche viviente masticandolo con fervor.
— ¡Popi, eso no se hace! —lo reprendo.
Ale ahoga un grito y al bajarse de mis brazos, fija su mirada en él.
—Ale, quítale mi guante antes de que lo envíe a Narnia —advierto, viendo como destroza una parte del guante.
Ella asiente, se acerca con cuidado al cachorro y al acuclillarse frente a él, empieza a subir las mangas de su suéter.
—A ver Popi, colabora —exclama y toma un extremo del guante, mientras yo permanezco en silencio detrás— A la cuenta de uno, dos, ¡Tres!
Jala con fuerza de la tela, sin embargo, la pelusa blanca gruñe y se rehúsa al agitar su cabeza. El guante se resbala de las manos de Ale y ella cae de glúteos al suelo, viendo con ojos chicos a quien sacude la tela con descaro. Pero aún así no se rinde y al acuclillarse de nuevo, toma al cachorro a la fuerza de las patas.
—Quise ser amable, hijo mío —murmura con pesar, e inclina levemente su cabeza hacia atrás. Ay no— Así que sueltas eso, perro terco, a la cuenta de uno, dos, ¡Y tres! —Impacta su frente contra la cabeza del pobre, quien solo alcanza a tambalearse antes de soltar la tela.
Popi se queda estático unos segundos y al caer en cuenta de nuevo, corre a esconderse entre chillidos, mientras Ale se levanta y se posa frente a mí con una sonrisa en los labios.
Pobre criatura.
—No pienso preguntar lo obvio, pues sé muy bien que no recibirás esto —mira con asco el guante que sostiene apenas con su índice y pulgar— Perdona a Popi. Sabes que estoy intentando educarlo, pero es un terco y está difícil.
Hace una mueca y desecha el guante en la basura.
—Te lo voy a recomponer, ¿ok? Dame un segundo —dice y busca su pequeña mochila de caricatura, para luego volver a posarse frente a mí con una sonrisa— Pensaba darte esto hace unos dos… o quizás tres días, pero sinceramente con tanto del trabajo se me olvido —suelta una breve risita y me ofrece una delgada caja negra con un lazo dorado— Aprovecharé esta ocasión para entregartelos. Espero que te gusten.
Recibo el regalo con sumo cuidado y la abro. No pienso dañar algo que ella me está dando con esfuerzo. Al terminar de abrirla, veo unos guantes de cuero negros envueltos en seda; los saco y me los coloco. Son sencillamente perfectos, pero no solo hablo del modelo de los guantes, también lo digo por la personita que me los obsequió.
—Das ist beste geschenk, das ich je in meinem lebe bekomme habe (Este es el mejor regalo que me han dado en la vida) —le hablo en mi idioma natal y noto como sus mejillas se sonrojan levemente— Me encantó. Gracias, Mein Kleiner Stern.
Mi pequeña me observa con sus ojos brillando de gran emoción, mientras juega con sus deditos. Sonrío y dejo un beso en su frente.
Aunque ella no lo entienda, me encanta el efecto que mi acento tiene en ella.
La rodeo con mis brazos y justo cuando Ale abre su boca para hablar, una voz ajena a nosotras nos interrumpe.
—Buenas tardes, ¿tienen pan?
Por favor, habiendo tantas preguntas el hombre decide hacer la más estúpida de todas.
Suspiro y dirijo mi mirada a la estantería, la cual está repleta de panes.
Ya van dos en un solo día.Suspiro y el resoplido de Ale no se hace esperar.
— ¡Ay! Por los clavos de Jesucristo, las sandalias de Moisés, por la traición de Caín y Abel y el pesebre del niño Jesús —murmura cubriendo su boca con ambas manos, mientras su mirada se dirige al techo unos segundos y luego al hombre, sonriéndole con la mirada— ¡No! Animal, fíjese que aquí si quiere le ponemos las uñas, le vendemos gasolina, le regalamos un cerebro o hasta le hacemos un examen de la vista ¡Porque se ve que lo necesitas, coñoetumadre! —Su rostro se torna rojo. Respira hondo y peina su cabello hacia atrás— Disculpe señor, me alteré un poquito.
—No es necesario que me insulte —refunfuña el hombre en un inglés rasgado— Solo hice una pregunta.
—Claro, la más estúpida —le suelta ella y la miro con intensidad— Rubio estadounidense dejara de ser.
—Tampoco hace falta que responda así, niña vulgar. Modere su tono.—Solo respondí —murmura y baja de mis brazos de un salto.—No tolero extranjeras insolentes, así que amarra tu lengua. Tengo contactos y si yo quiero, con solo una orden este local se cierra y tú vuelves a tu mugriento país, puta mocosa —Ale frunce su entrecejo y me voy contra el hombre, pero Ale me detiene y se posa delante de mí— Así que ubíquense, forasteras.
—Primero, mugriento usted y sus huevos; segundo, sus contactos me la pelan; tercero, no soy una niña, viejo verde. Además, no vió los panes estando el estante lleno frente a usted. ¿Acaso es ciego?—No.—Parece —se burla y ríe— Pero ya, dígame, ¿Si nos va a comprar pan? ¿Quiere que le incluya el número de un oftalmólogo? Conozco uno muy bueno.
El hombre lleva una mano al interior de su saco y se le acerca a una distancia poco prudente a Ale, por lo que inmediatamente me interpongo.
—Será mejor que se retire —dictamino.
—Su trabajo es atender al cliente, no insultarlo —exclama, claramente molesto— Y como dije, tengo contactos. Ustedes deberían respetar, no…—Admito que lo insulté, pero no pienso disculparme —lo interrumpe Ale antes de que él termine— Usted también lo hizo y no puede exigir respeto al intentar acercarse así a mí.
Noté el arma que guarda en su saco y no me asusta. Además, el respetar a una persona toda estúpida, ciega y sin cerebro, no está en mi configuración.
—Esto no se quedará así —advierte, viendo todo el local.—Pelamela con la manito, imbécil —responde Ale y toma una escoba— Y la próxima vez, no nos haga perder el tiempo. No es el único cliente que tenemos —sonríe y agita su mano en señal de despedida— Chaituu.
El hombre, resignado, se va furioso del local entre insultos.Volteo a ver a Ale, quien empieza a jugar con Popi.
—Alessadra, necesito hablar contigo —llamo su atención y ella palidece.
Toma a Popi entre sus manos y al acercarse a mí, pone al peluche viviente enfrente mío.
—No, tú me vas a regañar. Mejor habla con Popi —murmura y esconde su rostro detrás de él— Tiene mejores conversaciones que yo ¿sabías?
—Ale, en serio necesito hablar contigo —insisto y con cuidado tomo a Popi entre mis manos, para luego dejarlo en el suelo— No me gusta verte con el rostro agachado —Elevo su mentón con delicadeza y sonrío al ver sus ojos verdes— Siempre debes mantener tu mirada al frente, recuerdalo, Mein Kleiner Stern.
—Cuando me hablas así que se siente extraño —me mira con una sonrisita y con sus mejillas levemente ruborizadas— No agachare más el rostro, como usted me lo ordena, hermosa capitana. Pero… ¿No me ibas a regañar? —Frunce su entrecejo.
—Sí, pero no por eso te haré sentir mal —dejo un beso en su frente— En ocasiones es mejor dejar al ignorante en su burbuja. No busques pelear con personas que no valen tu tiempo o tu energía ¿Entiendes?
—No pelee con nadie. Solo respondí sabiamente a su pregunta, aunque debí haberle dado con la escoba… —hace una pausa por unos segundos y achica sus ojos mientras acaricia su mentón— ¿Tú qué opinas, Guio?
—No tienes remedio —Niego varias veces mientras sonrío— Está bien, admito que se merecía el escobazo.
Por no decir que estuve a punto de arrancarle la cabeza por insolente.
—Bien, creo que es hora de tu almuerzo, come antes de que se pase la hora. No quiero que te caiga mal, recuerda que tu estómago es delicado.
—Hmm, bueno. Pondré a calentar la comida —me sonríe— Mientras tú te quedas por si llegan nuevos clientes, trabajo en equipo.
Alza su puño, mientras eleva repetidas veces sus cejas
.—Puñito —me dice, mientras intento no morirme de ternura.
—Puñito— sin poder ocultar mi sonrisa choco su puño y ella se aleja dando leves saltitos.
El día no comenzó nada bien, pero espero que eso no se repita.
Ignorando lo que ocurrió en la mañana, hoy fue un día bastante calmado, pero a su vez estresante para Ale. Sé que no le gusta estar mucho tiempo cerca de la multitud, por eso agradezco que las horas pasaran volando.
—Bueno, el día no estuvo tan mal —murmuro para mí misma, mientras me acerco a Ale para ponerle su chaqueta— Hoy está haciendo mucho frío, no quiero que enfermes.
—Gracias —me regala una sonrisa— Adoro navidad, así yo corra con el riesgo de morirme con el frío —suelta una breve risita y acomoda el cuello de mi suéter— ¿Qué cenaremos?
—Aún no lo sé, tal vez prepare pizza ¿Te gustaría?
— ¡Sí, sí, sí! —exclama. Da leve brinquitos en su lugar y simula una alabanza hacia mí— ¡Reina Guio! ¡Reina Guio! Para mí será todo un placer comerme cuatro de sus pizzas como mínimo.
Palmea su pecho, con una radiante sonrisa en su rostro.
—Me alegra verte feliz —me agacho para ponerle la pechera a Popi y al terminar Ale lo toma de la correa. Apago las luces del local y giro mi rostro para verlos— Bueno mis pequeños, vamos a casa.
Salimos del local y cierro con llave la gran puerta de metal. Nos alejamos poco a poco mientras aprecio la vista; aunque las luces lastiman un poco mi vista, observar a Ale feliz por la navidad hace que todo valga la pena.
Las calles a esta hora son pacíficas y sin peatones. Me encanta el silencio, pero este no dura mucho ya que hoy Popi decide mostrarnos su excelente capacidad pulmonar.
—Shh, Popi. Ya es tarde y algunas personas duermen, así que ¡Shito! —Dice mi pequeña con su índice sobre sus labios, pero el cachorro no obedece y ella me mira— No me hace caso. ¿Si viste? Es un rebelde. Yo no sé quién le enseña a ser así.
Resopla y cruza sus brazos.
—Tal vez solo es un berrinche —Le resto importancia, pero sus ladridos no se detienen.
Ale intenta callarlo, pero nada tiene efecto sobre él.
Algo está mal.
Con cautela observo a mi alrededor, pero no noto nada sospechoso. Hasta que un olor extraño invade mis fosas nasales.
— Ale, ¿hueles eso?
—No sé, tengo la nariz tapada. ¿Qué hueles? —alza su rostro, mira en mi dirección y… palidece — Guio…
Su rostro se desencaja y conecta sus ojos con los mío, claramente horrorizada.
—Guio, cuidado, hay un… un… —señala sobre mi hombro— un ruso y…
Traga grueso y mi cuerpo se tensa apenas me giro.
—Maldito castaño de mierda… —es lo único que logro decir antes de sentir un pinchazo en mi cuello, el cual me desestabiliza por completo.
Mi vista se torna totalmente borrosa, provocando que, en cuestión de segundos, la inconsciencia me golpee.