Aneska

— Katrina estás demasiado tensa, Kasia ya es una mujer. Déjala salir, conocer gente, divertirse, experimentar, que aproveche mientras es joven — Era divertido ver ami hermana perder los estribos, me encantaba ver esa mirada asesina en su rostro, le daba un toque más interesante.

Si pudiera echar humo posiblemente todos aquí ya estuviéramos muertos por intoxicación. Mi querido tío no era la excepción, estaba igual o incluso más furioso por el escape de nuestra hermanita, aunque yo no veo el problema — ¿Por qué no dejamos al tío aquí y subimos para sacarte el estrés? — Le pregunté, susurrando en su oído; mis uñas recién limadas paseaban por su garganta, siendo apenas un roce. Oh, como quería estrenarlas, deseaba rasgar su piel tersa con ellas para dejar surcos rojos en su espalda.

— Tu falta de seriedad es la que me estresa. Kasia es una persona inestable, ¡¿Sabes los problemas que puede generarnos si comete una estupidez?! — Reí de puro gozo, disfrutando la mano alrededor de mi cuello, mi rostro se acercó mucho al de Katrina y la sensación de asfixia a causa del exceso de presión lo volvía más estimulante, ni siquiera me resistí, estaba inmóvil mientras el aire se reducía considerablemente en mis pulmones. Elevé una de mis manos tambaleantes, acariciando con el borde de mis dedos su mejilla, y me dejé llevar, cerrando mis párpados.

— Katrina, suéltala — Ordenó el hombre que observaba con atención la escena que se desarrollaba ante sus ojos mientras se llevaba la copa de vino a los labios — Y tú, Aneska, contrólate.

Mi hermana me soltó a regañadientes y yo me dejé caer al no tener fuerzas para sostener mi propio peso, gemí por la pérdida de su mano en mi garganta, obligando a mis pulmones a aceptar de nuevo el aire; los puntos negros en mi visión fueron disminuyendo, quitándole la diversión al momento.

Me concentré en mi respiración y en los pulsos más rápidos de mi corazón, aún sentía sus dedos apretar mi cuello, todavía se mantenía el calor del otro cuerpo sobre mi piel y estoy casi segura de que una marca decora mi delicada piel de porcelana. Permanezco ahí, en el suelo de la sala junto al sillón de cuerpo rojo, deslizando mis piernas cubiertas por el pantalón de vestir a un lado, mi mano se apoya sin esfuerzo a mis costados e inclino la cabeza, como una niña a la que han regañado recientemente y permanezco allí, sin decir una sola palabra; juego con el collar de plata distraídamente mientras las horas pasan hasta el punto en que ya estoy desesperada.

— Tío, tengo una escultura que...— No termino de hablar, el hombre me mira con reprobación, silenciándome. Pasa el peso de una pierna a la otra, regresando su atención al periódico y yo resoplo en voz alta, evaluando mis uñas una y otra vez al no haber nada mejor que hacer.

— Eres muy energética, Aneska. Aprende a controlarte — Murmura después de un rato y sinceramente, puede meterse sus opiniones por el culo.

— No lo hará, Tío Ángelo — Exclama mi gemela, lanzándome una mirada rápida — Su personalidad es algo... inusual, incluso me atrevería a decir que es compleja. Papá la consintió demasiado en vida, ya no tiene reparo. Sin embargo, es muy precisa en lo que hace, mi hermana lleva su arte a niveles realmente sorprendentes.

— Sí, he oído de ella en los noticieros. La escultora ha resonado mucho estos últimos años en cada parte del país— Las comisuras de mis labios se alargan, dejando a la vista mis dientes perfectamente cuidados; el ego en aumento se eleva como un rascacielos por mi sistema, pero me muestro impasible, aun cuando los halagos de mi hermana hacen que mi cuerpo vibre de gozo por su reconocimiento.

Permanezco callada y aparentemente distante de la conversación, me levanto, sacudo mi ropa y me acerco a la mesa para servirme un poco de vino; el líquido llena la copa de cristal un poco más arriba de lo que es conveniente y sin inmutarme por las miradas sobre mí, camino por el pasillo, bajo las escaleras y entro al lugar de trabajo de Katrina: El cuarto de preparación, la habitación en la que ocurre la magia. Antes amaba jugar aquí, fue el patio de juegos de todas nosotras, incluso el de mi padre. Cinco generaciones de los Larkin viviendo en esta mansión, trabajando entre cadáveres.

Aspiro con suavidad, el olor del aire acondicionado, acompañado del alcohol, el desinfectante y un sutil olor a muerte es sumamente magnífico para mi nariz. Me deslizo entre las mesas de metal, caminando entre dos cuerpos cubiertos hasta la cabeza; dejo la copa de vino en la mesa en la que mi hermana pone sus herramientas de trabajo y me acerco, metiendo mi mano derecha un guante de látex para poder husmear un poco, quito la sábana e inspecciono con notable interés el cuerpo de una chica de no más de veinticinco años con una herida de bala en la frente, su labio está hinchado y tiene una brecha breve bastante grande que se extiende desde la comisura de su boca hasta el centro del labio, debieron golpearla con alguna clase de anillo.

Lo que verdaderamente me llama la atención es la herida en su cabeza, por la posición, no fue un disparo desde el frente, el que sea que le haya disparado lo hizo desde atrás.

No había mucho más que ver aquí, si la tocaba a profundidad posiblemente me gane un problema con mi hermana, ella odia que toquen a sus cadáveres, cosas de forenses quizás, no lo sé. Vuelvo a tapar el cuerpo de la chica, recojo mi copa y me voy, no tengo mucho más que hacer en esta habitación, solo mirar y eso es algo que no me gusta hacer; cierro la puerta detrás de mí y me detengo en seco al encontrarme con Kasia de frente, a punto de subir las escaleras.

— ¡Kasia! —La saludé emocionada, moría por escuchar sobre mi Naomi, incluso mi voz al salir de mis labios tenía pequeñas notas cantarinas — ¡¿Pudiste ver a tu chica?! — La aceché de cerca, apoyando ambas manos en sus hombros, enterrando con algo de presión mis uñas en su blusa, asemejándose a pequeños ganchos para que no escapara de su lugar.

Esperaba atenta su respuesta, mirándola desde arriba con ojos expectantes e interesados. Mi sangre corría como lava hirviendo dentro de mis venas, mi pulso se aceleraba por lo que mi cuerpo pronosticaba: Una discusión, agresiva y acalorada entre mi círculo familiar. Mi hermana menor contra su tío y su hermana mayor; casi jadeo por lo que mi mente se imagina, ¿Qué clase de castigo tendrán pensado? ¿Dolor o simplemente saldrá bien librada de esto en cuanto Kasia mencione a nuestra florecita? Son tantas posibilidades que no sé cuál puede llegar a desarrollarse por completo.

— Aneska, suelta — Me pide con un tono medido, debatiéndose entre un susurro o gemido ahogado por el dolor que empieza a crearse en la zona de la muñeca que aprieto con fuerza.

— ¿Por qué debería hacerlo? No has respondido mi pregunta — Me encogí de hombros, disfrutando de los gestos que hacía mi pequeña Kasia. Me es inevitable no perder el rumbo por un breve momento de ensoñación, disfrutando del pasado.

Ella hacía esta clase de muecas muy seguido cuando jugábamos entre hermanas, al principio no nos llevábamos bien, era una pequeña bastarda que entraba a nuestras vidas sin previo aviso, un asombro desagradable para toda la familia cabe añadir, pero con el tiempo Katrina y yo notamos que las tres éramos muy parecidas.

Teníamos gusto por la muerte de una forma poco normal, disfrutábamos de la compañía de los cadáveres, luego llegaron sus problemas, al parecer, papá se excedió con su educación; tocó una parte de su cerebro en una de sus lecciones, una pequeña fibra de su esencia y la corrompió. Kasia después de eso era distinta, algo se desarrollaba y carcomía profundo en su cerebro, extendiéndose como un parásito.

Su diagnóstico se agravó cuando el trastorno de la personalidad dio sus primeras señales a los seis años, complicando aún más su estado mental. Sin embargo, me divertía ver su personalidad cambiante en acción.

— S-si la vi. ¿Contenta? —Titubeó, forcejeando para salir de mi agarre. Me preguntaba cuánto tenía que presionar para apartar esa parte temerosa para dar paso a la agresividad.

— No, aún no.

— Aneska, en serio. Suéltame — Mis uñas se clavaron en la piel expuesta; contemplé cómo iban dejando pequeñas marcas rojas por el tiempo que llevaban presionando en su muñeca, justo debajo de una de sus venas, pero su voz y sus quejas murieron al ver la figura de nuestra hermana parada divinamente en uno de los respaldos amaderados de la escalera, en silencio, observándonos a ambas con furia impregnada en los ojos, era tan palpable que hasta daba la impresión de que podría alcanzarnos y al mismo tiempo la falta de entusiasmo por llegar hasta nosotras se veía reflejada en la postura de su cuerpo, con sus brazos cruzados encima de su pecho y su cadera clavada en la superficie contraría, uno de sus tacones de punta apuntaba al suelo filosamente, mientras una de sus manos libres jugueteaba con el anillo de plata en su dedo pulgar.

La imagen era absorbente, la luz que entraba por los vidriales atrás de su espalda contrastaban perfectamente con su figura, dándole un aspecto de ensueño, una deidad mortal y agresiva que competiría incluso con cualquier Dios de la guerra.

— Deberías cerrar tu boca, Aneska. Terminarás ensuciando mis pisos — Musitó con la voz apagada, el eco se encargaba de proyectarla y eso ambientaba mucho más la escena. Fue una decepción ver cómo su figura se movía, porque ella misma era la imagen perfecta para alguna de mis pinturas, toda ella desbordaba perfección en su naturaleza más pura.

— ¿Qué te tiene tan molesta, hermanita? ¿En dónde queda tu amabilidad?

Katrina me lanzó una mirada mordaz mientras bajaba las escaleras.

— Sabes muy bien la razón, Aneska — Gruñó mi nombre con molestia, extendiendo su brazo directo al rostro de Kasia; su mano se alargó y agarró con rapidez el rostro de nuestra hermanita, apretándolo.

— Y tú, niña, ¿Por qué saliste si sabes que no lo tienes permitido? Quiero una respuesta que justifique tus acciones antes de que pierda la poca paciencia que te tengo y decida entregarte al Tío Ángelo. Quizás él pueda erradicar tu mal comportamiento.

— Katrina, estás exagerando. Kasia solo quería tomar aire fresco, tanto encierro debe tenerla agobiada — Entré como mediadora, porque la rubia claramente no sabía cómo defenderse, ni siquiera podía hablar, la presión en su mandíbula no se lo permitía, pero estaba claro que eso a mi hermana no le importaba en lo más mínimo y dejarla en manos de Ángelo no es precisamente una buena idea, de hecho, es el peor castigo que podríamos darle — Mandarla con él es un poco... extremo.

— No le hará ningún daño pasar unos días con él, Aneska — Resopló, liberando a Kasia y haciéndole una seña para que subiera en silencio — ¿Qué te sucede? ¿Crees que protegiéndola aprenderá? Ella sabía que no podía salir y le importaron muy poco las consecuencias.

— Te tomas muy en serio el papel de hermana mayor — Exclamé, manteniendo mi atención en sus ojos carentes de cualquier sentimiento, prácticamente estaba en frente de un pedazo de hielo viviente, frío, grueso y difícil de romper — Y eso se vuelve molesto en ocasiones, Katrina. Olvidas que yo también tomo las decisiones aquí, este no es solo tu territorio y si muestras las garras, no tendré más remedio que mostrarte las mías también. ¿Quieres empezar una guerra en la misma jaula, hermanita? ¿Estás segura? Porque el resultado no será favorable para ninguna de las dos.

La amenaza brotaba en cada pequeña nota de mi voz, susurrándole tan cerca de su rostro que incluso podía sentir su respiración igual a la de un toro enfurecido a punto de ensartar sus cuernos en el torero para desangrarlo y eso solo lo hacía más interesante, ¿Qué hará? Hay tantos escenarios posibles: Podría saltarme encima e intentar romper mi cráneo con el suelo de mármol, podría apretar mi cuello hasta intentar llevarme a la asfixia o podría simplemente apuñalarme hasta abrirme el pecho con esa navaja que sé que tiene debajo de esa falda de tubo negra. La cuestión ahora es ¿Qué decisión tomará? El reto, la indignación, la ira, el desafío, todo eso pasa por su mente, lo sé.

Fui criada de la misma forma que ella, la conozco como la palma de mi mano, se leerla, pero también amo cuando me sorprende, cambiando en el último segundo su táctica. Katrina Larkin es un libro fácil de leer, pero complejo de entender; sus páginas no son para cualquiera que quiera sumergirse en ellas, tan solo la exploración del título resulta mortal para muchos y eso me da la ventaja y la exclusividad a mí.

— Cuida tu tono conmigo, hermana— Gruñó sin romper el acercamiento. Una de sus uñas se clavó dolorosamente en el centro de mi pecho, girándola para profundizar el pinchazo y, sin embargo, no emití ni un solo sonido. No le daría el gusto de escucharme, no en este momento, no ahora.

— ¿Por qué tendría que hacerlo, Katrina? No te tengo miedo, soy igual de capaz que tu de enterrarte un cuchillo en el pecho si te vuelves una amenaza para mí — Mis manos, mi columna vertebral, mis piernas, todo mi cuerpo hormigueaba; nuestros alientos se entremezclaban, nuestros labios casi se rozaban y nuestros pechos a través de la ropa estaban tan cerca de tocarse.

—Aneska — Jadeó con sensualidad mi nombre, saboreando cada letra en su boca — Te amo tanto que hasta podría matarte.

Iba a besarme y, aunque yo también quería eso, me resistí, girando ligeramente mi rostro para que sus labios cayeran en mi mejilla.

— Tendremos tiempo para eso luego — Susurré con un tono bajo y suave, acariciando sus costados para aligerar la tensión creciente en su rostro — Necesito que me prometas que no dejarás que Kasia se vaya con Ángelo. No quiero que esté con él.

— Lo prometo.

Negué sonoramente.

— No quiero tus promesas vacías. Quiero la promesa de mi Katrina. Mientras más rápido lo hagas, más rápido podremos subir a una de las habitaciones y ver qué sucede, ¿No lo crees? — Le propuse, apenas rozando nuestros labios provocativamente para incentivarla.

— Sí — habló, hipnóticamente —. Sí, lo prometo.

— Excelente— La animé, separándola de mí por completo e invitándola a subir las escaleras conmigo — Iremos allá, tomaremos una copa con Ángelo y le dirás que nosotras nos encargaremos de castigar a nuestra hermana pequeña. Cuando él se largue, podremos hacer lo que queramos.

— Es un trato.

Asentí, sonriendo con todos mis dientes.

— Es un trato, Katrina. Ah — Exclamé con fingida inocencia, permitiendo que mi hermana se adelantara unos cuantos pasos. Eso llamó su atención, pero no me miró, siguió su andar, haciendo un sonido con la boca para que continuara — Kasia estuvo con Naomi hoy.

Le informé, disfrutando la vista que me brindaba desde atrás. Sus pasos se detuvieron abruptamente, pisando el último escalón y girando su rostro, mirándome de reojo, pero con un interés casi evidente.

— Continúa — Animó, dejando salir notas cálidas de su fría garganta.

— Estuvo todo el día con ella, pero desconozco los detalles aún, Kat. Más tarde podrás hacerle todas las preguntas que quieras. Cuando estemos en confianza nosotras tres.

Katrina estuvo de acuerdo, adelantándose para reunirse con nuestro adorado (Y nótese el sarcasmo) Tío Ángelo. Su objetivo ya no estaba centrado en castigar a la escurridiza Kasia, sus intereses ahora estaban en la información que ella podría brindarle.

Tenemos mucho tiempo sin verla y es una agonía horrible estar tanto tiempo separadas de ella cuando sabemos que ya tiene la edad suficiente.


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