—¿Ya regresó mi sobrina, Katrina? — La pregunta salió con ese tono de superioridad que tanto me desagradaba, acompañada del desdén que adornó la palabra que exponía su lazo familiar. Kasia nunca ha sido de su agrado, la detesta desde que nuestro padre la trajo y en más de una ocasión ha intentado deshacerse de ella. Sin embargo, me presiono para responderle adecuadamente, alejando cualquier tono acusador de en medio.
— Sí, tío Ángelo — Me siento frente a él, cruzando una de mis piernas y apoyando mis brazos en los laterales del mueble. La ira a causa de la desobediencia de esa niña aún quema en mis entrañas, burbujea ardientemente en mi garganta tal como lo haría el ácido.
El hombre canoso asiente, elevando su comisura derecha en una media sonrisa, demasiado perturbadora para llegar a disfrutarla.
— Bien, quiero verla — No es una pregunta y eso es lo que mantiene mi rostro impasible mientras me muerdo la lengua por dentro y niego el impulso de retorcer mis dedos. Ángelo endereza su postura, se pega al espaldar del mueble y me mira con el único ojo que aún puede ver, aunque la sensación no es muy diferente, es igual de muerta y fría.
— Me temo que eso no se podrá. Kasia estará castigada hasta nuevo aviso, no tiene permitido ver ni hablar con nadie hasta que yo lo considere oportuno — Le informo cuidadosamente, tejiendo los finos hilos de la mentira para poder cumplir con la promesa que le hice a Aneska — Además, ¿Por qué insistes tanto en verla? No has parado de preguntar por ella desde que llegaste y, repasando tu historial con mi hermana, no encuentro una respuesta con sentido.
Pregunté con tranquilidad, meneando distraídamente el contenido de mi copa, esperando una respuesta válida que saciara mi curiosidad. No soy tonta, sé muy bien que esto tiene un trasfondo más allá de solo querer ver a Kasia, y necesito saber a qué se debe.
— ¿No puedo ver a mi sobrina? — Se excusa, sin disimular lo ofendido que se siente por lo dicho anteriormente, extendiendo aún más la sonrisa de su rostro arrugado; sus manos se unen y su cuerpo se inclina hacia adelante.
— Ahórrate esa mirada, Ángelo — Exclamé, notando la presencia de mi hermana en la habitación. Aneska entró, caminando hacia mí y sentándose conmigo en el sillón; su mano se posó más arriba de mi rodilla, casi tocando la línea del muslo por encima de la ropa, sin siquiera dedicarme una mirada. Sus ojos permanecían fijos en mi tío, observándolo con una diversión muy notoria.
— Sí, tío. Puedes decirnos para qué necesitas a nuestra pequeña hermanita y quizás, si tienes un buen argumento, le permita ir contigo. ¿Tú decides? No pienso dejarla en tus manos sabiendo la mente retorcida que se esconde dentro de esa cabeza tuya.
— Aneska, siempre tan desconfiada — Se puso de pie, tomando su bastón firmemente de la empuñadura de oro sólido. El sonido metálico de la base al chocar contra el suelo me resultaba molesto y él lo sabía, por eso lo chocaba con fuerza en cada paso — Únicamente quería que conociera a su primo Atlas, seguramente ustedes dos lo recuerdan muy bien.
— Atlas, como olvidarlo — Mi hermana se volteó para mirar directamente a mi tío que ahora se encontraba a nuestras espaldas y, a pesar que no miraba el bastón, sabía que no le restaba importancia, la ligera tensión en sus músculos me lo decía; él no lo notará, pero yo sí, la conozco demasiado bien para pasarlo por alto — Pero me temo que no sé podrán conocer — Se permitió suspirar casi con pena — Dos inestables no son buena combinación, serían dinamita juntos. Lamentaría mucho que alguno de ellos se mate accidentalmente en una discusión acalorada. Y no te mentiré, amaría ver a Kasia clavarle un cuchillo en el pecho, aun así, mi respuesta sigue siendo no.
La risa de mi tío fue de diversión pura; burlesca, grave y ronca, casi como el ronquido de un oso. Desagradable para mí en toda su totalidad.
— ¿Crees que esa niña podrá con mi sobrino? Atlas podría ahorcarla antes de que ella planee algo en contra de él — La confianza machista en su tono me alteraba — Claro que, eso no pasará mientras tu hermana sepa comportarse.
— Kasia está muy bien educada. Nuestro padre se ha encargado de eso, tío Ángelo — Siseé con la agresión detectable en mi voz, jugueteando con mi anillo — Sin embargo, mi hermana no vivirá bajo la sombra de un hombre mediocre como tu sobrino. Mucho menos aceptará las humillaciones que trae ser la esposa de Atlas — Me opuse por completo, sintiendo el asco brotar a medida que mis palabras salían de mi boca. Antes muerta que permitir que mi hermana sea algo más que solo la prima de Atlas Larkin.
— No veo el problema. Mi sobrina ya ha superado la edad inicial para casarse — Anuncio lo que muy bien sabíamos, arrugando su rostro y curvando sus labios con desagrado.
— ¿Y eso que importa? — Cuestionó, Aneska, manteniendo la serenidad que yo empezaba a perder— Los tiempos han cambiado, ¿O es que no te has enterado? Además, al ser la cabeza de nuestra familia, Atlas no me parece un candidato adecuado para Kasia. ¿Qué dirían de nosotras al casar a nuestra hermana menor con un hombre que prefiere violar niñas antes que pasar tiempo con su esposa?
Estuve de acuerdo.
— Mi hermana tiene razón. La reputación de mi primo en nuestro círculo social me parece ordinaria. Capturar a un niño es demasiado fácil, matarlo mucho más; comparando su fuerza con la de un adulto de casi treinta años, el resultado me parece muy obvio — Analicé la situación, tratando de hacer un vago esfuerzo por recordar algún artículo con su nombre — Añadiendo sus problemas de drogadicción y violencia, definitivamente pierde puntos con nosotras.
Mantuve mi postura firme en el sillón, aunque ahora mirándolo directamente, tal como lo hacía mi gemela. Por sus rasgos comprimidos, sé de antemano que no le gustan para nada mis palabras, porque se las dice una mujer.
Si fuera un hombre, quizás tomara mis comentarios de una manera más relajada en comparación con la que tiene; el negro en su ojo se ha expandido, tragándose cualquier rastro de brillo que estuviese a su alcance, siendo sustituido por el alquitrán espeso de sus iris.
Ángelo Larkin es un hombre anticuado que no supera sus antiguos tiempos de gloria, vive en el pasado, en la época en la que su nombre aún significaba algo para la sociedad. Lamentablemente, todas las leyendas mueren en algún momento, pero él no ha superado eso.
— Francamente, creo que la familia exagera con su benevolencia. Atlas siempre ha sido un problema, no escucha consejo alguno y no cubre bien sus huellas; ha contado con la suerte de que su padre ha sabido cómo encubrirlo desde su posición en el FBI — Aneska se encargó de expresar también su descontento con la mera mención de una unión con ese chico descarriado— Sin embargo, les resulta fácil ignorar el problema y esperar que se resuelva solo. Pero eso no es una solución. Al final seremos arrastrados por su incompetencia.
— ¿Sugieres acabar con él, Aneska? — Su tono borde junto con su postura dificultaban su intento de convencernos — ¿Qué pensará mi hermano si decido contarle lo que he oído hoy aquí? No sería bueno para ustedes meterse con él. La familia les daría la espalda.
Crucé mis brazos sobre mi pecho con una expresión de desaprobación. Sus amenazas vacías no generaban ningún temor en mí, de hecho, me importaba muy poco lo que saliera de su boca, siempre y cuando no pase los límites, y está a un paso de hacerlo.
— Estoy segura, tío Ángelo, de que nuestra apreciada amistad con el tío Darius no se verá afectada por tus habladurías. Para nadie es un secreto la incompetencia de su hijo mayor, y sé que hablo por la mayoría de nosotros cuando digo que Atlas Larkin nos traerá muchos problemas a futuro si dejamos que esta situación se nos vaya de las manos — Expresé mi preocupación, señalando lo que nadie podía evitar ver. La amenaza era clara — Apreciamos a su padre y por ello la familia ha sido tan tolerante con ese muchacho, sin embargo, la indulgencia de mi hermana y la mía son limitadas.
Considerando la posición social de nuestras familias, me temo que, al estar ligados a él, el apellido Larkin se verá expuesto ante el público de una manera negativa. Los medios buscarán reducirnos a nada y no quiero ni hablar de las múltiples investigaciones que vendrán luego de eso.
— Mi hermana tiene razón — Aneska entró de nuevo, pero esta vez como mediadora al presentir la tormenta que se avecinaba entre Ángelo y yo — Todos sabemos la amenaza que representa Atlas, pero dejaremos el tema ahí, por consideración a Darius— Habló, mirándome directo a los ojos con una advertencia silenciosa reflejada en ellos mientras caminaba hacia la puerta e hizo un gesto para que saliera — Pero, me temo que tenemos que finalizar esta... Reunión inesperada.
El hombre canoso me lanzó una mirada mordaz antes de asentir y salir por la puerta, seguido de nosotras por el pasillo hasta el piso de abajo.
— Te pido que saludes a mamá por nosotras— Pidió cálidamente Aneska, volviendo a su tono carismático de siempre.
— Lo haré — Estuvo de acuerdo Ángelo, pero no me confiaba de él — Le pediré que venga a visitarlas cuando esté más dispuesta.
— Gracias — Finalizó la pelinegra a mi lado, cerrando la puerta y atreviéndose a soltar un suspiro cansado de sus labios — Por fin. Ángelo altera mis nervios.
Resoplé, jalando su cuerpo hasta estar cerca del mío. Disfrutaba del olor de su colonia bailando en mi nariz, adormecía mis sentidos y de alguna manera alejaba las voces de mi propia cabeza.
La amaba, amaba a mi hermana de una manera enfermiza, la deseaba más allá de lo moralmente aceptado, sobrepasaba los límites de la cordura, ella me consumía por completo.
Mi amor por ella es un abismo sin fondo, un pozo de oscuridad que me atrae con una fuerza irresistible, siendo aún más fuerte que mi obsesión por la muerte. Ambas compaginaban a la perfección: Aneska era el artista y ella era la musa inmaculada de la mortalidad.
— Ya deseaba estar a solas contigo, hermana — Susurré, saciando mis ojos con cada gota de su escultural cuerpo perfectamente formado y balanceado.
— ¿En serio? —Apretó su cuerpo contra el mío, girándome para ser yo la que quedara pegada a la superficie de la puerta, su pierna encontró el camino entre las mías y sus dientes se clavaron con fuerza en mi cuello, apretando la carne blanda con hambre, tirando y lamiendo a la vez, dejando una marca visible de propiedad — ¿Tu deseo va más allá de querer oír noticias de nuestra pequeña flor? — Preguntó con un tono seductor, aterciopelado, subiendo hasta chocar mi centro con su rodilla, provocando mi zona íntima ya humedecida.
— Si— Jadeé, perdiéndome en la bruma de lujuria.
— ¿Si? ¿Es eso cierto?
Asentí, obligándome a hablar sin importar el deseo marcado en mi voz.
— Tú puedes saciarme, ella todavía no. Mientras Naomi no esté aquí, tú y yo nos haremos compañía mutuamente.
Aneska ronroneó, notablemente complacida por mis palabras, amasando con su mano libre un seno cubierto por la tela de mi camisa.
— Es cierto lo que dices, Katrina. Pero yo sí quiero escuchar lo que Kasia tiene para decirnos.
Quise tomarla y empotrarla contra la puerta para terminar lo que habíamos empezado, pero me contuve al reconocer esa mirada agresiva que me regalaba, una advertencia de que sería mejor que me moviera lo antes posible para subir e interrogar a nuestra hermana pequeña.
Aunque la idea de sostenerla y dominarla era tentadora y peligrosa a partes iguales. Aneska se resistiría, lucharía con uñas y dientes para que la soltara; aun así, no lo haría, la mantendría allí, sometida contra la puerta hasta estar saciada con su cuerpo. Sin embargo, es algo muy agotador y ha sido un día largo, tendría varias oportunidades de someterla en el futuro, quizás después de terminar con mi hermana.
— ¡Kasia! ¡Ya hemos vuelto! —La primera en entrar fue mi hermana, haciéndome rodar los ojos a sus espaldas por lo ruidosa que era. Se sentó, rebotando en la cama al tirarse en ella.
— Antes de que empiecen ustedes dos, ¿No tienes nada para decirme, Kasia? — Pregunté expectante, apoyando la mayor parte de mi peso en mi pierna izquierda mientras dejaba que mis brazos se cruzaran sobre mi pecho.
La niña rubia inclinó la cabeza, prestándole atención al suelo ahora, eso me hizo fruncir el ceño. Caminé hacia ella, rompiendo la mayor parte de su espacio personal para tomar su mentón con dos de mis dedos, elevándolo— No quiero ver que inclines la cabeza ante nadie. Los Larkin no somos sumisos y hacer lo que haces ahora es señal de debilidad — La regañé, mirando directamente sus ojos azules — En este mundo los débiles son devorados por los que buscan poder y control.— Afirmé con mi voz cortante — No solo se trata de la fuerza física, sino que también de fuerza mental, esa es la que te llevará a la grandeza.
— Recuerda tu nombre y sabrás tu valor, niña — Mencionó mi hermana con diversión al lado de la rubia.
— Ya dejando aclarado el asunto — Siseé, fulminando a mi gemela por interrumpirme — ¿Qué tienes que decirme, Kasia?
— Lo siento. No debí salir.
— Bien— Exclamé complacida. Enderecé mi espalda y jalé una silla cercana para sentarme — Di lo que tengas que decir para terminar rápido con esto. Hay un problemita que quiero arreglar con tu hermana.
Aneska me miraba divertida, casi ansiosa por ver cómo se desarrollaban las cosas. La pelinegra se acostó en la cama, apoyando sus codos en el colchón y subiendo sus piernas hasta la altura de su cabeza, balanceándolas en el aire. Dividiendo entre su hermana menor y yo para ver cada una de mis reacciones a medida que entraba en detalles.