"En el silencio de nuestros antepasados, yacen los secretos de nuestro legado"
Recuerdo a Papá decirme eso por primera vez frente a la tumba de mi abuelo. Tomas Jackson Larkin, un hombre de renombre en nuestra familia, cruel y despiadado en todos los sentidos, perteneciente a uno de los linajes más puros de los Larkin. La pureza de nuestra sangre se mide dependiendo de lo cerca que nos mantengamos de nuestro origen, por ello solemos casarnos hermanas con hermanos y primos con primas. Mi padre no fue la excepción, tampoco lo fue mi abuelo, ni mis bisabuelos, de ese modo nuestra genética casi perfecta ha perdurado durante siglos, conservando el apellido que mantenemos con orgullo.
— Aneska, mi pequeño cuervo. No debes sentirte culpable por lastimar a tu amigo en la escuela — Los cálidos brazos de papá me cubrieron mientras lloraba.
Los sentimientos eran confusos: Placer, frenesí, miedo, arrepentimiento, felicidad, curiosidad y... algo más, algo desconocido que me atraía. Lo experimenté cuando tuve el impulso de cortarle la mejilla a mi amigo con un trozo de vidrio.
No pude evitarlo, quería ver más de ese líquido rojizo que salía de un raspón pequeño que se hizo al caer al suelo en medio de un juego, quedé hipnotizada. El olor me llamaba, me cantaba al oído... y solo pasó.
Rompí una ventana y salté sobre él, viendo cómo la sangre tibia brotaba a chorros por su rostro, manchando mi uniforme, mis manos y el resto de su cara.
— Le hice daño — Susurré con la voz ahogada a causa del llanto, escondida en su cuello, aún no comprendía por qué lo había hecho. El niño era mi mejor amigo, lo conocía desde que tenía cinco años, nunca me había hecho nada y, sin embargo, yo lo lastimé.
— Tarde o temprano pasaría. Es normal — Me sorprendía la calma con la que lo decía. Cuando la directora lo llamó, pensé que me castigaría, pero no fue así, al contrario, no ha parado de sonreír desde que llegamos — Volverá a pasar — Aseguró con un tono cargado de seguridad y complacencia.
— ¿Volveré a lastimar a alguien? — Me separé de él al hacer la pregunta. En ese entonces tenía apenas ocho años recién cumplidos. No interactuaba con nadie más que no fuera mi hermana o mis primos — ¿Por qué?
— Porque está en tu sangre, en tus genes — Me explicó con calma, caminando conmigo en brazos hasta la habitación a la que tenía prohibido acercarme.
Abrió la puerta metálica con facilidad, encendiendo las luces, solo para revelar una mujer atada de pies y manos en una cama de hospital. Yacía inmóvil, con su boca cocida con un hilo de alambre muy fino, pero a la vez resistente, con sus muñecas atadas con púas que se incrustaban en su piel amoratada y muy lastimada.
— ¿Quién es ella, papi?
— Ella es tu nuevo juguete — Me dijo, soltándome con delicadeza en el suelo. Incliné la cabeza al no entender lo que decía y, aun así, mi corazón latía desbocado, expectante.
— ¿Un juguete? — Repetí con inocencia, y al mismo tiempo con entusiasmo — ¿Para mí sola?
Mi padre asintió, tendiéndome unos guantes de látex y una moña para atar mi pelo suelto en una cola de caballo alta que envolvió en un gorro. Los guantes vinieron después, poniéndolos con sumo cuidado.
— Para ti sola — Confirmó, causando que mi sonrisa creciera mucho más — Este tipo de juguetes son muy delicados, Aneska. Debes saber cómo tratarlos para que duren tanto como quieras. Esta semana la usaremos para buscar tu técnica — Me informó, tendiéndome un bisturí mientras la chica nos miraba con ojos agrandados y húmedos por las lágrimas — La primera regla que debes aprender es: No sentir misericordia ni piedad por ellos. Cuando los eliges, debes terminar lo que comenzaste, siempre. ¿Entendiste, pequeño cuervo? — Yo asentí, prestando atención a cada una de sus palabras — Segunda regla: No dejar evidencias. Debes ser muy precisa en lo que haces, ser lo más limpia posible. Solo deben encontrar lo que tú quieras que encuentren. Tercera regla: A partir de ahora, esta casa tendrá territorios. No puedes pisar los que ha elegido tu hermana, ni ella puede invadir los tuyos. ¿Queda claro?
— ¿Qué pasa si lo hago?
La seriedad en el rostro de papá se mostró por primera vez ese día. Mirándome desde arriba con una advertencia sin filtros, pura y concisa.
— Katrina tiene derecho a lastimarte si invades su territorio y tú tienes el derecho de lastimarla si ella invade el tuyo. Ninguna puede invadir el espacio de la otra sin su debido permiso — Asentí, algo confusa.
Había visto a mi hermana tensarse cada vez que entraba sin permiso a su habitación, pero nunca habíamos peleado. No pasábamos de las malas miradas. — Te explicaré todo más a fondo, pero por ahora, hay trabajo por hacer aquí. ¿Por dónde quieres empezar?
Analicé el cuerpo de la mujer. Tenía unos lindos ojos celestes, tez clara, casi caucásica, de rasgos finos, su piel desde aquí se veía suave y su figura era delgada, parecía esas modelos que solía ver mamá en sus revistas de moda.
— Me gustan sus labios — Anuncié, clavando mis brazos en mi espalda, balanceando mis pies de atrás hacia adelante, esperando las próximas indicaciones.
— Muy bien, ¿Qué quieres hacer con ellos?
Mis ojos volvieron a encontrar los suyos. Mi mente exploraba todas las posibilidades que tenía con ella y mis dedos hormigueaban envueltos en el material metálico del bisturí que sostenía en mi mano derecha con una energía abrumadora que luchaba por escapar de su encierro.
Miré a la mujer, acercándome lo más que podía, ignorando sus llantos ahogados por sus labios cocidos, permitiéndome acariciar su piel con la punta de mis dedos. Fruncí el ceño por la desagradable sensación del látex impidiendo el contacto directo, no me gustaba, pero era un requisito que mi padre exigía y que debía obedecer.
Su cuerpo se retorcía, empeorando el estado de sus cortes; su muñeca estaba al rojo vivo, con sangre fresca goteando alrededor de la carne abierta.
— Quiero sus labios para mí — Le exigí, concentrada en los movimientos de su pecho, enfocada solo en mi nuevo juguete.— ¿Puedo quitarle los cables, papá?
Él asintió, haciendo el trabajo que se requería para liberarlos de su prisión. Vi cómo ese líquido rojizo manchó lo blanco de sus dientes y la parte superior de su rostro, soltando un grito desgarrador gracias al dolor que seguramente sentía.
— Por favor, por favor, por favor. No te he hecho nada, no me mates. Te lo ruego — Sus ruegos no me perturbaban en lo más mínimo, no me invadía la culpa, solo la confusión. ¿Por qué su voz temblante y entrecortada me parecía tan linda? ¿Por qué deseaba lastimarla? ¿Causarle más dolor del que estaba experimentando ahora? Eran demasiadas cosas a la vez, confusas y repetitivas, que me golpeaban, impidiendo el paso de la razón. La chica de lindos rasgos me miró, suplicante, al borde de la desesperación, sus pupilas se redujeron, casi hasta el punto de desaparecer, y yo solo puedo intentar calmarla.
— Prometo no dañarte mucho — Expresé con una inocencia infantil, con mi voz baja y cantarina — Seré una buena dueña todo el tiempo que pueda.
— ¿Qué? Déjame salir. No le diré a nadie. Lo prometo — Empujó sus muñecas hacia arriba, con fuerza; su cabeza se mecía de un lado a otro, mojando sus mejillas sonrojadas por el esfuerzo de sus movimientos — No debes hacerle caso a tu papá. Yo... no-nosotras podemos salir juntas de aquí. Podemos buscarte ayuda, te...
Su discurso se vio interrumpido por el apuñalamiento de su pierna, que, sin darme cuenta, lo había ocasionado yo.
Le enterré el bisturí con fuerza, sacándole un grito agudo. Su espalda se retorcía por el dolor y sus ojos se giraron hasta ponerse blancos. Fue ahí cuando empecé, tirando y desgarrando la carne de su pierna, continuando con su labio superior y sus ojos; eran muy lindos como para dejarlos ahí, pudriéndose. Al terminar, no era más que una bolsa de piel y huesos, sin propósito alguno, desechable.
Siempre me resultaba lindo recordar mi primera muerte junto a mi padre.
Él me enseñó casi todo lo que sé. Pero mi tía fue la que me incursiono en los caminos del arte, enseñándome las técnicas de la escultura y la pintura desde una edad temprana hasta volverme, en sus propias palabras, casi una experta.
Estuve en una de las mejores escuelas de arte del mundo gracias a ella y a mi madre. Sin embargo, me vi obligada, al igual que mi hermana mayor, a seguir con el legado familiar.
Casi todos nosotros estamos dentro del mundo de la medicina, unos pocos son abogados, políticos y un grupo mucho más reducido, se dedica al arte, uno que carece del entendimiento de aquellos que no ven las maravillas más allá de la vida.
— ¿Qué te tiene tan distraída, hermana? — Katrina apareció desde atrás, con sus brazos extendiéndose hasta ejercer un agarre fuerte en mí, su barbilla se clavó en mi hombro y sus labios alcanzaron mi cuello, dejando un cálido beso en la palidez de mi piel.
— No es nada. Solo recordaba a papá — Admití, con la vista fija en los rosales que plantó junto a mamá en el patio de la casa, y que ahora se regaban por todos lados, tiñendo el paisaje con una belleza melancólica y a su vez, repleta de vida por los cadáveres que las nutrían desde abajo, en el fondo de la tierra.
En medio de la oscuridad de la casa, las rosas de tonos rojizos, negros y blancos brillaban, evocando la nostalgia de un breve pasado que ya no existe, pero que sigue vivo en mi corazón — ¿En dónde crees que esté? — La respuesta no me interesaba del todo, pero quería saber lo que pensaba mi hermana.
Por lo general, los Larkin no le temen a la muerte, de hecho, llegamos a un punto en el que la clamamos hasta el cansancio. El infierno tampoco es un problema, no nos interesa el paraíso, podemos con la idea de quemarnos durante toda la eternidad sin siquiera temblar ante el pensamiento, con tal de que nuestros descendientes continúen lo que dejamos antes de irnos.
— Creo que nos ve desde abajo, ayudando a Satán con sus maldades. Siendo un fiel sirviente de él — Susurró sombríamente en mi oído, capturando el lóbulo de mi oreja entre sus dientes mientras que desataba con la punta de sus dedos los botones de mi camisa, tomándose su tiempo.
— Suenas como una satánica — Exclamé, girándome para ver directo a esos ojos negros que me enloquecían. Su risa superficial acarició mis oídos, encendiendo una chispa hambrienta dentro de mi pecho.
— Te aseguro que no lo soy, hermanita — Sus labios alcanzaron los míos, furiosos, apresurados por apoderarse de mí. Su lengua jugó con la mía, dominando el interior de mi boca en segundos, y yo, totalmente dispuesta, se lo permití, dejándome apoyar contra la pared mientras sus dedos bajaban la cremallera de mis pantalones y se sumergían sin esfuerzo en mi túnel, acariciando mis paredes internas y el pequeño botón de placer que tenía — ¿Sabes lo que he deseado últimamente? — Negué con la cabeza, insegura de encontrar mi voz ahora mismo — He deseado compartir mi cama contigo y con nuestra pequeña flor. Enterrarme en ella así como estoy enterrada en ti. Marcarla como mía de la misma forma en que te marqué a ti, ¿Lo recuerdas, Aneska? Porque yo si lo hago.
Las emociones eran demasiadas, y el recuerdo de lo que su boca decía antes de enterrar sus dientes en mi pezón expuesto e hinchado solo hacían que mi humedad creciera aún más en medio de mis piernas, facilitando el ingreso de mi hermana.
— No la arruines, Katrina — Pedí en medio de un gemido animal, alcanzando los inicios de mi liberación. Luces blancas contaminaban mi vista y el aire era mucho más difícil de atrapar en mis pulmones, el cuerpo me hervía, tenía tanto calor y tanta desesperación que rogaba para que Katrina me diera justo lo que quería ahora, pero no sería fácil, con ella al mando nunca lo era.
— No la arruinaré demasiado, hermanita. Te lo prometí — La manera en la que controlaba su respiración era sorprendente. A diferencia de mí, Katrina lucía todavía su porte elegante y arreglado. El ejemplo ideal de perfección absoluta — Solo jugaré con ella hasta que entienda su lugar en nuestra familia. Ángelo no estará feliz con nuestra elección, pero eso no es problema para nosotras, ¿Verdad?
— No — Respondí con la voz entrecortada, arqueando mi espalda cuando no soporté más la presión en mi vientre bajo— Nunca lo ha sido.
Mi gemela plantó un último beso en mis labios, mirándome directo a los ojos. El hambre depredadora aún se reflejaba en ellos, el deseo y el dominio brillaban a partes iguales, pero teníamos una reunión familiar en veinte minutos y debíamos apresurarnos.
— Mi hermoso pecado vuelto carne — Murmuró, pegando nuestras frentes.
— Te amo tanto, hermana — Confesé de nuevo lo que ambas sabíamos.
— ¿Cuánto? Dímelo — Exigió.
— Te amo tanto como la oscuridad ama a luz, y como la muerte ama y consume a la vida misma, con una pasión destructiva, capaz de consumirme por completo hasta el punto de reducirme a cenizas.