Ir de compras me fascinaba, pero no con Saher aquí, porque era prácticamente un ejercicio de autocontrol para mí, uno en el que flaqueaba varias veces.
Verla sonreír y coquetear con desconocidos me hacía sentir un nudo en el estómago, las tripas se me retorcían con ferocidad, en una mezcla de celos y posesividad que me resultaba difícil de manejar, más aún cuando las voces de mi cabeza toman vida, desgarrando mis paredes mentales, haciéndolas sangrar, gritando para que las deje salir, para que las deje tomar el control.
Pero no podría, no tenía el suficiente valor para mostrarle a mi Sahy la oscuridad que hay en mi interior, ella es demasiado sensible y... y solo terminaría espantándola.
No quiero eso, no sobreviviría sin mi chica del campo, así que mordí mi lengua y apreté mis puños, hasta sentir cómo la uña desgarraba la carne de mis palmas y cómo mis dientes apretaban la carne blanda dentro de mi boca, sin importarme llegar a hacerme un daño considerable. Eso era insignificante comparado con lo que yo le quería hacer a cada idiota que se detenía a hablarle o a sonreírle.
— Kasi... Kasi, te estoy hablando — Hasta ahora me doy cuenta de que las manos de Saher están tocándome, empujando mi brazo para que le preste atención. Su ceño está fruncido y sus cejas están curveadas sutilmente hacia el centro de su rostro.
— ¿Estás bien? Pareces... molesta.
Rompo el contacto visual con ella, dando todo de mí para sonreír sin que mi cara se tense por la incomodidad que siento; respiro una y otra vez por la nariz, lento para que Sahi no lo note y haga preguntas. No necesito preguntas, porque me avergonzaría demasiado.
— No no, solo... estaba metida en mi cabeza.
— Ok, pero no te sumerjas tanto en ella. No quiero tener que entrar y sacarte empujones de vuelta a la realidad — Su voz era comprensiva, pero a la vez lograba distinguir la diversión que se asomaba en sus palabras.
Seguimos caminando, entrando a una de las tiendas para ver algunas cosas, pero no podía concentrarme. El bullicio del centro comercial me está volviendo loca, la incomodidad en mi sistema es palpable y la picazón en mis brazos me está matando, quiero rascarme hasta que esa picazón cese.
La mano de Sahi envuelve la mía, regalándome un apretón, sus ojos me buscan de vez en cuando mientras con su mano libre revisa y ve unas tazas de porcelana. No ha dicho ni una sola palabra más desde que entramos y su silencio en vez de calmarme, hace que me tense aún más.
Quiero que me hable, que se centre en mí, no que me ignore por un par de tazas que podrían romperse fácilmente con el más mínimo impacto. La garganta se me anuda, la saliva no me pasa, mi frente suda frío y presiento que me dará un ataque.
No quiero eso, perderé el control, asustaré a Saher y no querrá hablarme nunca más, ¿Quién querría hacerlo? Debí quedarme en casa, Katrina tenía razón, no estoy en condiciones de salir.
No debí.
No debí.
No debí.
No debí hacerlo.
Las voces en mi cabeza me están volviendo loca. Me gritan, me arañan, me asfixian, me... me. No quiero, no quiero que se apoderen de mí.
Mátalos.
Enciérrala.
Ocúltala.
Lastímala.
Márcala.
Trato de no moverme, de no negar frenéticamente con la cabeza e incluso me cuido de no abrir la boca y gritar que se callen.
Las luces blancas sobre mi cabeza me aturden, y las filas de estantes a mi alrededor parecen cerrarse a mis lados.
Estoy aterrada, me siento cada vez más sumergida en la oscuridad, mi pulso tiembla, mi respiración es superficial y sin quererlo me encuentro con el peso de la mirada preocupada de mi Saher.
— ¿Kasia, qué tienes?
Apenas y alcanzo a escucharla, su voz se escucha lejana a pesar de que la tengo justo en frente. Trato, pero no puedo responderle, abro la boca, pero las palabras no salen y sin dar explicaciones, me suelto, saliendo de la tienda a todo lo que dan mis piernas, con rumbo al baño más cercano.
El ruido se intensifica mucho más en mis oídos, aturdiéndome. Las risas, las voces, los pasos de la gente, todo, todo amplifica mi ansiedad.
Me siento cada vez más ida y eso no es bueno, rebusco en mi bolso y he olvidado mis pastillas, ¿Cuándo fue la última vez que me las tomé? No lo recuerdo, las había estado botando para evitar tomarlas. El miedo hace que mi pulso tiemble al empujar la puerta vacía de cubículo desocupado del baño, dejo mi bolso en el suelo e intento respirar otra vez, tirando de las hebras lisas de mi cabello hacia atrás, arañando mi cuero cabelludo en el proceso.
La rabia se hace presente, palpitando en mi pecho, casi alcanzado el nivel de la ira, una ira muda, que se mezcla con la tristeza a partes iguales y las voces cobran más fuerza, cuchicheando desde los rincones de mi mente.
Entonces las veo: manos oscuras, alargadas, escabulléndose por debajo de la puerta del baño, son sombras puntiagudas, densas y espesas como humo petrificado, que me hacen trepar el inodoro con torpeza, igual que un animal acorralado.
— No es real. No es real. No es real — Me repito con la voz rota, apenas susurrando, al borde del llanto — Tú no eres real. Déjame en paz.
La puerta sigue cerrada, pero el pestillo de la puerta metálica tiembla como si algo lo forzara desde afuera. Escucho risas y respiraciones al otro lado, pesadas y burlescas.
Mi pecho sube y baja con dificultad, cada respiración es más difícil de hacer. Mis pulmones pesan como plomo, ni siquiera ya quieren cooperar.
Mis palmas están a los contados, agarradas a cada lado de las paredes llenas de gérmenes del baño público.
Todo se siente lejano y a la vez tan cerca. Frente a mí se materializa una copia de mí, más oscura, más retorcida; tiemblo cuando me sonríe, una sonrisa gruesa y alargada que me congela la sangre.
Su mano alargada toma mi rostro, apretándolo hasta casi hacer crujir el hueso de mi mandíbula.
— Déjame entrar, Kasia. Yo haré que ese sentimiento desaparezca — Murmura en mi oído, su voz es distorsionada, pero entendible. Cierro los ojos con fuerza, intentando taparme los oídos, aun así, las palabras siguen ahí, dentro, repitiéndose una y otra vez, enredándose en mis pensamientos.
Déjanos entrar.
Haremos esto por ti.
Lo hacemos por ti, porque te queremos.
Nosotros te protegeremos.
— Katrina — Susurro el nombre de mi hermana en busca de protección, casi como una plegaria.— Por favor, por favor, ven a ayudarme.
Hago el esfuerzo de centrarme, ignorando al ser frente a mí para sacar el celular de mi bolsillo con mis dedos entumecidos, torpes; el sudor me resbala por la frente, deshaciendo parte de mi maquillaje, aquello que las lágrimas no alcanzaron a borrar. Con dificultad, marco el número, rogando para que no haga caso omiso a la llamada y me contestes. Uno... dos... tres... y...
Katrina
¿Kasia? — La voz de mi hermana llena mis oídos, cargada de una preocupación instantánea, genuina.
Kasia
Katrina... Katrina, hay sombras... hay sombras aquí, por favor — la voz se me rompe, las palabras se me estancan en la garganta y la sensación de ahogamiento se intensifica cuando la figura en frente de mí aprieta con más fuerza mi cuello — Me está... aho-gando. Qu-quiere ma-matar-me.
Katrina
Escúchame, Kasia. Estás teniendo un episodio, ¿Ok? Respira, solo respira, puedes hacerlo. Quiero que tus dos manos tomen el celular — Su tono cambia, adoptando ese timbre clínico que he escuchado la mayor parte de mi vida.— Kasia, necesito que me digas en dónde estás.
Kasia
En el baño de un centro comercial... tercer piso. No... no recuerdo la dirección. Katrina no puedo — Las palabras salen atropelladas, unas sobre otras, prácticamente empujadas por el pánico.
Katrina.
Ok, ok. No importa, voy para allá. Quédate en el celular conmigo, ¿De acuerdo? No estás sola, sígueme hablando. Estoy contigo.
Kasia
Están trepando la puerta — Lanzo un grito ahogado al ver raíces negras asomarse por la parte superior de la puerta, buscando un cuerpo donde enredarse. Mi otro yo también lo hace, enroscando su mano por mi brazo, igual que una serpiente — Tengo miedo, tengo miedo. No... no quiero convertirme en un monstruo, Trina. No frente... frente a Sahy.
Katrina
No lo harás, Kasia. Ya estoy aquí, ¿Si? Voy subiendo las escaleras. Ya casi llego a ti.
rina. No frente... frente a Sahy.
Quiero creer en sus palabras. Quiero pensar que en verdad está aquí y que no solo lo está diciendo para que me calme, porque en realidad no puedo.
— Kasia, ¿Dónde estás? —Mi hermana grita dentro del baño, modulando su tono. La esperanza me ilumina y aligera mi corazón, pero no puedo moverme, las sombras me lo impiden, pero tengo que hablar, debo hacerlo.
— Ka-katrina — Habló en apenas un susurro, uno lo suficientemente fuerte para que ella me escuche.
— Kasia ábreme la puerta, soy yo.
— No-no puedo moverme. No quiero que me toquen — Le respondí, encogiéndome aún más en mi lugar y en un abrir y cerrar de ojos, la puerta se abre con fuerza, generando un sonido estridente. La veo entre lágrimas, distorsionada por el caos que sumerge mi mente. — Las sombras... están... no se van.
Con cuidado se acerca, a paso lento, como si estuviera lidiando con un animal herido.
— Kasi, ellos no son reales. Estás teniendo un episodio psicótico, ¿De acuerdo? — Avanza un paso más — Voy a ayudarte, ¿Si? No estás sola — Ella saca su linterna médica y me pide que mire a sus ojos. Apenas puedo enfocar, pero ella sabe qué buscar, siempre lo sabe — ¿Tomaste tus medicamentos hoy? — Pregunta con suavidad y yo niego con la cabeza, haciendo el esfuerzo de hablar.
— N-no.
— Está bien, vamos a llevarte a casa. Donde puedas estar segura, sin hacerle daño a nadie que no quieras lastimar. Pero necesito que confíes en mí, ¿de acuerdo? — Yo asentí, o al menos creo que lo hago. Siento cómo su mano se posa encima de la mía, cálida y firme — Busquemos a Saher para que te despidas e iremos a casa.
Evito mirar a los lados, porque las sombras ya no se arrastran por el suelo, ahora trepan las paredes, aglomerándose entre ellas, inmóviles, dedicándose a ver con atención con sus ojos pálidos. Pero la voz de Katrina corta a través de ellas, como una luz tenue y a la vez, firme. Es lo único además de Saher que me mantiene anclada.
— Katrina, te-tengo que llevar a Saher a su casa — Le pedí suplicante, no queriendo irme sin despedirme adecuadamente.
— No es buena idea — Decretó con autoridad, sin derecho a decir lo contrario.
— Por favor, compramos muchas cosas. Ella no podrá llevarlas sola — Rogué otra vez, no sintiéndome bien, pero sí lo suficientemente cuerda para controlarme ahora — Luego de eso iré a casa sin protestar.
Katrina suspiró, abriendo la puerta de los baños sin soltarme todavía.
— Bien, aprovechemos para ir a buscar un regalo que Aneska y yo le hicimos a Naomi. Ya debería estar listo.
— ¿Un regalo? — Pregunté, confundida.
— Sí, Kasia. Un regalo — Repitió, pegándome lo más que pudo a su cuerpo — No te despegues de mí. No quiero tener que lidiar con una asesina en público.
— No soy una... — Guardé silencio al darme cuenta de que Saher venía apresurada hacia mí, tomándome por los hombros con fuerza. Estaba jadeando, prácticamente luchando por el aire.
— ¿En dónde estabas, Kasia?
— Llevo casi una hora buscándote. Pensé que te había pasado algo, te fuiste tan rápido que pensé... — Mientras me inspeccionaba con la mirada pareció notar luego de su regaño a mi hermana. Saher se despegó de mí y saludó cordialmente a Katrina, disculpándose por no haberlo hecho antes.
Yo, por mi parte, le aclaré la situación, omitiendo casi todo lo que había pasado momento antes, y en su lugar, inventando una historia completamente diferente. Ella no tenía que saber por ahora mi condición, quizás más adelante tenga el valor de decirle todo lo que he hecho por nosotras, cuando Saher sienta lo mismo por mí, pero mientras tanto será solo mi secreto.
No puedo arriesgarme a perderla, no después de todo lo que he hecho para mantenernos juntas, para conservar lo que tenemos, aunque no me guste por completo el término que usa para presentarme... pero eso cambiará, estoy segura. Solo debe ver lo que en verdad hay ante sus ojos, solo tiene que verme a mí.