Kasia

No pensaba hacerlo. Juro que no. Pero hay un momento, un punto de quiebre — siempre lo hay — En que los pilares más fuertes se rompen por dentro y algo se libera de su encierro. Entonces apreté. El filo del cuchillo que rompió la palma de mi mano cerrada; la sangre goteó a montones, manchando el mármol blanco bajo mis pies.

El olor a hierro fue lo primero que percibieron mis sentidos luego del ardor abrazador de la herida que actuó como detonante. Me sentía adormecida, demasiado drogada por la adrenalina para notar algo más que no fuera la pequeña criatura inocente que tenía en frente. Me acerqué a paso lento, deslizando mis pies descalzos a propósito; el peso me llevaba a hacerlo. 

Ella seguía allí. Tan quieta y ajena a la gravedad del momento, mirándome con sus ojos casi ambarinos, fijamente, expectante. Mi respiración retumbaba en mis oídos, la sangre corría por mis dedos y mi muñeca mientras sostenía ahora el mango del cuchillo. Me agaché, acariciando con mi otra mano su cabeza. La suavidad de su pelaje avivaba buenos recuerdos con ella a lo largo de los años, tres o cuatro si no me falla la memoria.

— Lo lamento mucho, bonita — Le susurré sin sentimiento alguno, mi voz era apenas un murmullo, como si viniera de otra boca — No es tu culpa, sino mía, por quererte tanto— Admití, repitiendo el monólogo de mi familia.— Papá dice que el amor verdadero no florece sin sangre, que todo lo que vale se cobra en sacrificio... y el sacrificio, tarde o temprano, reclama una muerte.

Me tomé el tiempo de verla una última vez, memorizando cada parte, tal como hice con los otros anteriores a ella. El cuchillo pesaba tanto como una pluma entre mis dedos, era algo etéreo, y demasiado familiar para no reconocerlo; su resplandor complementaba la poca luz que ingresaba por los grandes ventanales de cristal, devolviéndola en destellos suaves, casi celestiales.

Una comprobación de mi muestra de amor, un amor hermoso, la muestra más pura que puedo darle a un ser amado. Es una devoción, la más sagrada de ellas. Recuerdo tomar la parte de arriba de su cuello con fuerza, manteniéndola quieta, mientras que con mi otra mano impulsaba el filo hacia su garganta.

Recuerdo el chillido lastimero que soltó cuando la abrí. La sangre, oscura y espesa, se filtraba fuera de la herida, manchando sus rizos blancos de un rojo intenso hasta llegar al suelo; el líquido pringó en mis zapatos de tacón y en la parte baja de mi vestido. Solo cuando dejó de retorcerse la solté, y sin fuerzas para sostenerse, terminó cayendo en mis brazos; la cargué, como una madre carga a su pequeño bebé; la mecí sin importarme la sangre que ahora manchaba la parte superior de mi ropa, mis manos, mis brazos y parte de mi cuello.

Incapaz de resistir más su agonía, abrí su pecho con cuidado casi quirúrgico, tal como mi hermana mayor me había enseñado hace un tiempo. La piel cedió primero, luego la carne húmeda y tibia al tacto, hasta encontrar el hueso; tuve que atravesar las costillas, pequeñas y resistentes; el esternón se alzaba como una barrera de defensa, pero yo conocía el camino que trazaría. Entre esos huesos yacía el corazón aún latente, vibrando con velocidad, aferrándose a la vida.

Lo toqué con mis dedos, incapaz de resistirme a tal órgano tan curioso. Sentí su miedo, su inocencia y su confianza traicionada. Aun así, sin poder posponerlo más, lo tomé, lo arranqué de su prisión cálida y, por primera vez, dejó de temblar su cuerpo, a diferencia de su corazón que daba sus últimas pulsaciones en mi palma desnuda. Dejé ser el cuchillo para sostener a mi pequeña cachorra a mi habitación, en donde prepararía debidamente su ataúd.

Subí las escaleras sin hacer el menor ruido, conteniendo prácticamente la respiración, porque sabía que Aneska me quitaría a mi pequeña para usarla en sus efímeras esculturas, esas monstruosidades que esculpe con manos precisas y visión meticulosa. La transformaría en un arte muerto, un adorno más de su galería llena de horrores putrefactos. Pero no lo permitiría, mi cachorra sería más que eso. Crecería como una rosa.

Su piel y huesos se mezclarían con la tierra, alimentando a los rosales del jardín, y de su cuerpo deshecho saldrían rosas hermosas, rojas y olorosas. Con eso en mente, la metí en una cajita de cristal con pequeños detalles grabados, su fondo acolchado la resguardaba para un sueño eterno; metí sus juguetes, vestidos y adornos a su alrededor. Luego la llevé al jardín, allí nos esperaba un agujero profundo debajo de los rosales que horas antes había cavado. Ya casi todo estaba completo, solo faltaban los catalizadores, aquello que aceleraría el proceso de descomposición e invitaría a la podredumbre. Con todo eso puesto en su debido lugar, la enterré, guardando la promesa de una vida mejor debajo del velo frío y oscuro de la muerte.

Fue inevitable no regresar a ese tiempo cuando vi a la pequeña perrita que se revolvía en los brazos de Saher. Su cuerpo a plena vista era liviano, su pelaje suave y sedoso, sus orejas largas y caídas, similares a dos cortinas finas, con ojos enormes, oscuros, que parecían estar al borde del llanto, aun cuando no le pasaba nada, y cuando se apoyó en el pecho de mi Sahy, hizo ese pequeño suspiro que uno solo escucha de aquellas criaturas que no conocen la crueldad del mundo.

Tragué en seco cuando me la entregó. Era linda, debía admitirlo; esos lacitos rosas que adornaban su cabeza le daban un toque angelical al pequeño animalito, pero ese no era el problema... era yo. Me conozco, la perrita no aguantará mis crisis. La mataría. Es una acción inevitable, como todo lo demás. Mis hermanas me observaban con el animal en brazos. No dijeron nada, pero vi sus pensamientos golpeándoles detrás de los ojos, queriendo intervenir, detener lo que ya estaba en marcha, pero era tarde, el animal ya estaba aquí, conmigo, y yo, incapaz de despegarme de él, solo lo apretaba contra mi pecho rogando que su calor fuera suficiente para contenerme, aunque sea por hoy.

 — Muchas gracias, Sahy. Es muy linda — le agradecí con sinceridad y cierta emoción. Hace mucho que no tenía una mascota real en mis brazos, algo vivo, cálido, que no exigiera justificaciones ni palabras. Aunque el miedo de mí misma persistía bajo la superficie, logré disimularlo.—  ¿Cómo se llama? 

— Ebony, pero puedes cambiarlo. Es tuyo después de todo — Me explicó con una sonrisa radiante. Una de esas que solo Saher me sabía dar.

Ebony.

El nombre me cayó dentro como una gota de tinta en agua clara. Me gustaba, era lindo, suave y frágil. Es una lástima que tal vez, como todas las cosas bellas que me dan, esté destinada a romperse en mis manos.

— Sahy, me encanta tu regalo, pero... no puedo tenerlo en casa — dije, sosteniendo a la pequeña con más cuidado del necesario, como si se me fuera a deshacer entre los dedos. Ebony soltó un leve quejido y movió sus pequeñas patitas, ajena por completo al dilema invisible que me quebraba por dentro. Sahy ladeó su cabeza y, amable como siempre, mantuvo su sonrisa. 

— ¿Por qué no? Me has hablado de tener una mascota durante meses... Si no te gusta, podemos ir al refugio y conseguir una que te guste — Saher propuso con dulzura, manteniéndose positiva y comprensiva ante mi rechazo involuntario.

Me gusta, pero las cosas que me hacen feliz no duran mucho, porque soy un jarrón rajado, Sahy. Todo lo que colocan dentro se va vaciando poco a poco. Todo, menos tú. No quiero que Ebony se convierta en una prueba más de eso. Prefiero no intentarlo a enterrar algo que venga de ti.

Moría por responderle eso, por ser sincera, pero no podía, no si no quería que huyera de mí.

— Saher, muchas gracias por tu regalo. La perrita es muy linda, y estoy segura de que a Kasia le encanta...— Katrina empezó, con una sonrisa que se esforzaba por sostener, sin embargo, para alguien que no la conoce, ese intento de sonrisa pasaría desapercibido — Pero me temo que a mi hermana se le olvidó decirte que nuestra casa no es apta para un animalito tan pequeño. Necesita mucha atención y con lo enfermiza que es nuestra hermana, no podremos mantener a las dos cuidadas debidamente. Sería injusto para Ebony.

La voz de mi hermana era convincente. Sonaba considerado, el cierre de la frase le daba un toque de pena a la situación, aun cuando mi casa era lo suficientemente grande para que entraran en ella toda una perrera. Saher pareció entender y a la vez asentí apenas pestañeando los ojos. Katrina, sin miramientos me quitó a la cachorra de los brazos, lanzándome una mirada de advertencia, por si se me ocurría protestar o emitir algún sonido por sus actos. A veces, deseaba el corazón gélido que tiene mi hermana clavado en el pecho. Aneska, por el contrario, entró a mi defensa, buscando una solución justa para mi regalo de carne y hueso.

— Katrina, no seas así con nuestra hermanita — Comenzó, ignorando la mirada ardiente de nuestra hermana mayor — Estoy segura de que podemos buscar una solución para que mi hermana y su amiga queden satisfechas.

— No es necesario — Sahy respondió apenada, sintiendo la tensión en el ambiente. Todos en la habitación la sentamos. Mis hermanas se encargaban muy bien de cambiar la atmósfera, incluso la vi retroceder como un pequeño animal amenazado, y no era para menos. Las discusiones entre esas dos se tornaban violentas si no llegaban a un acuerdo. Sus marcas en el cuerpo eran ejemplos vividos de eso.

— Si lo es. — Declaró Aneska, sin dejar espacio a una réplica. La seriedad en su voz bastaba para dejarlo claro, no iba a desistir frente a mi hermana — Katrina es solo una amargada a la que no le gustan los animales. Todo el drama es por eso, pero estoy segura de que Kasia puede conservarlo.

Ver a Katrina ahora mismo, era como mirar la cara mala del diablo. No la caricatura grotesca de los cuentos, no una figura con cuernos y fuego. No, era otra cosa, algo más silencioso, más letal. Sus ojos se oscurecieron mucho, superando por mucho su color negro natural. Su quietud y relajación eran amenazas en sí mismas; las alarmas sonaban en mi cabeza por instinto, fuertes, estrepitosas, ensordecedoras.

El aire alrededor de Katrina se enfriaba con rapidez. Verla así me provocaba una punzada en el cuello, esa que solo se activa cuando algo se avecina. Y lo peor no era cuando se enojaba, sino cuando sonreía sin que los músculos de la boca le temblaran... justo como ahora. Aneska, carente de cualquier instinto de supervivencia, le sonreía a la fiera, mostrando también su sonrisa venenosa. Una que no era un reto, sino una invitación al desastre.

— Yo... yo puedo tenerlo en mi apartamento. No es una molestia para mí — Insistió Saher en hablar con una voz suave, casi suplicante ante tal atmósfera. Katrina no dijo nada al respecto, estaba muy concentrada clavándole dagas a Aneska como para hablar. Aneska, en cambio, juntó sus manos y sonrió hacia la chica a mi lado.

— El problema está solucionado entonces — Celebró, escribiendo algo en su celular — ¿Ahora, por qué no van a comprar algunas cosas para la cachorra mientras yo soluciono el mal genio de mi hermana? No querían ver eso.

La habitación quedó por un momento en un silencio expectante. Y yo, sabiendo muy bien lo que pasaría, decidí salir de la habitación antes de verme envuelta en aquel asunto.

— Sahy, vámonos — dije sin mirar a nadie más en la habitación que empezaba a volverse asfixiante, tomando su mano con una firmeza que apenas logré fingir. Incluso la pequeña cachorra, que no conocía el alcance de las discusiones de mis hermanas, se estremecía en los brazos de Saher — Necesitamos comprarle un collar y una cama antes de ir por el resto de sus nuevas cosas.

Ella asintió sin despegar sus ojos de la puerta de madera que dejamos atrás. La curiosidad por saber qué pasaba la mataba. La conozco muy bien para tener eso claro, pero era mejor no saciar ese tipo de curiosidad. Un estruendo se escuchó antes de poner un pie en las escaleras, seguido de una risa afilada que me hizo acelerar el paso.

Pude respirar con normalidad de nuevo únicamente cuando cruzamos la entrada principal; entramos al auto y el chofer arrancó hacia la casa de Sahy. Allí haría unas cuantas llamadas y pediríamos las cosas para Ebony. Era lo mejor, mi casa debía parecer una zona de guerra que ni yo, teniendo el mismo gen retorcido, querría pisar.

— Kasia, ¿Qué acaba de pasar allá? — Saher dio inicio a su interrogatorio, al mismo tiempo que acariciaba las largas orejas de Ebony. Buscaba mis ojos, siempre lo hacía cuando quería escudriñar en las personas, pero giré mi rostro a la ventana, observando sin el más mínimo interés los autos que pasaban.  

— Nada importante — Respondí con ligereza, una que no sentía en lo más mínimo. Resoplé, devolviéndole la mirada a mi Sahy; tomé su mano entre la mía, dándole un ligero apretón para que se tranquilizara — No te preocupes. Aneska y Katrina son unas brujas. Siempre se están gritando por lo más mínimo. No es nada nuevo. Lo hacen desde que tengo memoria.

  — ¿Así? ¿Tan intenso? — Insistió, no muy convencida — Una de las gemelas se veía como si fuera a desmembrar a la otra.

—  Sahy — Su nombre en mi boca salió suave. — Si vieras cómo se pusieron una vez por una muñeca. Ese día mi padre nos había dado una a cada una y al parecer, a Aneska le gustó más la de Katrina y ya te imaginarás. Katrina terminó con una mano vendada, Aneska sin cejas y... la pobre muñeca... bueno, creo que nuestro padre se tardó más en obtenerla que ellas en dañarla. Lo de hoy no fue grave, te lo juro.

La vi dudar todavía un poco. Sin embargo, lo aceptó.

— Está bien... Si tú lo dices — murmuró al final, desviando la mirada hacia la ventana contraria. La conversación se extinguió ahí. Cada uno se metió en su propio celular, aunque de vez en cuando Ebony se levantaba del asiento para explorar el interior del auto con movimientos tambaleantes debido a sus pequeñas patitas. Incluso se subió en mis piernas con total descaro, y aunque intenté ignorarla al principio, terminó por ganarme con su torpeza adorable. Me mordía los dedos con sus pequeños dientes, incapaces de causar un daño real.

— Ya, Ebony — Susurré con diversión, apartando mis manos para que no las mordiera, pero el pequeño animal era persistente. Buscaba atención, y ¿quién era yo para negárselo? Acaricié su cabeza con sumo cuidado. Me miró por unos segundos con sus grandes ojos brillantes antes de acurrucarse en mi estómago; su calor me resultaba reconfortante y... tan extraño. Hace mucho que no sentía este tipo de cercanías. Me quedé viéndola dormir. Una cosita tan frágil no debió llegar a mí.

Podía notar por el rabillo del ojo cómo Saher nos miraba a las dos con una sonrisa apenas perceptible.

— Le agradas— Afirmó en voz baja, sin moverse de su lugar.

No respondí, solo seguí pasando mis dedos por el suave pelaje de Ebony. Demasiado perfecto para ignorarlo. Como todo lo que estaba destinado a romperse.

El camino se hizo muy corto para mí dentro de mi cabeza, o quizás fue mi inexistente atención al camino lo que me dio esa sensación. Cuando el auto se detuvo frente al edificio en el que vivía Saher, Ebony ya estaba despierta y con los ojos bien abiertos, mirando y oliendo todo a su alrededor. Subimos en silencio.

Aquel ascensor fue mi martirio; poseía un chirrido tan desagradable para mis pobres oídos que cada piso parecía ser una tortura nueva. Pude relajarme en cuanto las puertas se abrieron en el piso de la vaquera, y sin esperar a que ella saliera, lo hice yo, parándome al lado de la puerta de su apartamento. Ella abrió y nos dejó entrar a mí y a la cachorra primero. Solté a Ebony para que explorara su nueva casa mientras yo me sentaba.

— Voy a preparar té. ¿Quieres? —preguntó desde la cocina, dejando las llaves sobre la encimera. 

— Sí, gracias.

Por cómo se estaban desarrollando las cosas, parecía que hoy no surgiría mucha conversación entre las dos. Saher estaba incómoda; podía notarlo. Algo le molestaba, y mucho. Pero en lugar de pensar en eso, decidí concentrarme en mi cachorra, que exploraba cada rincón con gran curiosidad, corriendo y trotando por todos lados. También había momentos en los que revisaba mi celular para ver qué cosas lindas podía pedirle o al menos ver para tener una idea de lo que le compraría a Ebony.

— Sabes que puedes confiar en mí, ¿Cierto? —Habló por fin, tendiéndome la taza de té caliente — Me refiero a que, no importa lo que pase con tus hermanas... Puedes confiar en mí, Kasia. Yo nunca te juzgaría, sabes que no. 

— Confió en ti. No sé a qué te refieres.

— Yo... ¿Está todo bien contigo, Kasia?

La miré por un momento, obligándome a sonreír con normalidad.

— Estoy bien, Sahy. De verdad, no tienes que preocuparte. Te prometo que, si alguna vez pasa algo, serás la primera en saberlo.

Ella me miró de reojo, como si aún no se tragara del todo mis palabras, sé que sabía que algo no estaba bien, que algo no encajaba. Lo intuía con ese tipo de sensibilidad que siempre le había envidiado. Pero también sabía cuándo no debía preguntar más. Era una de las razones por las que aún estaba viva. Si indagaba demasiado, se convertiría en un problema para mis hermanas y ninguna de nosotras quiere eso.

— Vale, vale. Me has convencido.— Colocó ambas manos en sus rodillas, impulsándose para levantarse — ¿Qué te parece si después del té, buscamos las cositas de tu cachorra?... ¿O debería decir nuestra cachorra? Solo quiero que tengas en cuenta que, en caso de nuestra ruptura, yo me quedo con Ebony. 

Sentí el calor en mi rostro justo en ese momento, pero logré disimularlo alzando una ceja y atreviéndome a seguirle el juego. Uno peligro teniendo en cuenta mis sentimientos por Sahy.

— ¿Perdón? ¿Nuestra ruptura? No sería capaz de dejarte nunca, Sahy — confesé en medio de la broma, camuflando todo con una sonrisa llena de coquetería. Una coquetería que Saher respondió invadiendo mi espacio personal, pegándome al librero que tenía detrás y que hasta ahora notaba. Su mano derecha tomó mi cintura con posesión, subiendo hasta acariciar mis costillas superiores. 

— Una chica prevenida vale por dos. Mejor tomar la delantera antes de que tú lo hagas por mí— me informó, dejando un beso en mi mejilla minutos antes de apartarse para dedicarle toda la atención a Ebony, quien gustosa rodó sobre su espalda para que Sahy le acariciara la barriga.— ¿Viste? Ya me eligió a mí. No tienes oportunidad, Kasia.

Chasqueé mi lengua y negué con la cabeza, aun cuando ella no me veía por estar de espaldas. Me agaché a su altura, y dejando un casto beso en su mejilla, contesté:

— Siempre tengo lo que quiero, Sahy. De una u otra manera. 

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