Naomi

Buenas tardes. Interrumpimos la programación con una noticia de último momento. La ola de asesinatos que ha mantenido en vela a la ciudad continúa causando alarma entre los ciudadanos. Esta mañana, autoridades confirmaron el hallazgo de un nuevo cuerpo sin vida en el Parque Central, elevando a nueve el número de víctimas vinculadas a lo que ya muchos describen como una serie de "obras macabras".  

Según el informe preliminar del equipo forense, los cuerpos presentan un patrón meticuloso de disposición que ha llevado a los investigadores a relacionarlos directamente con lo que podría ser una especie de puesta en escena... o incluso, según algunas fuentes, una nueva "obra" atribuida a la infame asesina en serie: La escultora.

El terror se siente en las calles. Las autoridades piden calma, pero también vigilancia, mientras los cuerpos de seguridad intensifican los operativos en búsqueda del o la responsable de estos crímenes. Seguiremos ampliando esta información a medida que surjan nuevos detalles.

— Kodi, cambia eso, por favor. No quiero saber nada sobre muertos ahora — Dije mi primera petición en voz alta. No necesitaba escuchar eso. No necesitaba escuchar absolutamente nada ahora. Aún sentía náuseas por el sueño que tuve y, por mi bien, omitiré todo lo que tenga que ver con muertos por un tiempo, incluidas las películas de terror. Zay y Elliot tendrán que hacer sus maratones solos.

Pasé de largo hacia la cocina sin percatarme en lo más mínimo si el televisor estaba apagado o no, aunque por la falta de bulla, asumo que sí.

No podía dejar de ver a mis primas una y otra vez dentro de mi cabeza; todo fue... asqueroso. El olor era nauseabundo, incluso parecía adherirse a mi nariz aun cuando estaba despierta... o al menos eso creo — "Cuídate de la muerte, Nao. Está cerca"— Lo que me dijo Lia... ¿A qué se refería con cuidarme de la muerte? ¿Cómo hacer eso si es algo que no puedo ver? Es algo natural.

No sabes cuándo va a venir por ti. Pero ahora que lo pienso, Elliot dijo algo parecido la otra vez. — "Evita los muertos a partir de ahora, Naomi. No sabemos hasta dónde puede obsesionarse la muerte" — Él la mencionó también, pero, ¿Por qué? Quizás sea una coincidencia, por raro que parezca. El mundo es raro después de todo.

Me apoyé en la encimera, intentando calmar la agitación que me sacudía el pecho, la paranoia se notaba y salía por cada uno de mis poros. Tenía que relajarme, si no, temo perder la cabeza con esto. Es prácticamente un callejón sin salida. Sus palabras no tienen sentido.

Nada tenía sentido. Nada.

Me llevé las manos húmedas a la cara, intentando bloquear el recuerdo de esas miradas muertas que me seguían, incluso con los ojos cerrados, pero fallé. No desapareció el recuerdo ni la sensación. Hice el esfuerzo de mantener mi respiración constante, sin que la ansiedad se filtrara por ella. Traté de arrancarme la angustia del pecho, pero el aire me raspaba los pulmones en cada entrada y salida. Necesitaba un café, un té, una manzanilla, lo que sea capaz de relajarme.

Me concentré tanto en rebuscar entre los cajones, con la esperanza de encontrar uno de esos tés relajantes que Darla siempre guardaba para emergencias emocionales, que no me percaté de que alguien estaba parado detrás de mí hasta que sentí una presión leve, pero firme, sobre mi hombro.

Pegué un grito ahogado que apenas mis oídos pudieron captar. Salté hacia atrás y solté los sobres que había conseguido. Mi corazón me martilleaba en el pecho como si quisiera salir y escapar mientras me volteaba. Podía incluso sentir la ligera capa de sudor que comenzaba a formarse en mi frente.

— ¡Dios! —Exclamé con el corazón a mil, bajando la mirada y colocándome una mano en el pecho, en un intento de calmar mis pulsaciones — ¿Quieres matarme de un susto, mujer? ¿Qué hacías ahí parada?

— Naomi... ¿Estás bien? Pareces haber visto un fantasma.— Frente a mí estaba Darla, con una ceja levantada y una taza vacía en la mano — Estás pálida. Todo el color se te ha ido — Me informó, apoyando cuatro dedos en mi frente, seguramente para comprobar mi temperatura.— ¿No te estarás enfermando? Estás tan fría como un cadáver.

Al principio no supe qué responder. El alivio era demasiado como para preocuparme en hacer excusas o dar intentos baratos de explicaciones incoherentes, así que solo me limité a negar. Dándome vuelta. Fue solo cuando el té empezó a hervir que pude pronunciar palabras otra vez.

— Fue solo una pesadilla que tuve — Logré decir al final, rogando internamente que no reaparecieran escenas gráficas del asunto.— Nada más es eso. Me tiene algo... Todavía estoy medio dormida, lo siento.

La pelo rosado me miró en silencio durante unos segundos más, como si intentara decidir si creía en mi respuesta o no. Luego, suspiró y se movió hacia el estante superior, sacando una caja de galletas Oreo con delicadeza, escondiendo finalmente una en su sudadera y ofreciéndome otra a cambio de mi silencio por presenciar el robo en su propia cocina.

— Pesadillas, huh... — murmuró, mientras abría con sumo cuidado el empaque de sus galletas — No sé qué soñaste, pero hiciste más ruido que Zay viendo películas de terror. Te removías mucho, más que una lombriz y eso que nunca he visto una — Traté de sonreír por su comparación, pero solo logré una mueca débil en su lugar. Darla me observaba de reojo, mientras masticaba la galleta de chocolate, haciendo todo lo posible para que la morena no se diera cuenta.

— Si quieres hablar, aquí estoy. No te voy a obligar. Pero no sigas cargando solo para ti lo que sea que te tiene tan nerviosa.

— Gracias — Susurré con la gratitud desbordándose en el tono.

Darla se giró, ocupándose ella misma del agua que hervía en la estufa. Buscó dos tazas, vertió el agua y le echó la cantidad justa a cada una antes de ofrecerme la mía con una sonrisa suave.

—No me mires así. No le puse veneno... aún.

Me reí, apenas un poco, porque esa broma tan suya era justo lo que necesitaba para no desmoronarme del todo.

— ¡Darla! — Zay gritó desde el sillón, estirando la cabeza lo más que pudo en nuestra dirección — ¿Están comiendo galletas sin mí? Yo quiero.

La peli rosa negó enseguida con la cabeza y con su propia voz.

— Estás quedando loca. No estoy comiendo nada — Le negó rotundamente, elevando la taza humeante de té para probar un punto — Estoy tomando una bebida para mis nervios, ¿Quieres?

— A mí no me engañas, estás comiendo algo y yo quiero— Se levantó convencida, caminando hacia nosotras a paso veloz, descubriendo al instante el engaño.

Resulta que Darla no era buena escondiendo cosas y Zay, en cambio, era muy buena descubriendo cosas. Algo muy desfavorable para alguien que no quiere compartir sus antojos.— Viste. Y no estabas comiendo nada — Celebró su hallazgo con una sonrisa tan alargada que casi le divide la mitad del rostro. Cruzó sus brazos sobre su pecho y se apoyó en el mesón de la cocina con una mirada expectante. Darla soltó un suspiro teatral, como si Zay acabara de arruinarle una gran conspiración. Se acercó a la alacena y refunfuñando barbaridades mientras buscaba el paquete, y a parte, las contaba por si a la morena se le pasaba por la mente hacer un robo cuando nadie la viera. No solo de ella, de hecho, todas lo hacemos... no tan seguido, claro. Rara vez, solo para no perder las malas mañas.

— ¿A todo esto? ¿Alguien sabe algo de Scarlett? Desde que anda de amores con Elliot casi no se le ve por aquí.

No respondí inmediatamente, preferí concentrarme en el té que tenía entre las manos. Humeante y muy caliente, pero lo suficientemente soportable para llevármelo a los labios sin sufrir una quemadura.

Me limité a contestarle por el momento, con un encogimiento de hombros. No tenía ni idea de cuál era la razón y... solo para ser completamente sincera, tampoco quería saberla. Suficiente tengo con saber lo que sé sobre el boxeador. Con eso me basta.

No necesito más secretos peligrosamente mortales en mi vida.

— Si tú no sabes, Zay, dudo mucho que Nao sepa — Argumentó con calma la chica a mi lado, partiendo en dos la última galleta de su paquete para sacarle la crema — Scarlett no ha hablado con ninguna de nosotras sobre ese tema. De las tres, tú eres la que más tiempo lleva conociéndola, ¿Por qué no le preguntas?

La morena resopló con fuerza, subiendo y bajando su pecho con brusquedad. Sus fosas nasales se abrieron unos milímetros de más ante la exagerada cantidad de aire que soltó.

— Ya lo hice y prefiere evitar la pregunta. Iré hoy a su apartamento para ver qué pasa — Expresó con seguridad y una determinación prometedora — Y si Elliot le ha hecho algo, será un placer ajustar cuentas con él en la arena.

Rodé los ojos, incapaz de disimular mi rechazo por la violencia.

— Dos bravucones justos. Hay que ver quién de los dos es más bruto.

— Le apuesto a Zay. Tiene la delicadeza de una piedra.

— Yo también le apuesto a ella — Gritó el chico de trenzas desde el mueble de la sala, girándose hasta quedar de medio lado.

— ¿Qué apostamos, por cierto?

Darla lo pensó un momento, compartiendo ese tipo de miradas con Zay. Esas que gritan "Problemas" a diestra y siniestra, de lado a lado y de punta a punta.

— ¿Qué te parecen trescientos dólares? Una cantidad justa para una pelea con dos boxeadores como Zay y Elliot. Apostaremos cinco personas. Es ganar o ganar.

— Ujum, me uno — Se metió en el cuento la morena con gran entusiasmo, ¿Y cómo no? Si a ella le encantan las apuestas... aún más cuando la confianza la acompaña.— Pero pido el 40% de las ganancias.

— ¿Qué? Ni hablar.

— Vamos, Darla. No seas tan dura. Yo seré la que me partiré la cara con el mastodonte ahí dentro. Hago la mayor parte del trabajo; si lo piensas... debería cobrarte una comisión más alta.

— No, no — Respondió la peli rosa con rapidez, igualando la velocidad de un rayo.— Si dándote el 40% dejarás de joder, está bien. Pero tienes que ser consciente de que yo también tengo gastos: La propaganda, el establecimiento, los gastos médicos del que pierda... porque como nos ven a Nao y a mí cara de enfermeras siempre.

— Ay ya. No estoy para recordatorios — Exclamó Zay, sacudiendo su mano de un lado a otro como si persiguiera a algún insecto fastidioso— Dime lo que quieras, pero no bajaré de eso. Igual, no vale la pena discutir por algo que no va en serio. A Darla no le gustan esos lugares.

Su charla se detuvo, la morena cerró por completo su boca por un momento, arrugando el ceño muy marcadamente, como si comiera algo desagradable para su paladar. Y luego, con una media sonrisa más parecida a una burla que a un gesto amable, retomó sus palabras, encontrando justo las que su mente buscaba... o al menos, las más educadas. Sabía por dónde iba esto. Siempre era lo mismo cuando se daba el tema del gusto cuestionable de la morena por las peleas clandestinas en ese lugar de mala muerte al que ella y Elliot suelen ir por dinero — ...su educación de niña de buenos modales se lo prohíbe. ¿No es cierto, Peli rosa? Papi te reducirá la mesada si se entera.

Solté mi taza con pesadez sobre el mesón de la cocina, anticipando la futura discusión que se avecinaba por las cizañas de Zay. Un defecto del cual ya hemos hablado múltiples veces es su búsqueda incesante de problemas, incluso Darla ha querido ayudarla y, de hecho, la ha ayudado.

Se conocieron en Brooklyn, hace nueve años, en una cafetería cerca del colegio en el que estudiaba la peli rosa. La morena huía de la policía por robar no sé qué cosas y, por suerte Darla apenas subía a su auto para regresar a su casa, y Zay no dudó en subirse y no bajarse de ahí, a pesar de las amenazas del chofer. Al final, pagaron lo que había robado y la llevaron a casa con ellos por la condición en la que estaba.

Desde entonces, Darla y Zay son amigas, las mejores diría yo, pero tiene un pequeño problema con los ricos que aún no ha superado... y que no creo que supere. El tono corrosivo que usa me desagrada por completo, pero ambas parecen bastante acostumbradas a sacarse sus verdades. Muy tóxico para mi gusto.

Justo como ahora.

— ¿Empezaremos con esto otra vez? — El tono cansado de Darla me indicaba lo mucho que odiaba cuando Zay tomaba esa postura. Dio la espalda, quedando de frente contra el fregadero; su mano derecha tomó la esponja llena de jabón y con velocidad, comenzó a lavar la taza con claras intenciones de irse volando de la cocina — Solo... demos la conversación por muerta, por favor.

— ¿Te duele que te digan la verdad? No he dicho ninguna mentira. Si no fueras tan cobarde y dependiente de tus padres, te atreverías a ir a verme pelear. ¿Tienes miedo de que te dejen sin manutención?

— ¿De eso se trata todo esto? ¿De verte pelear? — Su tono se profundizaba a medida que la rabia se abría paso entre su serenidad y su personalidad pacífica. Por lo general, se mantenía tranquila ante las provocaciones de los demás, pero decir que era en pocas palabras, mantenida por su padre, incluso si era verdad, no le gustaba.

— No, se trata de que te duele que te diga que eres una chica mimada que tiene todo lo que quiere a su alcance, ¿Qué hay de malo en decírtelo? No he dicho ninguna mentira al respecto. Solo bastaría una llamada a tu padre y unas cuantas horas para tener lo que sea que le pidas.— Atacó, clara y concisa. Si una cosa tenía la morena, era tocar justo en los puntos sensibles.

— ¿Eso crees? ¡¿Crees que mi vida es perfecta?!

— ¿Acaso no lo es? Adelante. Miénteme. Di que no lo es. Que ustedes los ricos tienen muchos problemas. Que el dinero no es todo... y todas esas cosas que dicen las personas como tú.

— Bueno, ya. Dejen de discutir ustedes dos. — Intervine, metiéndome en medio de las dos, porque ya se habían acercado demasiado y eso era peligroso. Más por Zay que por Darla — Y tú, Zay, no deberías comportarte así con Darla. Lo único que ha hecho es ser amable con todas nosotras.

Quizás no fue correcta esa elección de palabras, no ahora.

 — Ahora resulta que le debo agradecer, ¿Por qué? Yo no le dije que hiciera nada por mí, si ella lo hizo, es su problema, no el mío.

— Ok — Cedí, sabiendo que esto no tenía vía alguna — Dejemos esto aquí. Lo mejor será que cada quien se vaya para su casa y, cuando estemos más calmadas, hablaremos.

Zay bufó y Darla me corrigió.

— La única que debe irse de mi casa es ella. Si no gusta de mí, es mejor que no estemos en el mismo espacio. Así ninguna es hipócrita con la otra.

La morena quedó perpleja por unos momentos, apenas segundos para volver a su actitud agresiva. Tomó sus cosas del sofá y salió por la puerta sin mirar atrás, cerrando con un golpe seco que hizo temblar el marco de la puerta. Kody, Darla y yo nos quedamos en silencio, sin saber cómo de una conversación normal había resultado una discusión que quizás causara enemistad entre las chicas por un tiempo sin fecha de tregua. Fue entonces, cuando lo sentí.

Un olor tenue, pero raro, difícil de describir. El aire estaba pesado, demasiado espeso para mis pulmones; un mareo me atravesó, fue ligero, pero lo suficientemente fuerte para hacerme sostener de la pared con una de mis manos. Algo parecía flotar en el ambiente y cada respiración se hacía más completa; tuve que devolverme para abrir la ventana de la cocina y, a su vez, las demás del apartamento que no estaban abiertas.

— ¿No sienten un olor extraño ustedes dos?

Pregunté, dudando de mi buen juicio. Los movimientos de cabeza en una negativa llena de extrañeza se me hicieron aún más confusos. Nada más podía pensar en que el aire se había compactado lo suficiente para camuflar el olor o que incluso, eran alucinaciones producidas por el cansancio.

Me centré en Darla, que permanecía sentada en una de las sillas de madera con su vista fija en el suelo, sin parpadear, solo moviendo su pie incesantemente de arriba hacia abajo; los laterales de su cabello alisado cubrían sus costados, adquiriendo el trabajo de servir como cortina, algo conveniente en este momento.

Sé que está pensando, siempre que ellas pelean lo hace. Piensa, una y otra vez; retuerce sus sesos con rudeza, buscando qué fue lo que causó la pelea. ¿Fueron sus palabras? ¿Dijo algo indebido sin darse cuenta? ¿Presumió demasiado de alguna de sus compras? ¿En serio es tan malo tener dinero? La he escuchado lo suficiente para conocer su monólogo interno y si hay una cosa que atormente como el infierno a la peli rosa, es su propia cabeza. Ese murmullo incesante que no calla ni con gritos, que transforma hasta el gesto más inocente en una daga que se clava por dentro.

— Hey — Me acerqué, apretando fraternalmente su hombro.

—No pienses en eso. Zay es una idiota muy grande. La mayor que conozco — Darla no respondió. Pero su pie se detuvo por un segundo, apenas un parpadeo de pausa en la compulsión de sus movimientos, y eso, viniendo de ella, era un avance. La peli rosa asintió, sin mirarme, manteniendo su cabeza inclinada.

Kody ya se había ido, justo después de que la morena saliera por la puerta, de seguro para hablar con ella al respecto, eso nos dejaba tiempo a nosotras para hablar de chica a chica, sin que las palabras humorísticas o sarcásticas del moreno interrumpieran la burbuja de seriedad del momento.

— Sabes, estaba pensando hace días en ver una película nueva, ¿Qué te parece si vamos por unas palomitas, hacemos uno de esos jugos naturales que te gustan y criticamos juntas a los actores?... o ¿Puedes contarme sobre ese chico misterioso del que estabas hablándome la semana pasada? No me contaste el chisme completo y me muero por saberlo... o no sé, hacer... otra cosa.

Reprimí la sonrisa de victoria cuando por fin noté cómo alzaba su cabeza. Sus ojos estaban húmedos, pero no al borde de las lágrimas. Aún persistía la sensación de estar caminando sobre suelo inestable, vidrio tal vez, casi podía sentir el crujir de cristales bajo mis pies. La amenaza latente de ruptura o quizás de ser mandada a la mierda por no callarme ahora mismo, pero mejor es intentar algo, por mínimo que sea.

— Nao... gracias, pero creo que ya deberías callarte. Estás casi que divagando — Su voz sonó baja y quebradiza, y su risa mínima, entre dientes. No fue alegre, pero sí humana. Su estado de ánimo había mejorado considerablemente... creo.

— No sé qué haría sin ti. Me ayudas más que mi psicóloga.

— Umm, no tienes psicóloga Darla, pero... según yo, harías probablemente algo mucho más interesante. Una chica de pueblo comparada con una de ciudad no tiene comparación. Soy tan aburrida como un inicio de semana — bromeé, sentándome a su lado.

— Pero es una suerte que me conozcas. No te perderías mi gran repertorio de insultos para Zay en cuanto la vea.

Nos quedamos allí las dos solas, viendo películas y contando chismes que nos habíamos perdido por meses. Las risas no faltaron y mis bromas sin gracia tampoco, aunque, todo nuestro grupo tiene un pésimo sentido del humor en realidad. Nadie se salva aquí. La pelea de hace unas horas aún se sentía de vez en cuando, la incomodidad brotaba de a momentos, pero sabíamos bien cómo superarla. Aferradas al sofá la tarde avanzó, y supimos, que al menos por hoy, íbamos a estar bien.

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