Naomi

— Recuérdame no ir más a una fiesta de Kasia con su familia — Zay gruñó, cruzándose de brazos en el marco de la puerta. Hace unas horas habíamos llegado al departamento de Darla, y la morena ya no pudo aguantarse más. Tenía que desahogarse.

— ¿Qué pasó ahora, reina del drama afroamericano? — Preguntó la pelirosa, sacando una galleta sin la mínima pizca de preocupación en la voz.

La morena la miró, frunciendo el ceño en una mueca de disgusto y curvando sus cejas hasta que casi las junta. Pero no se quedó ahí, ella no podía conformarse solo con eso, claro que no. Por eso, le arrojó una de sus blusas, dándole justo en el rostro.

— Su prima. Esa tal... ¿Darly? O como se llame — Zay movió su mano en el aire, como si buscara espantar algún mosquito invisible — Apareció mientras tú estabas concentrada hablando con la tía de Kasia. No sé de dónde salió, simplemente apareció a mi lado, mirándome como si quisiera una parte de mí — La manera en que lo decía me asustó. Nunca la había escuchado tan afectada como ahora... ni siquiera con los problemas en los que se metía con frecuencia.

La pelo rosa rodó los ojos y resopló.

— Exageras, Zay.

— No, te juro que no. Sentí que estaba viendo al mismísimo diablo, lo juro por Dios. Se me acercó tanto que podía contar cada una de las pecas de su nariz. Me trataba como si fuéramos amigas de toda la vida. Me preguntaba cosas rarísimas, tipo: qué perfume usaba o cuál era mi canción favorita. ¡Me tocó el cabello! ¡Mi cabello! ¡Y como si ya no fuera suficiente, tira de él y me reclama, porque no es mi cabello natural! 

Darla soltó una carcajada baja.

— Pobre. Debiste haberla pasado tan mal.

Zay me buscó con la mirada, pidiéndome apoyo con los ojos. Quise reír con fuerza, porque en verdad parecía una niña haciendo una rabieta. Sin embargo, me aclaré la voz para eliminar cualquier rastro de burla o diversión.

— Tal vez se enamoró de ti — dije, mordiéndome el labio para no reírme. Y justo en ese instante, vi fuego en sus ojos. Un indicio de guerra, una amenaza clara y latente.

— Podría decir lo mismo de ti y de Saher. Esas tres no se les despegaban a ustedes.—  Mi sonrisa desapareció al instante y no pude evitar el sonrojo que tiñó posiblemente mi rostro.

Un nudo en mi garganta se enredó con mis cuerdas vocales, sintiendo una tensión en mi pulso — Esas dos no te quitaron los ojos de encima en toda la noche. 

— ¡Es verdad! — Darla se unió con emoción, pero inmediatamente la corte. Si Zay se burlaba de mi suerte, ella no se salvaría tampoco. 

— Tú cállate. Te vi coquetear con su tía desde lejos.

Mi acusación no se hizo esperar, pero solo aumentó la risa culpable de la pelirosa.

— ¿Qué querías que hiciera? — Se defendió, llevándose una mano al pecho de forma dramática — ¡Me ofreció una copa! ¿Cómo iba a decirle que no a una dama tan elegante?

— Claro — bufó Zay. — Primero la copa, luego el anillo de compromiso.

— Ummm... no. Me triplica la edad, nena. Simplemente, no es mi tipo — La vacilación en su respuesta no me convenció, mucho menos el breve silencio que llegó después — Aunque... una sugar mommy no me vendría mal. No tendría que pedirles tanto dinero a mis padres para mis gastos.

La discusión anterior quedó eclipsada por la risa colectiva que soltamos las tres.

Las ocurrencias de Darla siempre nos hacían reír de una o de otra manera, aun cuando parecíamos tener el humor roto. Sabíamos que era heterosexual, aun así, siempre ha tenido cierta curiosidad, una que la morena se ha ofrecido públicamente a saciar, pero no lo hacen realmente por no dañar la amistad que tienen las dos.

Ninguna ha pasado de los besos o las caricias sutiles. Ahora que lo pienso, dudo de la sexualidad de todas aquí, menos de Scarlett, ella sí es muy hetero... y quizás Saher.

— Ok, ok. Pero hablando en serio, ¿sí te animarías, Darla? — La morena acompañó su pregunta con un codazo amistoso en su hombro, y yo no pude evitar prestar mucha atención a su respuesta.

— ¿Por qué no? Es guapa para la edad que tiene. Y... Dios, esa voz podría convencerme de hacer cualquier cosa — Elevó los ojos y golpeó con delicadeza su pecho mientras hablaba, dándole un toque especial al discurso.

— ¿Se dieron cuenta de que todos los Larkin están buenísimos? Parecen Dioses. Necesito que me pasen su rutina de skincare... la de ejercicios también.

— Necesitamos — Corregí, porque la verdad, hasta yo quería esa genética.— Puedes preguntarle a Kasia, seguramente ella te la dará.

La gracia en el rostro de la morena fue espectacular.

— ¿A Darla? Apostaría todo lo que tengo por Saher. A ella sí que se lo diría.

— Cierto. La vaquera tiene a la rubia envuelta en su cuerda y ni cuenta se ha dado — Rodé los ojos con exageración, queriendo defender algo indefendible.

Mi mejor amiga es particularmente rápida para captar indirectas y leer fácilmente a las personas, pero con Kasia se ha hecho de la vista gorda por alguna razón que aún desconozco.

Zay resopló con una sonrisa ladeada, cruzando los brazos sobre su pecho e inclinándose más en el espaldar de la cama — No es que no lo note, Darla — intervino, alzando una ceja — Es que no quiere notarlo. Esa es su forma de ignorar la situación para no dañar el pobre corazón de la rubia. Aunque no creo que quedarse en su casa sea lo más correcto para que se le pase el enamoramiento, porque terminará volviéndola mucho más intensa de lo que es — Dijo con un aburrimiento notable, suspirando igual que una actriz de cine y haciendo gran énfasis en la palabra "casa".

Yo traté de hablar para defender el lado de Saher, pero mis palabras no salieron, se sintieron torpes en mi lengua.

Me gustaba pensar que se trataba más de no lastimar a nuestra amiga o de evitar que nuestra amistad se volviera algo incómoda por cosas sin sentido... o tal vez, solo era que no deseaba darle mente a lo que pasaba.

No querer complicar nada, era un buen plan. Desde la muerte de su hermano, ha cambiado... no es que nos haya alejado por completo, no. Sigue ahí, presente la mayor parte del tiempo, pero se siente como si un muro nos separara, como si pudiéramos comunicarnos apenas por una pequeña rendija, y no quiero eso. He guardado mi propio dolor para que no le afecte mucho más. Sin embargo, en ocasiones simplemente no funciona.

— ¡Ay, ya basta, Zay! Si tan buena eres para analizar relaciones ajenas, ¿por qué te va tan mal con las tuyas? — contraatacó Darla, con una sonrisa de medio lado y los ojos brillando con esa chispa de travesura tan común en su rostro.— Eres mucho peor que Kasia cuando te gusta alguien.

— Claro que no — Exclamó, horrorizada por la comparación — Nunca he sido tan empalagosa en mi vida. Dios, no. Ni siquiera busco relaciones más allá del sexo.

Darla chasqueó la lengua.

— Ahí está el punto — Señaló con voz cantarina — Tus relaciones son un desastre, porque no hay comunicación más allá de los gemidos. El sexo es bueno, pero prefiero a una persona que esté para escucharme y no detrás de un buen polvo a las 12 de la noche.

— Gracias, mamá. Tomaré tus opiniones y las guardaré para después — Respondió con una altivez fingida, lanzándole una de las almohadas, que Darla atrapó con facilidad, como si ya esperará una reacción así por parte de la morena.

— Bueno ya. Es la una de la tarde y no he dormido nada, así que si van a seguir hablando se salen del cuarto — Les advertí, cubriendo mi rostro con las sabanas para que la luz no me espantara el sueño.

El poco alcohol que ingerí ya había salido de mi sistema hace horas, pero el cansancio de estar de pie toda la noche con las gemelas me estaba pasando factura ahora mismo. Ni siquiera me molesté en escuchar las réplicas de las chicas. Mis parpados se cerraron por sí solos y las voces quedaron en segundo plano. Lo único que sentí fue los cuerpos de Zay y Darla acomodarse a mi lado en la cama. 

Creo que descansar no sería la palabra correcta. Mi cuerpo pesaba como una roca al despertar. La resequedad en mi garganta complicaba las cosas; me incitaba a levantarme y beber un vaso de agua con urgencia, y mi cabeza latía sin explicación a causa de una migraña que escaló velozmente a algo mayor.

Necesitaba un café; si no, no me levantaría nunca de aquí. No me sentía repuesta luego de mi sueño, al contrario, era como si me hubiera arrollado un auto. Mis parpados aún caían con desgana cuando logré sentarme en la cama, en ese momento las náuseas me atravesaron el cuerpo y no supe por qué.

No había bebido tanto la noche anterior como para sentirme de ese modo. Con esfuerzo, me levanté. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío, y ese contraste al menos sirvió para espabilarme un poco. Crucé la habitación buscando señales de las chicas en la sala.

— ¿Qué están haciendo? — Mi voz sonó ronca, apagada, pero lo suficientemente fuerte para que las dos mujeres paradas de espaldas frente al televisor me escucharan.

Al parecer, las dos estaban muy concentradas en lo que veían, porque ni siquiera voltearon a verme cuando les hablé, y no me molesté tampoco en volver a intentar hablarles. Me dirigí a la cocina con la esperanza de que Darla tenga café o té en su alacena. Rebusqué en las gavetas, con la esperanza de encontrar algo, pero al abrir todos los cajones y no encontrar más que platos y cubiertos, me rendí. Suspiré derrotada, conformándome solo con un vaso de agua.

La casa estaba a oscuras, la única luz que iluminaba el espacio era la del televisor de la sala, que con cada minuto daba la impresión de incrementar más el volumen. Me estaba volviendo loca. Caminé hasta el sillón, arrebatándole el control de las manos a una de ellas — ¿Estás sordas acaso? — Gruñí entre dientes, porque el ruido sobrepasaba el límite. Me quedé de piedra con lo que vi. El control en mi mano cayó junto conmigo al tropezar con mis propios pies. Agrandé al máximo mis ojos por lo que veía. No podía ser cierto, ellas no podían estar ahí sentadas.

— ¿Nao? — La escuché hablar y mis lágrimas rodaron por mis mejillas, amargas por el miedo me recorría el cuerpo. Esos ojos cafés me miraron con un cariño que me helaba la sangre. Hizo el ademán de levantarse y yo traté de alejarme. Traté de retroceder, de mantener distancia, pero mis piernas no respondían. Me paralicé por completo.

— ¿Qué te pasa, Nao? ¿Por qué nos miras así?

Un sollozo me desgarró la garganta al escucharlas hablar de nuevo. Pero no podía hablar, ni siquiera pensar. Solo sentía a cada segundo el terror crecer. No podían ser ellas. Yo fui a sus funerales. Yo las vi morir. Lloré su ausencia hasta que mis ojos no dieron para más... Y sin embargo, ahí estaban. Sonriéndome. Hablándome. Como si la muerte jamás las hubiese reclamado.

Me temblaban las manos. Me latía el corazón con tanta fuerza que dolía. Quería gritar, pero ni siquiera el aire me respondía. Hace años que no las veía y quería que se fueran, lo deseaba inmensamente, porque si ellas estaban ahí... entonces algo, algo muy malo estaba a punto de pasar. Siempre era igual. Aparecían como un mal augurio. Una advertencia silenciosa de que el desastre se acercaba. Y esta vez, no iba a ser diferente.

Nunca lo era.

— Nao te hemos extrañado mucho. Ya queríamos verte de nuevo — Exclamó con gran alegría la que una vez fue mi prima. El cabello de Lía caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su sonrisa era idéntica a la que recordaba.

La marca del cuchillo en su cuello aún estaba allí, abierta, roja, fresca... como si hubiese sido hecha hoy. El olor a descomposición me invadió las fosas nasales con brutalidad, revolviéndome el estómago. Me tapé la boca para no vomitar. Las arcadas eran cada vez más intensas y sus pasos mucho más próximos — Cuídate de la muerte, Nao. Está cerca.

— Asechando — Continuó Mia, apareciendo a mi lado en el suelo. La cuerda atada a su cuello se arrastraba con ellaEl nudo mal hecho parecía incrustado en su piel pálida, amoratada, como si aún tratara de asfixiarla desde el otro lado.

Tuve que morderme el labio con fuerza para no gritar cuando su mano me alcanzó, helada, maciza; la sangre inundó mi boca en un instante al romper la fina capa de piel del interior de mi labio, brotando caliente hacia mi lengua.

— No podrás correr, Nao — añadió mi otra prima, la que aún estaba de pie frente a mí.

— Ya saben dónde estás. Y vienen por ti. Cuídate de tener las semillas de un árbol podrido.

La luz del televisor parpadeó antes de apagarse. Quedé completamente a oscuras, ya no veía nada. Mi respiración se disparó, agitada; un viento frío me heló la nuca, la cabeza me dio vueltas y un mareo repentino hizo que mi vista se tornara borrosa.

Después de eso caí en la inconsciencia. Mi cabeza golpeó rudamente el suelo, sentí el crujir de mis huesos y... desperté, jadeando, con las sábanas empapadas en sudor y el corazón galopando en mi pecho.

Tardé varios segundos en darme cuenta de que estaba en mi habitación. Que había amanecido. Que todo era... un sueño. Pero la sensación de la mano sobre mi brazo aún persistía, seguía ahí. El frío penetraba la piel hasta el hueso, como si tuviera puesto un hielo.

Aunque lo había soñado, aunque lo sabía con lógica, algo en mis entrañas me decía que no era solo una pesadilla.

Era una advertencia.

Y como siempre... llegaría tarde para detenerla, porque nunca juntaba los puntos a tiempo.

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