Naomi

Había pasado un tiempo desde la última vez que fui a una fiesta, con la universidad, el trabajo, las visitas recurrentes al pueblo, la desaparición de Jeremy y luego su muerte repentina... No tenía tiempo ni ánimos para eso, pero a Saher le pareció buena idea asistir a la fiesta de Kasia, solo que existía un pequeño detalle: No era en su casa, y no teníamos ni media idea de dónde quedaba la dirección que decía la invitación.

Resulta que olvidamos leerla, y para ser honesta, si Zay no lo hubiera hecho antes del día, nos habríamos tenido que devolver al llegar a la casa de la rubia. Estábamos envueltos en un dilema. La dirección, según Google Maps, no existía, por lo que la escribimos unas cuantas veces más, únicamente para confirmar, y en todas las veces fue lo mismo. 

Kasia no respondía los mensajes, ni siquiera los de Saher, y eso era raro.

Llegamos al sábado y aún no los veía, así que estaba decidido: No iríamos, no teníamos cómo asistir a un lugar que, según el mapa, no existe.

Eran las cinco de la mañana cuando mi celular vibró por la llegada de un mensaje de un número desconocido que abrí sin darme cuenta, y que le echo toda la culpa al sueño. "Enviaré a nuestro chofer a buscarlos a la 1:00 pm. Será un viaje un poco largo. Les recomiendo llevar su ropa para que puedan cambiarse allá con más comodidad. Creo que ya lo sabes, pero soy Katrina, florecita."

Leí, volví a leer y releí el mensaje unas seis veces más antes de que Saher me quitara el celular con la excusa de que el brillo de la pantalla le impedía dormir, lo cual era un poco descarado de su parte, porque era ella la que invadió mi habitación con la almohada debajo de su brazo, reclamando un espacio a la fuerza en mi cama.

A Zay tampoco le agradó mucho la noticia, en especial la hora.

La morena acababa de terminar su turno nocturno y estaba muerta del sueño; Darla no lo tomó mejor, recuerdo que se quejó con un chichilo que pasó factura a mi oído derecho por lo fuerte que sonó, creo que incluso se le quitó el sueño que tenía encima con la noticia.

Y no era para menos. La invitación decía que la fiesta comenzaba a las 7:00 pm, y ese cambio tan precipitado de seguro movió todos sus planes antes de eso.

No pensé que vinieran. Por la intensidad de sus quejas, me dieron a entender que no nos acompañarían, pero me llevé la gran y agradable sorpresa de que sí lo hicieron, ambas con un bolso colgando en sus hombros y, una pequeña caja negra que conocía muy bien su contenido: Maquillajes, brochas, mascarillas y unas cuantas cosas más de uso personal, no tan personal.

La pelirosa amaba utilizarnos para sus prácticas, experimentando técnicas nuevas en nosotras. Y aunque nos quejáramos, siempre terminábamos dejándonos hacer lo que ella quería. Siempre.

— ¿Listas para la fiesta?

— No. Estoy que me muero del sueño — Protestó con un suspiro dramático, apoyando su cabeza en mi hombro sin la menor delicadeza. Rodé los ojos con una sonrisa, pero no la aparté. Dejé que se quedara allí, solo por un rato, al menos, hasta que mi brazo se adormezca por la posición y el peso.

— ¿No dormiste cuando llegaste a tu casa, Zay? — Murmuré, mientras le acomodaba un mechón de cabello trenzado detrás de la oreja. Se veía cansada, mucho a decir verdad, y al verla negar, deduje que lo único que la mantenía en pie, era la taza de café que le ofrecí en la mañana.

— No. A esos engendros se les dio por llorar toda la madrugada. Quería estrangularlos, lo juro por Dios — Gruñó con sus ojos cerrados. La serenidad en su rostro siempre resultaba engañosa a la vista, pero encontraba algo que la delataba. Un pequeño gesto, apenas visible. Por lo general todas las demás eran las observadoras, porque yo no me tomaba nunca el tiempo de ver más allá de la superficie, sin embargo, conocía lo suficiente a mis amigas para notar pequeños detalles.

Zay sí que tenía sueño. No, más que eso. Estaba exhausta.

— Son tus hermanos, nena. Y, además, son unos bebés — Le recordó la castaña a su otro costado mientras Darla buscaba algo en su caja de trabajo con una emoción casi infantil.

— No me importaría cometer un asesinato si es por un bien mayor.

No sabía si era una broma o no. Con Zay, nunca se sabe cuándo habla en serio y cuándo no. Aun así, el golpe en su coronilla no se hizo esperar. No me gustan ese tipo de bromas, ni siquiera la ligera mención de matar a una persona, mucho menos a un niño.

— Dejemos los intentos de asesinatos para cuando volvamos de la fiesta — Darla intervino como la voz que impedía que el silencio matara la conversación. Elevando un sobre blanco en su mano.— hay otras prioridades. Reducir esas feas ojeras es una de ellas.

La morena entendió el intento de la chica y soltó un quejido, cubriéndose el rostro con su brazo, como si pidiera esconderse de la insistencia de Darla.

— No pondrás esa cosa rara en mi cara — Masculló entre dientes, con la voz tan adormilada que el tono ronco era casi inevitable.

— No son raras, son mascarillas coreanas. Lo que significa que hacen milagros— Replicó Darla mientras abría el sobrecito con el mismo entusiasmo con el que Saher recibe a un caballo nuevo en el pueblo.

El olor era fresco y agradable: pepino recién cortado y... otra cosa, algo un poco más químico. — Ahora, linda. Quédate quieta — Le ordenó, poniéndose de pie y caminando en el corto espacio entre los asientos para agacharse justo en frente de la morena.

Zay ni siquiera se movió, no mostraba ni la más mínima intención de hacerlo, por lo que fue una tarea fácil.

— A veces no te soporto— Murmuró mientras Darla le colocaba los parches en la cara con movimientos suaves, alisándolos con la yema de sus dedos.

— Yo tampoco, pero no puedo dejar que parezcas uno de esos extras en una película de zombies — Argumentó feliz. — ¿Ves cuánto te amo? Te estoy salvando la piel ahora mismo.

El auto estalló en una carcajada compartida por todas, y luego de eso decidimos guardar silencio para que Zay pudiera descansar un rato antes de llegar.

No esperaba que en eso Saher y Darla también cayeran dormidas, dejándome sola en ese auto. La señal no llegaba y lo único que se apreciaba desde las ventanas polarizadas era vegetación.

Solo me dediqué a apoyar la cabeza contra el cristal, mirando la nada pasar. Desde que salí de casa me sentía... ¿Inquieta? No estoy muy segura de encasillarlo en esa palabra, pero... no lo sé, es confuso. Es como si tuviera una especie de presentimiento sobre algo. De todas formas, no tuve mucho tiempo para pensar en eso.

— Señoritas, hemos llegado — Esas fueron las palabras del hombre que amablemente nos abrió la puerta al llegar.

Ni siquiera me di cuenta cuando lo hicimos, estaba tan metida en mi cabeza que no lo noté, pero aquí estábamos, frente a un conjunto de casas pequeñas.

Un señor algo mayor nos recibió, explicándonos y asignándonos una de esas casas de huéspedes para cambiarnos y dejar nuestras cosas.

Las miradas curiosas no se hicieron esperar y, mentiría si dijera que era de pocas personas, porque eran muchas las que nos miraban sin disimulo alguno. Fue así incluso después de cambiarnos y presentarnos en la fiesta. El brillo en los ojos de esas personas me hacía helar la sangre, daban miedo, no lo voy a negar.

— ¡Naomi! — Vi caminar a Katrina hacia nosotros con bastante emoción, pero nunca esperé que sus brazos me tomarán para pegarme a su pecho semidescubierto. Lucía hermosa, más de lo habitual. — Que gusto verte. Me alegra que hayas podido venir.

— También es un gusto verte, Katrina — Dije con total honestidad. Siempre era para mí un gusto volver a verla. Me agradaba esta mujer a pesar de que teníamos edades diferentes.— Estás bellísima.

El halago se filtró por sí solo de mis labios, dedicándole una rápida mirada para no parecer descortés ni vulgar. Katrina sonrió, mostrando todos sus perfectos dientes, y fue en ese instante en que noté que dos de ellos tenían un filo inquietante; no eran exactamente colmillos, pero les faltaba poco para parecerse a unos.

— Gracias, florecita. Tú también lo estás — Rompió mucho más el espacio entre las dos, haciendo que el calor en mis mejillas creciera, al mismo tiempo que la confusión en mi cabeza se encendía. La vulnerabilidad era algo cotidiano cuando esta mujer estaba cerca. Su aura exigía obediencia por lo fuerte que era. Todo en ella gritaba poder.

— Oh, eh... Katrina, ellos son mis amigos: Zay, Darla y ya conoces a Saher — Los presenté después de sentir el ligero pellizco en la parte de atrás de mi codo que me trajo a la realidad nuevamente. Dios, tengo que recordar agradecerle a Darla ese pellizco por primera vez en mi vida.

Me asombraba la rapidez con la que la mujer en frente de mí cambiaba sus gestos en solo segundos. Sus cejas se ajustaron al mismo nivel, sus labios redujeron su sonrisa y sus ojos mostraban una mirada casi filosa, intimidante.

— Soy Katrina Larkin — Se presentó con cordialidad, extendiendo su mano para estrecharla con las chicas — Sean bienvenidos a mi humilde casa.

¿Humilde casa?

¿Cómo llamarle casa a una jodida mansión tan grande? Fácilmente podría perderme entre sus pasillos durante días y terminar adoptando una nueva identidad antes de encontrar la salida nuevamente.

No entiendo por qué no salía la ubicación de este lugar en primer lugar.

— Hola — Una voz se unió, y la persona se veía igual a la mujer que caminaba a mi lado. Gemelas idénticas, con la misma gracia, la misma belleza y ese mismo brillo que no sabía bien qué significaba.

Era peligroso, enigmático, todo un misterio que en realidad no quería conocer. Nuestro primer encuentro comenzó bien, demasiado bien, porque en mi cabeza era incómodo, y no lo fue, para nada. Aneska no dijo nada más. Solo me ofreció su mano con un gesto elegante, como si ya supiera que yo la tomaría. Y lo hice. Su mirada me advertía que no aceptaría una negativa.

Sin ninguna otra opción razonable, en poco tiempo me encontré en los jardines.

La música y las voces quedaron atrás, ahogadas en la distancia. Caminamos por un sendero de piedra que se abría paso entre hileras de rosales estratégicamente plantados en fila. Sus pétalos, bañados por la luz de la luna, parecían joyas abiertas al cielo. El aire olía a tierra húmeda y al olor natural de las flores.

— ¿Qué te parece? — La pregunta llegó cargada de sensualidad, apenas en un susurro cálido que hizo cosquillas en mi nuca.

Sus manos se posaron en mis hombros, haciendo contacto directo con la piel que dejaba mi vestido a la vista. No podía verla, la posición y el agarre no me lo permitían, pero su cercanía me mantenía inquieta, con una corriente eléctrica que abrazaba cada fibra de mi cuerpo.

La presencia de las hermanas me recordaba algo, pero las imágenes aún no eran completamente claras.— Florecita, contéstame— Su tono, aunque meloso, contenía pequeñas notas de exigencia, o al menos, eso me parecía. Sus manos me abandonaron, dejando que el frío cobijara las zonas antes cálidas bajo su tacto.

Parpadeé, obligándome a mí misma a recuperar mi posición en la tierra, porque en serio me estaba perdiendo, y no sabía el porqué. Si, Aneska y Katrina son malditamente atractivas, pero es justamente eso lo que me inquieta: Me aterra la manera en la que me atraen, se siente tan... inevitable, casi como si estuvieran hechas solo para atraerme a mí.

Y odio escuchar esa incesante voz en mi cabeza que me grita que estoy traicionando a Jeremy. Que lo estoy olvidando. Con un nudo formándose en mi estómago, respondí, camuflando el duelo interno con una sonrisa radiante. Lo más radiante que puede.

— Es... muy lindo.

En verdad lo era, no mentía al decirlo. Pero al parecer no le complació mi respuesta en lo más mínimo.

— ¿Solo lindo? — Sentí sus ánimos decaer e incluso su rostro, antes radiante, estaba adornado por un feo gesto de desconsuelo, lo suficientemente poderoso para golpearme en el pecho. La forma en que su sonrisa se apagó me hizo sentir como si hubiera arrojado algo hermoso al suelo y lo hubiese roto sin querer.

Maldición.

— Aneska, yo no quise... — Apreté mis labios, acercándome un poco más, sin poder evitarlo, impulsada por la culpa que ya empezaba a arder en mi garganta, dejando un sabor amargo en la base de mi lengua.

— Este lugar es muy hermoso. Cada rincón lo es — Hubo una pausa breve. Silenciosa, me atrevo a decir que incómoda también, aunque no duró mucho. La expresión de la pelinegra cambió en un parpadeo: su rostro se iluminó de nuevo, su energía hiperactiva volvió, Y esa sonrisa que esbozó... no era solo de satisfacción. Era de victoria. Mi elogio era justo lo que buscaba.

— Vamos. Quiero enseñarte algo más.

 Realizó la misma acción de minutos atrás: atrapó mi muñeca entre sus dedos y me empujó por el largo camino de tierra hasta un invernadero bien cuidado.

Su aspecto era pulcro y los rosales parecían extenderse hasta el techo de cristal, reclamando el lugar como suyo. Avancé, guiándome de ella; el olor de las rosas era mucho más penetrante aquí adentro.

Aneska soltó mi muñeca con delicadeza, haciéndome un gesto para que entrara por el espacio que había entre las miles de hileras de espinas. Yo dudé, claro que lo hice. No quería arriesgarme a cortarme con esas cosas. Podía soportar un rasguño, pero... ¿Varias espinas incrustadas en mi piel? No estoy segura.

— Sabes... creo que yo hasta aquí llego — Dije con determinación. Para mí el recorrido había terminado.

 — ¡No! — La mujer soltó un alarido, sonando igual que un animal herido — Estamos tan cerca. No puedes dejarme ir sola. Por favor, acompáñame. —Había una desesperación tan profunda, tan visceral en su voz, que me hizo estremecer.

Aneska me extendió su mano desde el otro lado de la pequeña abertura, sin siquiera importarle el hecho de que las espinas rasgaran su piel.

— Esas espinas... — Comencé mi argumento. Reformulándolo al final — El agujero es muy pequeño.

Era del campo, sí, pero hasta yo tenía mis límites en cuanto a riesgos. Conocía la sensación de clavarme una espina, me ha pasado antes. Sin embargo, no estamos hablando de una, estamos hablando de varias, tantas que no las puedo contar por lo enredadas que están unas con otras.

— Si pasas con cuidado, no te lastimarás. Confía en mí, florecita.

Solté un suspiro tembloroso y me adentré, reduciendo mi cuerpo lo más que pude.

Pegué mis brazos a mis costillas, junté mis piernas y encogí tanto la cabeza que mi nuca pegaba con el inicio de mi espalda. Con algo de suerte, no hubo daños considerables, solo una parte de mi vestido rasgada y unos cuantos tirones de cabello al pasar.

Estaba a punto de hablar, de levantar una protesta por el daño en mi ropa, pero la imagen frente a mí me dejó boquiabierta. Una estatua de una mujer bellísima tallada en lo que parecía piedra, se alzaba ante mis ojos. Sus facciones eran tan detalladas que hasta parecía tener vida. 

El cabello caía en rizos esculpidos que llegaban hasta sus caderas, tan bien logrados que daban ganas de tocarlo; sus manos, delicadamente posicionadas sobre el pecho, sujetaban una rosa de metal ennegrecido, y en sus pies descalzos se enredaban raíces petrificadas. Parecía una diosa. Una adoración a la belleza misma.

— Es... - Mi voz tembló como una hoja al viento por las emociones encontradas.

Nunca había visto una obra de arte como esta — Es impresionante.

— Ella es mi tatarabuela. Isabelle Abigail Larkin — Me explicó con devoción — Su esposo la esculpió con la idea de que su belleza perdurara después de la muerte.— Guardé silencio, observando de nuevo la perfección en los detalles.

Algo en esa estatua comenzaba a inquietarme, y no sabía si era el realismo perturbador o la forma en la que parecía observarme— Él la amaba con una locura que lo devoraba por dentro. Pero también dicen... que ella nunca lo amó igual. Que su corazón pertenecía a otro.

No tenía ni la menor idea de por qué me contaba la historia de su familia, pero sí sabía una cosa: Está interesantísima. Me recuerda a esos libros del romanticismo.

Quisiera tener más ejemplos que Romeo y Julieta, pero la literatura no es casi lo mío... he intentado leer, aun así, resulta que terminé siendo un ser demasiado inquieto como para quedarme sentada leyendo. Lo descubrí a las malas, cuando se me metió la brillantez de comprar libros por montones, porque quería tener mi propia colección en mi habitación... No terminó bien ni para mí, ni para las sagas que compré.

— ¿Qué ocurrió con ella?

Aneska sonrió, y esa sonrisa… esa sonrisa era peligrosa. No por su forma, sino por lo que escondía detrás. Era dulce, elegante… y cruel.

Estaba bromeando.

Por los clavos de cristo a que sí.

— Un día desapareció. El cuerpo nunca fue encontrado. Solo esta estatua quedó de ella — Sus dedos se deslizaron por la piedra con benevolencia, así como acaricias a un ser querido.

— Mi tatarabuelo dijo que era un tributo a su memoria. Para mantenerla viva en la memoria de sus hijos, sobrinos y nietos. Las rosas son una tradición gracias a ella. Isabelle amaba las rosas, y él no se conformó con darle una. Le sembró todo un jardín, solo para ella.

— Eso es algo realmente lindo... me inquieta un poco, pero supongo que esos eran los amores de antes.

Aneska rió suavemente, un sonido que no sabía si era burla o ternura.

— No es nada comparado con los amores de hoy en día, florecita. En mi trabajo se ven toda clase de cosas.— Susurró, inclinándose hacia una rosa cercana para inspeccionarla — Eso me recuerda... — Divagó, dirigiendo sus pasos a una pequeña mesa de madera con un par de macetas — Toma. Es una tradición que los nuevos invitados planten una rosa en el jardín.

Entrecerré los ojos en confusión, ¿Más flores? Ya había demasiadas. Ella aún me extendía la pequeña vasija de cerámica, pero yo dudaba en sostenerla.

— ¿Me harás plantarla... ahora? — Pregunté, observando la pequeña flor que contenía.

— Sí. No puedo oponerme a la tradición — Se disculpó, en serio lo hizo. Su rostro me lo decía explícitamente.

— Bien — Acepté la maceta y dejé que me guiara de nuevo. Caminamos por el mismo sendero, hasta detenernos cerca de una fuente, justo en frente de un círculo hecho de arbustos verdes perfectamente podados.

— Este es un lugar excelente. Se convertirá con el tiempo en un rosal hermoso. Igual que los otros.— Aneska se adelantó, sin vacilar, agachándose con gracia. Con una elegancia natural, hundió las rodillas en el suelo húmedo, dejando que el vestido se arrugara bajo su cuerpo. 

Sus pálidas manos se hundieron en la tierra con devoción, y sus labios se curvaron con ternura mientras acariciaba el espacio vacío que aguardaba por mi flor — Ven, florecita— murmuró, sin alzar la vista.— Este será su lugar ahora. Aquí crecerá bien.

Y entonces, giró apenas el rostro, lo justo para que nuestros ojos se encontraran. Pero solo por un segundo antes de que le entregara la rosa para que la colocara bien en la tierra. El ambiente cambió en un parpadeo. Ya no escuchaba ruido alguno, el aire se hizo más espeso, el frío de la noche se intensificó, poniéndome la piel de gallina. Ambas plantamos la flor, yo le eché la tierra y ella la regó. Por un segundo, sentí que ese lugar me atrapaba.

— Vamos con los demás. Deben estar preguntando por nosotras — Murmuró, alargando sus largas piernas y dándose media vuelta. Imité su acción, solo para llevarme la sorpresa de que éramos el centro de atención. Todos los ojos estaban puestos en nosotras, como si fuéramos alguna especie de espectáculo digno de admirar.

Mi incomodidad creció con cada mirada que entraba en mi radar de visión, no me gustaba ser observada, menos con esa intensidad latente en sus ojos. A los pocos minutos me di cuenta de que no solo yo estaba metida en esta situación, sino que también Saher. ¿Cuándo había llegado? ¿Desde cuándo estaba allí? No lo sabía. No lo había visto.

— Ah, ¿Por qué nos miran tanto? — Le pregunté a la persona más cercana. O sea, a Aneska, reteniendo el impulso de morder mi labio por la ansiedad que me producía el momento.

— No te preocupes por ellos — Sus dedos rosaron el dorso de mi mano antes de arrastrarme por la entrada, pasando por el tumulto de gente alrededor. — Solo contemplaban los nuevos integrantes del jardín.

Su explicación no hizo más que elevar mis nervios.

— ¿Admiran las flores? — El escepticismo brotaba en mi tono, pero, aun así, la gemela asintió.

— No recibimos muchos invitados nuevos, solo algunos amigos íntimos de la familia. Ustedes son las primeras en años — Me dijo con suavidad, mientras caminábamos hacia Katrina, la cual tenía una copa de vino entre sus dedos y una mirada expectante en sus ojos.

Preferí guardarme las preguntas, era lo mejor. Nunca es bueno indagar demasiado en los asuntos ajenos. Después de esta noche, necesitaré unos cuantos días para quitarme esta sensación extraña del cuerpo, en serio.

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