8: 30 AM
Todos estábamos despiertos, tensos y nerviosos.
Resulta que Darla despertó encontrando exactamente las mismas fotos en su celular que yo. Y no solo ella, Zay llegó como alma en pena exigiendo saber quién de las dos le había jugado esa broma tan pesada. La morena se veía horrible; su postura era agresiva, sus ojos observaban absolutamente todo en la habitación, como si hubiera algo o alguien dispuesta a atacarla en el momento en que bajara la guardia, y no era la única.
La pelirosa y yo también estábamos exactamente igual. Además, la descripción detallada que nos dio la morena de cómo una serpiente se enrollaba con una lentitud alarmante alrededor del cuerpo frágil y diminuto de su hermano pequeño sobre la cuna de madera; con una línea viscosa de saliva filtrándose de la boca desencajada del reptil, cayendo en picada a la frente del niño, a punto de empezar a tragarlo.
Esa era una escena horrible que se pintaba en mi cabeza; imaginaba cada parte del relato como si yo misma lo hubiera visto, y era, sin dudas, alarmante.
Kasia también estaba allí, vistiendo una corta bata de seda rosa. Si bien no decía nada, su aptitud relajada me molestaba de cierta manera, más aún el pequeño brillo de burla que parecía dibujarse en sus ojos azules. Siempre tan... ajena al caos, tan insensible a lo que no involucrara a Saher. Sin poder evitar mi notable disgusto, la miré fijo, sin ningún intento de disimularlo, y ella en respuesta me devolvió la mirada, embozando una sonrisa sutil, apenas visible.
Tan bien balanceada que pasaría con facilidad por un gesto compasivo. Tuve... tuve que parpadear para poder corroborar que, en realidad, sí había visto lo que creí ver, pero al volver a fijarme en ella, ya no había nada, solo un gesto marcado de preocupación.
— Qué hechos tan... interesantes — Comentó la rubia, con los brazos cruzados sobre la bata. La preocupación se mantenía pintada en su rostro mientras se sostenía de Saher, no era la misma que expresaban sus palabras. Su tono sonó arrastrado, desinteresado.— ¿Zay, estás segura de que no te metiste con alguien que no debías? Puede ser una especie de venganza... Tal vez.
Me removí incómoda, alejándome de la vista de la rubia. Me desplacé al lado izquierdo de la sala, porque no quería tener contacto con Kasia ahora mismo.
Por alguna razón, su presencia y aptitud me resultaban perturbadoras. Puede que sean mis nervios mezclados con mi desconfianza repentina por los hechos de esta madrugada, pero no la quería cerca. No la quería ni siquiera en mi casa. De hecho, no quería a NADIE aquí.
— Chicas, cálmense ya — Darla, aun con sus nervios de punta, actuó como mediadora entre las chicas, porque al parecer Zay estaba a punto de saltarle encima a la rubia de apariencia angelical.
— Yo estoy calmada. Solo comentaba una posibilidad que, viniendo de Zay, no suena tan descabellada — Respondió Kasia sin titubear. Manteniéndose imponente ante la actitud amenazadora de la morena.
— ¿Sí? —Zay fingió ternura, con su cuerpo todavía en tensión — Pues ahórrate tus malditos comentarios, princesa, porque yo no te los pedí.
— ¡Zay!
— No, Saher. Ella no tiene nada que comentar en esto, y mucho menos decirme en su lenguaje privilegiado que soy una problemática, cuando ella no sabe lo que está pasando realmente aquí.
Kasia mantuvo sus brazos en su lugar, sin moverlos ni un solo centímetro. Su expresión seguía imperturbable, aunque sus ojos tenían el filo de miles de cristales rotos.
— ¿Y tú sí sabes? — replicó con voz baja. Era esa suavidad peligrosa que precede al estallido — ¿Sabes quién entró en tu apartamento? ¿Quién tomó las fotos? ¿Quién dejó las notas? Porque gritarme a mí no te va a devolver el control que perdiste, Zay. A sí que regula tu pésimo humor y ve más allá del poco cerebro que tienes.
— Eres una...
— ¡Basta! —Tuve que pararme y correr para evitar que Zay agrediera a la rubia. La había ofendido, sí. Pero no creo que meterse con ella sea buena idea. La forma de actuar que está tomando era molesta, sí, pero no justifica los golpes — ¡Ya basta, Zay! Deja de comportarte como un animal. ¡No todo se soluciona con tus puños! — Le grité, porque aun cuando Elliot la aguantaba de los brazos, se zarandeaba para liberarse.— Óyeme... Hey. No la mires a ella, mírame a mí.
Zay resoplaba como un toro embravecido, y Elliot, sin poder desaprovechar el momento, la provocaba más, empeorando la situación. Darla se encargó de golpearlo por mí, haciéndolo callar. Cuando quise mirar de nuevo hacia Saher y Kasia, ya no estaban. Las dos se habían ido y, eso era lo mejor. Esto era algo que solo debíamos hablar los involucrados. No necesitábamos más personas... bueno, Elliot se mantenía aquí, porque a él no le importa mucho su vida, la verdad. Está vivo de milagro.
— ¿Ya te calmaste o tengo que meterte en agua fría un rato? — El pelinegro preguntó, incrementando la presión en su agarre.
— ¡Cállate de una maldita vez, idiota!...— Soltó con furia. Su voz temblaba con cada palabra a causa de la rabia hirviente que sentía — Y suéltame. Ya estoy calmada.
— No lo creo.
— Elliot — Dijimos Darla y yo al unísono. Causando en el pelinegro un bufido. Sin embargo, la soltó, echándose para atrás y preparándose por si a la morena, que más que una persona, parecía un animal enjaulado, se le ocurría tomar represalias.
— ¿Ya podemos hablar con tranquilidad o tengo que decirle al fortachón que te amarre a una silla, Zay? — Resoplé al terminar de formular la pregunta. En toda la hora que llevábamos hablando entre comillas, no habíamos llegado a ningún lado, porque en realidad, no hemos hablado nada realmente importante.
— Hablen pues. No les estoy impidiendo que lo hagan.
Darla rodó los ojos, indignada.
— ¿Ah no? Te la has pasado discutiendo con Kasia, porque siempre tienes que actuar como una salvaje — le reprochó la pelirosa.— No hemos podido llegar a ningún acuerdo de lo que vamos a hacer al respecto. Y no sé a ti, pero a mí sí me aterra lo que está pasando, Zay. Entraron a mi casa en plena noche y dejaron unos asquerosos corazones reales en mi sala. ¿Sabes cómo olían? Todavía siento el hedor en la punta de la nariz.
— Pues lo lamento por ti. Yo también he tenido una noche terrible, ¿Sabes? Y no ando victimizándome con todos — Elliot y yo, nos miramos las caras en silencio mientras esas dos discutían. No tenían remedio. Ambas eran unas complicadas de primera.— Recibí un mensaje con fotos de mí saliendo de tu apartamento y unas en mi casa... y como si no fuera suficiente, me levanto en la mañana solo para encontrar a una maldita serpiente a punto de tragarse a mi hermano pequeño. ¿Te parece suficiente eso o tengo que inventarme algo más para que le prestes atención a lo que a mí me pasa también? Por lo menos lo tuyo fueron corazones. Yo casi me quedo sin hermano.— Finalizó, con la voz a punto de temblarle al decir lo último. Pienso que esa misma debilidad fue la que le hizo agachar la cabeza. Ella era fuerte... la más fuerte del grupo. Odiaba que la viéramos llorar, no estaba acostumbrada a mostrar miedo. Simplemente no estaba ese código en su sistema, pero al igual que nosotras, lo estaba experimentando de golpe. Crudo y muy real.
Ahora teníamos que concentrarnos en buscar soluciones. La policía fue la primera en quedar descartada. Zay no era la del historial más limpio, y Darla se negaba a ir, porque en el momento en que pusiera un solo pie ahí, su padre lo sabría, y meter a papá en esto era muy arriesgado.
Le prohibiría poner un pie de nuevo en esta ciudad. Desaparecería del mapa para nosotros. Como si Darla nunca hubiera existido.
— No podemos contar con ellos. Al menos no nosotras dos, pero tú sí, Naomi — La morena señaló lo que era obvio para todos, apretando su celular en las manos como si pudiera desintegrarlo con su mero contacto.
— ¿Y entonces qué? ¿Nos sentamos a esperar para que vuelvan a hacernos una de sus visitas o que nos manden nuevas fotos a nuestros celulares? Sí, de seguro se ponen más creativos. Tal vez la próxima vez les dejan un muerto con rosas clavadas en el pecho en toda la puerta, confesando su amor — Dejé filtrar el sarcasmo en la última oración, caminando de un lado a otro de la sala.
— Naomi, cierra la boca. Son muy capaces... Un acosador no tiene límites— Zay me detuvo, reprendiendo en voz alta mis palabras. Un poco más y parecía una fanática religiosa, lo cual, me resultaba algo divertido y sin dudas lo hubiera disfrutado más si no estuviéramos metidas en esta situación.
— Lo que podemos hacer de ahora en adelante es andar con cuidado. Atentas a cada persona que nos habla y que nos rodea. No saldrán en la noche, nos aseguraremos de cerrar correctamente las puertas y ventanas, y ninguna se quedará sola en casa. Eso debería desanimarlo un poco.
— ¿En serio? ¿Eso piensas? — El fortachón cuestionó la idea de la morena, y mirándonos con ojos incrédulos, habló — He visto suficientes cosas en mi vida para saber que con lo que planean hacer no lo detendrán. En el peor de los casos, lo harán o los harán sentir desafiados. Eso les da más emoción, y la emoción en los acosadores es peligrosa.
Trataba de mantener la compostura, en serio. Pero era difícil... por no decir casi imposible.
— Entonces, ¿qué propones tú?
— No lo sé. — Se encogió de hombros — No estoy en su cabeza.
Zay bufó.
— Entonces si no vas a ayudar, no opines tanto, señor sabelotodo.
Darla, incapaz de mantenerse en pie por más tiempo, se sentó en el borde de uno de los sillones con los hombros tensionados y la vista clavada en el techo.
— Entonces... ¿Qué sigue? ¿Escondernos? ¿Cambiarnos de casa? ¿Dormir con un cuchillo bajo la almohada?
— Ya duermo así.— murmuró Zay a modo de broma, pero esta vez, nadie río.
Luego de eso, guardamos silencio. No había soluciones, no había caminos visibles que tomar, no había nada, absolutamente nada. La policía quedaba descartada, y no era que yo le tuviera mucha fe después de lo que pasó con mi novio. Contarle a mis padres tampoco era opción, porque solo los preocuparía. Y luego de esas dos, ya me quedé sin ideas.
No contaba con nadie más... De todas formas, haría un esfuerzo por ir a la estación de policía. Quizás sea mi día y encuentre a uno que no sea un completo incompetente. Aunque solo sirva para dejar una constancia. No voy a negarlo, tuve que respirar hondo. La idea en sí me sabía a derrota, pero a veces, intentar algo, por mínimo que sea, es más digno que una completa rendición.
Me levanté sin decir palabra, caminé al cuarto, me puse lo primero que vi, tomé las llaves y me dirigí a la puerta.
— Oye, ¿A dónde vas?
— Ya vuelvo. No me tardaré — Anuncié, abriendo la puerta con toda la convicción del mundo. Pero antes de dar más de dos pasos, me frené por la figura que tenía en frente. No era ni más, ni menos que una de las gemelas, que me regalaba una sonrisa radiante.— ¿Aneska?... ¿O eres Katrina? — Pregunté sin muchos rodeos. Por lo general, era muy cordial y de buenos modales, aunque por la hora y por lo que estaba pasando, ellos habían desaparecido. Añadiendo que estaba preparando todas mis energías para pelear en la estación de policía.
— Hola, Naomi. Soy Katrina — Ni siquiera se inmutó por mi confusión. Nunca eliminó su sonrisa, e incluso me escaneó con tan buen humor, que me asombró. — ¿Vas a algún lado?
— Ah, sí... Bueno, iba — Me corregí a mí misma. Haciéndome a un lado para que pasará —¿Qué te trae aquí tan temprano?
— Vine a buscar a mi hermana — Me dijo sin dar más detalles al respecto. En su lugar, saludó a todos los que estaban en la sala. Tomándose su tiempo de saludar a la pequeña cachorra que corrió a sus pies.
— Disculpen que los moleste, pero, ¿alguno de ustedes puede hacerme el favor de buscar a mi hermana? Se los agradecería mucho — Ante la petición, Zay y Darla se miraron cómplices, olvidando por completo el asunto anterior para ofrecerse a buscar a la rubia que se había ido del departamento con Saher, a quién sabe dónde, y Elliot al no tener nada más que hacer allí, se largó a una de las habitaciones.
Katrina, quien se movía con movimientos casi felinos, caminó, dejando su cartera en el sillón más cercano para dedicarme su completa atención. Eso me puso nerviosa, y me hizo agradecer de nuevo al universo por hacerme casi inmune a los sonrojos.
— Eh, ¿Quieres una taza de café? — Pregunté con amabilidad, dirigiéndome hacia la cocina sin escuchar aún su respuesta.
— Me gustaría mucho, gracias — Sin esperarlo realmente, tomó rumbo también a la cocina, invadiendo el diminuto espacio que tenía para moverme. Mientras hervía el agua, podía sentir su potente mirada en mi espalda, lo que me volvía aún más torpe de lo que ya era. Podía sentir su perfume. Flotaba en el aire, mezclándose con el olor a café y, me atrevo a decir que incluso, lo opacaba sin esfuerzo.
— ¿Quieres azúcar o lo prefieres... — No terminé de decir lo que quería preguntarle. En un parpadeo me había dado la vuelta, sujetándome con delicadeza de la barbilla. Enseguida fui el foco de atención de sus ojos oscuros. Me escaseaban a profundidad, podía sentirlo. Lo sabía.
— ¿Por qué te ves como alguien que no ha dormido en toda la noche, Naomi? Eso no es sano para tu cuerpo — Su tono delicado era acompañado por una exigencia que no daba paso al rechazo. Un escalofrío... ese que me acompañaba cada que una de las gemelas me miraba con tal detenimiento, me atrapó de nuevo, pero no aparté la mirada. Me negué a hacerlo, y eso la hizo sonreír.
— Eres tan linda — Se río para ella misma antes de continuar
— Con todo y esas ojeras negras bajo tus ojos.— Katrina se acercó más, casi pegándome al mesón de la cocina. Sus tacones resonaban suaves contra el piso y contra mis oídos, contrastando con el ritmo errático de mi respiración. Se acercó otro paso, ahora estaba tan cerca que nuestras narices podían rozarse. Una parte consciente en lo profundo de mi cabeza me gritaba que me alejara, que esto no debía pasar, pero no me moví. Había magnetismo en el aire. Cada una de sus palabras se deslizaba por mi piel con la intención de quedarse. De adherirse
— ¿Si te beso ahora, te dejarías?
Esa simple pregunta casi hace que me dé un fallo al corazón. ¿De verdad estaba preguntándolo? ¿Quién pregunta antes de besar a alguien?... Bueno, es educada, eso es un mérito que le suma puntos, pero ¿En serio tenía que hacerlo?
— Yo... yo — Habla bien. No tartamudees — Yo no creo que eso sea correcto. Apenas te conozco y...— No me dejó terminar. Su rodilla en sí me hizo callar.
— Puedo hacer que me conozcas si me das una oportunidad, Florecita — Susurró, rozando mis labios
— Podría enseñarte tanto. Te daría el mundo si me lo pidieras... por un precio, por supuesto.
Aun cuando sentía la amenaza del fuego, me atreví a hablar, porque soy un ser demasiado curioso. Un ser que no sabe estar callado.
— ¿Cuál sería ese precio?
Y sin esperar, me mordió el labio, tirando de él antes de capturarlo en un beso profundo y exigente. Hambriento en todos los sentidos. Su boca sabía a gloria, ¿Y cómo no? Toda ella era como una diosa encarnada en el cuerpo de una mortal hermosa. Digna de todos los elogios existentes. Pero no podía. No la conocía. No sé nada de ella más que su nombre y su oficio. No puedo traicionar a Jeremy así. No de esa manera. No cuando su muerte está reciente, pero... es tan difícil. No entiendo qué me pasa.
— Tú. Toda tú — Respondió al separarse de mí, jadeante — Eso es lo que pido.
— ¿Por qué yo? —Por una vez desde que ella llegó, le hice caso a las exigencias de mi cabeza y pregunté, porque de verdad quería saber el porqué. No vivía en una burbuja. Sé muy bien que en el círculo de su familia hay mujeres hermosas.
Las vi con mis propios ojos el día de la fiesta. Eran casi tan hipnotizantes como ella. Sin embargo, Katrina ladeó el rostro apenas, sin borrar la intensidad de su mirada. Sus pupilas, oscuras como tinta, se clavaron en mí con una franqueza feroz. Sus largos dedos buscaron mi rostro otra vez, con un gesto que no sabía si era caricia o advertencia, de pronto, era una mezcla de ambas cosas.
— Porque supe que eras especial desde el momento en que te vi, pero en ese entonces, no podía acercarme. No era correcto — Me dijo en voz baja — Porque me gustas. No eres cualquier muñeca. Eres especial. Digna de ser conservada, Naomi — Y en ese instante, volvió a acercarse. Esta vez hubo más hambre que antes, más necesidad. Podía sentir su lengua tratando de fundirse con la mía; sus dientes tomando posesión de mis labios.
Sus manos me atraparon por la cintura, y mi cuerpo respondió como si siempre hubiera esperado ese contacto. Y cuando escuchamos la puerta... todo acabó. Katrina se separó de mí, estiró su mano, apagando la poca agua que quedaba en la olla expuesta al fuego, y fue directo a buscar su cartera mientras las demás entraban.
— Katrina, lo siento. Dejé el celular en casa — La rubia se disculpó al cruzar la puerta y encontrarse de lleno con su hermana mayor ahora sería.
— Ya no importa. Ve a buscar tus cosas y baja. Te espero en el auto — Respondió, tan fría como un témpano de hielo. Kasia se fue con Saher a la habitación, dejándome sola de nuevo con la gemela de carácter bipolar. Y está me miró como si nada hubiera ocurrido — Si quieres hablar... o si necesitas compañía, sabes dónde encontrarme.
Luego de eso, se fue.
Me senté, o para ser más realista, me dejé caer en el sofá, procesando lo que había pasado hace unos minutos aquí, en mi cocina. ¿Qué locura acababa de pasar? No, no. Es que yo me meto en unos líos sola.
Ellos me buscan sin necesidad de que yo los busque. Aun así, no podía dejar de oír su voz en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez como si estuviera grabada. El ardor de sus besos también persistía y solo cuando el frenesí del momento pasó, fue que pude notar el pequeño dolor. Me había roto el labio y yo hasta ahora lo notaba. Para ser franca, el sabor metálico en mi boca fue lo que necesitaba para devolverme a la realidad. Tragué saliva, conteniendo una mezcla de risas nerviosas e incredulidad, porque, ¿cómo podía alguien desarmarme con una caricia y al mismo tiempo hacer que sintiera que caminaba por el borde de un abismo? Mucho peor... una mujer. Una mujer que tenía una gemela exactamente igual a ella físicamente.
Me voy a ir al infierno. Por Dios que sí.