Aneska

Gimo por quinta vez frente al aburrimiento inmenso que me consume en el cuerpo. Las cuerdas que rodean mis muñecas y mis tobillos casi cortan por completo la circulación de mis venas por la presión que ejercen en esas zonas; la piel, antes pálida, ya se torna de un blanco enfermizo. Y la sangre que aún circula libre se posa en mi cabeza; el cuello me duele, los oídos me pitan. Era insoportable y delicioso al mismo tiempo, pero lo cierto es que ya me había cansado de este juego.

Quería... No. Deseaba hacer un mal movimiento para quebrar la cuerda exageradamente fina y caer en la cama de clavos que me espera abajo, en el suelo. Necesitaba esa dosis de adrenalina de nuevo recorriendo cada una de mis arterias. ¿Cuánto daño podrían hacerme antes de que realmente muera? Aunque dudo mucho que unos simples clavos de metal oxidado logren matarme, ni siquiera la gangrena que viene después lo lograría. No tendrían éxito.
 
Quiero a Katrina aquí. Quiero que tire de la cuerda y me deje caer de una vez. Oh, sería tan excitante acostarnos en esa cama y contemplar juntas lo que puede hacer la gravedad. La imagen de su corazón perforado por una herida mortal hace que quiera friccionar mis piernas por la ligera molestia que se empieza a formar entre ellas.

Quiero ver cómo se desangra lentamente por mí. Bañarme en su sangre mientras nos unimos en una frenética pasión carnal. Y luego, en medio del éxtasis, mirar nuestros cuerpos pecaminosos, llenos de marcas que con el tiempo sanarán de nuevo hasta reducirse a nada. Sé que ha invadido mi espacio, sé que ha tocado mi trabajo más reciente con sus sucias manos, y eso me eleva aún más las ganas de castigarla por su atrevimiento. También sé que ha ido a ver a mi pequeña flor solo para molestarme. Se atrevió a ir sin mí y divertirse sola con nuestra musa.

Jadeó una vez más por una punzada hambrienta entre las piernas. Muevo mis manos, pero la cuerda no cede; todo lo contrario, se aprieta todavía más. Y me hace preguntarme qué clase de mal estoy pagando, ¿De verdad he sido ta mala, mi señor? Lo único que quiero es poder hundir mis dedos en lo profundo de mi carne y alcanzar la liberación que tanto anhelo en este momento.

En ese instante, la cuerda cruje en la base que me sostiene del techo. Mis pupilas se dilatan y mi boca emboza una sonrisa enorme, esperando la fatal caída. Aun así, no llega, solo ilusiona mi frágil corazón con sus engaños. Desvarió, veo a mi hermana pequeña y la saludo desde mi posición, le pido que se acerque, pero ella, rebelde, se niega con una sonrisa igual de enorme que la mía, desde la puerta. A su lado, yace inmóvil mi mayor amor, parada en toda su inmensidad. Su cabello oscuro cae en picada por sus caderas cubiertas de negro, y su mirada muerta me observa fijo, con tanto amor y deseo que me es imposible rechazar tal insinuación.

Ante todo pronóstico, camina, con tanta provocación que mi cuerpo reacciona por sí solo. Sus pies descalzos suben a la cama, clavándose los clavos en el acto, pero se niegan a sangrar, ¿Cómo hacerlo? Sí dejó hace mucho tiempo de ser humana. Sus labios suaves e igual de pálidos besan los míos con soberbia, y yo, hipnotizada por su presencia, no le doy importancia. En mis oídos llegan los miles de lamentos que mi familia le ha entregado por generaciones, y que le seguirá entregando como ofrenda... Sin embargo, mi pequeño momento se ve interrumpido por la puerta del sótano abriéndose. Lo único que me queda es gruñirle a la que sé que es mi hermana por dañar mi momento con ella, porque ahora, ya no está. Se ha ido, pero no sin decirme la traición que ha cometido Katrina.

— ¿Todavía allá arriba, hermanita? Creía que eras capaz de soltarte por ti misma — La voz de Katrina inundó la habitación con un tono de voz venenosamente dulce, y yo, hundiéndome en mi recién adquirida amargura, me negaba a verla.— No pensé que sería tan fácil mantenerte atada. ¿Estás bien? Te ves... frustrada.

— Solo estaba... siguiendo el juego — Espeté con una sonrisa ladeada, arrastrando cada palabra con descaro. Kasia también entró en la habitación, parándose en las puntas de los pies para ayudar a su hermana mayor a soltarme de mis miembros. Katrina se tomaba su tiempo. Sus movimientos eran perezosos, sin ganas. La parsimonia en sus actos era evidente.

— ¿Puedes apresurarte con eso? Tu lentitud me estresa, Katrina — Musité entre dientes, enmarcando una de mis cejas mientras la miraba de reojo. Su sonrisa me tentaba a arrancarle los dientes de un solo tiro con las pinzas que mi padre solía usar para castigarnos. Eso era lo que se merecía por no respetar nuestras reglas. 

— No tengo prisa, hermanita— Respondió sin mirarme, tirando del último nudo que sostenía mi pierna izquierda. Sobé mis manos y piernas entumecidas.

Siseando al ver un rojo horrible pintado en mi piel, pero no le di mucha importancia. Cosas más importantes ocupaban mi atención. Elevé la vista, notando cómo Kasia se tomaba su tiempo para salir, a paso relajado, dándonos la espalda. Su parte aquí ya estaba hecha. Lo que pasará de ahora en más no era su asunto y, por lo tanto, no le importaba.

— Aneska, vámonos arriba. Ya jugamos mucho por hoy — Extendió su mano a modo de tregua, pero yo la tomé de la muñeca con una rapidez que no le dejó tiempo a reaccionar correctamente, y antes de que pudiera decir algo, me puse de pie, arrastrándola hasta pegar la mitad de su espalda en el borde de la cama de clavos.

— ¿Sabes lo que se siente estar guindada del techo todo el día con el deseo latente carcomiéndome cada centímetro del cuerpo, amor? —Le susurré en la base de su oído, dejando escapar ráfagas de aire caliente a propósito. Rozando su piel con mis labios de manera intencional — Dime, Katrina. ¿Estuvo entretenido tu paseo? —Mi hermana jadeó por el acercamiento. Sus ojos brillaron con esa chispa que solo se encendía cuando jugábamos con fuego. 

— Sí, estuvo muy entretenido — Contestó, con una sonrisa ladina — Dejémonos de rodeos. Sé que sabes lo que pasó entre nuestra pequeña flor y yo. Soy consciente de que lo sentiste.— Canturreó, inclinando su cuerpo, quedando tan cerca que sus labios podían casi rozar con los míos. Las manos de mi hermana comenzaron a escalar por mi cuerpo, sin poner resistencia. Recorría mis curvas con delicadeza; metiendo las manos por debajo de la blusa de seda, lanzando una amenaza lujuriosa con sus uñas por los costados, hasta el surco de mis senos libres debajo de la ropa.

— Me ha tocado lidiar con el cosquilleo en mis labios sin poder ser yo la que disfrutaba de ella. Las reglas entre nosotras no se rompen por una razón. Lo sabes.— Repliqué dolida, empujando aún más su cabeza hacia el filo de los clavos— No sabes cuánto deseo matarte ahora mismo. Amaría ver tu cuello desangrarse. Ver correr la sangre entre mis dedos. Oscura. Espesa. Cálida.

Katrina gimió complacida, cerrando sus ojos por el deseo que estoy segura de que comenzaba a extenderse por todo su cuerpo. No tardó mucho tiempo en terminar de acercarse con detenimiento, reclamando mis labios a un ritmo lento, desesperante. Su cabeza retrocedió unos milímetros, lo suficiente para sentir pinchazos en su nuca. Su mirada me atrapó de golpe. Sus ojos, ahora dilatados, feroces, negros como una noche sin luna, me observaron, dominantes.

— Aneska...— Jadeó llena de júbilo. Buscando el aire que faltaba en sus pulmones para poder seguir hablándome. Respiró profundo, aspirando la mayor cantidad de oxígeno que pudo. Pegó su frente con la mía en un acto íntimo de nosotras dos, y susurrándome como si fuera un secreto preciado, me recordó lo que ya nos habíamos dicho con anterioridad

— Sería un verdadero placer para mí si algún día la muerte decide venir por mí, y sea tu mano la que me reclame. No hay destino más dulce que perecer por quien me consume mi alma desde sus raíces, hermana.— Las yemas de sus dedos acariciaban mi rostro con ternura, subían por mis mejillas y jalaban las hebras de mi cabello desde donde comenzaba. Fue entonces cuando percibí el olor de la sangre en la parte de atrás de su cabeza. Se deslizaba en pequeñas líneas por su pálido cuello, manchando mis dedos. La miré embelesada, arañando con mis uñas la piel de su nuca para tener más de ese líquido rojizo oscuro. Katrina se mantenía firme, ejerciendo fuerza en mis muslos para mantenerme quieta en mi lugar.

— Estás sangrando — Exclamé, tragando en seco por la tentación que se me presentaba de frente. El corazón me latía con ímpetu, las manos me sudaban y podía sentir cómo mis pupilas se dilataban hasta su límite. 

— Lo sé, hermanita. Lo sé — susurró con esa voz suya que parecía deslizarse como un hilo de terciopelo, ubicando uno de mis cabellos errantes detrás de mi oreja — Te ves tan hermosa de esa manera. Tan salvaje. Tan agresiva. Podrías rasgarme el cuello si eso quisieras. Pero no quieres eso. 

Yo no me moví. No podía. Cada gota que se deslizaba por su piel parecía marcar un compás hipnótico, un tamborileo que solo yo escuchaba. El rojo contrastaba a la perfección con la blancura casi irreal de su cuello, creando una obra de arte digna de ser conservada en el tiempo. Katrina poseía una belleza inhumana, una que por naturaleza contrastaba en armonía con la mía.

Dos mujeres, bendecidas con el mismo rostro, pero a la vez maldecidas por compartir partes fragmentadas de la misma alma. Incompletas en todos los sentidos, como dos muñecas huecas de porcelana. Sin corazón, y muertas en vida.

— Voy a matarte un día de estos — Murmuré, acercándome a su cuello para percibir con más fuerza el olor de esa fragancia cálida y densa, dulce como el vino añejo, con un toque metálico que se desvanecía en el aire.

Ella sonrió mostrando todos sus dientes en un gesto peligroso.

— Lo sé, Aneska. Lo deseo.

Fue entonces cuando me acerqué sin esperar ni un solo segundo más. Dejé que mis labios acariciaran la línea húmeda de sangre. Su piel tembló. La mía ardió de gozo. La sangre sabía a algo más que hierro. Era un elixir denso, lleno de historia, de deseo, de cicatrices que no eran solo suyas, sino también mías. Era como si cada gota me revelara una parte olvidada de nosotras. Y yo, hambrienta de ella, la bebí como quien busca entenderse en otro cuerpo. Mi hermana gimió en mi oído, terminando de quitar mi blusa.

Comenzó a amasar mis pechos mientras yo, aún con el deseo latente de venganza, tiré de un clavo mal colocado en la cama, y sin miramientos, lo enterré con fuerza desmedida en su espalda, una y otra vez. Katrina jadeaba, haciéndose espacio entre mis piernas; enterrando con fuerza tres de sus dedos en mi vagina como respuesta a mis actos, queriendo, de alguna manera, reafirmar su poder sobre mi cuerpo. Seguí con mi cometido hasta que mi brazo se cansó, mi respiración flaqueó y mis ojos cansados, amenazaron con cerrarse. Solo entonces Katrina nos levantó del suelo. El líquido rojizo seguía resbalando por su ropa, manchando su camisa, y dejándola inutilizable, pero su herida hace mucho que se había cerrado.

Nos sentí subir las escaleras, pasar el corredor y abrir la puerta de mi habitación. Fue entonces que las sábanas nos recibieron en un abrazo suave. Ya no me importaba nuestro estado o nuestra suciedad. El odio temporal hacia mi hermana mayor menguó en mi arrebato desenfrenado, ahora solo quería dormir junto a ella. Quería recibir toda su atención y fundirnos juntas en una bruma oscura de la que despertaríamos horas más tarde. Cuando nuestros cuerpos consideraran que sus energías estaban repuestas.

Con suerte, no habría otras peleas por un tiempo. Soñaría con mi pequeña flor, nuestro pequeño jardín, y el maravilloso tiempo que nos esperaba juntas.

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