Aneska

El café de esta mañana no fue suficiente para despertarme por completo. Mis ganas de trabajar hoy eran casi inexistentes. Sin embargo, lo prefiero a estar encerrada con Kasia todo un día, escuchando la música de sus clases privadas de ballet. En vez de eso, me concentro en el expediente entre mis manos. Acomodo mis lentes con el dedo índice, deslizando la mirada por el informe clínico sin el más mínimo interés, leyendo detenidamente lo que se plantea entre los párrafos.

 Nombre del paciente: Salvador Rivas Caro

Edad: 45

Estado: Recluso bajo observación psiquiátrica

Diagnóstico clínico: Trastorno de personalidad antisocial.

Piromanía.

Parafilia no especificada con componente pirosexual y orientación hacia menores.

Resumen del peritaje psiquiátrico forense:

El sujeto muestra un patrón persistente de desprecio por las normas sociales impuestas, acompañado de impulsos piromaníacos con componentes sexuales.

Manifiesta excitación frente al fuego y al sufrimiento ajeno, especialmente en víctimas prepuberales del sexo femenino. La conducta homicida sigue una progresión ritual: aislamiento, observación, inmovilización, incendio. El individuo ha demostrado no poseer signos de remordimiento.

Acaricié mi sien mientras suspiraba, dejando el informe sobre la mesa de acero inoxidable y cruzando las piernas por debajo de la mesa. Observé las hojas una y otra vez sin leerlas realmente.

Todo estaba claro para mí. Este sujeto sería llevado a juicio y sometido a la silla eléctrica. Hablar con él es un tiempo perdido para mí. Me acomodé lo mejor que pude en esa incómoda silla de metal, inspeccionando los botones de mi camisa azul al no tener nada más que hacer.

Y entonces, como una respuesta a mi aburrimiento, la puerta de la habitación se abrió con un chirrido metálico que resultaba todo un castigo auditivo. Allí estaba él, esposado y con la cabeza gacha. De apariencia mansa en la superficie. Temblando con ligereza en cada empujón del guardia que lo escoltaba. La cicatriz que surcaba su mandíbula izquierda seguía tan visible como la primera vez que vi su expediente.

— Tenga cuidado con él, Doctora Larkin. Es uno agresivo — Me advirtió con amabilidad el guardia. Sentado al susodicho con una presión brusca en la parte de atrás del cuello, dejando un ruido seco esparcirse en toda la habitación.

— No se preocupe, estaré bien — Me detuve un momento, dirigiendo mis ojos al hombre que aún prefería ver sus manos que mi cara — Confío en que el señor Rivas sabrá comportarse para no agravar su situación.

El guardia asintió, indicándome que estaría afuera de la puerta en todo momento. Solo bastaría gritar y en menos de un minuto ya estarían aquí. Expresé mi gratitud con un asentimiento y una sonrisa que casi hace temblar mi labio por el esfuerzo que puse en ella. La puerta se cerró y quedamos solos. Cara a cara.

— Señor Rivas, me presento: soy la doctora Aneska Larkin. Estoy aquí porque quiero entender los motivos que lo llevaron a hacer lo que hizo. Como doctora me es imposible juzgarlo por sus actos. Quiero que lo sepa— El hombre alzó la vista. Sus ojos eran de un marrón turbio, como agua estancada. No parpadeó. No parecía necesitarlo. Le mantuve sin esfuerzo la mirada detrás de la montura negra de mis lentes, si alguien debía salir intimidado, no sería yo. Crucé los dedos sobre la mesa, inclinando mi cuerpo hacia adelante

— ¿Recuerda por qué está aquí? —Pregunté, manteniendo un tono neutro. Sin despegarle el ojo de encima.

— Me trajeron porque ustedes creen que soy un monstruo. Y no lo soy, doctora. Ya se lo dije a las dos que vinieron antes de usted.— Respondió sin mucho interés. Apenas y separaba los labios al hablar.

Deslicé la carpeta que contenía las imágenes de los cuerpos de las niñas para que él las viera, siendo consciente de que ya conocía el estado de los cuerpos.

—  ¿Qué es usted entonces, señor Rivas? Quemó vivas a tres niñas hace un mes. Una tenía siete. Otra solo ocho. Y la última aún no aprendía ni a escribir correctamente su nombre en un cuaderno — Enumeré las víctimas sin elevar la voz. Manteniendo un tono constante.

— Monstruo es la imagen más cercana de cómo lo perciben los demás, dentro y fuera de estas puertas. Esa imagén no cambiará.

Por primera vez vi un inicio de sonrisa en su rostro. Una simple curva decoraba la comisura de su labio. Le satisfacía. No sentía remordimiento alguno por sus actos. No estaba arrepentido. Todo lo contrario. El orgullo le inflaba el pecho. El Señor Rivas enderezó su cuerpo, despegando su espalda de la silla metálica, relajando los hombros y apoyando sus codos sobre la mesa de metal. Observó con detenimiento el sobre de color amarillo en la superficie, tomándolo minutos después con la punta de sus dedos. Lo abrió y admiró una por una de las fotografías en completo silencio, pasando sus dedos con delicadeza sobre las imágenes, como si acariciara a un ser querido.

— Ella... —murmuró él, sin apartar la vista de una de las fotos— Esta fue la primera en mucho tiempo. Tenía una risa... que me hacía sentir limpio. Emily tenía una voz encantadora. Era un angelito que yo debía proteger. Era mío. Nadie más la merecía. Sus padres no le prestaban atención. Siempre trabajando, discutiendo. Ella se sentía sola.— Cerró los ojos un segundo, con una expresión que era casi devota y, sin que me lo esperara, olió el pedazo de papel fotográfico.

Quiero imaginar que intentaba captar el aroma de la niña una vez más. Al final, con el rostro bañado en decepción, la bajó y pasó a la siguiente, contándome su historia. La manera en que su mente romanizaba cada gesto infantil y cada palabra inocente del infante. Al avanzar el relato, los detalles se volvían más precisos. Cosas que los forenses no encontraron en los cuerpos cuando hicieron la autopsia, él me las contaba.

Cada roce, cada toqueteo, cada sucia masturbación que se hacía, lo que les hizo a las niñas antes de prenderlas vivas. Anotaba cada mínima cosa que decía para entregarle el material a los detectives. Confiaba en mi capacidad para sacarle información que lo involucrara con otras desapariciones de años anteriores y sus posibles ubicaciones. Finalmente, pasamos a la última fotografía. La sostuvo entre sus dedos como si fuera una reliquia. Sus pupilas, antes diluidas por la detalla descripción de los acontecimientos, parecieron enfocar con súbita claridad.— Bonita composición —murmuró, apenas moviendo los labios— El contraste... entre la piel quemada y las flores es precioso.

Mis labios se crisparon. Cambié el cruce de una pierna sobre la otra con deliberada lentitud y acomodé mis gafas sobre el puente de la nariz.

— No está aquí para hablar de estética, señor Rivas. Está aquí, porque hay una lista de nombres sin cuerpo, una lista de padres sin respuestas.

— ¿Y qué me ofrece usted, doctora Larkin? ¿Compasión? — Me preguntó con burla al nombrar la última palabra. Y yo, ignorando las indicaciones del guardia, me acerqué mucho más a él. Desde aquí podía sentir su respiración acompasada golpear mi rostro. El silencio se tensó. Rivas ladeó la cabeza, como si estudiara mi rostro en busca de respuestas, pero no conseguiría de mí nada que yo no quiera darle.

— No. Le ofrezco algo mucho más tentador: atención— Dejé que la palabra se deslizara en su cavidad auditiva por unos segundos para continuar y acorralarlo.

— Sé que usted quemó a la más pequeña en esa casa a propósito. Quería que sus vecinos, guiados por el olor, fueran a investigar. Sabía que su vecino fumaba en el balcón de su casa todas las noches. Él abrió la ventana, dispuesto a fumar, cuando ve el humo saliendo del patio de su buen vecino y baja; tira de la puerta y se lleva la sorpresa de que está abierta. Entra, lo llama, pero nadie responde. Camina hasta llegar al patio y se lleva la sorpresa de que un cuerpo pequeño arde en las llamas, mientras su usted lo contempla arder fascinado — proseguí— Se aburrió de vivir entre las sombras. ¿Qué tiene de divertido eso, verdad? Quería ser conocido. Que le temieran. Que todos conocieran su nombre. Lo logró. Sonará en los noticieros por unos cuantos meses, tal vez un año. Pero eso no es suficiente para ti, ¿Cierto? Guardas lo mejor para el final.

Hubo un destello en sus ojos. Algo entre la admiración y la rabia. Y ese pequeño gesto alimentó mi ego.

— ¿Y qué pretende ahora, doctora Larkin? ¿Arrancarme una confesión? —escupió en un tono áspero.

— No. Ya la tengo. Lo que quiero ahora es que me diga dónde están las que nadie, más que usted, vio arder. Las que enterró. ¿Cuántas fueron? — Por primera vez, dentro de la hora y media que llevábamos aquí adentro, pestañeó — Le sugiero que colabore conmigo, señor Rivas. Créame, soy la última persona con la que quiere jugar al gato y al ratón. Mi deber es ayudarlo, pero también lo es conseguir lo que los detectives no pudieron sacarles. Así dígame... ¿Cuántas niñas descansan aún bajo tierra esperando ser encontradas?

— ¿Su trabajo no se limita a confirmar si estoy loco o no?

Sonreí sin una pizca de gracia, balanceando el lapicero entre mis dedos. Reprimí mis instintos de clavárselo por la pregunta absurdamente estudiosa que había hecho.

— Me temo que su delirio de protagonismo está mal dirigido, señor Rivas. Mi trabajo no es decir si está loco. Es desmontarlo con hechos verificables. Y si me da el tiempo suficiente, también reconstruirlo pieza por pieza hasta que usted mismo se asuste de lo que ve.— Expliqué, recogiendo mis cosas con lentitud.

— Por lo que veo, no hay mucho que hacer con usted, más que desearle un buen viaje al otro lado, porque si no colabora con los detectives, eso es lo que obtendrá. Aunque lo dudo. Están implicadas personas con poder que tienen interés en encontrar los cuerpos de sus hijas para darles su debida sepultura. Así que permítame darle un consejo, señor Rivas: si estuviera en su lugar, saldría de mi pequeña burbuja y empezaría a crear en mi cabeza un acuerdo con los que quieren llevarlo a la silla eléctrica.— Le sostuve la mirada con el peso de quien ha visto demasiados monstruos como para temerle a uno más.

— Y si tiene suerte, tal vez pueda morir con algo de dignidad y un poco más del reconocimiento que dice merecer.

Horas más tarde, me enteré de que el señor Rivas pidió hablar con los detectives. Les entregó las coordenadas de los cuerpos y el número exacto de víctimas. Cuando mi tío me confirmó los detalles por teléfono, me enorgullecí de mis capacidades para persuadir por un instante. Me incliné sobre el escritorio y abrí el expediente clínico que había cerrado unas horas antes. Las letras impresas bailaban frente a mí mientras jugaba con el lapicero en mi mano. El veredicto era claro, y aunque haya logrado llegar a un acuerdo, sé que el jurado no lo aprobará. Apoyé mi espalda contra el respaldo de la silla y me permití cerrar los ojos por unos segundos. No para descansar, sino para memorizar la sensación gratificante que me invadía. Esa punzada afilada de saber que lo había empujado al borde. Que mi voz, mis palabras, lo habían perforado donde nadie más había podido llegar. Solo yo. Sin embargo, mi victoria no duró mucho, porque al llegar a casa, la presencia de mi tío Angelo, lo arruinó. Lidiar con él sin la compañía de mi hermana era sofocante. Mucho más si estaba acompañado de nuestro primo Atlas.

Noté la mirada de súplica en los ojos de Kasia. Atlas la presionaba para que se acercara a él en un decadente intento de cortejo. Sus toqueteos indiscretos no harían más que alterarla. Y si se altera, no podrá con ella luego.

De hecho, visualicé la escena unos breves segundos, fantaseando con el cuerpo de mi incompetente primo siendo arrastrado escaleras abajo, directo al sótano. En donde mi hermana se encargaría de partirlo en pedazos para alimentar a los perros de la tía Evelyn. Pero, me vi obligada a tirar de la cuerda de la realidad para ayudarla. ¿Qué clase de hermana mayor sería si no la ayudara? Sin tomarme la molestia de disimular mi desagrado, lo hice a un lado. Empujándolo con la parte lateral de mi mano, como quien aparta a un insecto.

— ¿No te enseñaron a pedir permiso antes de tocar lo que no es tuyo? —Inquirí, gruñendo cada palabra y manteniendo mis ojos clavados en los suyos. Su altura no me intimidaba. He lidiado con juguetes igual de grandes que él. Eliminarlo es tarea sencilla. La amenaza se filtraba a través de mis poros. Atlas giró, ofendido. Su sonrisa de niño rico resbalándosele en su rostro con suficiencia, y con la lengua tan larga como siempre la ha tenido.

— Tan cariñosa como siempre, primita — Siseó, dirigiendo sus pasos hacia el sofá más cercano. Entrecerró los ojos, y cruzó sus piernas. El aire altivo con el que me dirigía la mirada causaba un rechineo en mis dientes. Moría por matarlo. Ya perdí la cuenta de cuántas veces he imaginado destripándolo como a un cerdo guindado en una viga. Cortando miembro por miembro y prolongando su vida hasta que solo quede su tronco y cabeza pegados al cuerpo.— ¿Qué pasa, Aneska? ¿Todavía celosa porque nunca te ofrecí el mismo tipo de atención?

— ¿Atención? — solté la palabra como quien escupe algo agrio — Lo tuyo no es atención, Atlas. Es podredumbre disfrazada de encanto barato. Y no me interesa.

Su sonrisa se torció en un gesto casi complacido. Sabía que me sacaba de quicio. Sabía que eso también era una forma de tener poder.

— Tía Evelyn siempre dice que eres la más violenta de las tres — dijo, observándome con los brazos sobre el respaldo del sofá.— Yo no le creía. Hasta que vi cómo te brillan los ojos cuando imaginas matarme. Porque lo haces, ¿Cierto? Pero no te atreves, porque te reúsas a perder el apoyo de mi padre.

No lo negué. Me encogí de hombros con pereza. No valía la pena. En cambio, me acerqué un paso. Justo lo suficiente.

— No lo imagino, Atlas. Yo lo planeo.— Sentencié, fijando mi promesa — Y no confundas las cosas. Estás vivo, porque considero al tío Darius. No porque necesite su apoyo.— Él río, pero era una risa hueca. Y aunque no lo admitiera, estaba incómodo. Lo noté en la forma en que sus dedos tamborileaban sobre su rodilla. En cómo evitaba, por breves segundos, sostener mi mirada por completo. Así que continué.

— Relájate — murmuré con una sonrisa gélida — Por ahora, estás a salvo. Pero no la toques otra vez. Ni con la punta de un dedo. O juro por la memoria de mi padre que te enterraré en el mismo hueco en el que tiras a tus víctimas, Atlas. No te recomiendo jugar conmigo.

Mi primo se quedó quieto. Luego, se inclinó hacia adelante, esa misma sonrisa altiva reapareciendo como una máscara mal ajustada.

— Adoro estas reuniones familiares.— Sostuvo entre sus dedos la copa que llenó con mi vino antes de darle un largo sorbo. Y yo, incapaz de mantener la boca cerrada, respondí:

— Yo adoro los funerales. Mucho más los de aquellos que no son bienvenidos en mi casa — La dulzura en el tono era empalagosa, venenosa. Giré hacia Kasia, dirigiéndonos hacia su habitación sin importarme dejar plantados a esos dos. La chica entre mis brazos temblaba notoriamente. Sus ojos miraban a un punto fijo, y su color estaba tan disperso que el azul se veía opaco. 

— Tranquila — murmuré, más para calmar mi rabia que la suya — Ya pasó. Estás bien.

Me divertía verla jugar con las tiras de su vestido. Desde este plano superior en el que estaba, podía verla más reducida en su lugar.

Kasia parecía una muñequita, de esas que tienen la melena rubia, ojos azules, sonrisa perfecta, labios rosados, mejillas perfiladas y largas pestañas. Frágil, tierna, muy conmovedora de verdad, pero solo basta presionar el punto correcto. Tal vez debí dejar que Atlas presionara un poco más. Que espectáculo tan entretenido se hubiera creado con el tío Angelo aquí como testigo. De seguro le iría con la noticia al resto de nuestra familia para formar un alboroto. Organizaría una reunión, expondría su lista de altibajos que, según sus propias palabras hemos tenido, y haría lo posible por quitarnos de nuestro cargo. Una actuación que resultaría muy entretenida de ver cuando se conoce el resultado final de todo ese teatro. Esos pensamientos eran gratificantes, sí.

Aun así, tenía que ocuparme de los nervios de mi hermanita antes de que su mente se fragmentara otra vez.

— ¿Es cierto que su madre volverá a esta casa? — La voz de la rubia era apenas un murmullo liviano. 

Respiré, eliminando la rusticidad de mi tono al hablar.

— ¿Quién te dijo eso, hermana? — Kasia mordió su labio con brusquedad, elevando apenas la cabeza desde su posición en la cama para verme.

— El tío Angelo lo dijo— Respondió con simpleza. 

— Así que él lo dijo — Repetí sin la menor gracia. La sola idea me pareció, en pocas palabras, desagradable — Nuestro querido tío siempre ha tenido un talento especial para abrir la boca donde no debe. Te prometo que haré todo lo que pueda para que esa mujer no vuelva a lastimarte.— Encogí mis dedos para deslizarlos entre las hebras de su cabello, acariciando en el proceso su cuero cabelludo con delicadeza. La intención no era lastimar, sino tranquilizar. Besé su coronilla y, con los primeros indicios de relajación en su rostro, susurré.

— Aunque eso signifique callar algunas bocas, incluyendo la de Angelo. Ahora respóndeme algo rápidamente y te dejaré tranquila. ¿Dónde está Katrina?

— Fue a recoger a la tía Evelyn — Me respondió con serenidad.

 — ¿Para?

— Se quedará con nosotros un tiempo. Pensé que lo sabías — Me dijo con un brillo de extrañeza. Entrecerrando los ojos e inclinando con ligereza su cabeza.— ¿No sabes que la tía consiguió una rosa el día de la fiesta? — Más que una pregunta, parecía una divagación.

— ¿La amiga de Naomi? No pensé que fuera en serio. Ignoraba por completo su orientación.

— ¡Yo también! — Chilló emocionada— Pero me alegra que haya conseguido a alguien. Ha estado sola tanto tiempo.

Entrecerré los ojos, procesando todo a la velocidad de un rayo. Llamar la atención de Evelyn es peligroso y muy complicado, por eso, ninguno de mis tíos está casado con ella. Por eso es que no ha conseguido a nadie. Porque nadie es suficientemente digno para ella. Casi siento pena por esa alma que despertó algo en mi tía. Su destino no será ni parecido al que tendrá Naomi con nosotras. Y si no lo descubre pronto, si no corre lo suficientemente lejos, su historia acabará siendo una más en los jardines ocultos de Evelyn. 

Recuerdo que una vez mi padre me contó de un romance que tuvo mi tía cuando aún estudiaba. El chico tuvo la mala suerte de despertar su curiosidad. Según la historia, era lindo, aunque prefería más los libros que a las personas — Un ratón de biblioteca— Un poeta oculto entre las paredes de un salón, rodeado de idiotas envidiosos, porque tenía cierto encanto con las chicas.

Todas lo buscaban para que les ayudara con sus tareas o les diera un consejo en su relación, y eso a Evelyn no le gustó. Creo que, volverse novios fue la peor elección de ese chico. Se metió en su cabeza a tal punto en el que ya no hablaba, miraba con ojos llenos de miedo hacia mi tía, buscando aprobación. Si se movía, tenía que ser porque ella lo permitía. 

Al principio, pienso que la amaba. Pero después... después solo tenía miedo de perderla. Porque si ella se iba, él quedaría sin sentido, sin identidad, sin rumbo. Ya no era él. Solo un reflejo pulido para complacerla. Al final, el chico simplemente le habló a una amiga para pedirle unos apuntes un día que faltó a clases y ella los vio. Terminó matándola al frente de él y eso terminó de quebrarlo. Perdió el juicio. Enloqueció. Y al no servirle más, tía Evelyn simplemente lo mató. Papá nunca entendió el porqué. Nosotros no matamos a las personas que elegimos. Ellos, después de nuestros hijos, son lo más importante. No durará mucho tiempo.

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