Volver a casa luego de un día largo de clases y exámenes debería ser relajante. El hogar simboliza un espacio seguro, tranquilo; un lugar en el que puedes andar libremente sin tantos temores ni preocupaciones, porque se te permite simplemente despejar la mente mientras disfrutas de una taza de café hecha con el objetivo de filtrar el estrés, acompañada de solo un liviano suéter de algodón que resulta ser tan largo que no necesitas nada más en la parte de abajo del cuerpo para cubrirte de lo que sería exhibicionismo si a algún vecino de los apartamentos de enfrente se le diera por ver hacia mis ventanas justo cuando estoy paseando por mi sala o incluso la cocina. Pero lo que encontré... o más bien, lo que encontramos Saher y yo hoy en nuestro apartamento fue una puerta destrozada y forzada; los dos únicos muebles, tan viejos como la vida misma, acuchillados. La tela estaba desgarrada, largos trozos caían hasta el suelo en cascadas grises y el relleno de los mismos la manchaba; la foto en la que salíamos Jeremie y yo había sido quemada con todo y marco; la cocina estaba vuelta un desastre de arriba a abajo.
Sin embargo, el verdadero espectáculo fue cuando llegamos a las habitaciones. El grito que dejó temporalmente muda a mi mejor amiga sigue latente en mis oídos. Mis tímpanos zumban dentro de mi cabeza de una forma agonizante.
Dos partes de un mismo cuerpo se dividían entre la habitación de Saher y la mía, dejando un sendero grueso de sangre que delataba al cadáver antes de siquiera verlo.
El torso reposaba en la cama de Saher, acostado sobre las almohadas y peluches de ella; el hombre que alguna vez fue, nos devolvía la mirada con cuencas vacías en vez de ojos. El olor resultaba ser nauseabundo, vomitivo; las moscas ya inundaban el cuarto, volando a su alrededor como buitres hambrientos.
A pesar de presenciar con mis ojos tal asquerosidad, mi habitación guardaba celosamente otra vista perturbadora: La otra parte del cuerpo, aquella que faltaba. Sus piernas descansaban en la silla de la minúscula mesa que usaba como escritorio algunas veces para mis trabajos de la universidad. Supe, sin saber medicina ni nada parecido, que las partes no habían sido cortadas por ningún elemento filoso... parecían haber sido más bien arrancadas. La carne alrededor del torso y las piernas fue desgarrada, como si manos gigantes hubieran tirado del cuerpo con fuerza sobrehumana hasta partirlo en dos pedazos, dejando la columna vertebral expuesta, pero sorprendentemente intacta, como una varilla rígida manchada de un líquido rojo oscurecido y coagulado.
No había rastro alguno de la cachorra de Saher en la sala ni en los cuartos. Mi amiga perdió la razón en medio del pánico, corriendo de un lado a otro, empujando muebles, llamándola con la voz quebrada, generando un vacío de aire por el esfuerzo de su maltratada garganta.
El silencio era más insoportable que cualquier respuesta no deseada. No fue hasta que abrió la puerta del baño y la descubrió, allí tirada. El pequeño cuerpo yacía en el suelo frío, inconsciente, con el pecho apenas levantándose en un ritmo tan débil que casi la daba por muerta. No se movía. No emitía un solo sonido. Y me es difícil entender cómo Saher tuvo la lucidez para reaccionar. Con las lágrimas empañándole los ojos, la levantó entre sus brazos y, sin pensarlo dos veces, salió, bajó las escaleras a trompicones y detuvo el primer taxi que pasó frente al edificio rumbo a la veterinaria más cercana.
Yo, en cambio, me quedé atrapada en un temblor incontrolable, con el celular a punto de resbalarme de las manos al marcar a la policía. Las palabras se atascaban en mi garganta; cada segundo se estiraba como un suplicio eterno, hasta que contestaron. No tardaron mucho tiempo en inundar lo que fue mi hogar.
Me hicieron preguntas que respondí con la mayor tranquilidad que pude recoger en ese instante. En realidad, ahora que tengo mi mente más clara, dudo mucho que hubiera proporcionado alguna información que fuera de ayuda para los agentes, no cuando cada palabra era un esfuerzo sobrehumano, gracias a mi lengua trabada. A raíz de ese incidente, llevamos semana y media viviendo en el gran apartamento de la señorita Darla.
Mentiría si dijera que no lo había visitado antes, pero es que visitar y vivir son dos cosas diferentes. El lugar se ubicaba en una de las mejores zonas de Nueva York, donde las calles siempre parecen recién limpiadas y el bullicio de la gente resultaba ser casi inexistente. Nunca me había detenido a observarlo con detenimiento, quizá porque cuando venía apenas cruzaba la sala o el cuarto y me sentaba en el mismo rincón de siempre, con miedo de tocar algo que no debía y por mala suerte, romperlo, porque estaba segura de que mi sueldo de estudiante mantenido por sus padres no podría pagarlo.
Ahora, con las maletas arrumadas junto a la pared y los días pasando uno sobre otro, comienzo a notar cosas que antes me pasaban desapercibidas: los ventanales enormes que dejan ver media ciudad, los cuadros perfectamente alineados en el pasillo, cada uno más extravagante que el anterior, la forma en que el sol se cuela por las cortinas y pinta el suelo de naranja por las mañanas. Es un sitio hermoso, sí... solo que demasiado grande para sentirse en casa... bueno, al menos yo, que no estoy acostumbrada a un lugar con tanto espacio para un grupo reducido de personas. Somos tres, sin contar a la mujer encargada de cocinar y limpiar cada día intermedio.
Además de todos estos cambios forzosos en nuestras vidas, el estado psicológico de Saher me preocupa: le cuesta conciliar el sueño la mayor parte de las noches, y cuando consigue dormir, se despierta a los pocos minutos gritando y sudando. No puede quedarse en ninguna habitación sola, porque me preocupa lo que su mente la impulse a hacer. Ya lo ha intentado antes en estados peores que este, pero nunca se sabe.
La mente, cuando se fractura, se vuelve un lugar peligroso. Uno puede creer que todo está bien, que la marea se ha tranquilizado, y de pronto, en un parpadeo, se desata la tormenta. Por eso dejo la puerta de su habitación entreabierta, y la vigilo tanto que hasta podría parecer una madre sobreprotectora. Vigilarla no es solo una precaución: es una forma de asegurarme de que siga aquí, respirando, conmigo. Aunque no me lo diga, sé que su ansiedad volvió a activarse y si no es cuidadosa, dará paso a la depresión, siempre es así. Todo da inicio con un alejamiento leve, los saltos de comidas, el silencio que cada vez se extiende más, la necesidad de quedarse en la seguridad de su cuarto... todas son señales para mí.
— ¡Hola, hola! Ya llegué, y traje la cena conmigo — La melódica voz de la pelirosa, que ya no era rosa se escucha desde la entrada, acompañada del tintinear de sus llaves al dejarlas sobre el pulcro mesón de la entrada. Hubiera disfrutado su llegada, pero al elevar la vista de mi laptop me encontré con los fríos ojos de Evelyn. Su mirada meticulosa y carente de amabilidad genuina me alcanzó, cerniéndose sobre mí con un peso invisible. Mi respiración adquirió un ritmo más discreto, las aspiraciones fueron más pausadas a propósito; la idea central era calmar mi corazón desbocado por el miedo que recientemente adquirí hacia esa familia.
—¿Estudiando, Naomi? Deberías descansar— comentó sin mover demasiado los labios, su voz no fue más que un murmullo. Y aun así, el tono llevaba esa nota de desaprobación que conseguía que todo dentro de mí se encogiera, tal como una hoja de papel aplastada por las manos. Asentí. No porque quisiera hacerlo, sino porque había algo en esa mujer que volvía el más mínimo desacuerdo en un acto suicida. Lo presencié en la pijamada en casa de las gemelas, lo veo en su rostro cada vez que lo miro. No me considero alguien tonto; sé cuándo una persona es de cuidado, y ella lo era. Pido, de todo corazón nuca averiguar el porqué de esa corazonada. La piel se me eriza de tan solo pensarlo.
La que fue pelirosa, y que ahora había regresado a su habitual cabellera castaña oscura por puro gusto, entró al comedor arrastrando una bolsa con comida china, ajena a la tensión que se formaba entre la mujer y yo.
—¡Traje fideos y arroz chino! —Juntó sus manos al desocupar su carga sobre el mesón de la cocina.
— Les tengo mucha fe. Seguro que te encantan, Naomi. Vi las reseñas en su página y, si nos seguimos por los comentarios, serán espectaculares — anunció con una sonrisa desbordante.
— Posiblemente mi abuela no los aprobaría, porque no es comida china genuina... y quizás, solo quizás, pensaría en desheredarme por probar tal atrocidad, pero estoy muy lejos de China para probar algo casero, así que no tengo más opciones. ¿Dónde está Saher?
—Durmiendo. Llegó agotada de la universidad hoy — Respondí, haciendo pausas entre cada palabra. Mi voz sonó más ligera de lo que esperaba, casi burlona a causa del comentario que soltó sobre su abuela fallecida. El aire cambió. La seriedad se disolvió, apenas un poco, pero lo suficiente para dejar pasar oxígeno con más fluidez. ¡Oh, Darla. Benditos sean tus chistes familiares malos!— Hay dos opciones aquí ahora: ¿le guardamos o nos lo comemos todos? Tú decides.
Se hizo la pensativa, apoyando sus codos sobre el mesón de mármol blanco e inclinando su cuerpo más hacia adelante, miró al techo, suspiró y luego, después de no pensar nada realmente, respondió:
— Si están tan buenos como dicen no le dejaré nada — Me informó, alzando las manos al aire — Lo siento, pero en serio planeo comerme esa comida chica. Tengo hambre. Mucha hambre. ¿Y tú, Evelyn? ¿Podrás con la comida china de puestos callejeros? O ¿es algo demasiado soso para su paladar, señora Larkin?
La pregunta sin interés en una respuesta fue hecha al tiempo en que repartía las cajas blancas entre nosotras. Evelyn con nada más que una sonrisa ladina en el rostro, dirigió su atención desinteresada al contenido dentro de su comida. No debías ser un genio para reconocer la mueca poco aprobatoria que se pintó en ella al momento de analizarla. Tal parecía que la comida callejera no era muy de su agrado, y no dudó en dejarlo claro en voz alta.
— Puedo comer cualquier comida que me des, cariño — Argumentó, lanzándole una mirada insinuosa a mi amiga, provocando la desviación de sus ojos hacia su comida, con ese gesto que hace cuando no sabe si reír o marcharse a causa de la vergüenza que la azota — Pero, en serio mataría a cualquiera solo para poder probar lo que cocinas.
Esas palabras me enfriaron la base de mi nuca. Comenzaba a preocuparme por la presencia de esta mujer en el departamento. No me agradaban esas elecciones de palabras, porque dudaba de que ellos no fueran capaces de asesinar. ¿De verdad lo harían alguna de estas mujeres? ¿Podrían quitarle la vida con tanta facilidad a un ser humano? Lo que ocurrió con Zay en su casa debería ser una respuesta a mis preguntas.
Lo que pasó con las gemelas... también. Aún podía sentir el peso de sus miradas cuando las enfrenté. Fue solo un segundo, apenas un parpadeo, pero en sus ojos se reflejó algo que no era humano. Me miraban como quien observa un trozo de carne en el plato después de no haber probado bocado durante semanas, como si cada palabra mía fuera un desafío que despertaba su hambre interna. Y luego, cuando alcé la voz, cuando les dije que se alejaran de mí, porque me aterraban, la amenaza se reveló sin filtros.
Una chispa oscura cruzó por sus pupilas —algo salvaje, primitivo— antes de que lo escondieran en las profundidades. Vi la locura nadar dentro de ellas, apenas contenida por una delgada capa de cordura: fueron, por breves instantes, una botella transparente que permitía ver el líquido turbio en su interior, temblando en los bordes, a punto de desbordarse. Aneska y Katrina son, con total certeza, las personas más alarmantes que pude haber conocido en toda mi vida. Banderas rojas en todos los sentidos de la palabra. Todas ellas, todas las Larkin poseen esa vibra.
Son peligrosas.
Y lo peor de todo... es que, aunque quiera negarlo, son irresistibles.
Su atracción desconoce las leyes naturales de la vida y del deseo; su mirada hace que te hormiguee la piel de una forma insoportable; tus ojos se mueven hacia ellas con un magnetismo incomprensible. Te arrastran con gracia hipnótica, una que no parece de este mundo. Incluso el aire se altera cuando una Larkin entra en la habitación: la temperatura cambia a una gélida, el silencio pesa. Se esclaviza ante su presencia. Ellas atraen en todos los sentidos. No solo te seducen, sino que te llaman. Te invocan sin necesidad de separar sus labios para dictar una orden.
Quedé absorta, no presté ni la más mínima atención a lo que hablaban con tanta emoción las dos mujeres a mi lado. No escuchaba voces, solo las de mi propia cabeza, analizando, craneando, pensando en los hechos que únicamente podría señalar como desafortunados en los últimos meses.
La comida ya se había enfriado, lo apostaría sin miedo a perder por esa deducción; los palillos, que nunca aprendí a usar correctamente para comer se meneaban, siendo guiados por mi mano, en cada esquina de la caja de cartón, mientras mis ojos no miraban a ningún punto. Solo estaba allí, en algún lugar en el espacio, entre el aquí y el allá. Desenredando y torciendo de nuevo los finos hilos de mis pensamientos hasta hacerlos una maraña de enredos.
Al final, descansé en cierto punto cuando Evelyn anunció que se marchaba, pero no se fue sin alterar mis nervios ya sobrealterados, oh no. Me dejó un recado que todavía se pasea entre las paredes de mi cabeza, rebota como eco, de un lado a otro: "Mis sobrinas están preocupadas por ti, Naomi. Te extrañan mucho. Deberías llamarlas, porque al parecer, tú las bloqueaste y Aneska está muy molesta contigo por eso. Comentó algo sobre venir a buscarte ella misma y aclarar las cosas" Eso último instaló en mí un miedo sobrehumano. No quería verlas, mucho menos hablarles. Esas dos mujeres eran el diablo, y sinceramente no deseaba caer en sus garras. La palabra que usó Aneska aún se repite en mi cabeza una y otra vez, sin cesar. Puede que solo sea una coincidencia, pero... ¿Y si no?
— Oye, ¿No te gustó la comida, Nao? No la has tocado en horas.
— Verdad, si sigues moviendo eso sin parar, vas a dañarla...— Zay compartió el punto con Darla, hundiéndose más en el sillón, deteniéndose en seco para pensar en lo que estaba diciendo— ¿Sí se puede dañar así una comida? Ummm no estoy segura, pero bueno. O se la come ella o me la como yo. Tengo hambre. No he comido nada desde esta mañana, en serio.
Resoplé, dejando a un lado la comida que medio había tocado. El hambre se me había ido desde que esa mujer entró por esa puerta, su presencia no hizo más que incomodarme, y la noticia, que no puedo comparar con nada más que el desagrado, dio lo que faltaba para que se me cerrara el estómago. Claro, la comida china olía riquísimo, pero lo menos que quería hacer, era comer. Me levanté, dispuesta a ir a la cocina a prepararme un café muy necesario para mis sentidos; sería una noche larga después de todo.
El tiempo auguraba desvelo, ¿y gracias a qué? Al trabajo de diseño que mi grupo aún no ha hecho. Resopló, inflando los cachetes con dramatismo al permitir salir el aire de mis pulmones, la presión en mi cabeza aumenta, el estrés se filtra por cada uno de mis poros, endureciendo mi rostro en una mueca de desesperación absoluta y el cansancio se acumula detrás de los ojos, forzándolos sin éxito a cerrarse. Me di vuelta al llevar a la encimera, girando mis pies descalzos sobre el suelo encerado con el único fin de preguntarle a la morena si quería algo rápido para comer. Su respuesta no tardó en llegar, afirmando con ojos brillosos y un asentimiento muy efusivo de su cabeza; sus codos tocaron las orillas del sillón encuerado, impulsándose con ambos codos hacia arriba.
— No pensaba comer hoy, pero si insistes, te tomo la palabra— comentó, parándose al otro lado de la isla de la cocina abierta, y dejándose caer en la silla alta sin decoro, con la misma delicadeza de una piedra al ser arrojada al suelo desde arriba. Sus dedos tamborilearon constantemente, produciendo un sonido rítmico que de cierta manera me reconfortaba, pero... al verla, la notaba inquieta. En su rostro se dibujaban pequeñas líneas, en su mayoría disimuladas; una simple línea entre el entrecejo, otra en la comisura de sus labios, la revisión constante de su celular como si esperara algún mensaje urgente de este y, esos suspiros espontáneos que dejaba escapar cada cierto tiempo. Por supuesto, mi mirada poco disimulada no podía pasar desapercibida mientras armaba sus sándwiches.
— ¿Tengo algo en el rostro? Porque no has dejado de mirarme los últimos 10 minutos, Naomi— Exclamó exasperada, apoyando una palma abierta en su mejilla.
— Es solo que... te ves rara— Dije, indecisa entre seguir hablando o callar. Zay era tan inestable como una bomba terrorista improvisada. Muchas veces el silencio resultaba ser la mejor opción, nada más para mantener la paz.— ¿Hay algo que te preocupe? Puedes decirlo si quieres... o tal vez no — Lo último fluyó con naturalidad de mi boca como una tregua, en caso tal de que no quisiera hablar de sus problemas.
Para ser sincera no pensaba darle tantas vueltas al asunto e incluso me di vuelta de nuevo, prestándole atención a mi café recién hecho sin ninguna esperanza de obtener respuesta por parte de ella. Sin embargo, grande fue mi sorpresa al escucharla detrás de mí.
— Mi papá me corrió de la casa... otra vez — Murmuró al final con vulnerabilidad en la voz que intentó disimular con un carraspeo de su garganta al sentirla estrangulada. —Ni siquiera me dejó sacar mis cosas, solo me dijo que me fuera y que no volviera — Un nudo se me formó en el estómago al mirarla a los ojos; esa fragilidad sin filtros, pura y tan dolorosamente humana, me hizo apartar la vista por unos cuantos segundos al plato que dejé frente a ella. Me obligué a tragar con dificultad, pensé en tocarla, abrazarla, consolarla, pero me detuve, porque no quería herir aún más su orgullo, así que simplemente me senté y dejé que las palabras, con algo de duda, se deslizaran por mi lengua.
— ¿Por qué haría eso? Eres su hija.
Zay soltó una risa seca, de esas que no tienen humor, solo cansancio emocional y físico. Se llevó las manos al rostro y respiró profundo, intentando borrar todo rastro de debilidad que fuera visible antes de volver a levantar la mirada.
— No es la primera vez que lo hace, Nao. Ya estoy acostumbrada a eso — Musitó, deteniéndose por un momento— Cuando te resignas a que te traten como basura deja de importarte mucho. Pero hoy, al llegar solo con el pensamiento de dormir por la maldita explicación laboral, lo que me encontré fue a mi papá peleando con su mujer por drogas o qué sé yo; el punto es, que se desquitó conmigo. La pelea que tuvimos dolió más que cualquier otra que hayamos tenido... Sus palabras... si hubieras visto la forma en la que sus ojos me miraron. Él me odia, siempre lo ha hecho, y no dejó pasar la oportunidad de aclarármelo— Zay se quedó sin aire al mismo tiempo en que mi pecho se estrujó con fuerza. Reprimió un gemido lastimero, sellando su boca para evitar escucharlo, su cabeza se fue hacia atrás, pellizcando el puente de su nariz en un inútil intento de que la gravedad no dejara escapar las lágrimas errantes que amenazaban con caer en picada.
Ver esta imagen de Zay me parecía extraña, casi fantasiosa. Su pared, los bloques que ha construido y reforzado durante años ahora se derrumbaban con la velocidad de una avalancha. Veía en primera fila cómo la tristeza, la soledad, el vacío que todo este tiempo ha ignorado la golpea con una agresividad dispuesta a acabar con ella de un solo golpe, seco y certero. No sabía qué hacer, ya era mucho para mí el tema de Saher.
Además, la que siempre ha lidiado con ella no está aquí, hace mucho que se fue a su habitación, dejándonos solas a las dos en la cocina. ¿Qué debía hacer? Animarla, decirle que todo estaría bien son las primeras cosas en las que piensas, pero, ¿era eso lo que en verdad necesitaba? Sembrar falsas esperanzas en alguien tan realista como Zay te haría ganar un insulto sin dudas, aun con el estado tan nefasto en el que estaba.
Apreté mi labio, indecisa. En el lugar solo se escuchaban los sollozos que a duras penas contenía mi amiga para sí misma. Y al final decidí, para bien o para mal, que me acercaría y la abrazaría. Al principio mantuve distancia, simplemente rodeándola con sutileza; si quería apartarse, solo bastaba con moverse y yo me retiraría, y aun así, no lo hizo, Zay se quedó quieta, sosteniendo con sus manos intranquilas mis antebrazos por si se me pasaba la nula idea de apartarme. Nos quedamos así, quietas, hasta que su llanto cesó casi por completo, fue entonces el momento en que me atreví a hablar.
— Lo siento mucho, Zay— Susurré, apoyando mi barbilla en su pelo trenzado.
— Mereces mucho más que esto. Sé que lo sabes, o al menos eso creo, pero no eres nada de lo que tu padre te haya dicho. Eres una excelente persona, una gran amiga... aunque a veces en serio me dan ganas de golpearte por las estupideces irracionales que dices. Se que has pasado por mucho y a pesar de eso, nunca te has rendido, eso me demuestra la gran fortaleza que tienes. Ya, deja de pensar en eso, ¿Ok? Ninguna de nosotras te dejará sola. Mejor come antes de que se te pare una mosca en la comida— insistí, empujando el plato hacia ella con un movimiento decidido. Ella no protestó, asintió, comenzando a comer con lentitud.
Desde allí, la conversación murió. Me quedé a su lado mientras terminaba su comida, ofreciendo mi compañía silenciosa a la vez que le dedicaba tiempo a mi segunda taza de café. Como dije antes, esta sería una noche muy larga, aunque, la nota hará que la desvelada valga la pena... si es positiva, claro.
— ¿Cómo vas con eso? Lo veo demasiado... incompleto — La morena señaló con la punta de su dedo índice la maqueta a medio hacer que descansaba en la mesa con el resto de los otros materiales. La diversión en sus palabras se palpaba sin el más mínimo esfuerzo.
— En serio juraba que, de todas nosotras, tú eras la más responsable. Me dolerá pagarle esos 100 dólares a Scarlett. Confié en ti, Nao.
El giro de mis ojos fue completamente natural.
— ¿De verdad apostaste con Scarlett? — Pregunté sin creérmelo completamente — ¿Cómo es que ella terminó apostando?
La primera respuesta que obtuve fue un encogimiento de hombros prácticamente invisible.
— Ella fue la que me lo propuso al ver con quién te pusieron a trabajar. Si me lo preguntas, creía ciegamente en que los insultarías a todos para que dejaran de actuar como unos idiotas y te ayudaran— Me dedicó otra mirada corta antes de levantarse de nuevo y tirarse en el sillón más grande frente a la pequeña mesa de cristal.
— ¿No piensas venir a terminar tu tarea? Siéntate. Te acompañaré todo lo que pueda antes de caer dormida... o tal vez decida desvelarme contigo para recordarte que debes descansar — se acomodó aún más en el sillón, quitándose los zapatos y las medias para poder subir sus pies, de lo contrario, Darla le quitaría la cabeza. Eran alrededor de las diez de la noche o así lo recordaba cuando Zay y yo nos exaltamos por el sonido del timbre.
Alguien llamaba a la puerta, ¿pero quién en su sano juicio lo haría a esta hora? Ninguno de los chicos había escrito nada al respecto, por lo que descartamos la posibilidad de que fuera uno de ellos llamando a la puerta. Los vigilantes del edificio no dejarían pasar a cualquiera, ¿sería algún vecino? Con cautela, dejé lo que estaba haciendo y caminé hasta la puerta, asomándome por el ojo mágico con la esperanza de que no fuera nadie, pero al revisar, mi ceño se frunció al instante. Las gemelas estaban allí, de pie, frente a la puerta con rostros serios e impacientes.
— Ay no — Exclamé a modo de lamento, apartándome de allí justo al sentir mis piernas temblar, no por placer, sino por las sensaciones negativas que se sembraron en mi pecho la última vez que estuve con ellas.
— ¿Qué? ¿Quién es?
— Las gemelas — Articulé en un murmullo, temiendo que me escucharan al otro lado.
— ¿Las locas? — su cara fue incluso peor que la mía.— Ni se te ocurra abrirles, Naomi— Me advirtió, haciendo un ademán con la cabeza cuando se asomó para confirmar que decía la verdad. Zay se despegó de la puerta, jalándome hasta estar a una distancia considerable.
— ¿Y si vienen a matarnos o algo así? ¿Qué clase de persona normal se aparece a las 10 y cincuenta de la noche? ¡¿Acaso no entienden que si no les contestas el teléfono es porque no quieres saber nada de ellas?! Par de lesbianas intensas.
— Oye, no grites. No quiero que nos escuchen, estúpida — A pesar de la distancia que teníamos con la puerta, yo seguía murmurando, solo por si acaso.
— ¿Estúpida yo? Tú fuiste la que se fijó en una forense y una locologa en primer lugar. ¿Cómo mierda te fijas en una persona que abre muertos todos los días y en otra que trabaja con locos? ¿Sí viste lo que le hizo el Joker a Harley? ¡¿En qué mierda estabas pensando?!
— El Joker no era médico — Fue la única defensa que pude sacar. ¿Serviría? No, pero la dije.
— No, era su paciente. Algo que a mi parecer es aún peor, añadiendo lo poco ético que es enamorarte de un enfermo mental... igual que esas dos. Ya viste a sus primas. Esas malditas racistas están mal de la cabeza. Todas lo están en esa familia del demonio e irónicamente la profesión por excelencia es psiquiatría.
Lo sabía. Cada palabra que Zay decía en sus minutos de histeria pura era cierta. No había ni una sola mentira en eso, aun así, la pregunta era otra: ¿Qué haríamos con ellas? Tengo la certeza de que no se irán hasta entrar. Son muy capaces de esperar a que cualquiera de nosotras salga para aprovechar y colarse por la casa hasta encontrarme. Seguramente Evelyn les contó que me quedaba en casa de Darla, ¿De qué otra manera podían saberlo?
— Zay, no creo que se vayan — Afirmé con completa seguridad. Dios mío, incluso me atrevería a apostar con ella si fuera necesario.
— ¿Por qué lo dices?
— No las conozco del todo, pero sé que no se irán hasta hacer lo que las impulsó a venir hasta aquí.— La solución que propuso mi poco sentido de supervivencia me erizó como un gato la punta de los pelos. Sin embargo, me obligué a tragar la poca saliva que humedecía mi boca seca, apretando los puños a mis costados y bajando mi cabeza de forma sutil en derrota.
— Lo mejor será abrirles y terminar con esto.
Me separé de la morena lo suficiente para casi tocar la cerradura de la puerta con los dedos.
— Espera, no. No puedes abrirles. ¿Qué tal si vienen a matarnos? Ellas podrían ser el asesino que ha estado matando gente a diestra y siniestra por la ciudad — su declaración me hizo temblar. Sé que pueden ser capaces de acosarme, invadir mi espacio personal, pero... ¿Matar? No estaba cien por ciento segura de que no fuera así. Eran intimidantes, sí; raras de cierta forma también, pero asesinas... Quería pensar que no.
— No creo que nos asesines esta noche, Zay. Creo... creo que solo vienen a hablar o a reclamarme posiblemente. Solo eso.
La morena bufó.
— Bien. Estaré encerrada con Darla y Saher en la habitación — Me dijo, soltando el agarre que ejercía en mi muñeca para darse la vuelta— Te advierto que si escucho un grito llamaré a la policía, así que, a menos que te estén matando, no te atrevas a gritar. Buena suerte con ellas, Nao.
Y quedé sola, completamente sola. Tomé una larga respiración, dudando entre abrir y no hacerlo. Mi parte racional me decía que no lo hiciera, que no me expusiera a eso. Pero otra parte, por mínima que fuera, me pedía que aclarara las cosas. Quizás decirles de frente que no quería nada con ellas calmaría las cosas. Así que, aun con dudas dentro de mi cabeza, abrí la puerta, rogando que no fueran ninguna asesina serial esperando el momento indicado para matarme y luego tirarme a algún rio fuera de la ciudad.
— Pensé que nunca abrirías, florecita.— Katrina fue la primera en hablar. La impaciencia se filtraba por cada uno de sus poros. Le molestaba esperar, eso se notaba a simple vista. Y Aneska, bueno, ella permanecía tan sonriente como siempre, solo que esa sonrisa me inquietaba demasiado.
— Estamos tan molestas contigon— Me dejó claro Aneska con un pequeño puchero. Sus labios pintados de carmesí se arrugaron con ligereza y sus ojos tan finos a causa del delineado me observaron con hambre poco disimulada — No me gusta sentirme ignorada, florecita, y tú lo has estado haciendo demasiado estas últimas dos semanas. Eso me duele mucho. ¿Me lastimas a propósito, cariño? — Me preguntó, dando un paso adentro del apartamento y por reflejo, haciéndome retroceder a mí — Porque si eso intentas hacer, yo también puedo lastimarte a ti.
— Eso sería lo justo, hermana— Katrina aprovechó lo distraída que estaba con su gemela para presionarme desde atrás. Su aliento me acarició el cuello, en una zona que hace apenas un segundo cubría mi cabello y que ahora yacía desnuda, a su merced.
— Pero estoy segura de que Naomi no sería capaz de lastimarte de esa manera, Aneska. ¿No es verdad, cariño? Mi hermana es muy sentimental, lo sabes bien. El amor amante se lo toma a pecho. Y sabes, si es que has leído clásicos que son algo... fatalistas al sentirse rechazados.