Naomi

Sonará irreal o hasta un tanto exagerado lo que diré, pero, tener a esas dos mujeres frente a mí, aclarándome de la manera en que lo hacían, aceleraban mi ritmo cardiaco hasta el punto en que no sabía con certeza por qué mi corazón no reventaba dentro de mi pecho. Si prestaba la suficiente atención a mi cuerpo, escuchaba el retumbar en mis oídos, como dos tambores que golpeaban con ferocidad. Las manos de Katrina no dejaban de tocarme; recorrieron mis caderas, subieron por la fila de mis costillas hasta amenazar con un roce fantasmal la base de mis pechos cubiertos únicamente por la blusa que llevaba puesta. Aneska, quien en ningún momento se apartó de mí, solo se deleitaba con mis nervios a flor de piel.

Ella sonreía con cada temblor, con cada gesto o sonido que dejaba escapar cuando su gemela se atrevía a explorar aún más. Me resultó extraño al principio que no se acercara para terminar de romper mi espacio personal; se quedó inmóvil, viendo cómo Katrina me inclinaba hasta el punto en que mis nalgas rozaban con su pelvis. Nunca apartó la vista ni por un segundo. Un brillo iluminaba parte de sus ojos oscuros, uno malévolo, expectante y burlesco. ¿Qué esperaba? ¿Qué quería? Desde que las conozco, Aneska siempre ha sido la más inquieta de las dos, la más inestable, la más coqueta, entonces, ¿Por qué no hacía nada? Y no es que no agradezca que se mantenga al margen, pero es esa misma tranquilidad la que me inquieta.

Las hermanas Larkin se comportan como depredadoras. Para ellas su puesto era en la cima de la cadena alimenticia, no tenía dudas sobre eso, porque bastaba una sola mirada para saber lo poco que valías para esa familia.

Lo he visto con mis propios ojos, esas miradas frívolas que lanzan a los que las rodean; claro que, nunca he sido el objetivo directo de esa mirada específica, pero a pesar de ello, tenías que ser ciega o muy tonta para no darte cuenta de ese pequeño detalle a su alrededor. Todo lo que podías percibir junto a esas dos era un aura muy fuerte de dominación y poder que te hacía inclinarte sin siquiera notarlo hasta que ya te tenían clavados los colmillos en el cuello. Yo no noté ese detalle hasta la pijamada en su casa, cuando me acorralaron en el baño, haciéndome sentir como un cordero desamparado, y utilizo la palabra que escapó de los labios de la mujer que me observa, porque no he podido lograr sacarla de mi cabeza. 

—¡Vuelve con nosotras, florecita! —Aneska chilló en réplica, resoplando mientras sus manos se deslizaban por ambos lados de mi rostro. —¿A dónde se dirigen tus pensamientos? Te quiero aquí, con nosotras. Sé que no terminamos en los mejores términos la vez pasada, pero te prometemos que no pretendíamos asustarte de ese modo. Nos... excedimos un poco, quizás demasiado— El hecho de que su voz se quebrara al culminar las palabras me descolocaba aún más. Katrina ya no se movía, había dejado sus manos quietas en mi cintura, ejerciendo la presión suficiente para mantenerme pegada a su cuerpo, y su hermana al parecer lograba con éxito ser ahora ella la que me incomodaba, porque se redujo tanto el espacio entre nosotras que me resultaba difícil respirar sin inhalar el mismo aire que el de ella.

Su nariz rozaba con la mía, sus ojos negros cual alquitrán me consumían y sus labios pintados casi se juntaban con los míos, solo bastaba un último paso para sellarlos. Milagrosamente, no terminó de acortar el espacio entre nosotras y simplemente continuó con su discurso — Por favor, no nos dejes, florecita. Mi corazón es impulsado por mi hermana y por ti. Si me dejas, perderé aún más la cabeza, No permitirías que Troya ardiera, ¿Verdad? Tu lindo corazoncito no lo permitiría, lo sé. Es por eso que nos gustas tanto. 

Quedé muda, no sabía decir. ¿Se supone que debía responder a eso? ¿En serio esto estaba pasando?

Intenté alejarme de su cuerpo, lo intenté y al instante comprendí que era mejor no hacerlo, porque lo único que lograba era pegarme mucho más al de su hermana. Además, al no obtener respuesta, las gemelas empezaron a impacientarse, fue ahí en donde Katrina entró en la escena de nuevo, con esa agresividad característica de ella. Su mano giró tan repentinamente mi cabeza hacia su rostro que el tirón del cuello que sentí solo pronosticaba un insoportable dolor horas más tarde. No existía la suavidad en su toque, ni siquiera trató de que sus uñas no me arañaran la piel al momento de sujetarme por las mejillas. La amenaza camuflada con una fina capa, tan clara que no necesitaba ser un analítico para vislumbrar la locura debajo de esa falsa comprensión.  

—Naomi, cariño ¿Te harás la difícil ahora? Porque esa actitud comienza a aburrirme — Musitó, bajando su rostro hasta tocar la piel expuesta de mi cuello con sus dientes y lengua, deslizando ese músculo blando, cada que daba un mordisco lo suficientemente fuerte para dejar una marca a la mañana siguiente. Las sensaciones revoloteaban en mi estómago, y no, no eran mariposas. En primer lugar, ¿Quién fue el loco que comparó tal sensación con mariposas? Hace unos años sí hubiera disfrutado decirlo, pero ellas dañan el sentido a la expresión. Lo único que podía sentir eran náuseas, las tripas se me retorcían por la incomodidad que me atravesaba el cuerpo de manera violenta. —Acepta nuestras disculpas, no es una petición tan descabellada.

—¿Qué no es una petición tan descabellada? —Pregunté, burlándome de las palabras que salían de mi boca y reuniendo la suficiente fuerza de valentía para separarme de esas dos. Todavía no sé si pude hacerlo porque ellas me lo permitieron o porque en serio las empujé con fuerza, pero logré lo que quería: alejarme lo suficiente para sentir que recuperaba un poco el control de la situación. 

—Ustedes dos me acosaron. Tu hermana se delató cuando me llamó "corderita" o ¿no lo recuerdas Aneska? Yo te escuché... y me miraste como si esperaras alguna reacción de mi parte. Ninguna de las dos es normal; ningún miembro de su familia que he conocido es normal. Tus primas intentaron lastimar a Zay, ¿Cómo le llamas a eso? Pudieron hacerle un daño permanente en el rostro— me asombraba la capacidad que poseía para no gritarles cada reclamo que guardaba dentro de mí. Tal vez lo que me detenía era la advertencia que me dio mi amiga sobre llamar a la policía si escuchaba un solo grito, o tal vez solo era mi sentido racional diciéndome que valorara el sueño de los vecinos, pero fuera lo que fuera, estaba funcionando — ¿Saben lo que quiero yo? Quiero que se vayan por esa puerta y que nunca vuelvan a aparecer en mi vida. No quiero verlas nunca más, ni siquiera por accidente — con esas palabras dichas, las gemelas en serio que se molestaron. Ambas brincaron como lobos hambrientos sobre mí, empujándome sin delicadeza hasta que mi espalda golpeó en seco contra uno de los libreros de la sala.

—Ten cuidado con lo que pides, pequeño cordero. No quieres verme enojada. No te gustará—  la primera en arremeter contra mí, apretando mi cuello con una fuerza que no conocía, fue Aneska. La que llegué a reconocer como la suave y gentil de las hermanas, ahora me mostraba una cara completamente diferente. Su rostro se deformó en una mueca de rabia sin censura e incluso sus ojos, aquellos que segundos atrás me miraban con una desesperación, me mostraban algo totalmente diferente: ¿Dolor? ¿Desamor? O era acaso, ¿locura? Desconocía sus sentimientos, aunque lo que sí conocía a la perfección era el ahogamiento que me hacía agrandar los ojos y arañar como un gato sus brazos con la falsa esperanza de que me soltaría— Te llevamos a nuestro jardín. Plantaste tu rosa en él ¿Y piensas en serio que nos dejarás tan fácil? Yo creo que no, florecita. Estás enterrada hasta los huesos con nosotras— ronroneó en mi oído, enterrando sus uñas con mucha fuerza en mi garganta, las punzadas solo delataban el daño que habían dejado, las marcas que amargamente lo decoraban.  

—Todas lo están — continuó Katrina — Pero si eso deseas... Suéltala Aneska, ya oíste lo que dijo nuestra Naomi. No quiere vernos más — Sin esperar respuesta de su hermana, comenzó a caminar hacia la puerta, sin mirar atrás. El resonar de sus tacones de algún modo le daba peso a lo que decía, y retumbaba en mis oídos de una manera tan frustrante— Es una pena que las cosas tomaran ese rumbo. En verdad queríamos otro camino para ti, uno que no te destruyera por completo. Lo que pase de ahora en adelante solo será culpa tuya, florecita. Recuérdalo. Vámonos Aneska.

—Me lastimas tanto el corazón, corderito. Vas a matarme — Exclamó con lo que interpretaba como una mala actuación. Las comisuras de sus labios se alzaron por unos breves segundos, reprimiendo una sonrisa cruel que deseaba salir a la luz. Sus labios le dejaron un fugaz beso de despedida, apenas lo suficientemente firme para sentirlo— Me duele tener que irme de ese modo — Suspiró, alejándose por completo, con un gemido lastimero, similar al de una bestia herida— Pero tú lo pediste, cariño. El amor en ocasiones es tan injusto y doloroso. Me desgarra el alma saber que quieres alejarte de mí, Naomi.

—Dulces sueños, Naomi... Y te ofrezco mis más sinceras condolencias.

Eso me dejó perpleja, asustada. ¿Condolencias? Esa simple palabra fue la causante de un enorme nudo en mi pecho, que crecía a cada segundo, engruesando cada tira de la cuerda vuelta ovillo clavada en lo profundo de mi garganta, enredándose en mis cuerdas vocales. Su tensión y la potencia con la que tiraba de mis órganos me hicieron querer vomitar el café recién ingerido; mi piel aún conservaba el tacto de las hermanas, como un recuerdo fantasmal de su presencia, pero había algo nuevo: una angustia repentina mezclada con desesperación, una que me impulsaba a correr, ¿A dónde? No lo tengo claro, solo deseaba desaparecer de la tierra para no toparme ni siquiera por error con esas dos mujeres que, ingenuamente, pensé que serían quizás una señal para continuar con mi vida luego de lo de Jeremy. Qué tonta y estúpida fui al pensar eso. El diablo apareció disfrazado de mujer frente a mi puerta y yo, sin detectar la maldad, le invité a pasar.

No podía pensar.

No podía moverme.

No podía articular palabra.

Ni pedir ayuda cuando yo misma había provocado esto.

No quería involucrar a las chicas.

Mis piernas, sin soportar ni un solo segundo más mi peso, flaquearon, dejándome caer en el suelo encerado. Elevé mis rodillas a la altura de mi pecho y como lo hace una niña pequeña, refugié mi cabeza entre ellas, dejando salir todo lo que me afligía.

Lágrimas calientes brotaban con la furia de un rio desbordado, mojando la piel expuesta de mis piernas; mordí mi lengua para evitar cualquier sonido que alertara a las demás. Deseaba estar sola, lo necesitaba. Añoraba la soledad, la misma que me ha acompañado desde que tengo once años, porque es la única que al final del día sigue acompañándome, aunque no la repudie en silencio. 

Sin embargo, al percatarme de la presencia de alguien más en la habitación, fue demasiado tarde para ocultarme. Me faltó velocidad o tal vez reflejos. Frente a mis ojos, la figura turbia de mi novio se alzaba, causando mi enmudecimiento. Abrí y cerré la boca muchas veces, sin lograr pronunciar ni una palabra coherente. Subí y bajé la mirada, analizando su imagen, incapaz de apartar la vista. En la parte superior, justo en su cabeza, una herida de bala se exponía, recordándome una amarga escena; su piel grisácea con pequeñas zonas verdosas me erizaba la piel por el pavor, en ella ya se podía ver el paso de la descomposición. 

Mis ojos se abrieron con evidente horror y mis manos cubrieron mi boca para no gritar al comprender que un muerto estaba frente a mí, parado ahí sin más, inmóvil. Mi cerebro, al conectar esos puntos gracias a la lógica, la primera alarma que activó fue el instinto de correr, pero se le escapó un detalle, uno pequeño: mis piernas estaban pegadas al suelo y mis rodillas aún se clavaban en mi pecho, ahora más que antes. Tuve que cubrir mi nariz cuando el verdadero olor a muerto me atravesó.

Al principio era sutil, muy pasivo para ser una molestia: una mezcla ácida de tierra húmeda, químicos y carne vieja, pero luego se volvió insoportable. El hedor... los parásitos que descomponían el organismo parecieron evolucionar. Las lágrimas volvieron, ahora acompañadas con el reconocimiento del ser que amé y que ya no tengo, convertido en un espectro ambulante, condenado a la tierra y por tanto, privado de un descanso eterno. ¿Por qué debía ver a cada persona que moría a mi alrededor? ¿Acaso merecía este castigo? ¿Saber que aquellas personas que quería en vida eran condenadas a vagar en este mundo? ¿Por qué? Yo no quería esto. Lamentablemente, hace mucho que confirmé que no era mi imaginación. No estaba loca, podía verlos, y al escucharlo hablar, mi corazón se volcó.

Nao, no sé dónde estoy. Todo es tan raro aquí — La entonación de su voz resonaba en mis oídos como un eco espectral, inquietándome con cada exclamación. Seguía el movimiento de sus labios con la mirada, absorta de todo lo demás.

Sus ojos lucían perdidos; el color de sus iris que una vez fue azul, ahora se tornaba de un blanco grisáceo, como si el polvo hubiera caído en sus ojos cual cortinas semitransparentes. Observaba un punto fijo en la pared, inmóvil. Sus piernas nunca dejaron su lugar; sus manos nunca abandonaron sus costados y su rostro nunca buscó el mío para encararlo — ¡No puedo salir, Naomi!  ¡Me asfixio! —su grito me descolocó y al mismo tiempo, me hizo querer tocarlo, abrazarlo por lo herido que sonaba; su voz, aquella que siempre me pareció tan varonil, carecía de profundidad, de dureza. Solo hallaba vulnerabilidad, un miedo infantil que cualquier hombre en otra circunstancia odiaría admitir.

—Je-jeremy, mi amor. Tranquilízate, estás bien. Todo estará bien— le supliqué, tartamudeando y con la voz quebrada a causa del llanto. Quise tocarlo, pero no me atreví. Nunca lo he hecho: tocar un fantasma. El miedo a lo desconocido siempre sería más fuerte que mi curiosidad.

No lo está, Nao— Vociferó, dedicándome una mirada furiosa, envuelta en cólera. Me miraba como si fuera la causa de todo lo que le afligía, como si yo tuviera la culpa de su sufrimiento.— ¡Estoy muerto por tu culpa, Naomi! ¡Me quemo por ti! ¡Ellas me hicieron esto por tu culpa! —Decía tantas cosas que ya no pude escuchar lo suficientemente rápido. El torbellino de sus palabras me acorraló, señalándome, acusándome en cada dirección.

Su imagen ya se había distorsionado. Veía rostros en cada lugar en el que se posaban mis ojos, incluso cuando quise cerrar los ojos veía su cara en mi cabeza, proyectada con una claridad incómoda. Mis oídos, aturdidos por el ruido, buscaron el confort de mis manos para impedirle el paso, pero ni siquiera así podía huir de su voz. De su ataque furtivo. Entre gritos que no era capaz de oír, porque solo reinaba él en mi cabeza.

—Hey, hey, hey, hey. Naomi, oye— No identificaba la voz que me hablaba, solo quería que sus manos dejaran de tocarme. No me atrevía a mirar, porque no quería ver esos ojos llenos de rabia dirigidos hacia mí. No lo quería.— Naomi, soy yo. ¿Qué te pasa?

—N-o no me toques, por favor no—  murmuré, tratando de encogerme aún más en mi posición. 

—¡Naomi, ya! —Una tremenda sacudida me sacó del abismo en el que caía en picada. Con mis ojos ahora abiertos, me percato de la presencia de Zay, acompañada de Saher y Darla. Aún me era imposible respirar correctamente; el aire no entraba en mis pulmones, así que mis quejidos terminaron por provocar un fuerte golpe en mi espalda que vino de la mano abierta de la morena. Para mi sorpresa y el alivio de las demás, el golpe terminó por abrir mis vías respiratorias. El mundo recuperó su forma, la voz de Jeremy se esfumó al igual que su mirada.

La silueta de Zay, jadeante, temblorosa, mirándome con un pánico que jamás le había visto, cobró claridad. Y yo, avergonzada por la escena que seguramente habían presenciado, intenté huir a la seguridad de la habitación. Deseaba sumergirme en el silencio que minutos antes me habían negado. No perdía la cabeza con facilidad. Me enorgullecía ser una persona calmada y racional, pero eso... la línea de cordura que aguantaba con la punta de mis dedos se me escapó, permitiéndole el paso a la locura reprimida provocada por mis traumas.

—Por favor, suéltame. Quiero irme—  le susurré, tan bajo que ni yo era capaz de escucharme, simplemente movía los labios torpemente, lo mejor que podía por el temblor— Suéltame, por favor.

Ella pareció compadecerse de mí. Resoplando audiblemente, sus manos aflojaron el agarre en mis brazos hasta que dejé de sentir el tacto de sus dedos en mi piel. A pesar de ello, sentía mi carne arder y al mismo tiempo ser invadida por un frío que me calaba los huesos.

Todo en mí gritaba para que corriera lejos, fuera de las miradas de las chicas, pero mis piernas seguían sin responder, rígidas y adheridas al suelo debajo de mis pies. Zay, con la experiencia que la vida le dio, comprendió que en mi estado no estaba preparada para caminar fuera de su agarre, así que sus manos volvieron a tomarme, ahora con mucha más seguridad, arrastrándome por el oscuro pasillo hasta la habitación. Allí, cuando solo estuvimos ella y yo para hablar, preguntó:

—Naomi, ¿Qué te pasó allá? ¿Te hicieron algo esas locas? —sin darme tiempo a formular una respuesta adecuada, ella misma se respondió con otra pregunta una y otra vez.

— ¿Hice mal en dejarte sola con ellas? Ay claro que hice mal, no debí dejarte a tu suerte, lo siento, pero es que ellas... ellas dan miedo, ¿sí? Lo admito. ¿Por qué no gritaste? Hubiera llamado a la policía o no sé, hubiera salido con mi navaja o no sé. Yo… espera, estoy divagando, lo siento. Te dejaré hablar a ti.

Contra todo pronóstico, las preguntas sin freno que formuló Zay me animaron un poco. Fueron un breve descanso para mi alma perturbada por el miedo.

—Zay, te lo agradezco mucho, de verdad— Traté, a pesar de mi estado, de hacer mi mejor esfuerzo por dejar ver una sonrisa genuina en mi rostro. Respiré profundo hasta sentir que el aire llenó correctamente mis pulmones y, algo avergonzada, comencé.

— No fueron las gemelas quienes causaron mi ataque de pánico, pero tampoco las eximiré de culpa— Me costó mucho conseguir el guion adecuado en mi mente para que no sonara tan descabellado lo que iba a decir y, sin embargo, no lo logré. Zay me miró como si hubiera dicho una completa locura, y para ser sincera, sí sonaba a eso— Su visita me dejó muy nerviosa, pero no se parece en nada al terror que fue ver a Jeremy parado frente a mí. E-estaba ahí, de pie, hablándome. Y-y luego, solo empezó a gritarme que él estaba muerto por mi culpa, Zay. No supe qué hacer y Jeremy no dejaba de gritarme, yo no supe que...

—Oye, oye. Detengámonos aquí, ¿Bien? Jeremy está muerto, no pudo aparecer en la sala— sonó paciente y comprensiva. Demasiado para mi gusto. Yo sé lo que vi, y sé que él estuvo aquí. Por ello negué, dispuesta a contradecirla, pero no me lo permitió— Sé que todo esto del duelo, su pérdida y todo eso te ha dejado mal. No te estoy juzgando, lo comprendo perfectamente, pero ¿no crees que es hora de volver con la doctora Langley?. Tal vez esto: los asesinatos, las gemelas, su familia y todo lo demás, estén llevándote a tu límite. Deberías pensarlo.

Una incomodidad me recorrió el pecho, recordándome las razones por las cuales no me sinceraba con nadie sobre las cosas que perturbaban mi mente. Si pudiera retroceder el tiempo al momento en que decidí contarle a Zay, lo haría. Odiaba escuchar cómo me sugerían buscar ayuda cuando no la necesitaba. Aprendí a no llevar la contraria. Si decían que solo era producto de mi imaginación, me limitaba a decir que sí y guardar el resto para mí.

—Sabes, creo que tienes razón. Me contactaré con ella en cuanto pueda. De seguro todas esas cosas son simples creaciones de mi imaginación — cada mentira me dejaba un sabor amargo en la lengua.

— Justo ahora lo que necesito es dormir antes de que suene la alarma para levantarme. Estoy agotada— suspiré, dejándome caer de espaldas en la cama— Supongo que tendré una mala nota en el trabajo después de todo. ¿Podrías hacerme un favor? —Zay asintió en silencio— Necesito un momento a solas. ¿Podrías pedirle a Saher y a Darla que duerman juntas hoy? Quisiera pensar algunas cosas.

—Claro, ya les digo. Y no te preocupes por el trabajo, lo terminaré por ti, con la condición de que no agregues los nombres de los irresponsables de tu grupo que no ayudaron en nada. No voy a trabajar para ellos. Lo hago por ti únicamente.

Creo que, de toda la noche, la sonrisa que le di a Zay fue la más sincera que me ha salido.

—¡Gracias! —Exclamé, con los ánimos restaurados. No perdería una de las notas más importantes del semestre— ¡En serio, Zay!

—Sí, sí, no me agradezcas mucho. Cuando salgamos de vacaciones, quiero que me enseñes a cabalgar. ¿De acuerdo? Ese será el precio.

—De acuerdo.

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