Kasia

¿Kasi, quieres jugar? —La voz de Katrina revolotea en mis oídos desde el final del extenso pasillo. Estoy segura de que, a pesar de mis tantos y descuidados intentos por esconderme, me encontrarán, y no quiero que lo hagan. No me gustan sus juegos, no quiero dañar sus muñecas, porque hacerlo significa enojar a papá por tocar regalos que no son para mí. Odia que me acerque a sus cosas.

Odia que toque a sus hijas. Le enoja que les hable. Que comparta con ellas. Que haga el esfuerzo de encajar en un mundo para el que no fui hecha, planeada. De pensar en los castigos que Katy y Neska me arrastrarán, provoca que mis ojos liberen lágrimas por sí solos, así que cubro mi boca para no dejar escapar algún sollozo delator. Encojo mi cuerpo lo más que puedo, abrazando mis piernas apenas cubiertas por el delgado camisón de dormir, mis brazos simulan ser barreras contra el exterior, me brindan calor frente al frío de las penumbras—. Hermanita, sal. No quieres que mamá te encuentre primero, ¿verdad? Ella está muy molesta contigo por lo que pasó. Lo sabes. Sé una chica buena y sal de donde estés para jugar.

—Por favor, Kasi. Estoy tan aburrida... quiero a mi hermana pequeña conmigo — Si no supiera que Aneska sonreía, me hubiera dejado encantar por su voz bañada de desdicha. Sus sollozos chillones me comprimían el pecho, ya sea por pánico o por el ligero sentimiento de pena ante el pensamiento de lastimar a la más dulce de mis hermanas—. Vamos, te trataré mejor que la vez pasada. Lo prometo, Kasi. Por favor.

La cercanía de sus pasos alertaba a mi débil corazón. El frágil órgano que mantenía vivo mi cuerpo golpeaba como un tambor dentro de mi pecho. Pum, pum, pum, pum... Ya ni siquiera era consciente de si en realidad ese sonido provenía de sus botas de tacón —demasiado inapropiadas e incómodas para una niña entrando apenas a la adolescencia — o de mi corazón a punto de salir por mi garganta solo para ser disparado al suelo cubierto por esa alfombra negra que tanto me disgustaba.

 Pum, pum, pum, pum... Los ruidos incrementaban con cada segundo, torturándome, alarmándome, casi me hacían recordar los relatos que recientemente mi Evelyn, en una de sus visitas, me había contado. Algo sobre un tal corazón delator, uno que tuvo el poder de hacer delatarse a sí mismo al hombre que con sus propias manos perpetuó el crimen.

No estaba completamente segura, pero me sentía igual que ese pobre órgano escondido tras las maderas del suelo, en un espacio muy reducido para cada ampliación de mis latidos. Mi corazón, aquel que poseía el humilde tamaño de uno de mis pequeños puños, apretaba mi tráquea, robándome el aire e incapacitando mis pulmones. Cada respiración que trataba de dar me dolía. Rajaba mis pulmones como cuchillas y, de repente, todo ruido cesó. El pasillo y mis propios oídos fueron bañados con el silencio, un silencio que era mucho más aterrador que el mismo ruido. Por segundo, me pareció que el tiempo había dejado de correr, que las manecillas del reloj se habían detenido... y lo prefería así.

Sin embargo, unas manos pálidas, con dedos alargados y delgados, tomaron mi pantorrilla, jalándola hasta sacarme de mi guarida. Gripe, lloré, pataleé y me sostuve con una fuerza infantil a las patas de la mesa que me refugió por unos cortos minutos. No quería, no quería que me llevara. No. No quiero morir así. No. No. No.

¡Papá! —Lo llamé a él, con la ilusa esperanza de que correría a socorrerme. Rasgué mi garganta llamándolo una, y otra, y otra vez sin verlo abrir la puerta de su despacho para rescatarme— ¡Papá, por favor! —Era inútil. Ahora lo sé bien, pero ¿Cómo hacerle entender eso a una niña pequeña? Solo pensaba en mi padre, solo en él, mientras su esposa me arrastraba dolorosamente por las escaleras, sin preocuparse ni un segundo por los golpes que recibía mi cabeza.

Con cada escalón que bajaba, el olor de la sangre se intensificaba. Pequeños hilos resbalaban de las grietas abiertas; podía sentir la humedad, su calidez.

 — ¡Lo siento, de verdad lo siento! ¡Por favor, no me lastimes! ¡Otra vez no, por favor! —Para ser completamente honesta, no sabía ni porqué me disculpaba. Nunca lo supe. En todos los años que viví junto a ella, me esforcé en no enojarla, en no hablarle y, aun así, siempre terminaba siendo su saco de boxeo andante. Adoraba hacerme sangrar, le gustaba cortarme, herirme, hacerme tocar los dulces y fríos bordes del velo de la muerte solo para regresarme a la inmunda mortalidad de la vida—. Aneska, Katrina. Por favor...— la voz se me desgarraba aún más con cada nuevo nombre que pronunciaba. Mis cuerdas vocales estaban pintadas en rojo vivo, ardían, punzaban, quemaban.

La señora de la casa golpeaba mi pequeño cuerpo con rabia, sacándome el aire y en consecuencia, retorciéndome en el suelo en busca del mismo. No podía hablar, no era capaz, porque el ahogamiento me lo impedía, solo podía llorar, liberar las cascadas desbordantes de mis ojos. Ese líquido salino se mezclaba con el rojo de mi sangre, el que brotaba de mis heridas abiertas. Ese sabor metálico me inundaba la boca cada vez que pegaba mi cara en el suelo manchado.

El mundo se reducía a eso: los maltratos de mi madrastra, los juegos tétricos de mis hermanas y la bipolaridad de mi padre. Mi mente ya estaba acostumbrada, pero, por otro lado, mi cuerpo nunca se acostumbraría. Por más que lo intentaba, el dolor, el ardor, los pitidos ensordecedores de mis oídos y los huesos posiblemente rotos no eran materiales sencillos con los que trabajar. Al final del día sería sometida a una revisión forzosa con el Ángelo.

Mamá, ¿Piensas matarla tan deprisa? —Preguntó con desdén mi hermana mayor. Por las notas más secas de su tono, deducía que se trataba de Katrina. Había perdido tanta sangre que ya no era capaz de moverme, mucho menos de ver; la vista se me nublaba, solo veía una enorme mancha blanca en mi visión—, porque si la desprecias tanto como aparentas, me detendría aquí y ahora antes de que la mates. Mírala, ya es un trozo de carne remojado en su propia sangre pegajosa. — los pasos de mi hermana se aproximaban en mi dirección. El olor cautivador de su perfume danzaba en mi nariz, dominando el hedor a óxido y sudor que me rodeaba.

Suelta ese cuchillo, mamá. Puedes cortarte, y sabes que a papá no le gusta ver marcas manchando tu piel. —Otra voz se unió, esta vez mucho más melódica y dulce que la anterior. Aneska, era ella. Podría apostar cualquier cosa sin riesgo a perder. Las notas de su tono eran mil veces más suaves y afinadas que las de Katrina; sus cuerdas vocales daban la ilusión de estar hechas con seda pura. Y su olor, su olor no resultaba tan conquistador como el de su gemela, no. El de ella tenía un toque a ambrosía, algo seductor y embriagante, pero también dominante si lo respiraban con frecuencia. Al igual que el vino, adormecía tus sentidos hasta que cayeras en sus garras. Ambas lobas con piel de cordero.

— Permite que nuestra hermana ilegítima se recupere como es debido. Luego podrás continuar con tu cacería nuevamente. Además, la tía Evelyn está buscándote desde hace dos horas.

Levántate, Kasia— Me ordenaron desde arriba, pero no podía cumplir sus mandatos. ¿Cómo podría cuando mi cuerpo está más muerto que vivo? Mi corazón apenas bombea la suficiente sangre para mantenerme consciente. Desconocía por completo la gravedad de mi estado—. Kasia, aun respiras, así que levántate.

Como pude, moví mi cabeza, permitiendo que más lágrimas escaparan de mis ojos. Hice el esfuerzo de hablar, pero no lo logré, y en serio que me espanté por el pensamiento de que tal vez Viela me había cortado la lengua sin que me diera cuenta. Quizás el dolor de mis otras partes se fusionó con la de mi órgano faltante. De todas formas no sería la primera vez que lo intentaría.

Hermana, no la presiones. La rubia apenas y puede respirar— Entró al rescate Aneska. Agachándose a mi altura para inspeccionarme, y por la risa de labios cerrados que dejó escapar, supe que mi estado era preocupante —. No quiero manchar mi ropa, Kasia. Así que tendrás que conformarte con ser arrastrada hasta la oficina de papá— La escuché suspirar. El sonido se deslizó por el oído que aún escuchaba.

— No creo que le guste verte de este modo. Mamá se ha pasado esta vez—. Con un beso de labios fríos en mi frente empezaron a tirar de mis extremidades escaleras arriba. Aunque no fui lo suficientemente fuerte para aguantar; como en todas las ocasiones pasadas, me dejé llevar por la oscuridad, deseando esta vez si no despertar.

...

Mis manos, movidas más por estímulo que por voluntad propia, danzan sobre las teclas del piano, de un lado a otro, marcando una melodía que fluye desde las profundidades oscuras de mi alma contaminada. El marfil congela las yemas de mis dedos, ahora, antinaturalmente fríos, como si la muerte los hubiera reclamado en silencio; son tan pálidos que ignoro si la sangre realmente está circulando.

Deseo presionar cada tecla con más fuerza, dejar de lado la suavidad con la que las acaricio; quiero atravesarlo, hundirme en él hasta hacerlo sangrar conmigo. El instrumento responde a mí, con un lamento que varia según la nota. Algunas suenas limpias, otras se tuercen entre la equivocación novata y la perfección nublada por su hermana indeseada, imperfección. En ocasiones, el piano me da la impresión de percibir mi enfermedad, mi urgencia, llora conmigo, me escucha y me responde con sonidos que fluyen a través de él, tropezando, repitiéndose una y otra vez, insistiendo en cada palabra convertida en canción, volviendo a detenerse, equivocarse e insistiendo. Una secuencia eterna e indeseada, tal como la vida misma.

Mi espalda recta se curva, una postura indebida que, seguramente, si mi padre la viera, clavaria en mis huesos su bastón. No logro respirar respirar bien, el aire se atasca abajo de mis costillas, una filtración espantosa acelera la sensación de ahogamiento en mi sistema y mi mente empieza a colapsar poco a poco, hasta que recuerdo que no debo desmayarme si no he terminado mi lección. Mi cuerpo, colgando de hilos, se mueve al son de la música: se inclina hacia adelante, casi besando las teclas, y retrocede bruscamente.

Ni el dolor que azota mis dedos son capaces de hacerme retroceder y, en cambio, como la gran masoquista que he sido, continuó, acelerando el ritmo, con el inocente pensamiento de que tocar más fuerte pudiera callar la mísera que llevo dentro, acumulada durante décadas. La melodía, antes dulce, obsesiva, deja de ser todo lo que antes era y se transforma en una creación enfermiza, una extensión de mí. Un ser descompasado, desesperado por sobrevivir en la brea que me hunde.

Inclino otra mi cabeza, queriendo en silencio clavarla contra el piano, abriendo mi cráneo y exponiendo mis sesos al mundo, todo culpa de las voces que me susurran sin parar; ellas se cuelan entre los acordes, se sostienen de ellos, manchándolos con su negro averno. Me gritan que siga, que no me detenga, y yo, un animal avanzado, únicamente puedo obedecer. Ellos se estiran por las paredes del cuarto de música con cada nota grave, deformándose al compás de mis errores. Mis ojos se abren a su máxima capacidad, presas del pánico que siente mi mortalidad, porque juro que me observan, se acercan cada que bajo la cabeza.

El piano deja de existir para mí. Ya no me veo en él; mi mente se nubla hasta el punto de no ver más que oscuridad. La luz me ha sido negada, arrebatada. Estoy vulnerable a los monstruos de mi cabeza. Siento las teclas escarbar en mis uñas, subir y enterrarse en mi carne. Me consume... o quizás sea yo quien quiere consumirlo a él.

Puedo sentir el viento soplar, refrescar mi cabello adherido a mi nuca gracias al sudor. El olor de las rosas me relaja y me inquieta a partes iguales. Su dulzura suave mezclada con el rocío de la mañana aun presente en los pétalos; las notas terrosas en la tierra mojada me regalan un breve instante de paz.

¿Cómo no amarlas? Si son la viva imagen de la pasión desenfrenada y dolorosa de la carne; suaves al tacto, pero tan crueles cuando terminas acercándote demasiado. Sus espinas son el recuerdo de un romance que deja marca en la piel de dos amantes, cuyo pecado debe pagarse con sangre. Encuentro extrañamente complaciente ese pequeño ardor, justo cuando la espina se incrusta en la piel para obligarme a sentir el despertar de mis nervios dormidos, anestesiados a causa del compás que acapara mis oídos. Las rosas, todas ellas, me recuerdan a mi Saher: tan preciosa, tan elegante, pero tan reacia a mis propuestas indirectas. Tal vez por eso aún no retiro la mano de sus espinas. Tal vez sea por ese amor al sufrimiento lo que me mantiene cerca, clavándome una y otra vez sus dolorosas espinas hasta que la herida en algún momento deje de sangrar. Porque mi rosa tiene la cualidad de desaparecer mis demonios, de apagar las voces y de quemar las sombras con su luz.

—¡Oh, prima! —El estruendo repentino de la puerta siendo empujada con bestialidad hace que le exalte en mi lugar en el banco, golpeando las teclas del piano en un ruido corto y desafinado. Respiro una, dos, tres veces, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerle encima a Mirabella por interrumpirme.

Me obligo a sonreír lo mejor que puedo, fingiendo demencia cuando mis labios se tensan con el estiramiento; mantengo los ojos cerrados, todavía no es buena idea abrirlos, solo me dedico a escuchar lo que tiene para contarme—. Kasia, imagínate lo que se me ocurrió hoy— sin esperar mi respuesta, continuó, aplastando sus manos en mis hombros— Resulta que caminando por la ciudad, casualmente pasé por una tienda de mascotas y imagínate lo que tenían ahí.

Liberé el último soplido de tranquilidad para poder abrir los ojos. Su notable emoción me contagió... un poco, disipando mi mente todo aquello en lo que minutos antes pensaba. Me fijé en su figura, alta y curvilínea detrás de mí, haciéndole espacio en el banco para que se sentara. Porque en serio, si seguía viéndola brincar de un pie a otro, terminaría por desesperarme.

—¿Qué tenían, Bella? —Pregunté sin sonar desinteresada. Después de todo, Darcy y Mirabella eran mis primas y, a pesar de la mala relación que hay entre su padre y yo, nos llevamos bien la mayor parte del tiempo... cuando no queremos matarnos.

—¡Una mamba negra! —Cantó en su lugar, sacando su celular para mostrarme las fotos del espécimen. En la pantalla, la serpiente se enroscaba sobre si misma entre los palos artificiales de su jaula de cristal. Su cuerpo, cubierto por una piel escamosa de un tono negro que daba la sensación de absorber toda la luz alrededor, me parecía peligrosamente atrayente. Sus ojos eran la misma historia: los iris del reptil estaban bañados de un color oscuro, como una gota fina de tinta que escapa de la pluma de un escritor. Con pupilas verticales, afiladas cual navajas.

—Un amigo de Atlas me ofreció un muy buen precio por ella, y... bueno, pensé en regalársela a Zay. Cuando la vi, me llegó la chica a la cabeza en ese mismo momento; inundó mis pensamientos con una rapidez sorprendente y no lo razoné mucho, al darme cuenta, ya la había comprado. Pero luego recordé que no reaccionó muy bien a la última serpiente que le regalé.

El hecho de que quisiera darle un regalo, indiferentemente de cuál sea el verdadero motivo, me encantaba. Pero ya hablando específicamente del regalo... pues, no tanto. No conocía a la perfección a Zay y, aún así, sabía lo mucho que le aterraban los reptiles, muchos más las serpientes; no soporta verlos ni en pintura. Por otro lado, el que Mirabella comprara algo con el fin de dárselo a otra persona que no fuera ella, resultaba ser más que una excentricidad, era una declaración muy viva de su interés.

—¿Una mamba… negra? —repetí esas dos palabras, esta vez más despacio, probando esas dos malas combinaciones en mi lengua—. Bella, eso no es una mascota adecuada para ella. Es un asesino con escamas... demasiado peligro para alguien que no sabe cómo manejar ese tipo de animales.

Mi declaración provocó una mueca burlesca de su parte. Mirabella torció los ojos mientras resoplaba, como si lo que yo le estaba diciendo fuera una exageración.

—Vamos, no seas dramática— dijo, poniéndose de pie y tirando de mi muñeca para levantarme— Es perfecta para ella. Me encanta. Es elegante, manejable, pero letal si no eres cuidadoso al manipularla — Comenzó a enumerar sus cualidades al tiempo en que salíamos de mi cuarto de aislamiento. Para este punto, mi prima hablaba y hablaba de todo lo que le gustó de la serpiente y de lo dócil que le dijeron que era.

— Zay y la Mamba tienen muchas cosas en común, ¿no? Es la mascota perfecta, Kasia. Yo lo sé.

—A Zay. No. Le. Gustan. Las. Serpientes— comenté por... ya había perdido hasta la cuenta.

— Esta vez sí le gustará.

— No, no lo hará. Te lo aseguro.

— Sí lo hará, Kasia— Gimoteó, echando su cuerpo hacia atrás—. Mira, sé que la primera vez reaccionó mal porque les tenía miedo, pero esta vez yo la prepararé antes de dársela.

—¿Y cómo es que piensas hacer eso? Apuesto mi apellido a que no querrá tenerte cerca... ni a ti ni a tu hermana.

Lo pensó un momento, apretando su labio entre sus dientes.

—Para eso me ayudarás tú. — Finalizó con completa seguridad, como si yo hiciera el papel de mediadora.

— ¿Yo? —La miré incrédula, señalándome con mi dedo índice y deteniéndome en seco a mitad del sombrío pasillo—. Por favor, dime ¿Por qué yo haría eso? Sabes muy bien, Mirabella, que no comparto las prácticas de ese lado de la familia.

— Ummmm, te ayudaré a solucionar tu problema con... ¿Cómo se llamaba? ¿Saher?... Podría convencer a mi padre para que mueva algunos hilos y conseguir cualquier cosa que ella desee. ¿Tenemos un trato, prima?

No debería.

No es correcto.

Zay terminará muy mal, pero...

—Tenemos un trato.

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