"En horas de la madrugada de este lunes, las autoridades confirmaron el hallazgo del cuerpo sin vida de April Green, una joven de 17 años que había sido reportada como desaparecida desde hace tres semanas. El cadáver fue localizado en una zona apartada de la ciudad, en un punto poco transitado y de difícil acceso, lo que complicó el proceso inicial de identificación. Según los primeros reportes oficiales, el cuerpo presentaba severos signos de violencia y evidencias de agresión tanto física como sexual. Equipos forenses indicaron que la víctima carecía de varios órganos internos y que los globos oculares habían sido removidos, detalles que han sido tratados con extrema cautela debido a la gravedad del caso. Por el momento, las autoridades no han confirmado si estas mutilaciones corresponden a un patrón específico. Sin embargo, por las constantes desapariciones atribuidas a la asesina en serie conocida como: la Escultora, se asume su posible participación en el asesinato. Si bien no es un método que haya utilizado antes, los investigadores no rechazan esta posibilidad de su participación, ni el preocupante surgimiento de un nuevo asesino".
"De igual manera, las autoridades han señalado que trabajan bajo estrictos protocolos para preservar cada rastro de evidencia que se encuentre en la escena para analizar el caso y no descartan ninguna pista, incluyendo la posible relación con otros incidentes previos en la zona".
"La familia de la joven se encuentra bajo acompañamiento especializado mientras continúa el proceso forense. Hasta ahora no se han revelado sospechosos ni se ha confirmado a través de sus familiares si existían amenazas previas o vínculos conocidos que pudieran ofrecer una pista clara de lo que pudo haber sucedido. Este nuevo caso ha despertado aún más preocupación entre los ciudadanos que, exigen justicia ante esta lamentable ola de asesinatos".
—Ya con este son casi 10 asesinatos. Qué horror — exclamó sin aliento, Saher que, si bien ha estado deprimida, su estado de ánimo se mejoró luego de un par de videollamadas con nuestros padres; la pequeña bola de pelos también ha sido de mucha ayuda. No disfruto pasear con ellas, pero un poco de aire fresco y ejercicio despejan la mente. Lo comprobé una vez más con el aire fresco de la noche, golpeando mi rostro en grandes masas de viento. Aunque con lo del asesino en serie, no nos atrevíamos a ir muy lejos.
—Sí, esto ya se les fue de las manos a los agentes—. Zay solo siseó en una mezcla de burla y veneno. Su postura cambió a una menos recta en el enorme sillón de la sala de estar, el codo derecho encontró su lugar en la rodilla descubierta de su pierna, clavándolo en la carne oscura sin la más mínima delicadeza. Nadie dijo nada, permanecimos callados esperando el comentario que seguramente estaba a medio camino para salir de sus labios pintados. La prudencia y el respeto por la ley eran dos cosas que mi amiga no tenía.
—¿Y en serio piensas que esos buenos para nada tenían esto bajo control? A la policía solo les interesan los peces gordos, Darla. De todas esas personas que han desaparecido, puedo contar con una mano los que verdaderamente les interesa encontrar... y creo que todavía me quedarían dedos. Te la pongo más fácil, chinita: estamos tú y yo, y ambas desaparecemos. Tú tienes a un padre con recursos que haría mover a los agentes con solo una llamada a un par de conocidos.
Yo, en cambio, ya ni siquiera cuento con un padre para que denuncie mi desaparición. A ese drogadicto le da igual lo que me pase y, aunque ponga la denuncia, los policías tardarían semanas en hacer algo, si es que mi expediente no los lleva a concluir que solo estoy dándomelas de aventurera con algún noviecito traficante. La sociedad dice tener derechos, Darla, pero esos mismos comienzan a tener valor según lo que valga esa persona. He conocido a personas a lo largo de mi corta vida —comenzó a decir, poniéndose aún más cómoda en el sofá. Su vista no se despegó en ningún momento de su celular, y puedo apostar a que no estaba viendo nada en realidad.
—No estoy de acuerdo contigo, Zay. Los derechos son iguales para todos.
La susodicha bufó, encogiéndose de hombros, mientras le dedicaba una mirada amarga a Saher por el comentario. Digamos que nuestra amiga no era buena con las opiniones que resultaban ser diferentes a la suya. Disfrutaba pelear por cualquier motivo, hasta por una estupidez, porque le resultaba entretenido aferrarse a sus argumentos y ver cómo la otra persona se cabreaba al no ser escuchada, sabiendo que tenía la razón. Así es ella.
La lucha la lleva en la sangre, esté o no en lo correcto. Siempre defenderá sus argumentos hasta su último aliento, claro que, esa misma terquedad la había conducido a absorber información por medio de páginas de investigación, libros o revistas científicas. A pesar de su bravuconería y aparente ignorancia sobre su entorno, esa cabeza fue tocada por los discursos de varios escritores y científicos. Pero, dicho por sus propias palabras, "los demás no debían saber hasta qué punto llegaba su conocimiento". Son del tipo que prefiere callar y dejar que otros respondan por ellas. También es del tipo que prefiere hablar desde sus propias experiencias, y eso es justamente lo que hacía ahora: dar su opinión según las cosas que ha vivido.
— Cómo sea. No se te ocurra decir eso en mi barrio—. La conversación con esas dos finalizó, gracias al cielo. No deseaba estar en medio de una discusión absurda sobre los derechos humanos un sábado a las 10 de la mañana, cuando hay tantas cosas por hacer. Es más, yo estuviera durmiendo si a Kasia no se le hubiera ocurrido ir hoy a la playa.
La rubia en serio que tuvo suerte al ser respaldada por Saher y Darla, porque ni Zay ni yo queríamos ir. De hecho, invitamos a los demás, pero como en las últimas semanas, se negaban a hacer cualquier actividad que incluyera a alguna de las Larkin. Y honestamente, no podía culparlos; yo también estuviera fuera de esto si no hubieran involucrado en el plan la castaña de mi amiga. Sé que la morena lo hace por las mismas razones. A ninguna de las dos nos agrada mucho la presencia de Evelyn en esto; esa mujer es... extraña.
—Ya, ya. En vez de empezar a discutir ustedes dos, ayúdenme a llevar esa cava al ascensor, Zay o Naomi. La que sea —Dijo Darla, cortando cualquier intento de bravuconería. Estuve a punto de reír al verla arrastrar la caja por el suelo. Sus brazos tiraban hacia adelante con pereza. Si en verdad quisiera, podría levantarla sin problemas—. Venga, que esto te lo vas a tomar tú, Zay. Sabes que yo no tolero el alcohol en mi sistema.
—Dile a Naomi. Ella puede —refunfuñó, cruzada de brazos y con la nuca pegada al respaldo del sofá. Y como no me costaba nada, me levanté, tomando entre mis dedos las orejas de plástico, frías y ligeramente flexibles. La humedad se filtraba desde el interior, dejando un rastro líquido del lugar en donde había estado. El peso al alzarla me tiró de los brazos, tensándome los hombros de inmediato. Las burlas de la morena no se hicieron esperar al notar que el peso me jaló unos pocos milímetros hacia abajo y tras unos cuantos murmullos de mi parte, avancé hasta la puerta abierta, en la que la dejé para poder ir por mi bolso.
—¡Ya llegaron! —Anunció en un grito de emoción mi mejor amiga, levantándose de su asiento con un brinco lleno de la emoción, una que seguramente esperaba de esta salida. Recogió el bolso tejido con sus cosas y tanto ella como Darla desaparecieron en el ascensor, dejándonos a la morena y a mí solas en el departamento. Por fin podíamos borrar las sonrisas fingidas que habíamos mantenido desde que despertamos.
No hice comentario alguno, pues las palabras sobraban aquí, solo me dediqué a ir a la habitación por mi celular, esperando que la carga bastara para el día. Fue entonces que una sensación extraña me recorrió el cuerpo: los pies me pesaban y el corazón me latía anormalmente, como si un desespero alterara mis inestables nervios.
Sin previo aviso, el pecho se me contrajo por un peso que en realidad no existía. La respiración se me estancó unos cuantos minutos. El oxígeno no era capaz de llegar a mis pulmones y el pánico se presentó, haciendo que por instinto dirigiera una de mis manos a mi cuello, justo frente al espejo de cuerpo completo de mi habitación. Ahí los vi, de pie. Sosteniéndome la mirada con unos ojos muertos.
Dos niños que estuvieron presentes en mi infancia por un corto tiempo. Amigos que murieron en circunstancias espantosas tras un misterioso envenenamiento del agua del pueblo. La lengua se me secó ante lo que estaba viendo. Quise gritar, pero nada salía de mis labios. Intenté moverme, pero mis piernas tampoco respondían. Estaba aterrada a pesar de poder verlos constantemente. Quizás sí necesito volver a visitar al psiquiatra. Debería... debería hacerle caso a Zay.
—Nao —ambos hablaron al mismo tiempo. Sus voces infantiles retumbaron en mis oídos como un eco que chocaba con las paredes de mi cabeza una y otra vez. Eso me llevó a cubrir mis oídos, en un intento iluso de frenar el sonido, pero ni así cesaba. En lugar de disminuir, sus aumentaban el volumen—. Nao, no dejes que se la lleven. No dejes que termine como nosotros.
Uno de los dos niños —no sé cuál—, me suplicó con un hilo de voz quebrada, que se deshacía en la nada antes de salir por completo de su boca. Veía el movimiento de sus labios, pero no escuchaba ningún sonido verbal. Aunque internamente las palabras se enredaban igual que alambres punzantes; me timbraban los tímpanos y las náuseas me amenazaban con manchar el suelo alfombrado. Me sentía enferma, mareada y a solo unos pocos pasos de caer en brazos de la inconsciencia.
Por reflejo di un paso atrás, prestándole poca atención al regreso de la movilidad en mis piernas, para marcar distancia entre esos espectros y yo. Desde aquí distinguía las marcas violáceas alrededor de sus bocas, mezclándose con un tono más opaco en el resto de su piel. El manchón negro que se filtraba de sus comisuras era el mismo que recordaba de la última vez que los vi con vida. Incluso desprendía el mismo olor metálico que impregnó el salón aquella mañana.
—No es justo lo que nos pasó, Nao— susurró el más pequeño de ellos, con un gesto que arrugaba su entrecejo—. Tú también bebiste de esa agua, pero a ti no te pasó nada. Tuviste mucha suerte, pero vivir solo te ha traído desgracia.
Un latido violento me golpeó el pecho. Luego otro. Y otro más. Cada uno resonando como un martillo contra mis costillas. Negué con la cabeza tantas veces que perdí la cuenta. La garganta se me cerró de nuevo, y eso solo hizo que mis ojos ardieran sin que una sola lágrima lograra caer de ellos. Traté de mantener la calma a pesar de la sensación de ahogamiento; repetí en jadeos entrecortados que lo sentía, que no era mi culpa, que era solo una niña. Pero no fue suficiente. Los niños me señalaban como si yo fuera la culpable de esa desgracia.
—La muerte te quiere. Eres su regalo, Nao.
—¡Te harán daño!
—¡Corre! ¡Vete lejos! ¡Huye antes de que te tomen!
—¿Qué? —No les entendía. Había tantas voces, tantos gritos que no les entendía. Ya no eran solo dos niños. No, ahora podía percibir voces de personas adultas llamarme, y mis oídos clamaban por silencio; la cabeza me zumbaba con un dolor agudo clavado en mis cienes y mis ojos no paraban de ver sombras que, aun con la luz que entraba en la habitación, se notaban descansando en las esquinas oscurecidas.
La masa espesa de polvo grisáceo me saludaba, ondulando en el espacio. Mis instintos me suplicaban que corriera, que saliera de la habitación y no volviera a entrar hasta pedir mi cita con el psiquiatra. Sin embargo, todas mis planeaciones de escape se vieron eclipsadas por la figura materializada de Jeremy. Mi Jeremy. De pie y con la misma ropa con la que lo vi la última vez, el día en que se despidió para viajar a nuestro pueblo. Con su piel trigueña intacta y sus ojos relucientes fijos en mí, sin ningún agujero en medio de ellos. Quise gritar que se alejara, pero en su lugar, solo pude liberar más lágrimas cuando caminó hacia mí. Mi novio, o el que lo fue en vida, me acarició la mejilla humedecida con sus dedos. El frío en su tacto actuaba como un cruel recordatorio de su fallecimiento y, aun así, no tuve el valor de apartarme.
—Sálvala, Nao. Búscala.
Ladeé la cabeza al no comprender a qué se refería con eso de salvar. ¿Salvar a quién? ¿De qué? Sus manos todavía sujetaban mi rostro con ternura, pero en sus ojos habitaba una preocupación disimulada con el aire de calma que le rodeaba. Trataba de evitar la tensión que luchaba por manifestarse en su mandíbula. Lo conocía bien. Sabía que esa línea suave que se curvaba en la esquina de sus labios era solo para disimular aquello que le atormentaba el pensamiento, por eso la presionaba levemente hacia abajo de vez en cuando, tal como lo estaba haciendo ahora. La aspereza en su voz era otro indicio. Ese matiz seco y opaco que dañaba por completo la suavidad del tono, volviéndolo mucho más grave de lo habitual.
—Jem, ¿Qué sucede, amor? ¿De qué me estás hablando? —pregunté en un murmullo, pegando mi frente con la de él. Lo extrañaba, extraño su toque... demasiado.
—El pueblo.
—El pueblo —r epetí, deslizando mis manos por los costados de su rostro — ¿Qué pasa en el pueblo? No sé de qué me estás hablando, Jem. Sabes que soy mala adivinando.
—Tu potro. Sálvalo.
Fueron las tres únicas palabras que dijo para luego desaparecer en solo segundos, pero el mensaje esta vez quedó muy claro: Luci. Algo le pasaba. Como alma que lleva el diablo corrí a la mesita de noche por mi celular, con la esperanza de que el celular había cargado al menos para dejarme hacer una llamada. Sin embargo, cuando lo revisé, tenía la misma carga en lo que lo dejé la noche anterior.
No podía usarlo así. No me dejaría hacer una llamada antes de que se muriera el coso este. Zay, ella todavía estaba aquí. Por eso, sin pensarlo dos veces salí de la habitación en busca de la morena, quien me esperaba tirada en el sofá de la sala y quien volteó sin despegar la cabeza del respaldo del mismo apenas me escuchó llegar. Vi que tenía la intención de reclamarme por tardarme. Su boca se abrió y se cerró a la vez con la intención de decir algo; se incorporó en su lugar con solo un impulso y, dejando de lado su celular me preguntó:
—¿Y esa cara de tragedia, Nao? ¿Qué te pasó?
Negué con la cabeza, incapaz de atreverme a comentar algo. Debía llamar para comprobar si lo que me decían era cierto o no. En el fondo deseaba que solo fueran cosas de mi mente. Pedía a cualquier santo que, por esta vez, solo por esta vez, lo que me decían los médicos fuera cierto.
—Puedes prestarme tu celular, ¿Por favor? —le pedí sentándome como pude a su lado, porque sentía que mi cuerpo colapsaría en cualquier momento.
—Eh, sí. Pero, ¿qué te pasó, Nao? Te ves fatal.
—Deja que haga una llamada y luego te contaré lo que vi, ¿sí? En serio necesito llamar a mi mamá, Zay — sin decir más tomé el celular que me extendía la morena y marqué al número de mí mamá. El sonido del timbre llegó a mis oídos, repitiéndose sin obtener respuesta. Un tono. Dos. Tres, luego cuatro. Con cada repique sentía que el pánico me asfixiaba un poco más, y al marcar por segunda vez el número, mis piernas ya no podían quedarse quietas.
Me puse de pie y caminé de un lado a otro, rogando para mis asentros que alguien contestara. Pero igual que la primera vez, nadie respondió la llamada. Solo caía al buzón—. No contesta —terminé murmurando, sin saber si me lo decía a mi misma o si quería compartir mi angustia con la morena. Las manos me temblaban al retirar el celular de mi oreja, acompañada de una sensación amarga que se bajaba por mi garganta. Algo no estaba bien. Mamá me hubiera contestado al instante.
— Hey, hey. Sentémonos mejor —sin darme tiempo de responder, Zay ya me estaba guiando de vuelta al sillón. Sus manos sobre mis hombros empezaron a ejercer presión en los puntos tensos, amasándolos y deshaciendo los nudos que se habían formado ahí.
— Comencemos desde el inicio, Naomi. ¿Qué fue lo que viste? Tú tuviste que ver algo para ponerte tan alterada... Hey, mírame y suelta el celular. — Me arrebató el aparato electrónico de un jalón, mostrándome que le subió el sonido por si devolvían la llamada—. Necesito que te calmes. Tienes que ayudarme con esto, Nao. No se reconfortar a la gente. Yo... eh, ¿te parece si te doy un café?... No, no, eso altera los nervios. Un té mejor. Si, te haré un té — la morena respiró profundamente, ampliando su caja torácica con la inhalación exagerada que dio y recorrió a zancadas los metros que separaban la sala de la cocina— Supongo que después de todo ninguna de las dos irá a la playa hoy.
—En verdad lo siento. Puedes ir y cuidar de las chicas si quieres. Yo estaré bien.
—No gracias. Ya tengo a una amiga en crisis aquí —Dijo prácticamente con un grito medido, mientras rebuscaba entre los estantes de la cocina— Seré una completa hija de puta, pero no te dejaré sola. No cuando te ves como una maldita loca. Además —se detuvo un instante, apoyando sus codos en la isla al terminar de poner el agua a hervir.
— Para ser honesta, no quería estar cerca de las primas de Kasia. Esas dos me asustan... y eso que he visto cosas horribles a lo largo de mi vida. Las Larkin, incluida la rubia, me dan mala espina. Tienen algo oscuro en la mirada que... me pone los pelos de punta. Es como si me atreviera a ver al diablo a los ojos. Ya te lo he dicho.
Iba a responder, pero en eso el celular de Zay sonó y al revisar, era el número de mi madre e inmediatamente contesté. La señal de ella me jodía la paciencia, porque no me permitía escuchar con fluidez lo que decían; solo pude entender palabras vagas hasta que, entre sollozos, interferencia y el bullicio de su alrededor, me interesaron únicamente dos que hicieron que mi mundo se terminara de derrumbar: Luci desapareció. Al oírlo, no esperé. Mi cuerpo activó el modo automático y, sin darle explicación a la morena, corrí al cuarto, abrí el closet y tiré un puñado de ropa en un pequeño bolso. Pensaba en salir por la puerta justo cuando mi amiga me tiró del brazo.
—Oye, ¿A dónde crees que vas? —me preguntó con el rostro bañado en confusión. Su cuerpo me impidió la salida y su mano libre cerró de nuevo la puerta.
—Zay —intenté hablar, pero el primer sonido fue solo una palabra ahogada, provocada por el nudo de mi garganta, así que probé de nuevo—. Zay, Luci desapareció. — Escucharlo de mi propia boca fue aún más doloroso. No soportaba mi propio peso. Por suerte, los reflejos de ella pudieron sostenerme antes de irme hacia atrás y por mero capricho de inercia, mi cuerpo se clavó en su pecho —. Se llevaron a mi hermana. Mamá no sabe dónde está... Yo... yo tengo que irme. Tengo que encontrarla. Debo ayudar a buscarla.
—Shh, re-respira conmigo. solo respira —Trató de calmarme, y sentí que hacía el esfuerzo de calmarse a sí misma. Zay no compartió en persona mucho tiempo con mi hermana, pero estaba en cada una de mis videollamadas con ella, prometiéndole que le enseñaría boxeo estas vacaciones. La misma promesa de todos los años—. No vas a ir sola, Nao. Estás mal. Vamos a esperar a Saher.
Aferrándome a su blusa, negué entre lloriqueos.
—No quiero esperar a nadie, Zay. Solo quiero irme ya. Déjame ir.
—¡No! No vas a ir sola, Naomi. Dame... dame cinco minutos para guardar unas cosas y podremos irnos, ¿sí? Iré contigo —asentí sin mucha convicción, agotada mentalmente. Las lágrimas seguían cayendo en silencio, empapándole la blusa a la morena. Ella me tomó por los hombros, separándose lo suficiente para verme directo a los ojos empañados una vez más—. No te muevas de aquí.
Me lanzó la orden como un militar y me dejó parada en la puerta ahora cerrada. Avancé hacia el sofá y me dejé caer, abrazándome a mí misma. El mundo se sentía demasiado pesado para sostenerlo yo sola. Le encantaba atormentarme, repitiéndome las palabras que me dijo mamá: Luci desapareció.
Tal como desapareció Jeremy.
Tal como desaparecieron varios de mis amigos.
Sin lograr detener a tiempo mis pensamientos, recordé lo que hasta hace unos meses había olvidado: son un imán de la mala suerte andante. No debería estar cerca de nadie. Soy un peligro para todos los que me rodean.
A todos los que quiero les pasan cosas malas. Siempre.