naomi

Mamá no me llamó en todo el vuelo. Desconozco si fue porque Zay me arrebató el celular o si en realidad no tuvo cabeza para llamarme. Por otro lado, la morena, al ver la gravedad de mi estado, no paró de decirme que las cosas saldrían bien. Que seguramente era solo un malentendido. Que quizás a Luci se le fue el tiempo cabalgando con alguna de sus amigas y que de seguro aparecería cuando se diera cuenta de que la estaban buscando. Pero sus palabras no lograban reconfortarme en lo absoluto, porque un mal presentimiento se instaló hace horas en mi cuerpo.

Solo deseaba con todas mis fuerzas que lo que me decían eso... muertos, no fuera real. Quería creer por primera vez en la vida que sí estaba loca. Que todas esas voces, esos fantasmas, simplemente son creados por mi imaginación, una respuesta involuntaria a mis traumas. No quería pensar lo peor y, aun así, me es tan difícil no hacerlo. ¿Cómo podría buscarle el lado esperanzador a esto cuando mi vida ha sido plagada de una tragedia tras otra? No puedo pensar en la situación sin retroceder a un año y verme de nuevo montada en un avión, viajando miles de kilómetros para ir a buscar a mi novio desaparecido. Durar semanas en vela en las que el pueblo lo buscó incansablemente hasta que la policía nos llamó. No quería que se volviera a repetir la historia. No con mi hermanita.

—Oye, Vaquera —me llamó, con su tono descendiendo en mi oído, manejando una suavidad poco común en ella. Sus dedos se enroscaban en mis rizos. El leve jaloneo del mechón que sostenía me mantenía adormecida, y lo agradecía de cierta manera, porque luego de que bajáramos, auguraba noches eternas en vela y mucho, mucho café. En parte, asumo que por eso trata de mostrarme su lado pacífico y... no puedo negar que se lo agradezco. Sé que, viniendo de Zay. Significa un esfuerzo enorme.

— ¿Por qué no intentas dormir? Yo te avisaré cuando lleguemos. No te preocupes. Todo saldrá bien.

—Gracias —exclamé en un murmullo, acomodándome mejor en sus piernas. Me fue imposible no imaginar la cara de horror que reflejaría mi hermana si me viera durmiendo sin un gorro de satín en la cabeza. Me regañaría por descuidar de ese modo mi definición o algo así. Con esa niña nunca se sabía. A veces ella se comportaba como la mayor de las dos. Siempre tan malhumorada y mandona.

— Sabes, Zay... Pensaba que, si todo sale bien, ¿por qué no nos quedamos unos días más en el pueblo? De seguro a Lucí le encantará enseñarte a cabalgar. Podríamos conseguirte un caballo que se ajuste a tu temperamento. Hay uno que es indomable —le dije, recordando a uno de los caballos nuevos que le llevaron a mi papá antes de regresar a la ciudad—. Ni siquiera tiene un nombre todavía. Nadie se ha molestado en nombrarlo por lo inestable que es. No se deja montar. Los que lo han intentado, han terminado en el suelo; es muy testarudo y no han podido venderlo a pesar de ser un pura sangre. Papá me lo dio. Legalmente, es mío, pero si logras domarlo, te lo regalo. ¿Qué opinas? Después de todo, mi hermanita te ofreció unas clases de equitación. 

La mano de Zay se retiró de mi cabello y, al alzar la mirada, dejando de apoyar mi mejilla en su pierna descubierta, observé sus ojos bañados en escepticismo y gracia. Con una de sus manos acomodó mejor el peso de mi cabeza, echándome el pelo que estorbaba detrás de la oreja en un gesto carente de delicadeza, pero lindo. Me estudió unos cuantos segundos sin decir palabra. Sus ojos subiendo y bajando de mi rostro como si buscara una mentira implícita en mis facciones hasta que recuperó la función de sus cuerdas vocales.

—¿Quieres darme un caballo que no pueden domar? —repitió entre divertida y asustada, pareciendo un búho por la forma en que ladeaba la cabeza — Vaya oferta... Suena como un acto suicida. ¿Desde cuándo planeas mi muerte por medio de un caballo, Naomi Jones? Porque no te funcionará. A Lucí le daría un mini ataque donde me vea intentando montar un animal de esos —se detuvo un momento a pensar, desviando la mirada a la ventana del avión unos instantes antes de retomar su discurso.

— ¿Te imaginas? De seguro me gritaría instrucciones desde la valla como si yo fuera una niñita de cinco años... o puede que también me grite sobre el dudoso juicio que tenemos nosotras dos al intentar domar a un caballo salvaje.

— No es salvaje, es...

— Si no está domado, es salvaje, Nao. Pero... me gusta cómo suena eso, ¿sabes? —su tono adquirió mucho más interés mientras hablaba en voz alta. No sé por qué, pero me daba la impresión de que, al repetir la idea lo suficientemente fuerte para que nuestros oídos lo escucharan, le gustaba más. Quedarme unos cuantos días en tu pueblo no me desagrada. Liberarme del bullicio y los problemas de la ciudad —se recostó más en su asiento, relajando su espalda y cerrando sus ojos.

— Sí. Suena alentador. Mucho. Si todo sale bien, acepto esa propuesta. 

—Con eso me basta. — Ambas dimos el tema por terminado. Ninguna de las dos dijo nada, solo nos quedamos en silencio hasta que el sueño me abrazara, larga y cálidamente, una última vez.

Una hora más tarde ya estamos descendiendo. Nadie nos recibió al bajar del avión, a pesar de enviarle un mensaje a mi hermano cuando despegamos. Se suponía que estaba en casa este mes ayudando con la expansión del rancho. Nunca perdía de vista su celular, ni siquiera cuando trabajaba. Busqué entre la multitud del aeropuerto, esperando encontrarme con su saludo despreocupado, pero nada. Fue entonces que tomé mi celular y me percaté de que ninguno de mis mensajes le había llegado. Intenté llamarlo y nada. El buzón me respondió al final de cada llamada.

Sintiendo el peso de la resignación, suspiré, haciendo a un lado el cansancio que calaba profundo en mis huesos. Le dediqué un gesto a Zay, quien me miraba de reojo, y nos pusimos en marcha, pidiendo un taxi que nos llevaría a mi casa. La morena, recostada junto a mí, retomó su sueño; después de todo, era tarde.

Dejé que recostara su cabeza en mi hombro al tiempo en que yo me dedicaba a observar el exterior. La ciudad comenzaba a quedarse atrás, siendo sustituida por la vegetación de la zona rural en la que entrábamos. Cada árbol, cada valla y cada terreno montañoso que reconocía, aumentaba la presión que me había estado acompañando desde que salí del departamento de Darla. Y ahora que me acuerdo, debería llamar a Saher y avisarle, aunque Zay me dijo que les envió un mensaje antes de abordar. Sin embargo, tengo que hablar con ella y contarle a detalle la situación luego de que averigüe lo que está pasando. Pronto, pronto la llamaría.

La entrada al rancho nos dio la bienvenida. La cerca de madera imposibilitó el avance del taxi, así que bajamos para seguir a pie hasta la casa. El frío nos golpeó a ambas sin aviso, recibiéndonos con un saludo de aire nocturno que se coló entre nuestras ropas con facilidad. Aunque bueno, considerando lo delgada que era la tela de mi blusa, mi escudo era inútil contra la temperatura. Mis dientes castañearon y mis brazos se pegaron a los costados de mi cuerpo para intentar retener el calor de mi anatomía y caminé, caminé por el suelo empedrado lo más rápido que mis piernas me permitieron, hasta que llegamos a la entrada iluminada por farolas artesanales.

Las luces de adentro dejaban entrever la entrada principal, pero el silencio cubría la escena con su manto ineludible; solo el relinchar de los caballos y el resto de animales reducían de cierta manera la ansiedad de esta quietud. Toqué la puerta unas cuantas veces, despacio. Pero me vi obligada a incrementar la fuerza cuando nadie se asomó para abrirnos. Pasaron minutos en los cuales la presión en mi pecho escalaba a un nivel casi mortal; mis labios pagan parte de esta espera, siendo acribillados por mis dientes. El peso de mis piernas cambiaba de una a la otra.

Ignoro cuánto pasó antes de que Florian, mi hermano, apareciera como un espanto frente a nosotras, sudado, manchado de barro seco y la ropa desgarrada. El shock paralizó mis sentidos un instante, hasta que los cables volvieron a conectarse y corrí, abrazando el pequeño bulto en sus brazos. Mi hermana estaba allí, acurrucada en su cuerpo, temblando e igual de sucia que él. Estaba viva, estaba bien. Lágrimas incontrolables brotaron de mis ojos sin poder frenarlas. Sin siquiera notarlo, se la arrebaté a mi hermano y la cargué, apretándola contra mi pecho. Su piel estaba helada y húmeda como si hubiera estado nadando por horas en una bañera de hielo. Su tono trigueño fue eclipsado por un levemente pálido que me alertó, más aún al sentir su respiración lenta.

—Luci, ¿qué... qué le pasó, Florian? 

Mi hermano tardó en responder. Se dio primero el tiempo de abrir la puerta para refugiarnos del frío que acechaba. Miré a mi hermana y con ayuda de Zay, subimos a mi habitación, dejando las maletas a un lado; juntas nos encargamos de prepararle un baño de agua caliente y de buscarle ropa seca.

El hombre apoyado en el marco de la puerta hizo una llamada a nuestros padres y al terminar, entró. Sus nudillos estaban a carne viva y un corte largo se extendía por su antebrazo. Luci se quedó dormida después del baño. Se negó a que la dejáramos sola, así que nos quedamos hablando en la habitación. Mi pregunta anterior seguía flotando. No hubo necesidad de repetirla, pues mi expresión cruzada exigía una respuesta.

 —La encontré en la grieta debajo del arroyo — dijo al fin, sin despegar sus ojos del cuerpo cubierto entre mantas de mi hermana— No quería salir de su escondite, Naomi. Estaba aterrada. Cuando... cuando intenté sacarla, me cortó con la navaja que le regalaste  — tragué saliva, visiblemente preocupada por lo que nos contaba. Luci, inconsciente a causa del cansancio, se removió en su lugar, estremeciendo agresivamente, y deducía que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Zay y yo nos pegamos más a ella: la morena trepó entre las almohadas, haciéndose un lugar al costado de la niña. Sus manos fueron directamente a la mata espesa de su cabello revuelto, acariciando con el borde redondeado de sus uñas su cuero cabelludo.

— Me suplicaba que la dejara en paz con lágrimas. Yo tuve que apuntarme con la linterna y repetirle que era yo. Que era su hermano. No dijo nada al reconocerme, solo salió de entre las ramas y, tiritando, se subió encima de mí. No sé cuánto tiempo estaba ahí. — sus manos cubrieron su rostro luego de contarme lo que había ocurrido, conteniendo y guardando sus sentimientos para él. 

Mi garganta se cerró, las palabras no eran capaces de salir. Solo pude aferrarme al cuerpo dormido de mi hermanita como si pudiera desaparecer en cualquier momento de mi vista. Y no quería eso. No después de ahorrarme el susto que traía desde que llamé a mi madre. Una parte enorme de mi universo descansaba sobre mí, con su respiración variando entre la calma y la inestabilidad. Pero tenía clara una cosa: mientras ella estuviera bien, nada más importaba.

—Deberíamos llevarla al médico, ¿no? —la morena propuso sin dejar de analizar a mi hermana. Buscando indicios de algo, o quizás, de alguien—, nada más para descartar cualquier cosa.

Florian asintió, enderezando su espalda encorvada. 

—La llevaremos mañana. Pensaba llevarla, pero se negó —nos explicó, levantando la manta de su cuerpo unos cuantos segundos, arrugando sus labios—. ¿No le encontraron marcas o algo raro? —Nosotras negamos con la cabeza, porque aparte de los pequeños rasguños hechos por las pequeñas rocas en sus piernas, no había nada, al menos no algo visible.

— Bueno. Eso es una buena noticia. Papá no debe tardar en llegar con mamá. Les explicaré lo que pasó allá abajo mientras ustedes descansan. —Florian se levantó, sobándose la base de la nuca. Antes de salir del cuarto se giró, sonriéndole con un gesto cercano a la coquetería—. Me alegra verte de nuevo, Zay. Ya te extrañaba.

Y con eso se despidió, disipando un poco la tensión sobre nuestros hombros. Además, fue divertido ver a la morena nerviosa. No sabía dónde colocar la mirada. Hubiera pagado lo que fuese por grabar la escena y mostrársela a las chicas, en serio.  

—A ese hermano tuyo le falta un tornillo. Decir algo así justo ahora —gruñó, acostándose y cubriéndose el rostro con la almohada sin dejar de decir cosas entendibles. La lista de insultos era extensa. Las groserías que salían de su boca parecían no tener fin, y eso, por mucho que lo disfrutara, no podía continuar porque había una niña de ocho años en la habitación con nosotras. Sin embargo, mi risa contenida amenazaba con estallar en cualquier segundo si Zay no se detenía ya. 

—Nena, ya. Florian solo jugaba contigo —el esfuerzo sobrehumano que hice para que mi voz saliera fluida y no como un graznido aturdidor fue increíble y muy exitoso, debo decir—. Sé que te gusta. Lo dejaste muy claro. No sé qué le ves, pero no me disgusta. Ahora, tocando de nuevo el planeta Tierra, deberíamos quitarnos esta ropa y llamar a las chicas para ver cómo están. 

—Ya lo intenté... llamarlas, me refiero —aclaró sin ser realmente necesario, quitando la ropa que cubría la zona norte de su cuerpo, quedando sin nada que cubriera sus pechos. Caminó despreocupada hasta el bolso en el suelo y buscó una simple blusa de tirantes que se colocó, seguida de unos pantalones de lana. Su cuerpo se tiró con pesadez sobre el mueble de enfrente, arrojando su cabeza hacia atrás con teatralidad.

— Darla se negó a responderme la llamada y en vez de eso, me envió un mensaje diciéndome que se quedarían en casa de Kasia todo el fin de semana... Creo que estaba borracha porque no sonaba como ella. No sé, quizás sea solo exageración mía. No me agrada que esté tan cerca de esa Evelyn.

Eso atrajo mi atención. De todas las chicas, la que mejor conocía a la peli rosa era Zay, y si ella decía que sonaba rara, a pesar de ser un mensaje de texto, era un llamado de atención. Y eso de que se quedaran en casa de las Larkin tampoco me agradaba mucho. 

—Las llamaré mañana, entonces —le dejé saber, cambiándome de ropa al igual que ella para ir a reunirme con los angelitos de mis sueños. El cansancio en mis huesos no me daba para más. Hoy fue un día agotador mentalmente para mí, pero gracias al cielo todo salió bien al final—. Estoy segura de que Saher contestará. 

Zay bufó, cerrando sus ojos y acomodándose más en su puesto.

—Si logra despegarse de Kasia —masculló sin disimular el desagrado al mencionarla, fundiéndose aún más en el sillón hasta quedar en una pose incómoda, aunque para la morena no lo era—. Esa rubia se le pega al cuerpo como una insoportable garrapata. Ella, sus hermanas, las racistas de sus primas y esa bruja de Evelyn también. Todas son exactamente iguales: unas malditas dementes sofocantes, roba oxígeno, ¡Blancas odia negros! 

Ya, cancelo la prudencia que estaba manteniendo anteriormente. No pude con la carcajada que me azotó. La risa de bruja que guardaba en mi garganta se soltó de las cuerdas y salió, haciéndome ahogarme con ella misma. El estómago y las costillas me dolían y el equilibrio me falló, ocasionando mi caída de espaldas en la cama. Sentí a mi hermana moverse junto a mí en el colchón, y para cuando mi visión se enfocó de nuevo, me encontré con sus ojos miel, juzgándome en silencio a través de sus cortinas plegables; adormilada y fastidiada por mi bulla, pero yo no podía parar. Estaba en medio de un ataque de risa... por culpa de Zay y su trauma racial. 

—Nao —mi hermana me llamó en un murmullo ronco, protestando entre el sueño que la rodeaba—. ¿De qué te estás riendo?

—De Zay, Luci —me defendí cuando logré articular las palabras, señalando como una niña a la morena frente a mí, deteniendo la convulsión en mi cuerpo.

Carraspeé y me enderecé en mi lugar para ver mejor a mi hermana—. No es nada. Puedes volver a dormir, linda. Me imagino que ha sido un día demasiado largo para ti.

La niña negó con la cabeza, apartando las cobijas de su cuerpo. Parpadeó unas cuantas veces, procesando lo que parecía ser mi presencia y la de Zay en la habitación. Al final, en sus ojos se pintó un brillo tan fugaz como el de una estrella veloz al cruzar el cielo, y su sonrisa se ensanchó hasta revelar sus dientes de leche.

No me dio tiempo a reaccionar. De un brinco cayó sobre mi cuerpo, haciéndome retroceder en el colchón con un chillido ahogado de emoción e incredulidad a partes iguales. Sus brazos y piernas se enredaron en mi torso sin la intención de soltarse pronto. El potro salvaje gritaba una y otra vez emocionada un "¡Estás aquí!" que, francamente, estaba a nada de dejarme sorda. No tenía dudas de que hasta Florian en el piso de abajo debía estar escuchándola.

—Potro, cuidado con mis oídos —exclamé riendo por lo bajo mientras intentaba incorporarme sin romper el contacto que Luci había armado alrededor de mí.

— A mí también me alegra mucho ver que estás bien, pero hey, reduzcámosle dos rayas a esa emoción que tienes —la niña respondió, aferrándose aún más a mi cuello con sus brazos y hundiendo su rostro en mi clavícula descubierta. El temblor del principio regresó; sus dedos se sostenían con una fuerza devastadora en mi ropa y lágrimas empezaron a mojar mi piel expuesta.

—Pensé que no te vería nunca más, Nao —me lloriqueó, sorbiendo su nariz—. Tenía miedo... no... no dejaba de seguirme y estaba sola.

La voz de mi hermanita no pudo más contra la batalla con el llanto y se derrumbó, llorando a mares interminables. Alaridos temerosos salían de sus labios entreabiertos sin poder evitarlo. Tenía miedo, aún lo tenía, a pesar de estar en la seguridad de su hogar. No encontré mis propias palabras en un inicio, lo único que se disparó en mi instinto fue abrazarla, apretarla hasta que el ritmo de mi corazón desbocado le confirmara que yo era real. Que estaba aquí con ella ahora. Sin dudas era mala para estas cosas, porque no sabía bien qué decir.

Los diálogos improvisados se formaban en la punta de la lengua y morían con la misma facilidad. Terminé buscando ayuda en Zay, suplicándole con la mirada, y ella, piadosa, se acercó. Luci salió de mi agarre, siendo ahora posesión de la morena. Mi amiga limpió sus lágrimas y con un trapo que no sé de dónde sacó, limpió su nariz goteante.

—Shh, respira, Luci. Todo estará bien a partir de ahora, ¿sí? —le prometió, regalándole una sonrisa genuina—. ¿Crees que puedes decirme quién te perseguía? Así podré enseñarte a darle unas palizas, ¿te parece bien? —la niña asintió, observándola con ojos excesivamente abiertos, similares a los de un cachorro. Aunque de sus labios no salió ninguna palabra. Zay tuvo que volver a intentarlo.

— Tu hermano le contó a Nao que intentaste apuñalarlo con tu navaja. Me gusta esa técnica, niña. ¿Lo hiciste también con el que te quería hacer daño? —Luci dudó, pero asintió algo decaída ante la mención de lo que le hizo a Florian. Bajó la mirada a sus manos magulladas, moviéndolas nerviosamente en el borde de su pijama.

—Yo... yo no quise hacerle daño.

—Lo sabemos, linda —le dejó claro Zay, subiéndole la mirada de nuevo para que viera por ella misma que no la estaba juzgando ni regañando—. Hiciste lo que era necesario para defenderte, y es completamente normal, ¿ok? Tenías miedo y actuaste. Nadie te dirá nada por eso. Así que, ya que estamos despiertas, dime quién te persiguió y yo me encargaré de darle la paliza de su vida.

Iba a intervenir para que Zay dejara de insistir por hoy. Mañana Luci se sentiría mejor y podríamos hablar con más calma. Pero en eso, mi hermanita habló, empezando a contarnos lo que había pasado horas antes en el campo:

—El hombre sabía mi nombre. Me llamó y se acercó a mi caballo para preguntarme algo sobre la montura, pero no le hice caso y me fui con mis amigas a la granja del señor Tito. Se suponía que hoy daría a luz una de sus yeguas y yo quería verlo —no la interrumpí, guardé silencio, acercándome a ella en cuanto el sonido de su voz quebrada rebotó en mis tímpanos—. No pensé que me seguiría. Fui a ver el parto y se me hizo un poco tarde para volver. Mis amigas tuvieron que irse, así que yo me quedé. No sabía que me seguiría al salir... y no supe qué hacer. Me dio miedo y... y solo corrí con Cleo lo más rápido que pude para intentar perderlo en el camino. Él gritó que te conocía y que quería conocerme a mí.

—¿Qué me conocía? 

—No le hiciste caso, ¿Cierto?

Zay se veía más interesada en el asunto que yo. Aunque sabía también que algo de todo esto, le atraía de una manera preocupante. La morena era analítica. Las calles y los negocios fraudulentos en los que se metía constantemente desarrollaron bien ese sentido. Le ayudaban a analizar a las personas y sus intenciones. Sin embargo, aquí no había mucho que estudiar. Con lo que contaba mi hermanita, no podíamos sacar un rostro, mucho menos un nombre.

—No, porque Nao siempre me ha dicho que no debo acercarme a extraños. Y este sí que daba miedo —añadió, pensativa—. Me miraba raro y me hizo caer de Cleo cuando la asustó con un disparo. Perdí el control y caí al suelo. Así terminé escondida en el agujero —su cabeza se inclinó con más naturalidad en el hombro de la morena. Relajándose un poco luego de contarnos lo que le pasó hoy—. No va a volver, ¿verdad?

—No, linda. Estás a salvo aquí —le aseguró Zay sin despegar la mirada de mí— ¿Pero crees que puedas describirme al hombre? Solo para poder saber a quién tenemos que golpear si vuelve a aparecer.

Luci estaba a punto de hablar, pero en eso, el sonido de un auto llegar la interrumpió. El crujir de las llantas contra la grava del suelo se filtró por la ventana, causando en la niña de ocho años una descarga de energía que la impulsó fuera de las piernas de Zay, con la obvia intención de salir de la habitación a brincos para recibir a mis padres. Zay, se levantó como un rayo, tomándola por el brazo a centímetros de la puerta antes de llegar a abrirla.

—Espera un momento —ordenó en voz baja. Y la nueva tensión en su tono no me agradó para nada. Todas nos quedamos quietas y en silencio, esperando oír las voces abajo. Pero, en cambio, un disparo sordo se escuchó en la estancia, paralizándonos por completo en nuestros lugares cerca de la puerta. La morena me dejó a Luci y abrió lento; la cerradura no emitió chirrido alguno, gracias al cielo. La puerta entreabierta me dejaba ver su figura asomada en el borde del pasillo, retrocediendo con la misma delicadeza sobre las lozas de madera hasta volver a la seguridad que por ahora nos resguardaba.

— Naomi no estoy segura de qué está pasando, pero tenemos que irnos. Ya.

—Pero Florian... — hice el ademán de soltar a Luci para buscar a mi hermano, pero la morena me detuvo. Tomándome con fuerza de ambos hombros para que la mirara.

—¡Escúchame, Naomi Jones! —me gritó en un susurro, apuntándome con su dedo índice en el centro de mi pecho—. No quiero ser trágica, pero ese disparo no me deja pensar nada bueno. Si Florian está bien, nos encontraremos con él después. Si no... Tragó en seco, y por una fracción de segundo su voz, siempre bañada de seguridad, flaqueó. Vi en sus ojos cafés la mancha de la duda, pero a pesar de ello, se recompuso.

— Si no, no podemos hacer nada para remediarlo. Justo ahora, tenemos que sacar a tu hermana de aquí, y a nosotras también, porque no quiero morir todavía. En serio que no quiero hacerlo, Nao. Vámonos ya. Antes de que se den cuenta de que no estamos en las habitaciones de abajo,

La puerta no era una opción viable en estos momentos; los pasos ya empezaban a escucharse subiendo las escaleras apresuradamente. El rechinar de la madera de las escaleras aumentaba las pulsaciones de mi corazón. El tiempo se me hizo eterno y, sin más remedio, asentí. Aunque sentía que me estaban arrancando algo por dentro al hacerlo. La impotencia se filtró en mi sangre junto a muchas otras emociones recién encontradas, cada una más negativa que la anterior. Zay no perdió tiempo. Abrió la ventana y sacó la cabeza, asegurándose de que no hubiera moros en la costa. Y al confirmar que todo estaba en orden, se giró, mirando directo hacia Luci. 

—Luci, linda —se agachó, quedando a la altura de la niña—, necesito que seas muy valiente. No quiero que te separes de tu hermana ni de mí. Y pase lo que pase, no te detengas, oigas lo que oigas. Y si en algún momento Nao o yo no aparecemos, escóndete donde creas que sea seguro y no salgas de ahí hasta que una de nosotras te busque, ¿de acuerdo?

Luci asintió en silencio, y más atrás lo hice yo, aunque no fuera realmente necesario. Me mandó primero para que pudiera recibir a Luci cuando bajara por la ventana, y así lo hice. No hubo complicaciones, todas pudimos salir de la casa a salvo; el verdadero problema llegó cuando cruzamos una de las esquinas.

Tres hombres armados custodiaban la zona. No podíamos pasar por ahí, ni soñando. Tampoco podíamos regresar, pues los hombres que entraron ya se debieron de dar cuenta de que no estábamos allí. Y en cierto momento, el único escondite que pudimos encontrar fue encima del cuarto de herramientas de Papá. Subirnos no fue fácil: el techo de lata resonaba en el silencio con cada mínimo movimiento, afectando a mis nervios ya casi colapsados. Para cuando subimos las tres, mi mayor miedo era que las vigas en mal estado cedieran al peso extra que le añadimos. Sin dudas, el ruido que harían llamaría la atención, y estando ellos tan cerca, sería una condena inmediata. 

—Busca en los alrededores, no pudieron haber ido lejos —logré escuchar la voz malhumorada de un hombre debajo de nosotras. Mi corazón se escuchaba en mis oídos e incluso amenazaba con salir disparado a través de mi garganta.

—No están en la zona, señor.

Un golpe seco enfrió aún más el ambiente, acompañado de una advertencia. 

—Búscalas, porque yo no seré la causa de la ira del señor Larkin, sino tú. 

El apellido me golpeó con la fuerza de una piedra en el cuerpo. Larkin. Zay también lo escuchó, estaba segura. Lo supe por el cambio drástico en su respiración; su mano derecha buscó la mía y la apretó, cerrando los ojos a partes iguales mientras luchaba con la asimilación de la información. Hace meses que me lo decía, que lo sospechaba, pero de una hipótesis a recibir una confirmación de esta manera, era impactante. Y no solo eso. Estaba segura de que le preocupaban las chicas. Después de todo, ellas estaban en su casa, con esas locas.

—Lo sabía —no habló, sus labios no permitieron dejar pasar ninguna palabra, pero pude leer los movimientos—. Lo sabía, maldición. Te lo dije.

Lágrimas que nunca antes vi en su rostro comenzaron a bañar sus mejillas. Lágrimas de rabia, vulnerabilidad, terror, lágrimas que dejaban ver lo humana que era Zay a pesar de su armadura de hierro. Lágrimas que dejan ver lo grave de la situación en la que estábamos metidas hasta el cuello. Porque no solo buscaban a Luci. No. Nos buscaban a las tres.

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