No soporto el dolor de la maldita pierna. A pesar de las vendas y la atención precaria de Darcie, la herida duele como el infierno. Incluso he llegado a pensar que se ha infectado por la negligencia médica de esas dos. No han sido capaces de darme un maldito antibiótico o de cambiarme las vendas ensangrentadas.
Esas blancas hijas de puta me van a dejar morir aquí. En este pedazo de sótano lleno de ratas. Odio las ratas. Aunque peor es el hecho de que la única compañía que tengo sea una mamba negra en una caja de cristal. Ese reptil me eriza cada vello de la piel. Le tengo pánico a esas cosas. Las detesto con todo mi ser. Su anatomía fría, la sensación de sus escamas, esos ojos rasgados… el simple conocimiento de que su veneno puede matarme en cualquier momento. No, no quiero nada que ver con ella.
Mantengo mi distancia en la habitación, haciendo todo lo posible por pegarme al bombillo de luz amarilla sobre mi cabeza para ver si así algo de calor atraviesa mis músculos entumecidos por la posición en la que he estado desde hace más de una hora. La fiebre es otro foco de preocupación; hago el esfuerzo de sudar con la ingenua esperanza de que la temperatura se reduzca a niveles normales. Soy ignorante de a cuántos grados estoy, pero mi pierna ardiendo y los temblores erráticos no dan muy buenas señales. Por otro lado, a pesar de la combustión interna de mis órganos, no soy capaz de sentir nada más que un aire helado. Me trae el pensamiento de no querer ni ver lo que me aguarda debajo de las vendas. Quizás ya la carne haya empezado a ennegrecer o una secreción viscosa y amarillenta esté esperando a mostrarse. Francamente, no quiero comprobar ninguna de las anteriores.
Da igual. Nada de lo que dije es, en definitiva, la mayor de mis preocupaciones. Debo pensar en cómo salir de aquí con una sola pierna buena. He salido de otras cosas, de seguro esto no será tan complicado. Hay que ser positivos, ¿sino qué me queda? Apuesto lo que sea a que nadie me está buscando. Estoy sola. No habrá policías investigando, mi progenitor no moverá ni la punta de sus dedos y las chicas no pueden hacer nada porque están en la misma situación. Estoy… sola. Sola como siempre he estado. Solo yo y mi sentido de supervivencia. Así son las cosas.
—Zay —el canto de sirena proveniente de la puerta anunció un capítulo más de la nueva serie: torturando a los negros. Protagonizada por Mirabella y Darcie Larkin—. ¿Cómo amaneció mi hermosa flor exótica? Espero que bien, porque te hemos traído un regalo que de seguro te encantará.
Oh no.
Que no sean las cadenas de las que hablaron ayer.
Que no sea eso, por favor.
—Para tener lengua, no la usas mucho ahora, linda. —Darcie se posicionó frente a mí, en cuclillas. Manteniendo el contacto visual conmigo. Una señal de dominación que yo hace poco comprendí. A ella en particular le encantaba dejar clara su superioridad sobre mí. Un rol de amo/esclavo muy recurrente y chocante—. La herida va para mal ¿eh? Que raro —exclamó la maldita, haciéndose la que no entendía. Sus cejas pobladas se curvaban hacia abajo y sus ojos se entrecerraban como si en frente tuviera la ecuación más complicada del mundo—. Ya no los hacen como antes. Nuestro abuelo estaría decepcionado, ¿no crees, Bella?
En un arranque de ira incontenida, acumulé la poca saliva que, a falta de agua, mantenía mi boca húmeda y le escupí en el rostro. Una puntería perfecta en el medio del ojo derecho.
—Ven, déjame hacerte una herida e infectártela —ladre, sintiendo lo rasposa que salió mi propia voz—. Ahí veremos si los blancos delicados como tú soportan, niña mimada.
La habitación cayó bajo un manto de un profundo silencio en el que la tensión y los nervios por la insensatez de mis actos nos cubrían durante unos mal contados cinco minutos. La mujer frente a mí se limpió con parsimonia el rostro, sin desquebrajar ni por un segundo su sonrisa. Se veía complacida, regocijada con mi actitud, y fue entonces que me di cuenta de que había mordido el anzuelo. Quería estamparme la cabeza contra la pared. Odiaba la forma en la que parecían disfrutar provocándome, porque simbolizaba una victoria personal para esas dos.
—Me encanta tu fiereza, Zay —murmuró con aire soñador la antes mencionada, dándole paso a su hermana—. Esa violencia es encantadora.
—Sí que lo es, pero detengamos los coqueteos y pongámonos manos a la obra contigo. Te he encargado un collar especial. Te verás superlinda con él puesto —me dijo, cerrando desde atrás dicho collar. El material era duro, similar a un cuero; por la sensación, debía de tener algunos diseños incrustados en algún metal que pinchaba con el menor movimiento. Y al ajustarlo, la verdadera molestia se hizo presente: agujas, muy diminutas, se abrieron paso a través de la piel, dificultando hasta el tragar.
—¿Qué mierda acabas de…?
—Un collar, mi flor —argumentó con obviedad, sin dejarme terminar—. Me lo ha diseñado un conocido. Las agujas que sientes son de hecho espinas metálicas que yo he mandado a colocar personalmente. No te preocupes, no están diseñadas para matarte. Te aseguro que no sufrirás ningún daño. Son mera decoración.
—¿Agujas? —la incredulidad me daba cachetada tras cachetada—. Estás loca, maldita enferma.
—Zay, no te hará daño. Ya te acostumbrarás —no quería escucharlas. Cada sílaba que le daba forma a lo que decían incrementaba mis ganas de estrangular a ambas—. Pero debo advertirte: el collar viene con dos anillos que, si se presionan, enviarán una descarga eléctrica a tu cuerpo como correctivo. Así que te sugiero comenzar a portarte bien.
—¡No! No la escuches, Zay, puedes seguir comportándote tan mal como quieras. Añoro probar este juguete contigo. —Darcie juntó sus manos eufóricas en celebración infantil, cerrando sus ojos con ilusión e inclinando sus hombros hacia atrás—. Tenemos tanto tiempo para experimentar las tres.
No fui capaz de expresar lo que sentía. Quería insultarlas, maldecirlas, pero las picaduras que me atormentaban dolían hasta con el simple hecho de respirar y tragar. No eran profundas, de eso estaba segura; eran diminutas y abundantes, como pequeñas picaduras de mosquito. Miles de picaduras. Me sentía igual que un perro amarrado. No, creo que incluso un perro tiene mejor vida que yo en estos momentos.
Al final, terminé por ignorar sus voces, acallando su conversación en la laguna mental en la que me sumergí sin esfuerzo. Las olas calmantes, aquellas que recordaba de la última vez que fui a la playa con las chicas. El frío, la paz, el silencio… me invadían. La falsa seguridad relajaba las pulsaciones incontrolables de mi corazón. Pero, como toda tranquilidad pasajera, debía llegar a su fin para dar paso a la verdadera tormenta: esas blancas color muerto que parecían joder más que una novia tóxica. Ellas, esas dos, me tomaron de los brazos y me empujaron hacia arriba, incrementando el dolor de mi pierna herida.
—¡Ah! ¡Malditas sean! — vociferé entre dientes, enojada por no poder contener el dolor que me azotaba en corrientes el cuerpo entero. A pesar de mis enormes ganas de escapar, me di cuenta de algo: no la tendría fácil. No pensé que mi pierna estuviera en tan mal estado. Prácticamente no podía moverla. Cualquier mínimo roce o movimiento me producía un dolor indescriptible. Estoy frita. Jodida. Muerta.
— ¿Por qué? ¿Por qué hacen esto? —gimoteé tratando de seguir respirando cuando Mirabella metió uno de sus dedos en mi herida abierta. El sonido vistoso de la carne que se producía me asqueaba. Me revolvía cada una de mis tripas. No comprendía la necesidad de empeorar los daños—. Deja… deja de hacer eso, por el amor de Dios. Mierda, soy un ser humano, ¿sí sabías eso? ¡Deja de tocarlo! — desesperada, me giré poniendo todo el peso en mi pierna buena y sin pensarlo mucho, me lancé encima de Darcie. La fuerza del empujón y sus manos aún sobre mí nos arrastraron al suelo. Sangre brotaba de debajo del collar, podía sentirla escurrir; mis rodillas tronaron al caer en seco, pero eso no me impidió darle un primer golpe a la pelinegra en el costado derecho mientras me montaba sobre ella para ir directo a su lindo rostro de modelo.
Fantaseaba con romperle un diente, magullarla tanto que tenga que pensarlo dos veces antes de mirarse en un espejo. Mirabella tenía otros planes, al parecer. Supongo que no disfrutó mucho ver como violentaba a su hermanita. Una lastima, porque yo lo disfruté en grande. No me importaba el castigo; las descargas que vinieron luego de eso no me importaron para nada. Ella no borraría la enorme sonrisa que se pintaba en mi rostro. No les permitiría eso. Por supuesto que no. Que se jodan.
—Te has portado muy mal, florecita. No muerdes la mano que te da de comer —me reprendió Mirabella, incrementando las descargas del maldito collar ese. Mi cuerpo convulsionaba en el suelo, adolorido. La herida que dejó la bala, ahora descubierta, no dejaba de sangrar por el tocamiento al que fue expuesta. Resulta irónico crecer viendo esta clase de escenarios y que de un momento a otro la balanza cambie—. No quería castigarte de este modo hoy, pero tú te lo has buscado.
—¿Yo? —Bocifere con la frente clavada en el suelo, reprimiendo la risa descontrolada que amenazaba con salir para disimular el dolor—. Ustedes son las que… ¡Ah! ¡Mierda, deja de tocar esa cosa del demonio!
—Ah, ah. Te has portado mal, Zay. Lo hago por tu bien —escucharla hablar solo alimentaba mis ganas de echarles gasolina y prenderles fuego a ambas malnacidas—. Mira cómo dejaste a Darcie, pobrecita. En realidad, tienes suerte de que seamos comprensivas, florecita, porque nuestro abuelo no habría dejado pasar esta falta tan fácil. Por suerte para ti, no soy él. Y te perdonaré si aceptas que de ahora en adelante Darcie y yo somos tus dueñas. ¿Qué me dices?
—Claro que no. ¿Estás mal de la cabeza o qué?
Qué pregunta tan estúpida la mía.
Claro que están mal de la cabeza esas dos. Les faltan todos los tornillos.
—Respuesta incorrecta, cariño —una nueva descarga me sacudió el cuerpo. Esta vez fue menos intensa—. Piénsalo otra vez —siguió con esa idea irracional y la verdad no pensaba decirlo. Prefería arrancarme la lengua y tragármela… aun así, no soy tan osada como para decirlo en voz alta. No pienso darles ideas. En su lugar, guardaría silencio hasta que las descargas detengan mi corazón. Eso suena más atractivo, de hecho—. Zay me considero una persona paciente, pero debo decirte que la estás llevando al límite. No quieres conocer mi lado mal.
—A la mierda con esto, Bela. Déjame usar el látigo. —¡ ¿Lati… que?! El color se me escapó al oír esa palabra de la boca de la hermana que, por decir algo, estaba molesta conmigo. Ok, la golpeé, sí. Lo acepto, pero eso no es justificación para usar ese objeto primitivo contra mí. Ni siquiera soy fetichista. No me excita para nada que alguien me golpee el cuerpo por puro gusto.
—No es el momento ni el lugar, hermana. Tenemos que llevarla arriba, ¿recuerdas? Y ya vamos atrasadas. A la tía Evelyn no le agrada la impuntualidad.
—Bueno, entonces hazla hablar antes de que yo decida tomar el control, hermanita —siseó con impaciencia, cruzando los brazos sobre su pecho, resaltando el contorno de los mismos por la presión. Sus ojos tormentosos se dirigieron a mí, entrecerrándolos como muestra del rencor que me guardaba—. Tu y yo tenemos algo pendiente, esclava. Si fuera tú, me prepararía mentalmente, porque ni siquiera Bela podrá salvarte de lo que te espera. —Consciente de que no obtendría respuesta de mi parte, se dedicó a observar sus uñas, posando su mano abierta en el aire. Sus dedos medio y anular se sujuntaron; el borde del anillo brilló con el destello de luz amarilla y ahí el pánico a ser electrocutada de nuevo me carcomió por dentro. Esa infeliz lo sabía, y cuánto lo disfrutaba—. ¿Qué tanto me ves? Habla. Acepta lo que eres y no seré tan dura.
—Quieres que acepte algo que no soy —espeté, apretando mis dientes con tal fuerza que, si mi lengua hubiera estado mal puesta, me la cortaría sin querer a la mitad—. No soy esclava de nadie, blanca de mierda.
—Pues te informo, cariño, que de ahora en adelante sí lo eres. Eres nuestra dulce mascota nueva, ¿o qué creías? —preguntó, caminando hasta estar tan cerca que tuve que pegar mi cabeza a la nuca para poder verla con claridad. En su piel se empezaban a colorear los moretones que yo le había hecho; unas feas manchas amoratadas—. Te elegimos a ti entre tantas por una razón: tu ferocidad. Ese salvajismo resulta excitante para alguien que busca una presa difícil de atrapar. Esa es la clase de mujer que mi hermana y yo queremos a nuestro lado. Esa es la clase de mujer que eres tú, florecita. Así que, ¿Por qué no sueltas todo este acto y lo aceptas? Podríamos subir, hablar con tu amiguita… ¿Cómo se llamaba? Ammm Luci. Podemos ir, hablar con Luci y Naomi, sentarnos como personas normales y decidir los planes para nuestro futuro en Londres.
—¿Lo-londres?
— Sí, Londres. Será un viaje enriquecedor para ti, florecita —cantureó en mi cara como si hubiera dicho el mejor anuncio del mundo, cuando en realidad lo que provocaba en mí eran ganas de ahogarme con mi propia saliva. Si no tenía oportunidad aquí, mucho menos en Londres. Mis alarmas ya sobreestimuladas resonaron con una fuerza estridente dentro de mi cabeza. Creo que, si pudieran hacer sangrar mis oídos por el pitido ensordecedor, ya estuvieran reventados mis tímpanos. El aire abandonó mis pulmones. La sensación de vacío dominó el espacio a mi alrededor y nuevos temblores sacudieron mi cuerpo. No del collar, sino producto del ataque de pánico que no había tenido desde hace años, y que en estos momentos volvía a experimentar.
— Respira, Zay. Respira. Te encantará la casa de la tía Evelyn. Es muy espaciosa y podrás andar por ahí libremente luego de que te entrenemos bien. Respira, florecita. Hazlo por mí —negué, centrándome en el suelo. Su mano descubierta hizo contacto con mi piel y, al instante, se sintió como si me pegaran algo corrosivo en el cuerpo. Salté lejos de ella, a un lugar en el que el aire fluyera más.
—No te… no te… —¡maltdita sea, respira de una buena vez, Zay!— No te me acerques. Ahora no —bramé, atragantándome con mis propias palabras que se empeñaban en encaramarse unas con otras. Fue prácticamente un esfuerzo sobrehumano lograr recoger el aire suficiente para hablar, considerando el hecho de que era un desastre andante. Jamás, en los tres años que llevo limpia, deseé tanto estar drogada. Mis mejillas se humedecían por el pensamiento. Quería reír, llorar, gritar… matarlas, enterrarlas mil veces.
— ¿Qué me están haciendo ustedes dos? Yo… yo… no puedo regresar a ese hueco. No puedo —mis manos descontroladas se fueron directo a mi cabello, llevando las trenzas hacia atrás. Pegué mi nuca a la base de mi cuello y elevé la vista, aguantándome los sollozos agudos que sabía que saldrían si no me controlaba, pero era tan complicado. Las agujas me pinchaban la piel, incomodándome. La picazón que me generaban me daba ganas de arrancarme esa parte del cuello y el olor metálico de mi sangre, junto con lo pegajosa que se sentía al secarse, me asqueaba. Me daban arcadas. No quería ni verme.
— Malditas blancas hijas de puta —dije riendo. Una risa sin gracia alguna.
— No llevo ni una semana aquí y ya estoy perdiendo la cabeza. Voy a morirme y a nadie le importará. Nadie vendrá a buscarme. ¡Maldición! —la desesperación cedió a la rabia que me quemaba mi organismo. La rabia dio paso al descontrol y así fue como, sin darme cuenta, terminé estampando mis puños una y otra vez contra las paredes que me rodeaban, sin importarme que estuviera rompiendo mis propios nudillos. No sentía nada más que rabia. Nada más que odio crudo.
—Ya, aléjate de ahí, flor. Te vas a lastimar aún más —Darcie me habló desde lejos. Su voz, esa voz amable y suave, me sacaba de quicio. Nunca he sido buena con la hipocresía. Y ella, ella es la reina de las hipócritas. ¿Cómo es capaz de sugerir las cosas que hace poco salieron de su boca y ahora preocuparse por mí?
Maldita.
Maldita mil veces.
—Darcie tiene razón, Zay. Aléjate de ahí y ven aquí para que te curemos. No quiero electrocutarte de nuevo, florecita.
—Me pones una sola mano encima y te romperé el cuello, ¿Entendiste? —las amenacé a ambas con la mirada, bajando mis manos sangrantes a los lados—. Preferiría que me electrocutaras hasta matarme. Adelante, para mi corazón. Me harías un favor.
Ambas hermanas negaron al mismo tiempo, manteniendo en sus putas caras esas sonrisas que para nada resultaban reconfortantes para mí. Al contrario, me daban ganas de caerles a puños hasta deformarlas.
—Florecita, estamos perdiendo tiempo. ¿No quieres ver a Naomi y a tu amiguita? Tenemos que apresurarnos. Vamos tarde —Esas fueron palabras mágicas. Acertó con esa simple oración. Mi principal preocupación era yo, pero no negaré qque también me preocupaban profundamente las chicas. Luci era la que más me inquietaba por ser solo una niña—. Ah, logré calmarte, ¿Cierto? Bien vamos entonces, Zay —ella se adelantó. La pelinegra más alta caminó sin miedo a que le cayera encima y la atacara de nuevo. Estaba demasiado confiada. Se notaba en sus hombros, en la relajación de sus facciones y en su caminar. Darcie abrió la puerta en silencio, haciéndome una seña para que avanzara junto a ella.
Caminamos por un pasillo extenso hasta llegar a la sala que yo ya conocía. Allí, sentada en una silla, estaba Luci, muerta del miedo e inmóvil. Ni siquiera alzó la cabeza al escuchar los pasos. Y yo tampoco emití ningún sonido al entrar, fue la propia Darcie quien saludó al que supuse era miembro de su familia por el parecido—. Atlas, ¿cómo has estado? No has roto a tu muñequita. Eso si que es nuevo.
—Darcie, mi querida enredadera de espinas. Me alegra verte —La en la que hablaban esos dos me daba mal rollo—. Hace semanas que no te veía, ¿Qué te ha pasado en el rostro? —preguntó, dirigiendo su atención hacia mí—. ¿Tu mascota se ha puesto violenta? Espero que el castigo haya sido instructivo para ella.
—Lo fue primo —respondió Mirabela, enredando sus brazos en mi cintura desde atrás—. Hola. Eres la hermanita de Naomi, ¿verdad? —se dirigió a la niña de rizos que a regañadientes la mira. En seguida capté sus ojos, rojos por el llanto. No tenía moretones en su rostro, pero igual la preocupación me invadía. Me fue inevitable no interrumpir a la mujer detrás de mí con la pregunta que me confirmaría si estaba realmente bien o no.
—Luci. Luci, ¿Estás bien? —indagué, y al ver duda en sus pequeños ojitos miel, continué. — Sé sincera conmigo, por favor.
La niña lo pensó por un momento, aferrándose a los costados de la silla en la que estaba sentada. Su labio tembló, y al separarlos, un llanto retenido emergió. Fue apenas un segundo, quizás dos, pero duro lo suficiente para avivar mi preocupación y las amargas sospechas que tenía. Le di tiempo para que hablara.
—Me… me duele, Zay —susurró tan bajo que casi que no la escucho.
El corazón se me detuvo al instante. Tragué en seco, decidida a continuar hasta terminar.
—¿En dónde te duele, linda? —Luci no habló, solo bajó su mano a su entrepierna, encogiéndose en su silla, como si el acto pudiera hacerla desaparecer del lugar—. ¿Te duele ahí? —la niña asintió, y yo, haciendo los pases con mi lado más salvaje, emergí, apretando tanto mis dientes que creí que en cualquier momento se romperían. Miré cada parte de la sala, buscando un objeto, uno solo que fuera capaz de lastimar a una persona.
—Y me sangra — finalizó, agotada. Luci después de eso bajó la mirada y no dijo nada más.
—¡Eres un cerdo! ¡Maldito enfermo! —exploté, tratando de llegar hasta él, pero no pude. Una descarga eléctrica me atravesó el cuerpo, haciendo que cayera. Sin embargo, no me detuve ahí, seguí reclamándoles a todos en la habitación—. ¡Es solo una niña! ¡¿Cómo puedes hacer eso y seguir llamándote a ti mismo ser humano?! Voy… voy a matarte. Y si no lo hago yo, ¡lo hará Naomi! ¡Date por muerto! ¡Eres un cadáver andante! — Rasgaba mis cuerdas vocales, la garganta me ardía a horrores, pero ni así me detuve. Seguí gritando y maldiciendo hasta que el dolor descendió por mi columna vertebral, instalándose por capricho en la parte baja de mi espalda. El golpe propinado en esa zona me causó un dolor abrasador que me robó el habla, casi como si me hubieran pegado un hierro fundido a la carne, desmoronando cualquier acto motriz en mi sistema.
Me tardé más de lo que hubiera deseado en procesarlo, y cuando ya estuve “lista”, me obligué a jurar, sintiendo cómo los bordes de mi herida recién pintados se estiraban y abrían, sangrando por el pequeño esfuerzo. Cuando por fin pude verlas, divisé a la serpiente de cuero negro y grueso goteando hilos de mi propia sangre sobre el suelo alfombrado. Un látigo, colgando de la mano de Darcie.
—Ves, Bela. Le hacían falta solo unos golpes para comportarse —espetó, recogiendo el resto de sangre que quedaba. Yo no hacía más que verla, verla con el ferviente deseo de que le cayeran tantas maldiciones que, ni siquiera yo sería capaz de contar—. Sigue gritando, por favor, Zay. Sigue haciéndolo. Fue liberador disciplinarte.
—Creo que cinco estuvieron bien, Darcie. Le deformarás la espalda si no eres cuidadosa —añadió la otra pelinegra para mi suerte, quitándole la herramienta que sospechaba, se volvería una amiga no deseada. Ella se acercó, concentrándose en inspeccionar los daños en mi espalda—. Lo lamento tanto, florecita. Darcie te destrozó la parte baja de la espalda, y debo sanar esas heridas antes de que la infección en tu pierna y esto terminen por matarte. No verás a Naomi. Hoy no.
—N-n… n-no —le supliqué, aferrándome a la cara tela de su blusa, poblemente dañándola. La estiraba, me aferraba no ha ella, sino a mi oportunidad de ver a las chicas—. P-por favor. Ni siquiera siendo dolor, en serio. Por favor —si lo sentía. Por supuesto que si, pero no iba a decirle. Le mentiría tanto como pudiera. Mi carne punzaba y burbujeaba, pero no me movería de aquí—. Estoy bien, te lo juro.
—Zay —dijo sin esfuerzo, como si llevara una discusión con un niño quejumbroso. La punta de sus dedos pellizcó el puente de la nariz y, entreabriendo los labios, dejó salir un suspiro compasivo que me dio la esperanza que necesitaba—. Está bien. Nos quedaremos, pero quiero que hagas dos cosas por mí. — guardé silencio, esperando a ver qué barbaridad salía de esa boca refinada, y ella, al comprender que esperaba, continuó con su petición—: La primera es que me prometieras que guardarás silencio. No quiero oír ni una sola palabra más. Y lo segundo que te pido es que, después de que te curemos las heridas como se debe, aceptes nuestras atenciones. ¿Estamos de acuerdo, Zay?
Las miré como se mira a una plaga, a un par de insectos que dan asco incluso antes de ser aplastados. No había lágrimas en mis pupilas. Ya no. Solo un odio corrosivo, letal, que les prometía que cada gota de sangre que me habían sacado no quedaría impune.
Se los cobraría con todo e intereses; unos muy altos. Sin embargo, me vi obligada a aceptar, bajando el sabor nauseabundo de la realidad con mi saliva.
—Sí.
—Sí, ¿Qué, florecita?
Maldita.
—Sí… ama.
—Buena chica.