Era una mañana como cualquier otra: un infierno.
Me desperté asustada, con el corazón acelerado y la respiración contenida, preguntándome si el monstruo seguía en casa. Esperé en silencio, escuchando atentamente. No había nada; se había ido, y solo entonces me atreví a moverme.
Por fin podría bajar a la sala, desayunar tranquila y sentir un poco de alivio. No mucho, pero lo suficiente para engañarme a mí misma con la esperanza de que pronto nos iríamos de allí.
Como siempre, la víctima del monstruo intentaba ocultar sus heridas: se paró frente a nosotros, sonriendo con dificultad, con el rostro tan hinchado que apenas lograba hacerlo. Tenía los ojos morados, la piel marcada y el dolor disfrazado de una falsa normalidad. Pero yo conocía la verdad.
Soy Génesis, tengo doce años y a mi lado está mi hermano Ángel, de diez. Desde que tengo memoria, nuestra rutina no ha cambiado: ver a mamá con el cuerpo destrozado y el alma hecha pedazos, porque ella prefería recibir los golpes antes de que el monstruo nos tocara.
Finalmente salimos de casa y caminamos tomados de la mano, sintiendo que podíamos respirar finalmente. La escuela era nuestro refugio: allí solo éramos niños, no sobrevivientes. Allí no había sangre en el suelo ni gritos ahogados entre las paredes; no había una Bella siendo golpeada por la Bestia.
Sin embargo, incluso en la escuela el miedo no desaparecía por completo.
—El monstruo no está aquí —le susurré a mi hermano, intentando soltar su mano.
—Pero cuando volvamos a casa, estará allí —respondió él, aferrándose más a mí. Su muñeca temblaba entre mis dedos y su pulso iba demasiado rápido.
Lo acompañé hasta su salón y esperé a que entrara; solo después fui al mío.
La maestra siempre se extrañaba de que mamá nunca nos llevara, pero nosotros nos apresurábamos a justificarlo: «Solo vivimos a dos cuadras, maestra». Ella nunca preguntaba más. En cambio, la directora nos observaba desde la puerta; nos veía salir cada mañana.
Las horas pasaban y mi sonrisa se desvanecía: cada minuto nos acercaba al regreso a casa, y yo sabía lo que nos esperaba. Sabía que cualquier cosa que hiciéramos, cualquier palabra mal dicha o cualquier ruido fuera de lugar, despertaría la furia de la Bestia.
Y entonces mamá volvería a romperse. Y nosotros seguiríamos perdiendo nuestra infancia y nuestra inocencia. Seguiríamos alimentando el miedo de estar allí.
El reloj marcó la hora de salida, la campana sonó y, con ella, llegó la realidad que tanto temíamos: era momento de volver.
Fui al salón de mi hermano y lo encontré tal como esperaba: con esa expresión de miedo que nunca se iba por completo. Era el último niño en el aula. Al verme, se levantó lentamente, caminó hacia mí y me abrazó con fuerza, igual que hacía cada día.
—No te alejes de mí —susurró contra mi hombro—. Quiero que estés a mi lado.
Yo tenía miedo, pero él tenía mucho más. Porque así hemos vivido desde que tenemos uso de razón.
Al llegar a casa, nos recibió la misma escena de siempre: triste y desoladora. Mamá estaba en la cocina sirviendo el almuerzo; se sentó a la mesa y nos miró con cansancio.
—Vayan a cambiarse y a lavarse las manos —dijo con suavidad.
Lo hicimos rápido y nos sentamos, listos para comer, porque el hambre nunca faltaba. Pero entonces ella volvió a hablar:
—No podemos comer sin que esté su padre. Portémonos bien y quizás hoy no me haga daño.
Retiramos las manos de la mesa y esperamos, como siempre lo hacíamos. Sabíamos que cualquier error, cualquier detalle insignificante, podía desatar su ira.
El ruido del auto al llegar hizo que mi hermano se tensara; sus deditos se aferraron con fuerza al borde de la mesa. Fue entonces cuando lo noté: el asiento bajo él estaba mojado. Había tenido un accidente.
El miedo se apoderó de su rostro y el líquido comenzó a gotear hasta el piso. Mamá lo vio y, en un instante, su expresión cambió por completo.
—No te levantes —le susurró, con la voz temblorosa.
Pero ya era demasiado tarde.
Las llaves tintinearon en la cerradura, pasos pesados resonaron en el pasillo y luego llegó esa voz que nos helaba la sangre.
—¿Otra vez lo mismo, Ángel? —gruñó el monstruo al ver el charco en el suelo.
Sin decir una palabra más, se quitó la correa. Iba a golpear a mi hermanito, y lo haría sin dudarlo ni un segundo.
Pero mamá se interpuso en su camino.
—¿Ah, sí? ¿Entonces quieres recibirlo tú? —su voz era apenas un murmullo; él sonrió con crueldad y alzó la mano.
Mamá nos miró con esa mirada de siempre, la que entendíamos sin necesidad de palabras: «Vayan a su habitación, cierren la puerta y no salgan por nada del mundo».
Como siempre, tomé la mano de mi hermano y lo llevé a nuestro cuarto. Él estaba completamente paralizado: tenía los ojos muy abiertos, el cuerpo rígido y no lograba moverse.
Cerré la puerta con cuidado y nos acostamos en la cama, escondiéndonos bajo las sábanas como si fueran un escudo, como si así pudiéramos detener el horror que se desataba al otro lado de la pared.
Los gritos comenzaron.
«¿Cómo es posible que ningún vecino escuche esto?»
Me lo preguntaba todas las noches, aunque ya sabía la respuesta.
Al cabo de un rato, el ruido cesó, pero el silencio que siguió fue peor: un silencio cargado de incertidumbre, que me decía que no sabría si mamá seguía viva hasta la mañana siguiente.
Mi hermano terminó por dormirse; sus suaves ronquidos parecían la única forma en que su cuerpo lograba escapar de todo eso. Yo, en cambio, no podía pegar un ojo.
El tiempo pasó muy lento, eterno. Creí que eran cerca de las cinco de la mañana cuando lo escuché: ruidos extraños, demasiado extraños, que venían del cuarto de mis padres. No eran gritos ni insultos; solo golpes, uno tras otro, con un ritmo constante y repetitivo.
Me tensé de inmediato: algo no estaba bien. Y entonces lo sentí: la presencia de la muerte. No sé cómo explicarlo, pero estaba ahí, flotando en el aire como una sombra invisible. Y, de alguna manera extraña, eso me hizo sentir segura.
Me levanté de la cama y caminé sigilosamente por el pasillo. Mi mano temblaba al tomar la perilla de la puerta de mis padres; la giré con mucho cuidado y la empujé apenas un poco.
Lo primero que vi fue a mamá: estaba sentada en el suelo, junto a la cama, y sus manos, su ropa y su rostro aparecían totalmente cubiertos de sangre. Tenía la mirada fija en algo dentro de la habitación, algo que yo no alcanzaba a distinguir, y no me atreví a abrir la puerta lo suficiente para descubrirlo.
Entonces ella me vio. Con esa mirada de siempre, la que no necesitaba palabras, me lo dijo todo: «Vuelve a tu habitación, cierra la puerta y no salgan por nada del mundo».
Obedecí, pero mi mente no dejó de repetir la misma pregunta: ¿qué estaba mirando mamá?
Los ruidos volvieron a escucharse. Algo en mi interior me indicó que debía regresar, que necesitaba ver qué ocurría. Me acerqué de nuevo a la puerta, pero justo cuando iba a abrirla, los sonidos cesaron por completo.
En su lugar, escuché pasos: alguien caminaba hacia mí.
Corrí de inmediato a mi cuarto; el corazón me latía con tanta intensidad que sentí que iba a estallar. En la prisa, no cerré bien la puerta y quise volver para asegurarme, pero ya no tuve tiempo. Lo único que se me ocurrió fue fingir que dormía.
Mi hermano ya no roncaba: estaba despierto. Deslicé la mano con suavidad sobre él para intentar calmarlo, rogando en silencio que no hiciera ningún ruido.
—Cierra los ojos —le susurré.
Yo también cerré los míos, pero pude sentirlo: supe que estaba allí, sin necesidad de verla. Sus pasos eran lentos y medidos; se acercó a la cama, yo contuve la respiración y luego se movió por todo el cuarto. Tras un breve silencio, los pasos volvieron hacia la puerta y todo quedó en calma otra vez.
El tiempo transcurrió. A mi lado, mi hermano apenas si respiraba; ninguno de los dos se movió ni emitió el más mínimo sonido hasta que la luz del amanecer comenzó a entrar por la ventana, cerca de las seis. Supuse que aquella persona ya se había marchado y abrí los ojos.
Entonces la vi: una mujer vestida enteramente de negro, de la que solo sus ojos eran visibles —fríos y penetrantes— y me observaban fijamente. Los cerré de inmediato. Me va a matar, pensé.
El tiempo siguió su curso y ni mi hermano ni yo sufrimos ningún daño. Poco a poco, volví a abrir los ojos: la mujer ya no estaba, pero en el umbral de la puerta, con dos maletas en la mano, se encontraba mi madre.
—Vámonos —dijo simplemente.
Saltamos de la cama al instante; mi hermano tomó mi mano con fuerza y salimos tras ella. El pasillo estaba lleno de sangre y el estómago se me revolvió ante aquella escena escalofriante.
—No preguntes nada de lo que viste anoche —me advirtió mamá con una expresión seria—. Solo olvídalo.
Asentí, aunque sabía que nunca sería capaz de hacerlo. En la habitación de mis padres había alguien más, y la mujer que vi en mi cuarto no era ella: sus ojos eran diferentes, y nunca los olvidaría.
Más tarde, cuando revisé mi mochila del colegio, encontré algo que no había puesto allí: una nota que decía: «Puedes volver a dormir tranquila. El monstruo no volverá a molestarlos». No había duda: la mujer la había dejado. No sabía quién era, ni a dónde nos llevaría mi madre, ni qué futuro nos esperaba, pero por primera vez en mucho tiempo me sentí en paz.
Desde aquella noche, esa mirada me acompañó en cada sueño. No podía olvidarla. No eran solo fría; era peligrosa, y aun así, me habían hecho sentir a salvo. Su imagen se grabó en mi mente con tanta nitidez que podía recrearla con los ojos cerrados, y la sombra de su presencia aparecía en mis pensamientos a cada instante.
Entonces comprendí que no era miedo lo que sentía al recordarla, ni siquiera simple admiración: era algo más oscuro, más profundo y más adictivo. Me enamoré de esos ojos, de la promesa de muerte que ocultaban y de la seguridad que me habían brindado. Me enamoré de la mirada que había asesinado a mi padre. Y lo más perturbador de todo es que deseaba volver a verla.
Espectacular 😍
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Ok, lets go
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