El lugar donde me encontraba era, sencillamente, desolador. Nos obligaban a dormir y despertar a horas fijas; la comida no tenía sabor. No era una cárcel, pero nos trataban como si fuéramos máquinas programadas para repetir la misma rutina día tras día. Esa excesiva protección me asfixiaba y la odiaba.
Llevaba apenas semanas allí y aún no me habían dictado ninguna sentencia, ni me habían dicho cuánto tiempo permanecería encerrada. No había habido audiencia, ni una sola noticia clara sobre mi situación: vivía en un limbo absoluto.
Compartía habitación con varias chicas, pero la que siempre se mantenía a mi lado era Lincy. Tenía dos años más que yo, dieciséis en total. No es que me cayera mal, pero era imposible deshacerme de ella: era simpática, sí, pero necesitaba estar cerca constantemente, como si temiera desaparecer si no contaba con mi atención.
Un día, aburrida, le hablé de aquella mujer de ojos grises. De cómo creía que la mirada de cada persona transmite algo único e irrepetible.
—Tienes razón —me respondió mientras caminábamos, sin apartar la vista de mí—. Yo también pienso que los ojos dicen cosas distintas en cada quien. Y si tú la viste, es porque realmente existió.
No quería seguir hablando de ella; mencionarla solo hacía que su recuerdo se me metiera más adentro. Dibujarla una y otra vez en mi cuaderno no era normal: casi todas las páginas estaban llenas de intentos desesperados por atrapar esa mirada en el papel.
—Esa mirada me da una extraña sensación de seguridad, pero te agradecería que no volviéramos a hablar de ella —le pedí, aunque yo misma había sacado el tema.
Lincy asintió, pero sus ojos brillaban con curiosidad, como si hubiera encontrado en mi confesión un secreto que quería descifrar.
Cambié de tema y le pregunté por qué estaba allí.
—Intento de homicidio contra mi hermana —respondió con total tranquilidad.
No mostró ni un rastro de remordimiento. Me incomodó tanto que decidí no insistir.
En realidad, escapar no habría sido difícil, pero por mi madre aguantaría el encierro hasta el final. Ella confiaba en que yo lograría ser mejor.
Los sábados eran días de visitas. A Lincy nunca la venía a visitar nadie, así que a veces la dejaba acompañarnos cuando mi madre y mi hermano llegaban.
A Sol, mi mejor amiga, le habían prohibido acercarse a mí, pero siempre encontraba la forma de hacerme llegar cartas, que yo le respondía en secreto.
—Mira —me dijo mi madre un sábado, dándome una carta adornada con girasoles dibujados con mucho cuidado.
Al abrirla, como siempre, Sol me contaba todo lo que le había pasado en la semana. Yo le contestaba con el mismo cariño, aunque mi vida allí no tuviera nada interesante que contar, y le repetía cuánto la extrañaba.
«Pensábamos graduarnos juntas. La ceremonia no será igual si no estás. Espero que cuando salgas podamos ir a la misma universidad».
Sentí un nudo fuerte en el pecho al leerlo.
Por alguna razón, Lincy quería saberlo todo sobre ella. Tanto que a veces tomaba mis cartas sin permiso para leerlas. La primera vez me molesté, pero cuando se lo dije, solo sonrió:
—Es que me gusta cómo escribe, siento que casi la conozco a través de lo que tú me cuentas.
Me reí con nervios, fingiendo que no me importaba, pero en el fondo sí me preocupaba. Algo en esa forma de interesarse por Sol me ponía en guardia.
—Entré al equipo de fútbol del colegio —me contó mi hermano ese día, con mucho orgullo.
Sonreí: eso le ayudaría a relacionarse y a sentirse mejor, lejos de mis problemas. Me prometí esforzarme para salir pronto y poder ir a verlo jugar.
Allí recibía terapia familiar, de conducta y acompañamiento psicológico. Según la profesional, cada vez estaba más cerca de volver a casa. Quería creerle, quería que mi madre se sintiera orgullosa.
Al despedirnos, ella me acarició la mejilla.
—Cada día te veo mejor, mi vida.
Verlos irse siempre me dejaba un vacío inmenso. Pero ese sábado me dormí más tranquila que de costumbre. Hasta que en mitad de la noche, sentí que alguien me observaba.
Era Lincy.
Estaba sentada en su cama, con las manos juntas y una sonrisa extraña en el rostro. No dijo nada. Solo me miró fijamente, como si esperara que yo entendiera lo que pasaba por su mente.
Y entonces, por primera vez, sentí verdadero miedo de ella.
Se quedó en silencio largo rato antes de pedirme algo que nunca se había atrevido: que la dejara dormir conmigo.
—¿Por qué quieres hacerlo? —pregunté, desconfiada.
No respondió de inmediato; varios segundos de un silencio pesado transcurrieron antes de que murmurara:
—Por favor, déjame quedarme contigo esta noche.
Había algo inquietante en su tono y en la forma en que permanecía allí, mirándome como si esperara que me negara. Al final cedí y le hice un gesto para que se acostara.
Yo no pude dormir. No sé explicar por qué, pero algo en mi interior me gritaba que no cerrara los ojos. Y durante toda la madrugada noté que ella tampoco descansaba.
—Lincy, ¿por qué sigues despierta? —susurré apenas, sin atreverme a girarme del todo—. Ya es muy tarde.
—Tú tampoco duermes —respondió con calma, como si eso fuera suficiente explicación.
No contesté; preferí callar y dar por terminada la conversación. Pero esa inseguridad creció tanto que me mantuvo despierta hasta que amaneció.
Y no fue un hecho aislado: la situación se repitió noche tras noche. Aunque volviera a su cama, aunque pareciera quedarse dormida, yo no lograba conciliar el sueño. Sentía su presencia, como si me vigilara incluso desde los sueños.
«Dios, sácame de aquí pronto», suplicaba en silencio.
Pero los días se convirtieron en semanas, y las semanas en años. Tres años en los que nada cambió para mí. Cumplí diecisiete entre esas paredes, sin noticias de mi proceso, sin sentencia, sin nada.
Lo único distinto fue que Lincy salió del centro. Aunque en el fondo algo me decía que no debía alegrarme demasiado. Su ausencia no trajo tranquilidad, sino una incertidumbre más pesada.
Sabía que los plazos legales ya habían vencido, así que tenía que hacer algo. En una de mis cartas le conté todo a Sol; ella me respondió que su hermana estudiaba derecho y podría ayudarme a entender lo que ocurría.
Le relaté cada detalle: las evaluaciones, las terapias, la forma en que me vigilaban más que a las demás. No quise comentárselo a mi madre; tal vez intuía que había algo que debía ocultar, así que seguí enviándole las cartas a Sol en secreto, a través de mi hermano.
La respuesta que recibí me destrozó.
Me escondí en el baño para leerla, como hacía siempre que necesitaba estar sola.
«Amiga, no sé si hago bien o mal en decírtelo. Lo pensé mucho porque no quiero hacerte daño, pero creo que tienes derecho a saber la verdad. No es justo que sigas así y me pediste ayuda: hice lo posible. Antes de seguir, piensa bien si quieres leerlo hasta el final».
Sus palabras me helaron la sangre. Una parte de mí presentía que lo que venía dolería, pero si iba a seguir allí hasta cumplir los dieciocho, necesitaba saber por qué.
Seguí leyendo despacio, casi temblando, y confirmé lo que tanto tiempo llevaba temiendo.
«Según lo que hemos podido averiguar, no existe ninguna denuncia ni proceso judicial que justifique tu internamiento. No se ha seguido el trámite habitual porque no hay ninguna acusación formal en tu contra. Es muy probable que tu madre haya decidido por su cuenta que este es el lugar adecuado para darte el apoyo que ella cree que necesitas».
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Leí esas líneas una y otra vez, esperando que cambiaran, pero seguían allí: una condena disfrazada de protección.
Una lágrima cayó sobre el papel y borró parte de la tinta. Y de inmediato lo arrugué con rabia, apretándolo entre mis manos temblorosas.
¿Ella pudo haberme sacado de aquí en cualquier momento? ¿Me mintió? ¿Mi propia madre fue quien decidió encerrarme?
Esa pregunta me atravesó el corazón. En ese instante no supe qué dolía más: seguir atrapada allí, o descubrir que tal vez nunca fue el sistema quien me retuvo… sino ella.
Me puse frente a ella, con las lágrimas ya resbalando por las mejillas.
—Tú me estás reteniendo aquí, ¿verdad? —solté la pregunta sin rodeos.
Ella guardó silencio. Bajó la mirada y apretó el bolso contra sí, como si en él pudiera hallar una respuesta.
—Respóndeme —insistí, con la voz quebrada—. No es normal pasar tres años aquí sin juicio ni proceso. ¡Tres años, mamá! ¿Sabes lo que eso significa?
Su silencio dolía más que cualquier reproche.
—Dime la verdad —di un paso hacia ella, temblando—. ¿Qué hiciste?
Al fin alzó la vista, con el llanto contenido.
—Lo hice por tu bien, solo quería protegerte.
Solté una risa incrédula, ahogada entre sollozos.
—¿Por mi bien? —grité, mezclando rabia y dolor— ¡Me quitaste toda mi adolescencia! ¿Lo entiendes? Nunca tuve oportunidad de vivirla. Me encerraste aquí y me robaste esos años como si no valieran nada.
—Eras incontrolable —respondió ella, alzando la voz por primera vez—. No escuchabas a nadie, te estabas destruyendo. Pensé que aquí estarías a salvo.
—¿A salvo? —exclamé—. ¿De vivir libre? ¿De decidir por mí misma? ¿De perder cada instante que me correspondía? ¡Lo hiciste porque era más fácil para ti!
Ella intentó acercarse, llorando también.
—No digas eso, jamás quise hacerte daño.
—¡Lo hiciste! —la interrumpí con la garganta ardiendo—. Me robaste tres años. ¡Tres! Y nunca me dijiste la verdad. ¿Sabes lo que es esperar una audiencia que nunca llega? ¿Sentir que tu vida depende de quien se niega a hablarte?
Se llevó las manos al rostro, temblando.
—Perdí mi empleo. No podía darles una vida digna a ti y a tu hermano. Pensé que este lugar era lo único que podía ofrecerte: techo, comida, cuidado… creí que sería mejor que vernos caer.
Sé que perdió su trabajo por mi culpa, pero nada justifica haberme encerrado sin decirme la verdad. Sus palabras me golpearon, pero no apagaron el fuego que sentía. Iba a seguir hablando hasta que lo vi.
Mi hermano estaba unos pasos más allá, con los ojos rojos y la respiración agitada, encogido como si quisiera desaparecer. Retrocedía despacio, mirándonos con miedo, como si ya no nos reconociera.
Mi voz murió en la garganta. Todo lo que quería gritar se convirtió en un nudo insoportable. Y sin poder contenerme más, salí corriendo, con el llanto nublándome la vista. Huir no borraría nada, pero en ese momento era lo único que podía hacer.
El resto del día intenté comprenderla y buscarle explicaciones porque sabía que no soportaría que nuestros problemas lo hirieran a él. Él era la única víctima inocente.
Pasaron los días y me acercaba a los dieciocho. Casi cuatro años allí. Cuatro años tratando de no odiarla, obligándome a entender sus razones, aunque la herida seguía abierta. Sus visitas se hicieron más espaciadas, como si ella tampoco hallara fuerzas para mirarme a los ojos. Y quizás era mejor así, porque yo tampoco sabía cómo hacerlo sin romperme.
Hasta que, semanas antes de mi cumpleaños, apareció Mafe. No era día de visita y me sorprendió: su presencia significaba un cambio. Ella había guiado todo mi proceso terapéutico, y al verla supe que traía noticias.
—Nessy —dijo con una sonrisa suave, pero cargada de peso—, ya se cumplieron todos los trámites. Puedes irte.
Me quedé inmóvil un instante, hasta que el corazón me dio un vuelco. Quise gritar, reír o abrazarla. Pero la alegría se mezcló con un miedo helado al pensar en mi madre.
Mafe lo notó de inmediato.
—Sé que tienes miedo —me dijo con calma—. Pero si quieres recuperar tu relación, tendrán que hablar y perdonarse. No hay otro camino.
Bajé la mirada, apretando los puños.
—No me siento lista —confesé apenas.
Se inclinó hacia mí con firmeza y ternura.
—Tienes una semana para pensarlo, para prepararte y decidir si le abres el corazón. No será fácil, pero es lo único que les permitirá estar juntas de nuevo.
Asentí, mientras dentro de mí todo giraba. Estaba inmensamente feliz, pero el temor seguía allí: enfrentarla, escucharla, decirle todo lo que callé tanto tiempo. La libertad estaba cerca y con ella, la herida más difícil de sanar.
—Saldrás el viernes —añadió—. Le avisaré a tu madre. Ahora trabaja en un restaurante, pero le diré que pida permiso para ir por ti y…
—¡No! —la interrumpí con decisión—. Ya perdió un trabajo por mi culpa. No quiero que vuelva a pasar.
Vi que iba a objetar, pero le pedí:
—Por favor. Dile cualquier cosa, pero no la hagas faltar.
Dudó unos segundos, hasta que suspiró y asintió.
—Está bien. Yo misma te llevaré.
No tenía otra opción. Lo importante era salir pronto y encontrar la forma de arreglar las cosas. Mi hermano merecía una familia que no estuviera rota.
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