Gray

Hace años que no me cruzo con Julia y, para ser sincera, es lo mejor que me ha pasado. Cuatro años sin verla han sido un alivio; incluso dejé de ir seguido al consultorio de Mafe para evitar cualquier riesgo de encontrarme con ella.

Lo único malo de hablar con ella es que, sin darme cuenta, la charla se convierte en una sesión de terapia disfrazada.

—No puedes seguir así, Gray —me dijo un día, mezclando firmeza y preocupación—. Llevamos mucho tiempo siendo amigas y empiezas a asustarme.

—¿Por qué no podría? —respondí con frialdad—. Lo he hecho siempre.

—Porque hay cosas que debes sanar, y tú lo sabes.

—No tengo nada que sanar —mentí, cruzándome de brazos.

Ella se quedó callada un instante y yo sabía que tenía razón. Pero aceptarlo significaba abrir la herida y volverme vulnerable. Ese no es un lujo que pueda permitirme.

—Gray —insistió con voz más suave—, necesitas algo que todos, en el fondo, buscamos.

—¿Dinero? —pregunté con desdén, desviando la mirada.

Mafe suspiró, exasperada.

—No hablo de eso. Hablo de algo que llene ese vacío que llevas dentro.

—¿Y qué cosa no se consigue con dinero? —ataqué con una sonrisa irónica.

—¡No es algo material! —alzó la voz, dejando salir su frustración por primera vez.

—¿Poder? ¿Respeto? ¿Estatus? —enumeré, disfrutando al verla perder la compostura—. Todo eso se compra.

Cerró los ojos, respiró hondo y murmuró:

—Solo te importa el dinero.

—¿Acaso hay algo más importante? —la desafié con la mirada.

—Sí —respondió casi suplicante—: el amor. Eso es lo que te falta. Sabes perfectamente que el dinero no da la felicidad.

—¿Quién lo dice? —me burlé—. Pon un fajo de billetes delante de quien repite esa frase y verás su verdadera cara.

Al terminar, tomé un puñado de maní de su escritorio y me lo eché a la boca.

—¡Oye! Es para mis pacientes —se indignó, apoyando las manos sobre el mueble.

—¿No me estás atendiendo a mí? —respondí encogiéndome de hombros.

—¡No entiendes nada! —estalló finalmente.

La miré con calma, satisfecha de haber roto su control. Era psicóloga, debía mantener la calma pero conmigo nunca lo lograba. Y como siempre, terminó cediendo:

—Hablemos de otra cosa.

Porque ella lo sabe mejor que nadie: no se puede cambiar a quien no quiere cambiar.

—Mejor acompáñame a recoger a alguien —propuso.

Sonaba mucho mejor que seguir escuchando sermones sobre mi forma de vivir. Así que terminé al volante, estacionada frente a un centro de menores, esperando bajo un sol que me quemaba el parabrisas y la paciencia —que nunca ha sido mi mayor virtud—.

Suspiré, a punto de tocar el claxon, hasta que la puerta se abrió. Allí venía ella, junto a Mafe: una chica de cabello castaño, liso y tan largo que le rozaba la cintura.

Mi mirada se quedó anclada en ella por instinto. Algo en su rostro me golpeó con una familiaridad extraña, como si guardara retazos de alguien que no logro ubicar.

—Buenos días —dijo al abrir la puerta trasera, sin mirarme demasiado.

Llevaba un bolso y un cuaderno de dibujos entre las manos. Tenía una sonrisa pequeña y nerviosa, a medio camino entre la emoción y la timidez, aunque en sus ojos brillaba una chispa de curiosidad que enseguida ocultó entre las páginas.

La observé por el retrovisor, como si esa distancia me ayudara a descifrarla. Cada detalle suyo me recordaba a algo que no logro nombrar, como si estuviera viendo el reflejo de un recuerdo perdido.

—Buenos días —respondí al fin, aunque lo que realmente pensaba era: ¿quién eres y por qué siento que ya te he visto antes?

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Danae258
17 days ago

Su mujer 🫶🏻

Bluebell_145
12 days ago
Reply to  Danae258

Y mía 😍

Amigops21
17 days ago

Por fin

Mar luna
16 days ago

El amor de su vida

Vero
11 days ago

🥰😍