Gray

Me agaché para tomar mi termo negro y beber agua, dejando que el líquido frío bajara por mi garganta. Zafiro me observaba con una sonrisa de oreja a oreja, como si estuviera esperando el momento exacto para molestarme.

—¿Qué? —pregunté arqueando una ceja, todavía con el termo en la mano.

—¿Creíste que por instalar un gimnasio completo en tu casa ibas a librarte de venir aquí? —me dijo con ese tono burlón tan característico suyo.

Rodé los ojos. Claro que podía entrenar sola, en mi espacio, con mis máquinas y sin nadie alrededor. Pero no: a Zafiro le gusta «socializar». Yo, en cambio, no le hablo a nadie y nadie se atreve a hablarme, porque los miro como si quisiera arrancarles la cabeza.

Lo único divertido de todo esto es poder restregarles el cuerpo que nunca van a tener. Con mi licra negra, el top ajustado, el cabello en dos trenzas y ese sudor que resalta mis músculos, me muevo plenamente consciente del efecto que provoco.

—¿Recuerdas el contrato que perdí y que dijiste que no me devolverían? —soltó Zafiro de repente.

Me giré hacia ella en silencio, esperando a que continuara.

—Pues me lo devolvieron —dijo con una sonrisa amplia—. Una chica muy amable encontró el sobre, llamó al número que la agencia tenía anotado y me lo entregó.

Bueno, al final el mundo no está tan podrido si todavía queda gente así y no como yo.

Me di cuenta de que Zafiro no dejaba de mirarme.

—¿Qué pasa? —pregunté con tono seco.

—Nada, solo pensaba que cuando por fin tengas a una mujer y cojas con ella, será muy afortunada.

Sonreí de lado, dejando el termo en el banco. Me mordí el labio inferior, como si recordara un secreto agradable.

—Zafiro, yo he cogido con más mujeres de las que imaginas.

Ella alzó las cejas, sorprendida, bebió de su botella y luego me juzgó con esa mirada severa que tiene.

—Entonces lo haces sin compromiso. Está claro que novia no tienes.

No vi razón para negarlo y me encogí de hombros con total descaro.

—Exacto, es mejor así —me pasé la lengua por el labio, disfrutando de la confesión—. Mejor cuando puedes fingir que nunca has conocido a nadie.

Zafiro me dio un manotazo en el hombro, indignada.

—¡¿Y te parece bien eso?!

—No tengo a nadie a quien serle fiel, ¿cuál es el problema? —respondí con una sonrisa descarada.

Ella entrecerró los ojos, como si quisiera atravesarme con la mirada.

—Cuando alguien te amarre, dejarás esa vida llena de libertinaje.

Solté una carcajada suave y caminé hacia la salida del gimnasio.

—Si tú lo dices.

Ya había tenido suficiente de estar rodeada de gente. Estaba harta de sonrisas falsas y miradas curiosas.

—Esa vida no está bien —me dijo detrás de mí, sin dejar de sermonearme.

—Lo único malo de mi vida sexual. Es que las mujeres se obsesionan demasiado —contesté tranquila, levantando apenas la mano.
 
—Eso explica lo de tu auto —soltó de repente.

Me detuve en seco. Giré apenas el rostro, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.

¿Mi auto?

Al salir del gimnasio lo vi: rayado por todo el costado derecho.

Me quedé helada un segundo. ¿Quién demonios se atreve? ¿Cómo no lo noté antes? ¿Cuándo lo hicieron?
Me acerqué con el estómago encogido y entonces leí lo que había escrito:

«Vas a tener que desbloquearme».

La rabia me subió de inmediato y, sin pensarlo, el nombre se me escapó de la boca como veneno:

—Sofía.

Zafiro se giró hacia mí con los ojos abiertos como platos y me dio otro manotazo en el brazo.

—¡¿Sofía?! —exclamó escandalizada—. ¡No me digas que te acostaste con la sobrina de Mafe!

—¡Eso fue hace dos años! —me defendí al instante—. Y fue una sola vez pero la perra se obsesionó.

—¡Pues claro! —me reprendió con furia—. ¡Si desde que te conoce babea por ti!

—¡Y yo le dejé clarísimo que no me interesaba! —exclamé, crispada—. Se lo repetí mil veces.

—¡Le diste alas! —replicó Zafiro, señalándome como si tuviera toda la razón del mundo.

—¡No, yo la advertí! —gruñí—. Nunca quise nada con ella.

—¿Y qué importa eso? Una persona enamorada no entiende de advertencias. Solo lograste que se enganchara más —sentenció ella, abriendo de golpe la puerta trasera del vehículo.

Me quedé mirándola sin entender qué buscaba, hasta que volvió a salir con algo en las manos.

—Está tan obsesionada que hasta te dibuja de forma erótica —dijo, mostrándome un cuaderno.

Fruncí el ceño y se lo arranqué de las manos. Ese cuaderno no podía ser de Sofía. Ella es de las que te lloran, te rayan el auto, montan dramas baratos y amenazan con que se suicidarán, pero dibujarte no entra en su estilo.

Abrí la libreta y la sangre se me congeló. Había decenas de dibujos míos.

El último que vi era grotescamente erótico, como si alguien me devorara con la mirada. Estaba demasiado bien hecho; tan bien, que me incomodó descubrir lo mucho que me gustaba. Estaba excitada por sentirme así de deseada.

Pero Sofía no hizo esto, no es su forma de actuar. Es obsesiva, sí, pero de otra manera. Esto era distinto.

Y no podía negar lo evidente: el resto de dibujos eran detalles: mis ojos, mis manos, mis gestos. Cosas que no se hacen de la noche a la mañana. Esa persona me ha estado observando y dibujando desde hace mucho tiempo.

Me quedé perpleja, sosteniendo el cuaderno entre mis manos.

—Esto no es de Sofía —murmuré con absoluta certeza.

Zafiro me fulminó con la mirada.

—¡¿Cómo que no?! ¿Ahora vas a decirme que son dos las locas obsesionadas contigo?

Esos dibujos son de la chica que recogió Mafe, la misma que logró que no pudiera apartar la vista de ella. Había algo en ella que me producía una sensación extraña, como un eco del pasado.

No quería seguir mirando, no quería indagar más.

—Le daré el cuaderno a Mafe para que lo devuelva —sentencié—. No haré preguntas.

Le eché una mirada a Zafiro.

—Vámonos ya.

Fuimos hacia una de mis dos casas: aquella que no pertenecía a la fiscal, sino a la asesina; una vivienda que tenía un valor emocional inmenso para mí.

Antes de entrar, me detuve frente al portón y saqué las llaves. Un guardia de seguridad, que siempre obedecía sin rechistar, se acercó a mí.

—Llévalo a que le arreglen ese rayón —le dije, entregándole las llaves.

El hombre tardó demasiado en tomarlas; dudó un instante, y mi paciencia estalló de inmediato.

—¡Apúrate! —grité, alzando la voz de golpe—. ¡¿Qué estás esperando, que crezca un árbol ahí?!

El guardia se sobresaltó tanto que casi deja caer las llaves. Murmuró un «sí, señora» mientras corría torpemente hacia el auto, casi tropezando con sus propios pies. No podía evitar fruncir el ceño, impaciente.

—¡Gray! —me regañó Zafiro, cruzándose de brazos—. ¿De verdad tienes que gritarle así a todo el mundo?

Yo la miré de reojo y me encogí de hombros con indiferencia.

—Se tarda demasiado —respondí con calma, aunque todavía con un rastro de irritación—. No tengo tiempo para eso.

El hombre, por su parte, avanzaba casi dando saltos torpes, como si su vida dependiera de entregar el auto intacto. Zafiro bufó y negó con la cabeza, claramente frustrada, mientras yo me giraba hacia la puerta, lista para entrar.

—Tu carácter va a terminar espantando a cualquiera —me dijo, bajando un poco la voz, con un tono que oscilaba entre el regaño y la preocupación.

—¿Y qué? —contesté, cruzándome de brazos y entrando en la casa.

El interior seguía igual: un caos absoluto. Era mi espacio, mi santuario, aunque para cualquier persona «normal» no sería más que un desorden. Zafiro se detuvo en seco, con una mezcla de horror y reproche, observando todo a su alrededor.

—Por favor, Gray. Me sorprende que una casa con tanto valor emocional para ti esté así. ¿Y qué pasó con la empleada que tenías? —preguntó con tono severo.
4
—La despedí —dije, rascándome la nuca con total indiferencia.

Es que era inútil... Nunca me gustaron las tareas domésticas: barrer, lavar, doblar ropa… todo me parece excesivamente tedioso.

—Conseguiré otra —añadí, lanzándome sobre el sofá.

—Pero trata de tratarla bien —me advirtió Zafiro.

—Es que son inútiles —respondí con total franqueza.

—El problema es que tú eres difícil, llevas como tres empleadas en un mes —insistió ella.

—Fueron cuatro —la corregí, recostándome sin ninguna preocupación—, y cada una más inútil que la anterior.

Zafiro frunció el ceño.

—No pueden ser todas inútiles; seguramente tu carácter las asustó. Si quieres contratar a alguien, tendrás que mejorar tu actitud. No puedes mantener la casa en este estado.

—Está bien, buscaré a otra —dije, estirándome y poniendo los brazos detrás de la cabeza—. Mafe conoce a mucha gente; le pediré que encuentre a alguien decente.

—No te va a durar nada —sentenció Zafiro, cruzando los brazos y mirándome desafiante.

—Claro que sí —respondí con una sonrisa arrogante.

—Apostemos un millón de pesos a que no —me retó, con los ojos brillando de convicción.

Lo dudé un instante: me conozco, sé que mi carácter es un desastre y no soy fácil de complacer. Pero mi orgullo es peor que mi temperamento. Una chispa de desafío brilló en mi mirada y terminé aceptando:

—Hecho.

Zafiro sonrió, satisfecha, mientras yo me acomodaba cruzando las piernas y me quedaba mirando el techo. Mi carácter explosivo, mi impaciencia y todo eso era parte de mí, y al mismo tiempo la razón por la que nada ni nadie podía igualarme.

—Esto va a ser interesante —susurró Zafiro, como si ya predijera el caos que vendría.

—Todo lo que hago lo es —respondí, mordiéndome el labio inferior con esa mezcla de arrogancia y diversión que siempre me define.

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Amigops21
17 days ago

Ayy Grey

Mar luna
16 days ago

La loca de sofia

Vero
11 days ago

Amo a Gray