Nessy

Le di a Sol parte del dinero y luego fui a buscar a mi hermano a la cancha donde lo había encontrado el día anterior. Lo llamé y, tras convencerlo, finalmente accedió a salir a caminar conmigo.

Llegamos a una tienda deportiva grande y bien surtida, llena de equipo y calzado de todas las marcas. Mis ojos recorrieron los estantes llenos de guayos, pero mi atención se centró en él: en cómo le brillaban la mirada al verlos.

No tuve que pedirle que señalara cuáles quería; apenas los vio, su entusiasmo lo dijo todo.

—¿Te gustan? —le pregunté con una sonrisa suave.

Asintió con fuerza, con la boca entreabierta y los ojos iluminados. Eran unos Nike azules, perfectos para su talla; costaban trescientos noventa y nueve mil pesos.

—Tómalos —le dije.

—¿De verdad me los vas a comprar? —exclamó, incrédulo—. ¡Pero no tienes trabajo, Nessy!

—No importa —le respondí, apretándole suavemente el hombro—. Solo quiero verte feliz.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo contenerse: dio un pequeño salto de pura alegría.

Entramos y el vendedor nos recibió amablemente. Ángel no dejaba de mirar esos zapatos, todavía sin creer que pronto serían suyos. Mientras se los preparaban, caminaba de un lado a otro, emocionado, los tocaba y movía los pies probándoselos en su imaginación.

—¡Ya casi! —repetía, incapaz de calmarse.

Cuando por fin se los entregaron, Ángel los sostuvo con cuidado, como si fueran un tesoro, y se giró hacia mí con los ojos brillantes.

—¡Gracias, Nessy! ¡Muchas gracias! —dijo, dando otro salto y levantando los brazos— ¡No lo puedo creer!

—Vamos, volvamos a la cancha —le propuse, sintiéndome orgullosa de su felicidad.

Caminamos de regreso y, en cuanto llegamos, se los puso y comenzó a jugar con una energía renovada. Lo vi correr, driblar y patear el balón, y sentí un orgullo inmenso. Cada movimiento suyo reflejaba su esfuerzo, su pasión y, en silencio, todo mi amor por él.

Al detenerse a descansar, se acercó a mí, con el sudor en la frente y esa sonrisa capaz de borrar cualquier preocupación.

—Prometo cuidarlos —susurró, tomando mis manos entre las suyas—. Te juro que los cuidaré con mi vida.

Yo sonreí, sintiendo el corazón lleno de amor y gratitud. Lo vi volver a correr, feliz, mientras me quedaba allí pensando en lo importante que era haber hecho esto por él. Cada pase, salto y sonrisa me recordó que, aunque el mundo fuera duro, ese momento nos pertenecía solo a nosotros.

Antes de despedirnos, le di algo de dinero para que ayudara a mamá. Le pedí que le dijera que lo había encontrado o algo parecido; no quería que supiera que venía de mí. Esperaba que eso les aliviara un poco las cargas, porque yo ya no tenía casi nada: había dado casi todo lo que tenía.

Después, recordé dónde quedaba el consultorio de Mafe. Necesitaba hablar con ella, pedirle consejo sobre lo que pasaba con mi madre y encontrar el valor para enfrentarla. Tras un largo trayecto en Transmilenio, llegué hasta el edificio donde trabajaba.

Me acerqué a la entrada, un lugar donde atendían varios profesionales, pero de pronto me detuve en seco. El corazón me dio un vuelco y salí corriendo hasta la siguiente esquina para esconderme detrás de un muro.

—Es ella… —susurré, con la voz temblando.

Ahí estaba: la mujer de ojos grises. Maldición, qué hermosa es. La vi bajarse de una moto y quitarse el casco; era imposible confundirla. Su porte, la forma en que se movía, incluso cómo le caía el cabello sobre los hombros… todo en ella respiraba poder y elegancia. Y a la vez me daba miedo: un miedo extraño, como si acercarme fuera peligroso, aunque tampoco lograba apartar la mirada.

La vi desaparecer tras la puerta del consultorio. Seguramente había ido a ver a Mafe; parecían muy cercanas. Me asomé un instante: la moto ya estaba sola. El corazón me latía tan rápido que sentí que cualquiera podría oírlo.

Yo quería verlo todo, saber exactamente qué haría allí.

Me decidí a entrar; cada paso hacia la recepción se sentía como caminar sobre cristales rotos, con los nervios a flor de piel. Y entonces las vi: hablando entre ellas.

Me escondí detrás de un asiento situado de espaldas, aprovechando que había estanterías llenas de libros. Fingí leer uno, aunque era incapaz de concentrarme.

—No, Gray. Ya contrataste a cuatro empleadas y las despediste —decía Mafe—, y una de ellas ni siquiera aparece.
Gray. Así se llamaba.

—Ni aparecerá —murmuró ella, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera.

—¿Qué dijiste? —preguntó Mafe, con tono serio.

—Digo que tú conoces a gente de escasos recursos, esas personas que parecen condenadas a trabajar día tras día.
Perfecto. Es clasista y me gusta.

Y su voz… cada palabra que salía de su boca era música. Todo en ella irradiaba poder, seguridad, perfección absoluta.
Al final, Mafe le dijo que vería qué podía hacer, aunque le advirtió que no le conseguiría a nadie si seguía espantando a todas las que contratara.

Una empleada. Alguien que podría ser yo.

Cuando mi futura jefa se marchó, me levanté como si nada, intentando recomponerme. El corazón me seguía golpeando fuerte y mi mente no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Incluso olvidé por qué había venido: todo lo ocupaba la imagen de Gray y esa mezcla de miedo, fascinación y deseo que despertaba en mí.

Antes de que Mafe pudiera irse, me acerqué rápido, tratando de no parecer demasiado ansiosa. Cada paso era una mezcla de temor y emoción.

—¡Mafe! —dije, con voz suave y una sonrisa que apenas podía ocultar mi nerviosismo—.¡Qué alegría verte!

Ella se giró sorprendida y su rostro se iluminó al reconocerme.

—¡Nessy! —exclamó, acercándose para abrazarme—. Me alegra muchísimo verte.

Necesitaba ser quien trabajara para Gray.

—Perdona que te moleste —dije con una sonrisa nerviosa—, pero necesito pedirte un favor urgente.

—Claro, dime lo que sea —respondió ella, con paciencia.

—Necesito un trabajo —me animé a decir, intentando mantener la calma aunque el corazón me golpeaba con fuerza—. Puedo hacer lo que sea.

Mafe me miró, evaluándome, sin responder de inmediato. La espera se hizo eterna y sentí un nudo en el estómago. Mi fascinación por Gray crecía por momentos al recordar lo que había escuchado, y mi mente se llenaba una y otra vez de su imagen.

—Está bien, ¿qué sabes hacer? —preguntó Mafe finalmente, con calma, como si la idea le pareciera posible.
Ahí empecé a enumerar mis cualidades, pensando siempre en lo que ella podría necesitar, buscando encajar perfectamente en lo que sabía que Gray estaba buscando:

—Puedo limpiar, ordenar la casa, cocinar, cuidar de los espacios y aprendo rapidísimo. Soy puntual y muy responsable —mi voz tembló un instante, pero logré mantenerla firme—. Además, me esfuerzo mucho, hago bien mi trabajo y no necesito que me estén vigilando.

Mientras hablaba, intentaba controlar la emoción que me recorría al pensar en Gray, como si ella estuviera justo frente a mí, juzgándome con esos ojos que parecían atravesarme. Cada palabra la elegí con cuidado, calculada, para que, si surgía la oportunidad, pudiera acercarme a ella sin que nadie sospechara el verdadero motivo de mi deseo: estar cerca de ella.

Mafe me escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando, aunque sin darme una respuesta inmediata. El simple hecho de estar ahí, frente a la mujer que podía ayudarme a acercarme a Gray, me llenaba de una mezcla de ansiedad y fascinación.
—Además, soy muy discreta —añadí, con un tono que intentaba sonar seguro—, y trabajo bien bajo presión.

Ella parecía dudar, como si realmente sopesara si quería condenarme a lo que probablemente sería un infierno.

Pero le insistí.

—Por favor, lo necesito —le supliqué.

—Está bien, Nessy —dijo, inclinándose ligeramente hacia mí—. Conozco justo a alguien que podría necesitar a una persona con esas cualidades, aunque todavía no puedo prometerte nada, no estoy muy segura.

Mi corazón dio un vuelco: cada palabra suya era un paso más hacia Gray. Intenté mantener la calma mientras asentía, aunque la emoción me hacía temblar levemente.

—Lo entiendo perfectamente —respondí, bajando un poco la voz—. Solo si surge algo, por pequeño que sea, por favor recuérdame.

Mafe me sonrió con calidez, sin sospechar el verdadero motivo de mi insistencia. Le di el número de Sol para que pudiera contactarme.

—Claro, Nessy. Te tendré muy en cuenta —dijo antes de despedirse y salir del consultorio.

Mientras la veía irse, mi mente seguía atrapada en Gray: recordaba su voz, su porte, esos ojos grises que parecían atravesarme. Pensar en ella me llenaba de una extraña mezcla de miedo y fascinación. Y aunque Mafe no lo sabía, todo lo que había dicho sobre mis habilidades estaba pensado con un único fin: acercarme a la mujer que había capturado por completo mi atención.

Salí del edificio con el corazón acelerado y la cabeza llena de su imagen, preguntándome cómo sería trabajar bajo su mirada, respirar el mismo aire que ella. La obsesión seguía ahí, silenciosa e intensa, y ya no podía ignorarla.

Al llegar a casa de Sol, no tardé en contarle todo lo que había pasado ese día. Empecé por lo de mi hermano, claro, pero pronto mis palabras se centraron en lo que realmente me emocionaba: la posibilidad de trabajar para Gray.

—¿Quién es Gray? —preguntó Sol, arqueando una ceja con curiosidad.

—Es la mujer que vi el día que mataron a mi padre —le confesé, y aún al decirlo sentí un escalofrío.

—¿Estás segura de que es ella? —preguntó ella, con cierta incredulidad—. Digo, tenías solo doce años.

—Te juro que nunca olvidaría esa mirada —respondí, y mis ojos brillaron con esa ilusión casi infantil que me producía recordarla.

—¿Y estás segura de querer trabajar para ella? ¿No me dijiste que a las empleadas no les suele durar mucho?

—Sí, pero vamos, ¿qué tan difícil puede ser? —respondí encogiéndome de hombros, aunque en el fondo sabía que cualquier dificultad valdría la pena si me acercaba a ella—. Además, necesito el trabajo: para mí, para ayudarte a ti, para ayudar a mamá y a Ángel.

Y, confesémoslo, porque me gusta muchísimo Gray.

—Ella te gusta mucho, ¿verdad? —preguntó Sol con una sonrisa, dándose cuenta antes de que yo pudiera disimularlo.
Me sonrojé y no respondí con palabras; solté una risa tonta, encantada, como si todo en el mundo ahora girara alrededor de ese nombre.

—Estás perdida —dijo Sol, riéndose—. Pero cuídate mucho, por favor. Solo quiero que estés bien.

Asentí, sintiendo que sus palabras eran un abrazo silencioso: un recordatorio de que alguien me cuidaba, mientras yo me lanzaba tras lo que sabía que podría consumirme por dentro: Gray.

Tras una larga charla y cenar juntas, me recosté, pero mi mente no dejaba de reproducir cada gesto de Gray. Incluso cuando el sueño empezaba a vencerme, mi corazón seguía latiendo al ritmo de su presencia en mi memoria.

Todo estaba tranquilo hasta que, cerca de la madrugada, escuché un ruido extraño mientras Sol preparaba sus cosas para ir a la universidad.

—¡¿Quién eres?! —la oí gritar, con la voz temblando entre el miedo y la rabia—.¡Lárgate ya!

Me levanté de un salto y corrí hacia la entrada, donde Sol permanecía tensa, observando con cautela.

—¿Qué pasa? —susurré, acercándome lo más silenciosamente posible.

—Hay alguien ahí afuera —me respondió en un hilo de voz—. No contesta cuando le pregunto quién es. Solo se queda ahí, quieto.

Sol se inclinó y asomó la mirada por debajo de la puerta.

—Sigue ahí, y no es la primera vez que viene —añadió, con evidente preocupación y desconcierto.

Me asomé con cuidado: efectivamente, había una silueta observando la puerta sin moverse, como si estuviera esperando algo. Mi instinto me gritaba que algo no iba bien.

—¡Oye! ¡Vete o llamamos a la policía! —grité con firmeza, tratando de sonar mucho más segura de lo que me sentía.

En ese instante, la figura salió casi corriendo y desapareció. Cuando abrimos, el pasillo estaba vacío. Di unos pasos rápidos hacia afuera intentando alcanzarla, pero ya era demasiado tarde.

—¿Qué mierda? —murmuré, más para mí misma que para ella.

Volví hacia Sol: su rostro reflejaba el mismo desconcierto que sentía yo. Por un momento pensé que podría tratarse de alguien obsesionado con ella, alguien que la había estado siguiendo, pero no tenía ni idea de cuán equivocada estaba.

El silencio que quedó después se volvió pesado, cargado de un misterio que nos envolvió a ambas. No se trataba de un visitante cualquiera, había algo mucho más oscuro detrás de todo esto.

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Vero
11 days ago

Dioo mioo