Nessy

Acompañé a Sol hasta la universidad: ambas seguíamos intranquilas tras aquella visita extraña. Ella aseguró que no era la primera vez que esa persona rondaba su puerta, y aunque intenté restarle importancia, en el fondo compartía esa incomodidad que no nos dejaba estar tranquilas.

No pude evitar pensar en Lincy; la posibilidad era demasiado real. Ya había estado obsesionada con Sol cuando estábamos en la correccional, y aunque quería convencerme de que todo eso había quedado atrás, una parte de mí sabía que alguien así no suelta sus objetivos tan fácilmente.

Después de despedirme de ella, pasé casi todo el día caminando sin rumbo, como si moverme me ayudara a aclarar las ideas. Más tarde, en un parque, me encontré con mi hermano y hablamos.

—Nessy —dijo él, con esa mezcla de ternura y preocupación que solo él sabe transmitir—, mamá ya sabe que no estás en el centro.

Se me cortó la respiración: sabía que tarde o temprano pasaría. Que descubriría que la estoy evitando, que me niego a verla cara a cara. No es exactamente odio, es que todavía no tengo el valor suficiente.

—Lo sé —susurré—, pero aún no puedo…

No terminé la frase. Él simplemente asintió despacio, como si entendiera aquello que ni yo misma lograba explicar.
—Lo entiendo —murmuró, casi en un susurro—. Pero las extraño.

El corazón se me apretó al verlo realmente: ese niño que creció temiendo a su propio padre, el pequeño que siempre cargó con un peso que no le correspondía.

—Te prometo que —le sonreí con esfuerzo— hablaré con ella pronto.

Me miró como si quisiera creerme, aunque sus ojos reflejaban duda.

—Te lo prometo de verdad —insistí, más para convencerme a mí misma que a él.

En su silencio comprendí que se esforzaba por confiar. Y entonces me di cuenta de algo que me alivió: mi hermano no había heredado la arrogancia ni la crueldad de nuestro padre hacia las mujeres. Era educado, tímido, a veces demasiado reservado. Y prefería eso mil veces antes que verlo convertirse en alguien como él.

—¿Sabes? —dijo de repente, interrumpiendo mis pensamientos—. Tengo un partido pronto, por si quisieras ir.
No lo dudé ni un instante: por supuesto que iría. Podía asegurar que nada en el mundo me lo impediría.

—No te preocupes —añadió enseguida, con una sonrisa torpe intentando quitarle importancia—. Seguro mamá ni siquiera tendrá tiempo de venir.

Lo dijo para aliviarme, pero su mirada se ensombreció. Se notaba que ya estaba acostumbrado a que ella no estuviera presente en sus momentos importantes.

Quise borrar esa tristeza de su rostro y le devolví una sonrisa llena de dulzura.

—No te preocupes, hermanito —le aseguré—. Nada ni nadie hará que me pierda ese partido.

Lo abracé, aunque no me lo pidió. Y confirmé que era lo correcto cuando lo sentí quebrarse entre mis brazos, llorando bajito como si el peso de esa familia rota fuera demasiado para él.

Yo también lo sentí, y en ese instante lo tuve claro: tenía que reconciliarme con mi madre. No por ella, ni siquiera por mí… sino por él. De alguna forma, debía volver a unir las piezas de esta familia hecha pedazos.

Cuando cayó la tarde y la noche empezó a colarse por las ventanas, regresé al apartamento de Sol. Ella ya estaba allí, esperándome con los brazos cruzados y una mirada entre seria y preocupada.

—Nessy, necesitas un teléfono —me dijo apenas entré, como si hubiera estado ensayando la frase toda la tarde—. Te busqué por todos lados y no aparecías.

—Lo siento. Estaba con mi hermano y el tiempo se me fue volando —contesté, intentando ocultar que aquella conversación me había dejado hecha pedazos.

Pero Sol me conoce demasiado bien.

—¿Estás bien? —preguntó directamente, mirándome fijamente a los ojos.

Me senté; sabía que ya no había forma de ocultarlo.

—Mi hermanito —suspiré—… es quien más ha sufrido con todo esto, ¿verdad?

Ella se sentó a mi lado de inmediato.

—Ya veo por dónde vas —respondió con un suspiro—. Pero los tres cargaron con cosas que nunca debieron soportar. Sobrevivieron juntos, Nessy; lo mejor que pueden hacer ahora es sanar juntos. Él cuenta con ustedes dos.

Ojalá fuera tan fácil. No es sencillo mirar a mi madre a los ojos y decirle que la perdono por encerrarme.

—Sé que es difícil —añadió Sol, como si pudiera leer mis pensamientos—. Pero sobrevivieron a algo mucho más duro que esto, y lo hicieron juntos.

Guardé silencio. Tenía razón, pero mis ganas de luchar por reconstruirnos seguían enterradas bajo demasiado rencor.

—Piensa en tu hermano —insistió suavemente—. Si tú y tu madre siguen haciéndose daño, lo terminarán lastimando a él sin querer.

Sentí ese nudo en la garganta y no le respondí.

—Tú puedes hacerlo —dijo, dándome unas palmaditas en el hombro—. Vamos, sonríe.

No tenía ni una pizca de ganas de sonreír.

Pero entonces, con ese aire misterioso que usa cuando sabe que tiene algo bajo la manga, Sol se levantó, como si estuviera a punto de mostrarme la mejor sorpresa del mundo.

—Tengo algo que, quieras o no, te hará reír.

—Lo dudo —resoplé.

Estaba demasiado hundida en mis pensamientos como para que algo me levantara el ánimo.

—Mafe me escribió hoy —soltó al fin, con una sonrisa encantada—. Quiere saber si tienes disponibilidad para ir mañana a hablar sobre lo del trabajo con tu dama de ojos grises.

Solo con escuchar esas palabras, la tristeza se desvaneció por completo. Apreté los labios con fuerza intentando contener la sonrisa, pero fue inútil: esa emoción me explotaba en la cara y era imposible disimularla.

—¿En serio? —pregunté, sonriendo como una tonta.

Sol rodó los ojos y se rió bajito.

—En serio, Nessy. Pareciera que te han dicho que mañana te casas.

Y no lo negué, porque no podía. La sola idea de volver a verla y hablar con ella me llenaba de una energía que no me cabía en el pecho. Tanto, que ya empezaba a pensar en qué ponerme, cómo peinarme y qué hacer para no parecer una idiota frente a ella.

Sol tuvo que detenerme antes de que saliera corriendo a buscar ropa.

—Nessy, calma —dijo con paciencia, sujetándome del brazo—. Respira primero. Lo de la ropa lo dejamos para mañana.

Pero a pesar de sus palabras, yo seguía buscando qué ponerme. Sacaba prendas, las descartaba y probaba otras. No es que tuviera mucha variedad, pero en mi cabeza nada parecía suficiente. Y tenía razón en preocuparme: esto era casi una entrevista de trabajo, y necesitaba verme bien.

—Amiga, cálmate un poco —insistió Sol, apoyada en el marco de la puerta con una sonrisa paciente.

—No lo entiendes —le respondí, ansiosa, girándome hacia ella—. Voy a trabajar para una mujer que se viste como si fuera la dueña de Louis Vuitton.

Era importante, importantísimo.

Sol se cruzó de brazos y rodó los ojos, aunque terminó sonriendo.

—Puedes usar mi ropa, la que quieras —dijo alzando la barbilla con orgullo—, si con eso evitas que pases la noche desvelada pensando en qué ponerte.

La miré y no pude evitar sonreír también. Bajé el espejo que tenía en la mano y suspiré. Quizás sí debía calmarme un poco y dormir bien para que las ojeras no arruinaran mi gran «presentación» frente a mi futura jefa… o, mejor dicho, frente a quien en mi cabeza ya era mi futura esposa.

—Tienes razón —admití con un suspiro rendido—. Debería descansar.

Sol sonrió satisfecha, como si acabara de ganar una batalla contra mi histeria. Pero no terminó ahí.

—Pero antes —dijo de repente, empujándome con suavidad hasta que caí de espaldas sobre su cama entre risas—, ¡no me he tomado una foto con mi mejor amiga desde que volviste!

—¡Ay, Sol! —reí, intentando zafarme—. No me gustan mucho las fotos.

—Ni lo intentes, Nessy. Esta no te la dejo pasar.

Al final, no pude negarme. Ella tomó el celular, me abrazó fuerte y disparó la cámara mientras ambas reíamos. La sonrisa que quedó atrapada en esa imagen era más real que cualquier cosa que hubiera sentido en meses.

Mientras posábamos, pensé en lo increíblemente leal que Sol ha sido conmigo. Para ella sigo siendo su mejor amiga, como si esos cuatro años que pasé encerrada nunca hubieran existido. Nunca me reemplazó, nunca buscó otra «mejor amiga», y eso, para mí, era un regalo inmenso.

—Mírala, estamos hermosas —dijo, mostrándome la pantalla y publicándola sin dudar en su Instagram.

Yo reí, sin darle importancia: era solo una foto inocente.

Tan inocente que jamás habría imaginado que sería la chispa de una tragedia. Una sonrisa compartida que pronto se teñiría de miedo y desesperación.

Cuando llegó la mañana, me miré al espejo una y otra vez mientras se acercaban las ocho en punto: la hora a la que Mafe me había citado en su consultorio.

Estaba bien vestida y aunque lo lógico era pensar que solo vería a Mafe, mi mente no dejaba de imaginar que Gray también podría estar allí. Al fin y al cabo, son amigas; bien podrían estar juntas.

Miré el reloj y entendí que si seguía tardando perdería el bus. Y allí estaba yo, perdiendo minutos, mirándome como si me hubiera vestido para que Gray me arrancara la ropa.

—Tú puedes, Génesis —me animé en voz baja al salir—. Tú fuiste quien quiso estar al servicio de esa hermosa mujer.

Me dirigí a la estación más cercana del transporte público. El lugar estaba lleno de gente, algo que normalmente me irritaba, pero esta vez estaba tan alterada, sonriente y nerviosa que ni los empujones, ni el calor, ni la falta de espacio me importaron.
Al llegar al consultorio, me quedé un buen rato frente a la puerta, con el estómago encogido. No tenía reloj, pero estaba segura de que ya pasaban de las ocho. Y eso no es precisamente una buena primera impresión.

Toqué apenas, con unos golpecitos tan tímidos que pensé que nadie oiría.

—Adelante —respondieron desde adentro.

Abrí la puerta lentamente. Allí estaba Mafe, que hablaba por teléfono mientras acomodaba unos papeles. En cuanto me vio, apartó el aparato.

—Nessy, ya estaba por llamar a tu amiga Sol porque no llegabas —dijo con una sonrisa—. Siéntate, por favor.

Obedecí con tanta prisa y torpeza que casi me voy de cara al suelo antes de alcanzar la silla.

—¿Estás nerviosa? —preguntó, arqueando una ceja.

No pude hablar. Solo negué con la cabeza, tan rígida que me dolió el cuello.

—Está bien —dijo con calma—. Supongo que sabes que quiero hablarte del trabajo.

—Sí, señora —respondí con una sonrisa tan amplia que empezó a dolerme las mejillas.

—Nessy, sé que necesitas este empleo. Lo pensé mucho, porque no es un trabajo sencillo.

¿Difícil? ¿Trabajar para esa diosa? Me contuve para no morderme el labio.

—Ese trabajo —continuó— es con Gray, la mujer que te recogió cuando saliste de la correccional.

—¿En serio? Jamás habría imaginado que se trataba de ella —mentí torpemente.

Mafe me miró un segundo más de lo normal.

—Ella tiene un carácter muy fuerte.

—Puedo manejarlo —contesté, con más convicción de la que realmente sentía.

—No le gustan los «no» ni espera tener que repetir las cosas.

—Muchos jefes funcionan así —respondí con calma, aunque por dentro sentí que me advertía.

—También debes saber que es trabajo de interna —añadió—. Tendrás libres sábados y domingos; si quieres estudiar, tendrá que ser de noche o los fines de semana.

—Justo en eso estaba pensando.

—Entonces, ¿quieres el trabajo? —preguntó con seriedad.

—No solo lo quiero, lo necesito —dije, casi suplicando—. Es perfecto para mí.

Mafe guardó silencio, evaluándome, como si todavía dudara.

—¡Bien! —exclamó de repente—. Entonces vamos: debes conocer la casa y a tu nueva jefa.

—¿Qué? ¿Ya? —me levanté sobresaltada mientras ella tomaba su chaqueta.

—Por supuesto, a ella le urge.

—¿Y ya sabe que vamos? —pregunté, sintiendo cómo el miedo trepaba por mi espalda.

—No te preocupes, no le molestará.

No tuve tiempo de replicar. Ya estaba fuera, esperándome.

—Vamos, Nessy, solo tengo una hora.

Apuré el paso tras ella, con el corazón desbocado. Estaba emocionada, sí, pero sobre todo nerviosa. Muy nerviosa.

Mafe cerró la puerta y caminó rápido hacia su auto. Yo iba detrás, intentando que no se notara lo acelerado de mi respiración.

Cuando abrió la puerta del copiloto, dudé un segundo antes de subir. Mis manos sudaban tanto que casi se me resbala la manija. Me senté rígida, con la espalda totalmente pegada al asiento, como si llevara un palo atravesado en la columna.

—Relájate, Nessy —me dijo Mafe al arrancar el motor—. No vas a una ejecución, solo a una entrevista.

Tragué saliva y forcé una sonrisa que me salió mucho más torcida de lo que esperaba.

—Sí, claro —murmuré, mientras mi pie no dejaba de rebotar nerviosamente contra el piso.

Mientras ella conducía con calma, yo estrujaba el cinturón de seguridad entre mis dedos. Miraba por la ventana, luego al retrovisor, después a mis propias manos: cualquier cosa parecía mejor que enfrentar lo que me esperaba.

—¿Y esa cara de funeral? —preguntó Mafe con una risa suave, sin apartar la vista del camino.

—Es que no quiero causar mala impresión —confesé en un susurro—. Quiero hacerlo bien.

—Gray no muerde —aseguró ella, y añadió al instante—: Bueno, casi nunca.

Me quedé helada.

—¿Cómo que «casi nunca»? —pregunté con un hilo de voz.

Mafe soltó una carcajada y cambió de carril como si nada. Yo, en cambio, sentí que el corazón se me subía a la garganta.
Durante el trayecto, no dejé de revisar mi reflejo en el cristal, acomodándome el cabello y alisando la ropa con gestos nerviosos. Hasta ensayé una sonrisa discreta, y al darme cuenta solté una risita tensa.

—¿Te estás arreglando para una entrevista o para una cita? —preguntó Mafe, divertida, lanzándome una mirada rápida de reojo.

—Para que no me odie a primera vista —improvisé torpemente.

—Claro —respondió ella, con un tono que no me convenció en absoluto.

El silencio que siguió fue lo peor. Mordía mi labio inferior, frotaba las palmas contra los muslos y hasta me descubrí repitiendo en voz baja: «tranquila, tranquila, tranquila».

Finalmente, el auto se detuvo. Levanté la vista y casi se me escapa un grito ahogado. Frente a mí se alzaba una casa enorme, elegante e intimidante en cada detalle.

El estómago se me revolvió. Sentí que estaba a punto de entrar en otro mundo: el mundo de ella.
—Llegamos —anunció Mafe con total naturalidad.

Yo me quedé unos segundos más en el asiento, paralizada, hasta que ella abrió su puerta y me hizo un gesto.

—Vamos, Nessy.

Respiré hondo, como si me lanzara al vacío, y bajé del auto con pasos torpes, esforzándome por que mis rodillas no delataran lo mucho que temblaban.

Estaba allí, a unos metros de conocer a Gray y todo mi cuerpo gritaba, dividido entre el miedo y una absurda y peligrosa fascinación.

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Vero
10 days ago

Se vieneee