Gray

Bueno, era de esperarse que mi carácter espantara a esa pequeña criatura que dibuja erotismo sobre mí. Ahora resulta que le debo un millón de pesos a Zafiro porque la empleada me duró menos que un cigarrillo entre mis manos.

Pero drama doméstico aparte, tenía asuntos mucho más importantes que atender, aunque no me dejaran hacerlo.

—Vamos, no puedes dejarme por fuera —le dije a Daniel, que parecía más casado con sus papeles que con la realidad.

—Te excluyeron de la investigación porque llamaste perra a una jueza —respondió él, conteniendo la risa al recordarlo—. Y no fui yo quien lo decidió.

Me crucé de brazos, mordiéndome la rabia.

Era uno de esos casos que me quemaban por dentro: un hombre que asesinó a golpes a su esposa. Lo peor no era solo el crimen, sino que ella ya lo había denunciado antes. Y ese maldito le dejó como herencia a su hija: una adolescente que ahora se quedó sin madre.

La psicóloga y la jueza autorizaron hablar con la chica, pero no querían dejarme entrar. ¿La razón? Porque le dije la verdad a esa mujer: que era una perra.

—Ni siquiera pareces arrepentida —comentó Daniel, arqueando una ceja.

—Porque no lo estoy —respondí con total calma.

—No aprendes de tus errores.

—Esto no fue un error —insistí, mirándolo fijamente—. Ella es una perra. Y si me vuelve a plantar cara, se lo repetiré con mucho gusto.

Él suspiró, pero la risa se le escapó inevitablemente.

—A veces hace falta gente como tú, que dice la verdad sin filtros y a cualquiera —dijo mientras se ponía de pie—. Hablaré con la chica. Quizá encontremos la forma de que hables con ella. Nadie se enterará.

Sonreí. Sabía que lo haría. Aunque fuera por teléfono, yo hablaría con esa niña. Para que ese bastardo terminara donde corresponde: en la cárcel, o bajo tierra si la justicia colombiana volvía a hacerse la ciega.

Y Daniel se las arregló para escabullirse con su teléfono y me pasó cada detalle. Pero no hubo caso: la chica no abría la boca con él. Estaba aterrada.

Necesitaba hablar con una mujer. Y para eso estaba yo.

Daniel me dejó hablar, como si supiera que yo era la única capaz de sacarle palabras a esa niña.

—Hola —dije con un tono suave, como si sostuviera a una criatura herida—. Soy Gray. No tienes que decir nada que no quieras. Solo cuéntame lo que sientas.

Al principio solo hubo respiración entrecortada. Después, un susurro tembloroso:

—Mi mamá siempre lloraba. Él la golpeaba y yo la escuchaba todas las noches. Como si fuera algo normal.
Me mordí la lengua para no soltar lo que pensaba de él. Tragué veneno.

—Nada es normal en eso, pequeña. Nadie tiene derecho a hacerle eso a otra persona. ¿Me oyes?

—Ella intentó pedir ayuda, pero nunca pasó nada —dijo, con rabia escondida bajo el miedo—. Y él siempre regresaba peor.
—Ya no volverá —le aseguré, casi prometiéndoselo con sangre—. Te juro que no volverá.

Hubo silencio. Luego su voz bajita, como si hablara escondiéndose:

—Tengo miedo de que salga libre y me encuentre. Él siempre decía que si hablaba me mataría.
Sentí un calor insoportable subirme por la garganta.

—Escúchame bien —le dije con calma férrea—: nunca más te va a tocar. Te lo juro, aunque tenga que poner mi propia vida en ello.

—¿De verdad? —preguntó, como si quisiera creer pero no pudiera.

—De verdad.

Hubo otra pausa. Y entonces no pude evitar preguntar:

—Dime algo, ¿él alguna vez te hizo daño también?

El silencio cambió. Fue lento, pesado, hasta que finalmente respondió:

—Sí —lo soltó entre sollozos que parecían desgarrarle la garganta—. Sí me hizo daño.

Se me nubló la vista. El teléfono me resbaló de las manos y mi puño cayó seco contra la mesa. El golpe retumbó en toda la oficina.

—¡MALDITO HIJO DE PUTA! —grité entre dientes, incapaz de contenerme.

Del otro lado se escuchó un pequeño chillido; creo que ella también lo sintió.

Al instante me incliné, recogí el aparato con manos temblorosas y modifiqué la voz con la ternura más difícil de sacar de mí:
—No, pequeña, perdóname. No es contigo, nunca sería contigo. Hiciste bien en decírmelo. Fuiste muy valiente.

Se siguieron oyendo respiraciones agitadas mientras intentaba calmarse.

—¿De verdad?

—De verdad —afirmé, con una dulzura que me estaba desgarrando por dentro—. No voy a dejar que te pase absolutamente nada. Ni una sola cosa.

Ya tenía un solo pensamiento claro: ese monstruo no volvería a ver la luz del día.

Cuando regresé a casa, el tráfico parecía burlarse de mí. Cada semáforo en rojo era una provocación; cada claxon de un idiota detrás de mí, una chispa sobre un barril lleno de pólvora. Golpeaba el volante con la palma, con los nudillos, con lo que fuera. Mis dientes apretados, la mandíbula rígida y la vista fija al frente. No dejaba de repetir en mi cabeza esa frase: sí me hizo daño.

Cuando por fin llegué a casa, no me detuve a quitarme el saco ni a dejar las llaves. Cerré la puerta de un portazo y su eco me golpeó el pecho.

—¡Maldito hijo de puta! —escupí. Lo siguiente que vi fue el jarrón de cristal sobre la mesita del recibidor.

Lo tomé y lo lancé contra la pared sin pensarlo. El estallido fue un alivio mínimo, un respiro amargo. Después fueron un par de marcos, una lámpara y todo lo que tuve al alcance.

La sala quedó llena de vidrios rotos y pedazos esparcidos por el suelo, una metáfora grotesca de lo que pasaba por mi cabeza. Respiraba agitada, con los puños cerrados y el cuerpo temblando.

Y ahí estaba de nuevo: ese vacío que me jalaba desde dentro. Esa rabia no era solo por la niña, sino por todo lo que me pasó a mí. Lo que nunca le conté a nadie.

Sentí el ardor detrás de los ojos, esa presión traicionera que me empujaba a llorar. Me llevé una mano al rostro tratando de contenerme, de detenerlo como quien intenta sellar una presa rota con los dedos.

—No —susurré con la voz quebrada—. No otra vez.

Me hundí en el sillón rodeada de escombros, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Y por primera vez en mucho tiempo, estuve a punto de romperme.

Me quedé allí intentando controlarme a solas, porque buscar consuelo en alguien más sería admitir lo que más odiaba: que todavía podía sentirme vulnerable. Así que me forcé a respirar hondo, a tragarme el temblor de mis manos, y terminé preparando un té de manzanilla, como si esa infusión tibia pudiera apagar el incendio dentro de mí.

Me senté en el sofá a oscuras. No había un solo bombillo encendido, y esa penumbra me rodeaba como un abrazo incómodo, como si la casa entera supiera lo que intentaba esconder.

Entonces el celular vibró. Ese sonido seco me dio un sobresalto. Miré la pantalla y vi el nombre: Mafe.

Contesté sabiendo perfectamente de qué quería hablar.

—Hola —murmuré; mi voz sonaba apagada, casi arrastrada.

—Gray, hola —respondió ella, con esa calma tan ajena a mí—. Quería saber cómo estaba Nessy.

—Tu criaturita, no sé —resoplé, recargando la cabeza en el respaldo—. No se presentó hoy.

—No te duró nada —su tono tenía un regaño disfrazado de broma.

—Ella dijo que vendría y se veía muy segura —respondí con frialdad—. Quizás simplemente es irresponsable.

El silencio que vino después pesó demasiado.

—No, Nessy no es así —replicó Mafe, ahora con preocupación real—. Creo que iré a buscarla. Por si la espantaste tú o por si le pasó algo malo.

—Como quieras —dije sin ánimo, y corté la llamada con un gesto mecánico.

La oscuridad volvió a tragarlo todo. El zumbido de la nevera y mi propia respiración eran lo único que me acompañaba.
Y aunque intenté no pensarlo, esa pregunta se instaló en mi mente como un cuchillo:

¿De verdad la espanté, o de verdad le pasó algo?

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Vero
10 days ago

Amoo