nessy

Seguía en la calle, perdida entre mis propios pensamientos, cuando sonó el celular que aún no le había devuelto a Sol. Miré la pantalla: el contacto figuraba como «la psicóloga de mi mejor amiga».

Mafe.

Justo con ella quería hablar. Contesté de inmediato, casi con desesperación.

—Mafe, qué bueno que llamas —mi voz temblaba; era imposible ocultar que había estado llorando.

—¿Nessy? Suenas terrible —lo notó enseguida, con ese tono clínico pero humano—. ¿Te pasó algo? Gray me dijo que no te presentaste hoy.

—Es que —se me escapó un sollozo— a mi amiga Sol le pasó algo. Tuve que llevarla al hospital.

—¿Fue muy grave? —preguntó con prisa—. Tu voz no suena solo preocupada, suena rota.

Me cubrí la cara con la mano y bajé mucho la voz.

—Siento como si mi vida se cayera a pedazos, Mafe —dije su nombre casi en un susurro.

Hubo un silencio breve, el suficiente para percibir la decisión en su voz después.

—¿Dónde estás? —preguntó sin rodeos—. ¿Quieres que te recoja?

Y no podía negarlo: Sol no estaba y yo no quería estar sola. Así que le di cada detalle: el nombre de la panadería, la dirección, todo. Como si le tendiera una cuerda para que viniera a salvarme.

Pasó media hora en la que pensé que quizás no llegaría, pero lo hizo. Y cuando la vi, sentí que el aire regresaba a mis pulmones.

Me hizo subir a su auto sin reproches y me llevó directo a su casa. Allí me alimentó, como si supiera que no había probado bocado en todo el día, y sobre todo se sentó a escucharme.

—Sabes que yo podría hablar con tu madre —insistió en un momento, con firmeza—. Lo que necesitan es terapia familiar, Nessy. Y yo puedo ayudarlas.

Yo bajé la mirada, jugueteando con la taza que me había servido.

—Y oye, no voy a cobrarles nada —añadió enseguida, como si me hubiera leído la mente.

—¿Hablarías con mi mamá? —pregunté casi con incredulidad, levantando apenas la vista.

—Claro —respondió con una suavidad que me desarmó—. Si eso te ayuda, no me cuesta nada.

Mafe y Sol eran dos ángeles en mi vida y yo no sabía cómo agradecerles. Pero tampoco quería convertirme en una carga, en alguien que vive a costa de otros. Eso, con el tiempo, envenena todo.

Así que me armé de valor para pedirle lo que más me pesaba.

—Por favor —supliqué, con lágrimas en los ojos—, ¿podrías pedirle a tu amiga que me dé otra oportunidad? Que no me quite el trabajo. Lo necesito, Mafe. Lo necesito para estudiar, para ayudar a mi mamá, a mi hermano, para distraer mi mente.

Me interrumpí bajando la cabeza, aunque lo que realmente quería decir era que lo necesitaba para sentirme segura con ella.
Mafe me observó en silencio y suspiró largo, como si le estuviera encargando algo imposible. Levantó su taza de café, bebió un sorbo lento y al final me sonrió con ternura.

—Trataré —dijo con dulzura—. Pero escucha, Nessy: si ella no te vuelve a dar el trabajo, te lo daré yo.

Y entonces lloré de nuevo, pero no de tristeza: era gratitud pura. Por no dejarme caer, por sostenerme cuando ya no me quedaban fuerzas.

Me dejó dormir allí, en la comodidad de su casa. Me sentí acogida y arropada, pero al mismo tiempo me sentía mal. Había preocupaciones que no desaparecían, como sombras pegadas a mi piel.

Estaba tan cansada, quizá de la vida misma, que me desperté muy tarde. Mafe ya no estaba, aunque había sido muy amable: me había dejado una nota en la mesa que decía: «puedes hacerte algo de desayuno».

Aun así me daba pena; no estaba acostumbrada a que me cuidaran de esa forma. Pero el hambre me estaba matando, así que me serví algo rápido. Después, con tal de aliviar la incomodidad que me generaba recibir tanto sin dar nada a cambio, me puse a limpiar.

Barrí, trapeé, sacudí el polvo, limpié el mesón, los muebles, las mesas y hasta los jarrones. Una limpieza completa que no solo servía para agradecerle a Mafe, sino también para despejar mi mente.

De repente, alguien tocó a la puerta. Sentí un escalofrío y la paranoia me invadió: ¿y si era Lincy?

Me acerqué despacio y me asomé con cautela. Al otro lado había una chica que se parecía bastante a Mafe.

Tragué saliva, dudé un instante, pero terminé por abrir.

—Hola —susurré.

Tenía los ojos azules igual que ella, aunque su cabello era un poco más oscuro. No había duda: eran familia.

Ella me miró de arriba abajo con descaro y se quedó inmóvil en el marco de la puerta.

—¿Quién eres? —preguntó de inmediato, seca y desconfiada.

Pensé solo un par de segundos antes de inventar una respuesta.

—Soy… Mafe me contrató para ayudarle con la limpieza de la casa algunos días —mentí, logrando que sonara convincente.

Ella arqueó una ceja, como si ya hubiera sacado su propia conclusión.

—Por supuesto, no podría ser otra cosa —dijo con sarcasmo.

Era todo lo contrario a Mafe. En un instante ya me caía mal.

Estaba a punto de soltarle una respuesta igual de cortante cuando el ruido de un auto deteniéndose nos interrumpió. Ambas volteamos hacia la calle. El carro de Mafe se estacionó de golpe; ella bajó con prisa, dejando la puerta abierta, y al verme en la entrada me llamó por mi nombre con urgencia.

—¡Nessy! —gritó, caminando rápido hacia nosotras.

La chica, que hasta ese instante me atravesaba con la mirada, bajó un poco la guardia cuando Mafe se acercó.

—Sofía —la saludó rápido, casi de paso, sin detenerse en abrazos ni gestos de afecto. Luego se giró hacia mí con determinación—. Anda, ve a arreglarte. Hoy es tu primer día de trabajo.

—¿Mi qué? —alcancé a murmurar confundida, pero Mafe me empujó suavemente hacia dentro.

—Vamos, muévete. No hay tiempo que perder —insistió.

Entramos juntas y Mafe se detuvo en seco, observando cada rincón. Sus ojos recorrieron los muebles, el piso reluciente y la cocina impecable.

—Dios, Nessy —dijo con una mezcla de sorpresa y sonrisa orgullosa—. Está impecable. Serás una excelente empleada para una mujer tan desordenada como Gray.

Mi corazón dio un vuelco. No sabía si tomarlo como un cumplido o como una sentencia.

Detrás de nosotras, Sofía nos había seguido. Se cruzó de brazos apoyada en el marco de la puerta, sin disimular el veneno en sus palabras.

—Claro, Gray siempre tuvo buen ojo para recoger a cualquiera.

Giré hacia ella, sintiendo la punzada del comentario. Mafe también la miró, con severidad.

—Sofía, basta —su tono fue firme, casi cortante—. No tienes derecho a faltarle al respeto.

La chica torció los labios, incapaz de ocultar el fastidio. La rabia se le notaba en los ojos, pero no dijo más. Aunque no hacía falta: su silencio estaba cargado de celos.

¿A esa mujer le gusta Gray?

No quise prestarle más atención a Sofía, aunque era una malparida de pies a cabeza. Lo único que deseaba era alejarme de ella y subirme al auto con Mafe.

—¿Y cómo aceptó? —pregunté ya sentada en el asiento del copiloto, incapaz de ocultar la ansiedad.

Mafe sonrió de lado, como si disfrutara guardarse la mejor parte de la historia.

—Bueno, Gray estaba con su prima. Y su prima es más accesible —dijo bajando un poco la voz—. Pero además hablaron del desorden, de la importancia emocional, de una apuesta y de un millón de pesos: el orgullo de Gray fue más fuerte que todo.

Me quedé mirándola, incrédula.

Un millón de pesos. ¿Quién apuesta semejante cantidad por la permanencia de una empleada?

La respuesta era obvia: la gente con dinero. Esa clase de personas que pueden darse el lujo de poner precio hasta a sus caprichos.

Pero yo no cuestioné nada; lo único que me importaba era que tenía trabajo de nuevo y un lugar donde quedarme.

Cuando llegamos a la casa, volví a sentirme empequeñecida. Su fachada era imponente, incluso intimidante, como si cada rincón me recordara que pertenecía a Gray.

Pero ella no abrió la puerta: lo hizo Mafe, usando un juego de llaves que luego me mostró con paciencia, señalando cuál correspondía a cada cerradura.

La casa estaba más desordenada que antes.

—¿Y la señora? —pregunté con la voz más neutra que pude, aunque mis ojos recorrían cada rincón con la esperanza de verla aparecer.

—Ah, ella casi no está en esta casa —respondió Mafe con naturalidad—. Solo algunos días, generalmente los fines de semana.

¿O sea cuando yo no estoy? La idea me arrancó una punzada de decepción, pero no dije nada.

—Tiene, por alguna razón, otra casa —continuó—. Pero esta tiene valor emocional para ella y requiere más cuidado, además de ser más grande.

Me limité a asentir, guardando para mí lo único que sentía: un alivio absurdo por estar ahí, aunque no la viera.

Antes de marcharse, Mafe se detuvo en el centro de la sala, como si quisiera darme las últimas instrucciones.

—Nessy, escucha. Hay internet, un televisor enorme y hasta una librería. Pero no te distraigas demasiado de tu trabajo —me dijo con seriedad, aunque con un deje cariñoso—. Disfruta esta casa, pero sin olvidar por qué estás aquí.

Me entregó las llaves en la palma de la mano. Un gesto simple, pero que pesó como un compromiso.

—Confío en ti —se despidió con una sonrisa ligera, y sin más, se fue.

Me quedé sola en medio de aquel desorden que olía a Gray, con las llaves en la mano y el corazón desbocado. No perdí tiempo: me arremangué y empecé a limpiar. Cada movimiento era un intento de poner orden en la casa, y quizá también en mí.

Cuando llegó la noche, ya había avanzado muchísimo. Tenía la cabeza llena de planes: debía coordinar con mi jefa antes de inscribirme en la universidad y organizar todo lo que venía.

Nadie me habló de la comida, pero supuse que podía servirme algo. Total, era un trabajo de interna. Abrí la nevera, que tenía dos enormes puertas y una pantalla digital que no me atreví ni a tocar por miedo a dañarla.

Me quedé allí observando todo lo que podría cocinar: era una maravilla. Pero la realidad me golpeó: yo quería cocinar para ella, para Gray.

Pensándolo bien, no tenía sentido cocinar si ella no estaba.

Así que preparé algo sencillo para mí. Mientras se hacía, salí al exterior. El cielo, apartado del bullicio, mostraba las estrellas con claridad. Allí, con el aire fresco, empecé a pensar en la casa: tenía algo extraño, como si fuera un escondite. Su estructura parecía diseñada para huir, para protegerse, como si alguien que no quiere ser encontrado pudiera habitarla. Había demasiadas salidas, demasiados rincones ocultos.

Pero a veces uno vive mejor si pregunta menos.

Pensé en Lincy, en su obsesión enfermiza por mí, en ese presentimiento constante de que me seguía.

—Es imposible que me haya seguido hasta aquí —murmuré, queriendo convencerme.

Aun así, la inquietud me hizo regresar y revisar todo. Pero cuando me acerqué a la puerta, la escuché: esa voz que conocía demasiado bien.

—Hola, Ness.

El frío me recorrió de golpe. No supe en qué momento llegó ni cuánto tiempo llevaba observándome desde las sombras. Corrí a entrar e intenté cerrar, pero no pude. Sus manos empujaron con fuerza; terminé cayendo al suelo y las llaves rodaron lejos de mí.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —susurré, retrocediendo por el piso, arrastrándome para alejarme.

Lincy avanzaba despacio, con esa sonrisa torcida que me helaba la sangre.

—Solo quería verte, no quiero lastimarte —dijo con voz suave, como si creyera que podía tranquilizarme.

—¡Vete! —le grité con desesperación, mis manos temblando—. ¡Déjame en paz, Lincy!

Ella dio un paso más e inclinó la cabeza.

—No me tengas miedo. De verdad, solo quiero hablar contigo.

—¿Hablar? —espeté, la voz quebrada entre miedo y rabia—. ¿Como cuando hablaste con Sol? ¡Tú la heriste! ¡La apuñalaste! ¿Pensabas matarla?

Su rostro cambió por un segundo, pero enseguida negó con la cabeza.

—No fue así —respondió con rapidez, con voz firme, como si intentara convencerme.

—¡Sí lo fue! —le insistí, cada vez más alta—. ¡Yo lo sé, tú lo hiciste!

Hubo un silencio denso, hasta que ella bajó la mirada y lo admitió, casi en un susurro venenoso.

—Está bien, sí lo hice. Pero la culpa fue de ella. Ella me provocó, se lo buscó.

Sentí que la respiración se me cortaba. Ese tono, esa frialdad, me destrozaban.

—Tú estás enferma —dije con voz quebrada, todavía retrocediendo—. ¡No quiero escucharte! ¡Lárgate y déjame en paz!
Mi grito rebotó por toda la casa, pero Lincy no se movió. Su mirada estaba fija en mí, como si lo único que existiera fuera esa obsesión malsana.

Cuando dio un paso más, algo dentro de mí se rompió. Fue una mezcla de pánico, memoria y el instinto puro de supervivencia: salí corriendo sin pensar.

Subí a trompicones por la escalera y forcé la primera puerta que encontré: la habitación de mi jefa. Cerré y eché el pestillo con un golpe que me dolió en las manos, y me pegué a la madera. Mi corazón golpeaba tan fuerte que parecía escucharlo hasta en la garganta.

Por un segundo creí haber escapado, pero entonces oí las llaves en la cerradura. La sangre se me heló en las venas.
Maldita sea, las había dejado afuera.

Me acurruqué en un rincón, respirando en jadeos cortos, y lo único que pude hacer fue aferrarme a una almohada como si su suavidad pudiera protegerme del temblor que me recorría. No quería imaginar lo que pasaría si esa puerta cedía.

Fue entonces cuando mis dedos rozaron algo frío entre la tela: metal. Sobre la cama había una pistola negra, olvidada entre el desorden.

¿Quién duerme con una pistola cerca? ¿Por qué la mujer que me obsesionaba llevaba un arma tan a mano?

Pero luego recordé: ella era la misma que había matado a mi padre. De pronto la idea dejó de ser descabellada.

El silencio fuera se volvió denso, medido en respiraciones. Escuché pasos, un roce, el tintinear de llaves buscando la cerradura. El tiempo se estiró hasta convertirse en un filo; sabía que no podía permitir que Lincy me hiciera daño.

Si la puerta se abría y ella entraba, dispararía. No sabía manejar bien el arma, mis manos temblaban, pero prefería eso a quedarme inmóvil esperando.

Me arrastré hasta la pared, respirando entrecortado. Apunté sin pensar; el cañón apoyado contra mi pecho. Un llanto ahogado se me escapó: por primera vez me sentía tan pequeña y, al mismo tiempo, tan decidida.

El cerrojo crujió y el seguro cedió. Noté la vibración bajo mis pies; todo el mundo se comprimió en ese único ruido. Me arrastré un poco más, apretando el arma hasta que los nudillos me dolieron.

La puerta se abrió de golpe. No distinguí formas claras, solo luz y movimiento. Cerré los ojos por reflejo, con la tonta esperanza de que así lo que venía desaparecería: fue un acto puramente instintivo.

Disparé.

El estallido llenó toda la habitación y el olor a pólvora me golpeó, seco y real. El retroceso me sacudió las manos como un latigazo. Por un instante tuve la certeza de que el mundo se partía en dos.

Luego todo se detuvo: el aire, mi respiración, el tiempo mismo. Abrí los ojos y no vi a Lincy.

La pistola seguía temblando entre mis dedos y frente a mí, Gray sangraba.

5 2 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
1 Comment
Oldest
Newest Most Voted
Vero
10 days ago

Ay dio