Mis pensamientos oscuros se vieron invadidos por recuerdos que no quería, pero que siempre regresaban. El sonido de ese vehículo destrozaba cada rincón de mi mente, una y otra vez, hasta que el miedo se volvió insoportable.
—¡No me dejes! —el grito me desgarró la garganta cuando me incorporé de golpe, empapada en sudor.
El eco de mi propia voz me heló. Tenía los puños cerrados y las uñas enterradas en la piel. Me llevé una mano al cabello y lo enredé con furia, como si arrancar esos recuerdos pudiera salvarme de ellos.
Otra vez. Maldita sea, otra vez.
El brazo me dolía con un ardor insoportable por la postura en la que había dormido, así que tomé más analgésicos. Sabía que, con suerte, el sueño volvería sin repetirse. Siempre era el mismo ciclo: dormir, pesadilla, recordar, despertar, medicarme y volver a dormir.
Me puse de pie y me encaminé a mi habitación. De día, esta casa era un refugio. De noche, un campo de batalla.
—No sé por qué sigo aquí —murmuré antes de hundir la cabeza en la almohada.
Me desperté casi a las once. La casa olía a Fabuloso del morado y a orden; todo estaba impecable.
Tenía que ser la pequeña Génesis.
Quería escuchar de su propia boca lo que había pasado, quería ver si era capaz de mentirme, aunque en realidad no necesitaba sus palabras: tenía cámaras para saberlo todo. Bastaba con abrir el portátil.
—¿Ves? —dijo Zafiro con exasperación—. La pequeña se estaba defendiendo de alguien.
—Y se nota que quien entró la conocía —susurré cerrando el computador con un chasquido seco—. Entonces tendrá que conocerme a mí también.
Nadie entra a mi casa así. Nadie. Esa criatura me va a dar una explicación y va a devolverme las llaves.
—Gray, no la eches —casi me suplicó Zafiro—. Esa chica necesita este lugar. Y es muy noble, no lo niegues.
La miré entrecerrando los ojos, en silencio.
—No, Zafiro —respondí al fin, con la calma más cortante que pude reunir—. Mi orgullo no me permite dejarte ganar una apuesta.
—Supongo que sabes que va a estudiar —insistió Zafiro—. Dije que la llevaría para hacer el trámite de su matrícula.
—Como quieras —cedí sin más, girando la mirada.
Sí, la criatura tenía que estudiar y todo eso.
Pero antes de irme añadí, muy despacio:
—No te la lleves por mucho tiempo.
Zafiro sonrió, como si no midiera el filo de mis palabras.
—Lo digo en serio —añadí más bajo, clavándole la mirada—. Ella se queda aquí.
Volví a mi habitación con calma, como si nada hubiera pasado.
Abrí la puerta y allí estaba ella, inclinada sobre mi cama. No dije nada; me limité a observarla en silencio, apoyada en el marco, hasta que finalmente me sintió. Dio un pequeño salto al descubrirme, sus manos atrapadas en las sábanas como si hubiera sido sorprendida robando.
—Lo siento —balbuceó, sin atreverse a sostenerme la mirada—. Solo estaba arreglándola.
No me molesté en responder a su disculpa. Avancé un paso y mi voz salió clara y cortante:
—Déjelo y vaya con Zafiro.
La vi tragar saliva y asentir con rapidez, como si mis palabras pesaran demasiado. Caminó hacia mí, hacia la salida, intentando hacerse pequeña a mi lado. Pero cuando pasó junto a mí, extendí la mano y la detuve, cerrando los dedos en torno a su brazo.
Se tensó; su respiración se volvió más audible y levantó apenas la mirada. No necesitaba decir mucho. Solo incliné el rostro hacia ella, lo suficiente para que sintiera el roce de mi aliento en su oído.
—No tarde mucho con Zafiro —le advertí, sin soltarla al instante.
Me aseguré de que entendiera. Luego la dejé ir, observando cómo salía de la habitación con prisa, como si quisiera huir de mí, o de lo que podría hacerle si desobedecía.
Es curioso: cada vez que me acerco a Nessy, se le enciende un temblor. Pero no puedo creer que sea tan ingenua; hizo un dibujo mío que, sin remedio, me removió algo por dentro.
El proceso contra el hombre que había matado a su esposa parecía eternizarse; juraría que voy a acabar yo misma acomodándole la cuenta a ese bastardo.
Me asombró todo lo que la niña había hecho en la casa en tan poco tiempo: mi desorden no fue nada para ella.
No entiendo cómo no le resulta tedioso limpiar una casa de este tamaño; incluso da la impresión de que lo disfruta.
Pero el aburrimiento pudo conmigo y terminé yendo a recibir la cantaleta de Mafe.
Cuando llegué, ella esperaba a alguien. Yo, en cambio, esperaba otra cosa: que apareciera ese alguien para divertirme viendo la forma ridícula e infantil en que Mafe trataba a sus «pacientes».
—¿Cómo estás tratando a Nessy? —preguntó de pronto—. ¿Ya la hiciste salir corriendo de miedo?
—De maravilla —respondí con una sonrisa que no fue del todo inocente—. Tiembla cuando la toco, pero se queda.
Mafe dejó caer la palma sobre la mesa con fuerza; su mirada casi me atravesó.
—¿A qué te refieres con «cuando la tocas»? —replicó, conteniendo la furia.
—Mafe, tú sabes —susurré más baja—. Cuando la toco.
Me encantaba sacarla de quicio. Sabía que protegía a la criatura con uñas y dientes; pude ver cómo se tensó, lista para lanzarme algo. Pero notó mi brazo vendado y, por un segundo, su rabia se mezcló con curiosidad. Me pregunto qué haría si supiera que ya me acosté con su sobrina.
—¿Y esto en el brazo? —preguntó, aún enojada pero menos cortante.
—Parece que tu criatura también tiene sus modos de explorar —dije, jugueteando con el sentido de la palabra.
Esta vez amagó con lanzarme el almanaque que sostenía entre las manos.
—Cálmate —le contesté con calma forzada.
—Devuélvemela: es mejor que Nessy trabaje conmigo. No sé en qué estaba pensando —dijo, de repente con un tono mucho más directo.
—Quítamela —le susurré—. No lo vas a lograr, porque a ella no le molesta que la toque.
Mafe ya no siguió la conversación; me apuntó con el almanaque y lo lanzó. Apenas lo esquivé.
—Tranquila —le dije, suavizando la voz en una tregua—. Está demasiado chiquita para mí.
No era cierto, pero mantener a Mafe tranquila también era parte del juego.
Me divertía estar allí; no hay placer más fino que desquiciar a una mujer que estudió psicología años enteros.
Y no, Mafe no era mala psicóloga. Pero aun con todo su historial de éxitos, yo soy un caso imposible.
Los toques en la puerta cortaron mi diversión.
—Recoge el almanaque —dijo Mafe, enderezándose.
—Fuiste tú quien lo lanzó —le reproché.
—Levanta el maldito calendario —respondió ella, amenazando con lanzarme la pequeña pecera que tenía al lado.
—Está bien, tranquila —contesté con una sonrisa y me agaché a recogerlo.
Mafe dejó pasar a su paciente. En cuanto la puerta se abrió, todo se desplomó en un segundo.
Julia.
Mi mirada se endureció y sentí que la de ella hacía lo mismo: fría y contenida.
—Perdón —murmuró con voz baja—. Volveré después.
—No, no te preocupes —intervino Mafe—. Puedes quedarte. Gray es de mi entera confianza.
—No, Mafe —dije, poniéndome en pie con calma cortante—. Créeme, ella no quiere que me quede aquí.
Julia desvió la mirada, cruzó los brazos y balbuceó:
—Tengo mis razones.
Reí apenas.
—¿Cuáles? —la reté—. ¿Es porque sabes exactamente con qué cargas tú también?
Mafe, confundida, se incorporó sin entender la tensión que flotaba en el aire.
—A ver, ¿se conocen? —preguntó, desconcertada.
—Prefiero fingir que no —contestó Julia, con ganas de irse—, y estoy segura de que usted no conoce la versión que yo conozco de esta —recalcó la palabra hacia mí— «mujer ejemplar».
Hablaba como si yo fuera la villana. Y sí: planeé matarla. Me detuve solo por sus hijos, no porque me faltaran razones.
La tomé del brazo izquierdo y la acerqué a mí, lo suficiente para que lo que diría se quedara entre nosotras.
—Mucho cuidado con la forma en que me hablas, Julia —susurré, baja y peligrosa—. La única razón por la que sigues viva son tus hijos, pero tengo odio suficiente para matarte con la mínima provocación.
La aparté y no me despedí. Tenía prisa; sé perfectamente de lo que soy capaz.
—¡Gray! —me llamó Mafe, adelantándose unos pasos—. ¡Gray!
Salí en estampida hacia mi auto. Al abrir la puerta con la mano herida, un gemido me escapó; el dolor me punzó la palma.
—¡Maldita sea! —golpeé la ventana con la mano izquierda, como si así pudiera aliviar mi impotencia.
Arranqué con rabia, dejándolas allí.
Podría jurar que, entre todos los que he odiado e incluso asesinado, Julia es la que menos tolero. Usó mi dolor para escapar del suyo y ni siquiera pareció importarle mi herida. La odio con toda mi alma.
Ella sabe por qué no quiere que me acerque a ella ni a sus hijos. Y aun así: nunca supe sus nombres ni sus edades. Aunque conocí a Julia durante mucho tiempo, pasé años sin saber siquiera de la existencia de esos niños.
Sigo sin saber mucho.
Pero sé que si me acercara a uno de ellos, esa mujer se moriría del miedo.
Mientras conducía sin rumbo fijo, me topé con la criaturita y con Zafiro cerca de una cancha de fútbol.
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