gray

Nadie entendería lo que me revuelve verla. La odio con una rabia antigua, porque cada vez que aparece me golpea el recuerdo de cómo fallé a mi madre. La odio aunque jamás supe ni su apellido. Volver a cruzármela me pone en alerta.

Julia trae algo consigo, y me aterra no saber qué es.

Daniel me había contado sobre la audiencia de ese hombre: de cómo, pese a los testimonios de su hija, la justicia se desangra en trámites. Esos retrasos son la puerta por la que salen libres: diez años reducidos por buena conducta y vuelta a respirar como si nada hubiera pasado.

No mientras yo exista.

Parece que tendré que preparar otro ajuste de cuentas. Otra vez: debo conocer cada detalle de ese hombre para el día en que lo suelten; debo estar lista para asegurarme de que no vuelva a hacer daño.

Hoy salgo y probablemente no regrese hasta el fin de semana, como acostumbro.

En la cocina, Zafiro y la criatura conversaban con esa calma cotidiana que me irrita. Me detuve en el marco de la puerta, observando.

—Entiendo por qué es modelo —dijo Nessy sonriendo—. Usted es una mujer bastante hermosa.

Zafiro, sentada frente a ella, enrollaba sus rizos entre los dedos con la calma de quien sabe que llama la atención.

—Y su cabello es muy lindo —continuó Nessy—. ¿Es su color real?

La sonrisa me mordió la lengua. Abrí la nevera, fingiendo buscar un yogur.

—Está teñido —solté, fría y seria.

Rodé los ojos, dejé caer mis palabras y luego me fui, saboreando la escena.

—¡Odiosa! —gritó Zafiro en mi espalda cuando empecé a caminar.

—Distraes a mi empleada —respondí mientras me alejaba.

Las oí murmurar después, y no me gustó no saber de qué susurraban. En esos susurros nace el peligro; no me gustan los secretos en mi casa.

—¿De qué hablan y por qué susurran? —pregunté, acercándome con la calma de quien no quiere alarmar pero que controla por completo el ritmo de la habitación.

—Nessy necesita decirte algo —contestó Zafiro, y la criatura se escondió tras ella, buscando protección.

Avancé despacio, disfrutando del pequeño temblor que se apoderaba de Nessy. Me acerqué y adopté una postura mitad interrogante, mitad juego.

—A ver, ¿qué va a decirme, Nessy? —pregunté, saboreando su nombre, dejando que mi voz bajara una octava.

Ella vaciló. Miró a Zafiro, tragó saliva y luego alzó la vista con dificultad. La luz le dio en los ojos y yo no aparté la mirada.

—Quería saber si —empezó, y se detuvo.

—Míreme a los ojos —la interrumpí—. No se esconda detrás de Zafiro; no voy a morderla.

Hubo un instante en que la habitación pareció contener la respiración. Levantó la mirada y supe que el color le subía de golpe al rostro.

—Quería saber si me deja ir la próxima semana al partido de fútbol de mi hermanito —dijo al final, con la voz pequeña.

Sonreí por dentro. Era tierno verla aferrada a Zafiro, buscando permiso. Me acerqué un paso más, tan cerca que pudo notar el calor de mi respiración.

—Cumpla con sus tareas —dije, con un tono que fue caricia y orden a la vez—. Haga todo como le indiqué y tendrá su permiso.

La escuché suspirar: dulce y rendida. Ese sonido me atravesó de una manera inesperada; me hizo pensar en cómo sonaría en otras circunstancias.

Después fui a la oficina de Daniel. Me puso al tanto de todas las inconsistencias del caso con la frialdad de quien ya está harto del sistema. Cada nueva prueba retrasada me quemaba por dentro; sentía la rabia como una mano cerrándose en el estómago.

La secretaria tocó la puerta con calma y, tras pedir permiso, anunció con su sonrisa de recibimiento:

—Fiscal Gutiérrez, su mejor amiga está en la recepción.

Mafe.

¿A qué vendría? De pronto todo ese enojo se transformó en expectación controlada.

—Vuelvo en un momento —dije poniéndome en pie.

Atravesé el pasillo con pasos medidos; la recepción olía a café y a flores marchitas.

Ella estaba allí, con el rostro arrugado por la preocupación. Mafe, mi amiga desde la universidad, siempre tenía esa mezcla de ternura y pertinencia que me irrita y me calma a la vez.

—¿Mafe? ¿Qué haces aquí? —pregunté, yendo contra mi propio instinto.
—Gray —empezó, y a su voz le tembló apenas una sílaba—. Estoy preocupada por lo que vi, por esa situación tuya con una de mis pacientes.
Rodé los ojos; ya me sabía de memoria esta historia. Julia, pensé.

—Se nota el conflicto entre ustedes —insistió, exponiéndolo como un hecho, no como un juicio.

—¿Y eso te importa? —solté con sequedad.

—Claro que me importa —respondió ella, con más firmeza de la que esperaba—. Porque si Julia está mal, sus hijos pueden salir dañados. Y no quiero ver eso.

La mención de los niños me golpeó distinto, tocó el hilo del que colgaba todo mi rencor.

—No les voy a causar más daño del que ella seguramente ya les hizo —dije, con voz que intentaba no quebrarse.

Mafe alzó las cejas; en su mirada había confusión, como si buscara la línea entre mi razón y mi furia.

—Gray, esa mujer ha sufrido —dijo suavemente—, ha sufrido mucho.

—¿Y crees que yo no he sufrido? —la interrumpí, y las palabras salieron afiladas.

Ella me miró como quien no comprende esa furia hecha silencio.

—Tú y yo conocemos a dos Julias distintas —dijo, intentando tender un puente que olía a ingenuidad—. Para mí siempre fue una buena persona.

Mi risa fue amarga.

—Buena persona —repetí—. Desde que decidió ser amante, dejó de serlo.

Julia no es buena. Y como no quería prolongar esa conversación, simplemente me di la vuelta y avancé.

—¡Gray! —llamó Mafe, avanzando para alcanzarme. Su mano buscó mi brazo—. ¡No te vayas así!

Yo seguí caminando y subí la escalera; sabía que el ascensor no me daría la distancia que necesitaba. Mi respiración se hizo más corta; el pasillo parecía estrecharse.

—¡Hablemos! —insistió ella, sin aceptar mi retirada—. ¡Génesis!

Esa palabra fue una daga; me detuve en seco. La cabeza me dio vueltas y me volví hacia ella con los ojos en llamas.

—¡No me llames así, maldita sea! —estallé—. Sabes que no me gusta que me llamen así.

Mi voz resonó contra las paredes blancas; por un instante sentí que todo el edificio escuchaba cómo se resquebrajaba algo dentro de mí.

—Déjame en paz —susurré, y la súplica me sonó a derrota—. No quiero hablar de eso.

Abrí la puerta y me escapé como una bestia herida. No supe si Mafe se quedó allí llamándome, si regresó o qué hizo; no supe nada. Solo sé que terminé frente a un lavamanos, bajo la luz fría del baño, con el rostro hundido entre las palmas.

Agua fría en las manos, agua fría en la cara. Intenté lavar la rabia, la vergüenza y ese nombre que me clavaron como una etiqueta que nunca pedí llevar.

Me dolió cuando ella dijo «Génesis». Me dolió como duele una herida que nunca cicatriza: alguien me llama por ese nombre, pero no es la voz que debería hacerlo.

Frente al espejo, con la cara empapada, por primera vez la rabia se deshizo en lágrimas que nadie debía ver. Porque me sentí pequeña, y ser pequeña después de todo lo que hice y logré es un castigo que no soporto.

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Vero
5 days ago

My baby 🥹