Sol me acompañó al partido de fútbol de mi hermanito, aunque sabía que sus padres no aprobaban que se acercara a mí. Pero allí estaba: a mi lado, celebrando y enojándose con cada jugada.
El partido había empezado hacía apenas unos minutos cuando una voz me heló la sangre, haciéndome olvidar el ruido de la cancha, la pelota, los gritos; todo pasó a un segundo plano.
—Ness.
Me giré despacio, como si cada movimiento me pesara. Y allí estaba ella: mi madre.
Algo dentro de mí me gritó que Ángel había hecho esto, que él había buscado reunirnos.
Quise decir algo, reprochar, gritar, pero no me dio tiempo: me abrazó. Fue un abrazo tan repentino e inesperado que me quedé rígida, con las manos extendidas, sin saber qué hacer.
—Te extrañé mucho, Ness —susurró, con la voz cargada de arrepentimiento.
Sentí un nudo en la garganta. No quería llorar, no quería ceder.
—Lamento haberte esquivado —alcancé a decir, sin mirarla. Mi voz aún arrastraba rabia.
Ella suspiró y giró un instante la cabeza hacia Ángel.
—Ya sabía que estabas por aquí; tu hermano no sabe mentir, nunca ha sabido. Y lo sabes.
No podía culparlo, al contrario. Me dolía, pero también me alegraba que él, con su inocencia, intentara unir nuestros pedazos.
—Lo comprendo —contesté con dureza, tragando saliva.
Guardé silencio unos segundos que parecieron eternos, hasta que por fin me atreví a soltar lo que llevaba clavado dentro.
—Me hiciste demasiado daño —mi voz tembló, quebrada—. ¿Sabes cuánto dolió saber que podías sacarme de ese encierro y no lo hiciste?
La miré a los ojos, con lágrimas acumulándose en los míos.
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué no lo hiciste?
Ella bajó la mirada, como si no pudiera sostener el peso de mi dolor. Parecía buscar palabras que no encontraba.
—No sabes —tragué saliva de nuevo, sintiendo que me rompía— el daño que me hiciste, la poca confianza que me queda en ti.
El silencio se alargó hasta hacerse insoportable. Entonces solté lo que llevaba guardado demasiado tiempo:
—No sé qué hacer con lo que siento por ti, mamá. No sé si algún día pueda perdonarte. Pero —miré a Ángel en la cancha, corriendo con una sonrisa radiante— por él, por mi hermano, puedo fingir que estamos bien. Necesito que estemos bien, necesito que él esté bien.
Ella alzó la cabeza de golpe; sus ojos brillaban de desesperación.
—Yo también quiero eso —dijo con prisa—. Pero no puedo lograrlo si me odias así, Nessy. No puedo.
—Mamá, necesito tiempo —respondí, casi suplicando que entendiera—. Necesito procesar cada año que pasé allí, esperando una maldita audiencia que nunca llegó. Necesito aprender a no odiarte cada vez que recuerdo las veces que me mentiste para convencerme de que todo mejoraría.
Ella no replicó. Se quedó en silencio, como si mis palabras fueran cadenas pesadas que la arrastraban hacia el suelo.
—Eso es lo único que puedo darte ahora —concluí, secándome las lágrimas con la manga—. Tendrás que fingir que estás bien con eso, hasta que logremos estar bien, aunque sea solo por Ángel.
No esperé su respuesta. Me giré de nuevo hacia el campo, hacia mi hermano, que en ese instante me miró y me sonrió. Yo también sonreí, con prisa y torpeza, como si así pudiera ocultar mis lágrimas.
No quise ver la cara de mi madre ni escuchar lo que pudiera decir. El peso de tenerla allí era demasiado; y aunque Ángel saltaba feliz, con esa inocencia que sostenía lo poco que quedaba de esta familia, yo seguía sintiendo que había un abismo entre ella y yo.
Un abismo que, quizás, algún día Ángel nos obligaría a cruzar.
El ruido del estadio se había ido apagando: la multitud dejó de ser un mar para convertirse en un murmullo lejano. El partido había terminado; las luces calientes rebotaban en el aire frío de la noche, y nosotras, dos figuras recortadas en la grada, éramos un pedazo de vidrio tirado en medio de la celebración. Sonreíamos para él cuando nos miraba, pero esas sonrisas apenas sostenían lo que llevábamos dentro.
Lo animábamos y estábamos a su lado, pero cada una era apenas un pedazo del espejo roto que solíamos ser.
El partido terminó tres a uno a favor del equipo de mi hermano, con un gol suyo que hasta el entrenador aplaudió. Cuando salimos de la tribuna ya eran más de las ocho, casi las nueve.
Sol se había despedido antes, entre excusas académicas y la vigilancia de sus padres. También porque seguía con miedo tras lo ocurrido con Lincy; todavía tenía las manos vendadas y debía cuidarse. Por fortuna no se fue sola. Yo quise acompañarla, pero tampoco quería dejar a mi hermano, que tanto valoraba este momento.
Esperábamos a que saliera de los camerinos cuando mi madre se acercó, como si el aire mismo la empujara a hablar.
—Génesis —me dijo en un susurro que me atravesó—. Esto no va a funcionar así.
Me giré: su cara estaba más pálida de lo habitual y le temblaba el labio inferior.
—Dime qué quieres que haga para que me perdones —insistió, con la voz hecha de súplica.
Había miedo en ella, pero también una determinación quebrada.
Quise decir que no, cerrar la tapa del pasado y marcharme. Pero algo en su mirada me prometía respuestas, y yo necesitaba respuestas como se necesita aire en un cuarto cerrado. Tal vez podía sacárselas.
—Necesito que no me ocultes nada —dije, la voz rasposa de tanto contenerme—. Que seas honesta conmigo, sin rodeos.
Ella respiró como si tragara piedras. Aceptó sin pensarlo demasiado, como si firmara un pacto que la castigaría.
—No volveré a ocultarte nada —murmuró—, pero no soporto que me odies así.
Se me partió un poco el alma, pero aún quedaba un hueco donde latía la rabia. Bajé la mirada, reuniendo valor. Había una pregunta que me taladraba el pecho, y su reacción lo diría todo.
—¿Mataste a mi padre? —solté de golpe.
Mi corazón se agrietó cuando la vi desviar la mirada. Sus manos buscaron el borde de la grada, como quien se aferra a algo para no caerse.
—Te pedí que olvidaras esa noche —murmuró, temblando.
—Solo dime si lo hiciste o no —la presioné—. Es lo único que te pido.
Por fin, como si le arrancaran la piel, gritó:
—¡Está bien, lo hice! —soltó de repente, con la voz rota.
Miente.
—¿Ahora estás contenta?
—No, no lo estoy, porque me estás mintiendo otra vez —mi voz subió sin control—. Te vi tirada en el suelo, cubierta de sangre. No fuiste tú.
Ella dejó caer el rostro entre las manos y un sollozo ahogado escapó. Al verla así, supe que había algo sobre aquella noche que todavía la devoraba.
—¿Por qué te obsesiona tanto? —jadeó, los nervios marcándole la respiración.
—Porque la vi, mamá —sentí cómo la rabia me ardía en el pecho—. La vi entrar a mi cuarto. Tenía esos malditos ojos grises que no son tuyos.
Ella negó una y otra vez, como si con eso pudiera borrar mis recuerdos.
—Eras una niña, ¡no sabes lo que viste!
Intentó darse la vuelta, pero la sujeté de la manga.
—La vi —mi voz temblaba, pero no me retracté—. Y la recuerdo demasiado bien como para olvidarla.
Su cuerpo tembló; se acercó despacio y sus manos, que antes me sostenían, ahora me agarraban los hombros como si quisiera retenerme y al mismo tiempo implorar.
—Nessy —su voz era apenas un hilo, ahogada en pánico—, dime que nunca te has acercado a esa mujer.
«Primero cae un mentiroso que un cojo».
—Así que sí había alguien más —escupí, cargada de rabia.
—¡Eso no importa! —me cortó, gritando con tal fuerza que me heló la sangre—. ¡No te vas a acercar a ella, ¿me oíste?! ¡No te vas a acercar a esa mujer!
Su cuerpo entero temblaba; respiraba como si se ahogara. Estaba aterrada, demasiado. Como si esa mujer fuera un monstruo que pudiera arrancarme de sus brazos en cualquier momento.
Si supiera que trabajo para Gray, mi madre se desmoronaría. Espero que Mafe respete mi decisión de mantenerlo en secreto.
La furia en su voz era cruda, pero lo que había detrás era miedo: miedo a lo que esa mujer podía provocar, miedo a que el pasado nos arrastrara otra vez. La vi hiperventilar, apretando el borde de su pantalón, con el rostro enrojecido por la angustia.
—No puedo… —jadeó—. No puedo soportar que te acerques a ella.
Entonces se llevó una mano al vientre y se dobló apenas. No parecía ansiedad: era dolor, un dolor que parecía arrancarle las entrañas.
Ángel apareció radiante, corriendo hacia nosotras con esa sonrisa abierta de quien solo sabe de alegría. Iba a presumirnos su gol cuando su expresión se congeló al ver a mi madre.
—¿Mamá, estás bien? —preguntó, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como si ya intuyera el peso que cargábamos.
No perdió tiempo: se acercó y la abrazó con total naturalidad. Había algo aprendido en ese gesto. La forma en que mi madre respondió me dijo más que cualquier explicación: ese dolor ya había sucedido antes.
Tuve que tragármelo todo. La rabia seguía prendida en mi garganta, pero al final ella seguía siendo mi madre. La llevé a casa con Ángel a mi lado: necesitaba recostarse, y él necesitaba paz. Su presencia la calmaba; su compañía le devolvía la sonrisa.
Sabía que retrasaría mis planes: debería haber ido a casa de mi jefa hace rato, pero no pude. Me quedé. Ángel, con la sensibilidad que lo caracteriza, le dio un remedio casero que había aprendido. Me sorprendió lo competente que era, y poco a poco la tensión de la noche se suavizó.
Ángel era, sorprendentemente, todo lo contrario a mi padre.
Eran casi las once cuando lo vi quedarse dormido, con la cara relajada y la respiración lenta. Se durmió tranquilo porque mamá y yo estábamos juntas, aunque entre nosotras hubiera más grietas que palabras. Lo arropé con cuidado y me levanté para irme; mamá podría despertarse en cualquier momento y prefería no crear discusiones que rompieran esa calma tan frágil. Le di un beso en la frente y me fui en silencio.
No tenía teléfono ni dinero para un taxi. Caminé buscando una zona más iluminada donde sabía que había un lugar de comida rápida, pensando que allí podría pedir ayuda. La ciudad olía a humo y aceite; las calles, a esa hora, estaban casi desiertas. Todo parecía controlable hasta que, en una cuadra con luz tenue, me topé con un indigente que pedía monedas.
—Lo siento, ahora no tengo —dije y seguí caminando.
Su mano se extendió y, sin aviso, me agarró. Me empujó con una violencia inesperada: terminé en el suelo, el pavimento rugoso arañándome las palmas. El golpe me arrancó un grito afónico.
El olor a alcohol y a lo que fuera que fumaba me golpeó la cara. Se sentó sobre mí. Intenté apartarlo; me moví, pataleé, llamé.
—¡Ayuda! —grité tan alto como pude.
Pasaban autos, pasaban sombras, motos y nadie se detuvo. El mundo parecía mirar hacia otro lado. En el suelo, sentí que el pánico crecía hasta convertirse en un nudo en mi garganta.
Me empujó de nuevo y traté de incorporarme.
—¡Suélteme! —logré decir, mientras me zafaba como podía.
El sonido de la tela rasgándose me heló el alma: noté que mi camisa cedía. Me sentí pequeña y expuesta, y la rabia se quebró en llanto. Lloré como quien pierde todo refugio.
—¡Ayuda! —la voz ya me salía ahogada—. ¡Por favor!
El golpe en la cabeza empezó a doler en oleadas; la visión se me nublaba. La garganta me ardía de tanto gritar. Sus manos sobre mí eran insistentes; rehusé mirar lo que buscaban, y cada segundo se estiraba hasta volverse insoportable.
Por fin un motor se detuvo. Oí el chirrido de una moto.
Pero yo ya estaba al borde del abismo: la conciencia me flaqueaba, sentí que todo giraba. Cerré los ojos con fuerza y me dejé hundir en la oscuridad, hasta que la realidad se hizo pedazos.
Cuando abrí los ojos, el tiempo se sentía como un rumor seco y lejano. Ya no había olor a humedad ni aliento callejero; la luz que me quemaba la retina venía de un bombillo colgando del techo. No era la claridad amable del día: era una luz que lo desnudaba todo.
Reconocí la habitación al instante. Reconocí el crujido de la madera, lo familiar de la almohada. Pero tardé un segundo en entender mi estado: estaba cubierta hasta el cuello con la cobija. Esa sensación me hizo comprender que estaba completamente al descubierto bajo ella.
Busqué con la mirada: a la izquierda, nada. A la derecha, esa presencia me cortó la respiración: ella, mi jefa.
No parecía haberse dado cuenta de que había despertado. Tenía un cuaderno en las manos. No uno cualquiera: aquel de páginas gastadas que yo había convertido en mapa de mi obsesión. La imagen de mis propios trazos, dibujados y expuestos, golpeó mi mente con la misma fuerza que el miedo.
Me incorporé de golpe; mi intención de arrebatárselo fue tan automática que moví la sábana de forma tosca entre mis manos. Ella anticipó el movimiento y se levantó también, sin prisa, sin sorpresa, con esa calma de siempre.
—Hola, Ness —dijo con una sonrisa tranquila, demasiado tranquila—. ¿Cómo está su golpe en la cabeza? —añadió sin apartar los ojos de mí—. ¿Bien?
No era la pregunta lo que me alteraba, sino la forma en que miraba el cuaderno y, por encima de él, a mí.
Me apreté las sábanas contra el pecho con prisa, cubriéndome lo poco que podía.
Mi primer impulso fue racionalizar: pensé en la posibilidad de que ella misma me hubiera traído aquí y me hubiera visto desnuda. Lo extraño era que esa idea no me molestaba en absoluto; porque debajo de ese cuidado podía percibir otra cosa: posesión, una curiosidad voraz.
La imagen de sus manos recorriendo mi piel para limpiar la suciedad me quemó por dentro.
Maldita sea.
Exhalé sin querer; fue un sonido demasiado íntimo, casi un gemido. Ella arqueó la ceja con lentitud y depositó el cuaderno sobre la cama.
—¿Siempre gime cuando le duele la cabeza? —preguntó—. ¿O lo hace porque ya sé cómo me imagina en sus fantasías?
El maldito cuaderno. Otra vez lo mismo: ya me había descubierto antes. Sabía que había visto los otros dibujos, y aun así yo, de estúpida, seguí haciéndolos.
Lo tomé con prisa, tratando de esconderlo contra mi pecho.
—No lo esconda; ya sé cómo me dibuja —dijo mientras rodeaba lentamente la cama, como un depredador que mide a su presa—. Lo que no sé —apoyó ambas manos sobre el colchón e inclinándose hacia mí— es por qué. ¿Va a decírmelo?
Me recosté contra la cabecera apretando el cuaderno contra el pecho, como un animal acorralado.
—¿Cómo me encontró? —pregunté rápido, queriendo desviar la conversación.
Ella arqueó la ceja.
—¿Quiere decirme eso cuando yo no entiendo cómo me ha dibujado tantas veces, desde hace tanto, sin conocerme?
Le ganó la curiosidad. Claro: si alguien encuentra un cuaderno donde lo han plasmado en poses íntimas y obsesivas, va a querer respuestas.
—No es usted —negué torpemente.
—Entonces, ¿por qué se pone tan nerviosa? —su mirada se hundía en mí, y yo no dejaba de temblar. El cuaderno estuvo a punto de resbalar de mis manos.
Ella pone nerviosa a cualquiera.
—Es que usted…
—Yo sé cuál es su punto débil —me interrumpió, con una sonrisa apenas insinuada—. ¿Qué le hace pensar que no puedo usar eso para que me lo diga?
Debilidad. ¿De qué debilidad hablaba?
Lo supe cuando puso una mano sobre mi rodilla. No apretó, no arañó, no hizo nada para herirme; simplemente marcó territorio: la fría certeza de que sabía exactamente cómo alterarme.
—Tengo curiosidad y muy poca paciencia, Nessy —susurró, disfrutando de mi miedo—. ¿Quién es ese alguien más? —insistió—. Si no soy yo… ¿va a decirme quién es?
Me tensé aún más y, torpemente, me dejé caer sobre la cama, apenas sosteniéndome con los codos.
—No es buena mintiendo —dijo, subiendo una rodilla a la cama y avanzando con calma mientras yo retrocedía—. Tampoco es buena controlando su propio cuerpo.
¿Qué quiere? ¿Que confiese de una vez que la dibujó a ella?
¿O acaso se excita con esos dibujos?
—Dígame —dijo de repente, con esa voz grave que me arrancaba el aire—. ¿Alguien más la hace temblar así?
Su mano abandonó mi rodilla solo para deslizarse hacia la parte interna de mi muslo.
—Dígame —susurró—. ¿A quién dibuja? ¿Quién la hace estremecerse así?
En ese instante cerré las piernas con fuerza y se me escapó un sonido involuntario, bajo y quebrado, imposible de ocultar.
—Ahhh.
Fue leve, pero suficiente para ella.
Su sonrisa se ensanchó con lentitud, como si hubiera conseguido exactamente lo que buscaba.
Y yo ya no sabía qué me aterraba más: si la idea de lo que estaba dispuesta a hacer solo para arrancarme una confesión, o esa atracción enfermiza que me jalaba hacia ella en medio del miedo.
¿Qué buscaba realmente? ¿Sabía quién era mi madre y quería usarme como venganza?
No era descabellado. Gray conocía a Mafe, y Mafe conocía a mi madre. Quizás Gray ya sabía que Julia es mi madre.
Lo peor era que, si Gray de verdad quería vengarse de ella usándome, hasta que no quede nada de mí que no le pertenezca… yo terminaría siendo parte de esa venganza.
Porque no estaba segura de poder resistirme a ella.
Amoooo